sábado, 27 de diciembre de 2025

"Adorar a un bebé": el mundo no (re)conoció al Hijo de Dios (I Juan 3.1-10), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

William Congdon, Natividad (1960)

28 de diciembre, 2025 

…por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.

I Juan 3.1b, Reina-Valera Contemporánea

 

Dios ha entrado en el mundo, no en el centro sino en la periferia. No en el poder sino en la vulnerabilidad. No al principio sino en el final. […] Se trata de una Navidad sin los edulcorantes y analgésicos del capital: el bebé que ha nacido habrá de padecer y de sufrir hasta la ignominia; y gracias a ello se hace ahora posible experimentar a un Dios que come y bebe con nosotros. Que Dios se ha hecho carne y que haya puesto aquí su tienda quiere decir que esa vida nuestra, la vida común del laico y de a pie, es poseedora de la definitividad que el Espíritu otorga.[1]

Diego I. Rosales 

Trasfondo

La celebración de la venida en carne del Hijo de Dios al mundo remite a un sinnúmero de señales que enfatizan la acción divina en el mundo. El interés de Dios por hacerse presente de manera inmediata en el universo material de la vida y la historia confrontó a los poderes humanos de una manera que no había acontecido antes. Ése es uno de los focos principales que el Cuarto Evangelio y las cartas juaninas resaltan en su anuncio de la venida del Señor pues fueron hasta el fondo de las consecuencias de la encarnación del Logos. En la primera carta, al relacionar este acontecimiento con el amor de Dios, dos de sus temas privilegiados, desarrolló lo que se afirma en Juan 1.12 sobre el rechazo de que fue objeto el Verbo encarnado: ahora se trata de mostrar cómo quienes son hijos e hijas de Dios son portadores del amor suyo. 

El mundo [ajeno al amor de Dios] no (re)conoció al Hijo de Dios (vv. 1-5)

Para la primera carta de Juan la razón que tuvo el mundo para no (re)conocer al Hijo de Dios en el mundo es su lejanía de la inmensa realidad del amor de Dios hacia él. Ese amor es, en efecto, el gran filtro que permite percibir la cercanía de Dios en su Hijo presente en el mundo y en la comunidad de sus seguidores. Por eso, los conflictos que enfrentaron las comunidades juaninas les permitió acceder a una comprensión clara de lo que Dios seguía haciendo con base en el amor hacia el mundo (Jn 3.16). A la exhortación a no amar al mundo ni lo que hay en él (2.15-17), pues amarlo es “incompatible con la condición de hijos de Dios”,[2] le sigue el hecho de que en la relación con el mundo se atraviesa el no reconocimiento de éste a la venida del Hijo de Dios. Esa incompatibilidad plantea el dilema de vivir en el mundo sin pertenecer a él (Jn 17.14-16) por estar ligados al amor de Dios manifestado en esa “venida en carne”. Aquí se alude al mundo como “orden injusto” que se opone a la voluntad y, peor aún, al amor de Dios demostrado en su Hijo. Negar al Hijo, en el espíritu del anticristo, es negar al Padre también y, por ende, su amor (2.23).

¿Quiénes no lo reconocieron?: el Imperio, Herodes, los sacerdotes, los escribas. ¿Quiénes lo hicieron?: María, José, Isabel, los pastores, los magos, Simeón, Ana, Juan el Bautista. Ante la práctica permanente del amor comunitario el mundo retrocede, se extraña, en suma, se negaron a adorar a un bebé, a reconocer la práctica de ese amor que proviene del Hijo encarnado en medio de las comunidades de fe. La filiación de los hijos/as de Dios se diferencia de la del Hijo mediante el uso de otra palabra (tecnoi, en vez de huioi, que usa san Pablo). El mundo no podía reconocer esa filiación, derivada también de la encarnación, precisamente por su incapacidad para comprender las acciones de Dios, pero al igual que podía suceder con el Señor, se manifestará abiertamente cuando “él se manifieste” (v. 2a). El (re)conocimiento de la manifestación de los hijos de Dios está implícito en el reconocimiento de ellos y ellas. “Después de la manifestación del Hijo de Dios (1.2; 3.8), no existe posible unión con Dios que no pase a través de la unión vivificante con el Hijo”.[3] El Hijo “apareció [efaneróthe] para quitar nuestros pecados” (v. 5), como propósito final de su venida. 

(Re)conocerlo como Hijo de Dios implica permanecer en él (vv. 6-10)

Permanecer en el (re)conocimiento del Hijo de Dios implica asumir una nueva actitud ante el pecado, la injusticia, la maldad. El texto de I Juan 3 se encamina, luego de subrayar la necesidad de permanecer en el Señor Jesús de manera fiel, a la afirmación del propósito de la aparición del Hijo de Dios, esto es, deshacer las obras de impiedad realizadas por el diablo (v. 8), por el principio espiritual contrario a su voluntad. Conocer y reconocer al Señor como factor principal de la existencia en sus diferentes niveles fue lo que escapó a la visión y a la decisión de los “villanos de la Navidad”: el Imperio, porque era imposible cuestionar su poder material obtenido durante décadas de guerras, sumisión y tributo, todo eso era algo irrenunciable. Herodes, porque a su esfuerzo para alcanzar un puesto que no le correspondía no podía agregarse el (re)conocimiento de una figura anclada en la tradición espiritual de un pueblo que ni siquiera era suyo; sus palabras falsas resuenan todavía hoy como parte de su ignorancia escritural y de una inocultable hipocresía espiritual: “Vayan y averigüen con sumo cuidado acerca del niño, y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo” (Mateo 2.8b). Los sacerdotes y escribas, a sabiendas de que llegaba el Mesías, se aferraron a sus privilegios y no cumplieron con la responsabilidad de abrir los ojos y oídos del pueblo a las promesas de Dios (Mateo 2.5-6). Su conocimiento religioso no alcanzó para sumarse al (re)conocimiento de la presencia del Hijo de Dios. Es decir, tuvieron una nula disposición para apreciar la obra de Dios anunciada en los profetas y realizada en la vida del mundo presente.

Todos ellos estuvieron en las antípodas del cuadro que presentan los vv. 6-10 en el sentido de experimentar la “espiritualidad fruto de la encarnación divina”: “Todo aquel que es nacido de Dios [como el Señor en Belén] no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar [continuamente], porque es nacido de Dios” (v. 9). “Al igual que Cristo, también el cristiano unido a él está separado del pecado. Esto se anuncia como un hecho que deriva de la unión con Cristo; tanto más cuanto que el autor está convencido de la superioridad de las fuerzas divinas sobre la violencia del maligno”.[4] 

Conclusión

Celebrar el “anverso” de la fiesta cristiana de la Navidad es afirmar positivamente los beneficios derivado” del (re)conocimiento de la venida del Verbo de Dios que el Señor ha permitido en su gracia. Pero también implica la posibilidad de asomarse al “reverso” de la fiesta (controlada por el mercado [5]) y de la realidad superior que representa, y reflexionar sobre su impacto y consecuencias. Dejarse llevar por el espíritu de una celebración superficial coloca a las personas en el reverso, es decir, al lado de aquellos quienes no (re)conocieron al Salvador ni se sumaron a la alegría por su nacimiento sino que, por el contrario, urdieron planes perversos para aprovecharse de quienes lo buscaron de corazón y así acabar con su vida desde la más tierna infancia. (Re)conozcamos, más bien al Señor en ese niño indefenso que llegó para acabar con la presencia del mal en el mundo y así mostrar el inmenso amor de Dios hacia el mundo incluso el que no quería tener trato con él. En resumen: “Se trata de que dejemos que nos hable la humanidad de Dios, en la que se hace visible y asequible su verdadera divinidad, que la admitamos como la realidad que se nos da para nuestro provecho tanto en lo grande como en lo pequeño y que permanezcamos en ella, en vez de saltar en el vacío fuera de ella. Nosotros no podemos inventarla ni hacerla”.[6]



[1] D.I. Rosales, “La Navidad o el fin de los tiempos”, en Conspiratio, 23 de diciembre de 2024, www.conspiratio.mx/blog/la-navidad-o-el-fin-de-los-tiempos.

[2] Rudolf Schnackenburg, Cartas de san Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980, p. 161.

[3] Ibid., p. 188.

[4] Ibid., p. 215.

[5] Roxanne Roberts, "23 Christmas traditions ranked, from cookies to shopping hell", en The Washington Post, 21 de diciembre de 2015, www.washingtonpost.com/style/interactive/2025/christmas-traditions-activitires-lights-tree/

[6] K. Barth, “Nacimiento de Dios” (Navidad de 1962), en Al servicio de la Palabra. Barcelona, Herder, 1985, p. 267.

Anexo

A pocos pasos de la basílica de la Natividad en Belén, al final de un callejón lleno de tiendas de artesanía de madera, hay un pequeño santuario. Al cruzar la puerta y bajar unos escalones, te envuelve el silencio de una gruta de piedra blanca. Los árabes la llaman Mugharat as-Sitti Mariyam, la gruta de Nuestra Señora Santa María, pero los peregrinos la conocen como la Gruta de la Leche. Según una tradición que se remonta al siglo VI, en esta gruta la Virgen se refugió durante su huida de los soldados de Herodes que tenían la orden de matar a todos los niños menores de dos años. Después de la bendición del ángel que se le apareció en sueños a san José, saldrían de esta gruta rumbo a Egipto.

Alessandra Buzzetti, "Belén. Dolor y esperanza", en

www.clonline.org/es/actualidad/articulos/belen-gruta-leche-huellas, 23 de diciembre de 2025


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