martes, 23 de diciembre de 2025

Jesús, el Verbo preexistente de Dios en la vida del mundo (I Juan 4.1-9), Pbro. L.Cervantes-Ortiz


Juan Antonio Rodríguez Hernández,
La adoración al Hijo de Dios nacido en Belén, (1950-1952)

24 de diciembre, 2025 

Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios.

I Juan 4.2b-3a, Reina-Valera Contemporánea

Trasfondo

Las comunidades juaninas se comprometieron profundamente con las consecuencias radicales de la Encarnación del Verbo eterno en el mundo y confrontaron directamente a quienes dentro y fuera de la iglesia pusieron en duda la venida del Señor preexistente al mundo histórico material. Para ellas, la fe en la acción divina de tomar un cuerpo era la base de su existencia espiritual y colectiva en medio de una sociedad que al mismo tiempo que despreciaba al cuerpo por su herencia griega, lo sometían a diversas formas de violencia. La corporalidad a la que alude la fe cristiana en la encarnación, en la resurrección y en la elevación del Hijo a la presencia eterna del Padre (glorificación, en el lenguaje del Cuarto Evangelio) representó en ese tiempo una verdadera “revolución ontológica”, pues aun cuando la creencia en los dioses del Olimpo los hacía ver como muy carnales y apasionados, llegar al extremo de quedarse entre los seres humanos como uno de ellos era demasiado. Por ello, las afirmaciones de I Juan 4.1-9 colocan la realidad del Señor preexistente como razón de ser para la vida de la comunidad en amor y como demostración de un verdadero seguimiento cristiano. 

Confesar que Jesucristo ha venido en carne, camino verdadero de fe (vv. 1-5)

Toda la gran tradición espiritual que giró alrededor del Discípulo Amado se basó en la cercanía con la corporalidad del Verbo preexistente “hecho carne”. Aun cuando Juan no ofrece detalles del nacimiento del Señor, él se remontó más allá de los tiempos para asomarse a los entretelones trinitarios que ocasionaron el suceso que desembocó en el acontecimiento de Belén de Judea. Para él y para sus comunidades de fe era preciso “probar los espíritus” (4.1a) para advertir el grado de credibilidad de quienes se atrevan a hablar de la venida del Señor. En nuestra época, la festividad navideña como tal no es ninguna garantía de que se esté captando suficientemente la grandeza de lo acontecido aquella noche en los campos de Judea puesto que únicamente una actitud dispuesta al seguimiento del Señor puede asegurar que más allá de la fiesta se está en conexión directa con el plan de Dios que estaba en marcha y que llegó a un momento climático con el nacimiento del Señor. Confesar que Jesucristo efectivamente ha “venido en carne” (4.2b) comprueba que efectivamente se comprenden y asumen las consecuencias de la encarnación del Logos divino en el mundo: “El criterio para el discernimiento de los espíritus es el reconocimiento de ‘Jesucristo verdadero hombre’. La verdadera espiritualidad es la que se fundamenta en la encarnación”.[1]

La Navidad nos recuerda la radicalidad de la corporalidad del Hijo de Dios en el mundo a contracorriente de nuestras inconscientes tendencias docéticas que no nos llevan a ser igualmente radicales, a pesar de las afirmaciones verbales, litúrgicas y musicales, pues aún seguimos aceptando que Jesús era más Dios que ser humano. Incluso los detalles referidos por Mateo y Lucas cobran otra dimensión cuando se observa la manera en que desarrollaron sus asideros históricos para colocar el nacimiento de Jesús en sus marcos temporales, sociopolíticos y religiosos. Para esta literatura teológica, mucho de lo que hoy vemos en el festejo se aleja sustancialmente de los hechos originales, pero en un sentido que va por un lado muy distinto al de la crítica que se hace al consumismo y a la cursilería. Sus razones harían palidecer nuestras débiles objeciones al “espíritu” festivo que preside los últimos días de cada año, puesto que para ella lo esencial sería qué tipo de espiritualidad brota de ellos y qué tan firme es la práctica predominante del amor a los hermanos en todo lo que hacemos, vivimos y pensamos como integrantes de una comunidad cristiana. De ahí el contraste con el mundo que habla de lo que no sabe, de lo que no conoce, y pretende imponer una verdad a partir de ese desconocimiento natural de las cosas de Dios (4.5). 

Ser de Dios y vivir al lado del Hijo que vino al mundo (vv. 6-9)

La espiritualidad que brota de la Encarnación del Logos de Dios (a años luz del “espíritu navideño” o de su “magia”) es profundamente paradójica, “porque asume la carne, es decir toda la realidad humana, inclusive en su debilidad. Su punto de partida es Dios, que es su principio. Quienes asumen la actitud del anticristo tienen al mundo como su principio y dialogan con el mundo. Aunque hablan de Dios, lo que dicen no sirve de nada, pues son incapaces de hacer el movimiento de la encarnación”.[2] Ésta le otorga otro ritmo de vida al mundo, lo enjuicia, lo compadece y lo encamina por rutas espirituales impensadas. De ahí que la “domesticación” de la fiesta está atravesada por un conjunto de estereotipos y lugares comunes que permiten sobrellevarla con un dejo de resignación, pero al mismo tiempo de impotencia asumida dadas las exigencias que implica. La Navidad implica convertirnos y rendirnos ante la evidencia, por ejemplo, de la genealogía de Jesús en la que hay mujeres extranjeras de vidas complicadas, de un hombre que renuncia a afirmar su orgullo masculino al poner por encima de él los planes divinos, de la sumisión no violenta de poderes totalitarios a la inocencia de un niño inerme que trastornó la política imperial de un lacayo y propició una masacre (que recuerda el genocidio actual en ese mismo territorio), de la revelación divina a un pueblo marginalizado y sometido que no tenía muchas esperanzas para su presente y su futuro, y de hasta avizorar un horizonte de absoluto dominio militar que terminó en el asesinato de Jesús y, más tarde en la gran masacre del año 70 en Jerusalén. Así están las cosas no dominadas por lo que podría denominarse hoy como “el síndrome anual de Mariah Carey”.

Por el contrario, el texto sagrado es notablemente firme y optimista al aseverar que al “ser de Dios” la comunidad cristiana está muy lejos de la superficialidad para asumir la encarnación divina y que el encuentro con el Señor preexistente, base absoluta de la fe, conduce a superar los impulsos que el mundo pretende imponer como “la verdad oficial”: “Por esto sabemos cuál es el espíritu de la verdad, y cuál es el espíritu del error”, no solamente en cuanto a la Navidad sino acerca de todas las cosas. Solamente una comunidad anclada firmemente en la encarnación puede encontrarse de frente con el hecho de que “Dios es amor” (4.8a) y está dispuesta a vivir sus consecuencias, y no necesariamente porque nos toque alguien a modo en el intercambio de regalos. El v. 9 concluye muy dignamente esta sección poniendo cara a cara las dos posibilidades humanas con las que nos confronta esta conmemoración: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él”. Captar las dimensiones del amor divino y hacerlo una realidad constante en nuestra vida cotidiana. 

Conclusión

La espiritualidad de la encarnación del Logos preexistente de Dios nos lleva a aceptar su amor como razón de ser de toda la existencia: “También aquí está claro que no reconocer a Jesucristo verdadero hombre (cf. 4.2-3) equivale justamente a no reconocer la manera que Dios escogió para manifestar su amor. Este amor creó un dinamismo”.[3] Y a ese dinamismo somos llamados a sumarnos mediante una práctica de esta espiritualidad que se sobrepone a las fiestas, las desenmascara y las evidencia una vez más como lo que son: distractores de la verdadera sustancia de la acción divina que hizo nacer en el mundo al Logos eterno para transformarlo profundamente y hacer llegar así su Reino.



[1] Claudio Vianney Malzoni, “Las cartas de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. II. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1164. Énfasis agregado.

[2] Ídem. Énfasis agregado.

[3] Ídem.

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