17 de octubre, 2022
…plenamente convencido de
que Dios era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Por eso su fe
se le tomó en cuenta como justicia. Romanos
4.22, Reina-Valera Contemporánea
El verbo justificar (dikaioó), traduce aquí el verbo
hebreo tsedek, en
causativo (hifil). Es decir, Dios
hace que los seres humanos hagan justicia. Si la gran calamidad que Pablo nos
hizo ver era que no había ni un justo, nadie que hiciera el bien, ahora el
mismo Pablo afirma lo contrario: por la manifestación de la Justicia de Dios
mediante la fe de Jesucristo y su resurrección, se abre la posibilidad a todos
de hacer justicia, pues han sido justificados, comenzando con Jesús.
Elsa
Tamez, “Justicia y
justificación” (1993)
Trasfondo
|
E |
l 31 de octubre de 1999 se firmó en Augsburgo, Alemania,
la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación por parte de la Iglesia
Católico-Romana y la Federación Luterana Mundial Santa Sede. El documento establece
que las confesiones católica y luterana profesan la misma doctrina sobre la
justificación por la fe, aunque con desarrollos diferentes. En 2006, se unió el
Consejo Metodista Mundial, y en octubre de 2017, la Comunión Mundial de
Iglesias Reformadas.[1] “La
justificación sólo por la fe (sola gratia-sola fide) es la característica
teológica más específicamente protestante”,[2] es
decir, lo que define el tono genuinamente protestante de la fe evangélica, tal
como fue relanzada por los esfuerzos conjuntos de la Primera Reforma (husitas y
valdenses), Martín Lutero y los demás reformadores magisteriales, además de las
diversas alas de la llamada Reforma Radical. Ella define de manera central el
nuevo apropiamiento de la salvación mediante Jesucristo en los albores de la
modernidad occidental. Así lo expresa el documento mencionado: “En la fe,
juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El
Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y
postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de
Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia
nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conforme con la
voluntad del Padre”.[3] “La
doctrina de la justificación no sólo es el primer criterio de toda auténtica
reforma de la Iglesia; constituye a la vez una llamada permanente para que la
Iglesia no olvide la razón y el sentido de su misión, que consiste en servir a
la santidad de todos los hombres, en ayudar a que vivan en gracia y amistad con
Dios. La doctrina de la justificación recuerda a la Iglesia la primacía del
Evangelio y de la gracia, la necesidad de no absolutizar sus estructuras
visibles o los programas de acción pastoral. La Iglesia no es primaria ni fundamentalmente
una organización humana o una educadora moral de la sociedad, sino ‘la
portadora de la gracia victoriosa de Cristo para el mundo’” (Jutta Burgraff).
1.
De la condenación a la justificación por la fe
Con esta frase bien se puede resumir el camino que va
desde el principio de la carta a los Romanos (1.), en donde se habla firmemente
de la realidad del pecado humano y cómo ha conducido al distanciamiento con
Dios, aun cuando el texto propiamente dicho abre con la gran afirmación de
1.17: “Porque en el evangelio se revela la justicia de Dios, que de principio a
fin es por medio de la fe, tal como está escrito: ‘El justo por la fe vivirá’
[Hab 2.4]”, hasta desarrollar la realidad grandiosa de la justificación por la
fe a través de un extraordinario repaso de la figura fundamental de Abraham,
padre de los creyentes, y su experiencia de esa misma realidad de salvación
obrada por Dios en su vida. Partiendo de la ira de Dios (1.18), y de una
dolorosísima enumeración de la maldad e injusticia humanas (1.21-32), en el
siguiente capítulo diserta sobre el juicio divino contra ellas (2.1-16) y
encarando la situación histórica del judaísmo conocedor de la Ley (2.17-29),
pero poco practicante de la justicia, en contraposición con quienes no la
conocieron, aunque por igual son objeto del juicio por causas de su injusticia.
En 3.1 surge la pregunta: “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?”, que preside
una sólida reflexión sobre la forma en que la injusticia humana resalta la
justicia de Dios (3.5). “No hay justo ni aun uno” se afirma, citando
extensamente el Salmo 14 (3.10-18), para llegar a los vv. 22-24 y afirmar
enfáticamente: “La justicia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, es para
todos los que creen en él. […] por cuanto todos pecaron y están destituidos de
la gloria de Dios; pero son justificados gratuitamente por su gracia, mediante
la redención que proveyó Cristo Jesús” y concluye con un alegato sobre la
superioridad de la ley de la fe (3.27-28).
Allí es donde hace su aparición la figura
paradigmática de Abraham como padre de los creyentes. El cap. 4 abre con una
pregunta muy directa acerca de lo acontecido con él: “¿Qué fue lo que obtuvo
nuestro antepasado Abraham?” (4.1). Esa interrogante pone sobre la mesa la
explicación de lo que vivió el gran patriarca para ser justificado precisamente
por la fe. La respuesta a la pregunta dio inicio a una de las exposiciones más
ricas y exhaustivas sobre ello: “Porque si Abraham hubiera sido justificado por
las obras, tendría de qué jactarse, pero no delante de Dios” (2). Pues la
Escritura es muy clara: “Que Abraham le creyó a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia” (3b). Y concluye: “Ahora
bien, para el que trabaja, su salario no es un regalo sino algo que tiene
merecido; pero al que no trabaja, sino que cree en aquel que justifica al
pecador, su fe se le toma en cuenta como
justicia”. El gran esquema jurídico asumido por el apóstol para explicar
satisfactoriamente la realidad de la justificación por la fe aparece aquí en
toda su dimensión para que uno como lector pueda comprender todo lo sucedido
con Abraham.
2.
Dios justifica a todos/as mediante la fe, gran verdad revolucionaria
Romanos 4.15-25 puede ser leído como “un gran poema
teológico” e incluso sus versículos pueden ser dispuestos como versos. A cada
paso, la reflexión sobre la experiencia de Abraham va desplegando nuevas
iluminaciones sobre la preeminencia de la fe. La afirmación de 1.15 es un punto
de partida contundente: “Porque la ley produce castigo, pero donde no hay ley,
tampoco hay transgresión”. La promesa es recibida por fe (16a) y, como todo es
por gracia, la promesa se afirmó para toda la descendencia de Abraham (16b), lo
mismo para los de la ley (judíos) que para la descendencia espiritual (16c). Así
se cumple alegóricamente el gran anuncio: “Te he puesto por padre de muchas naciones”
(17a). Como él creyó “contra toda esperanza” (18a), se realizó esa promesa y su
fe no flaqueó, aun cuando todo estaba en su contra: su edad y la esterilidad de
su esposa (19). Por el contrario: “Se fortaleció en la fe y dio gloria a Dios”
(20b) ante la enorme posibilidad de que Dios haría lo que había dicho (21). De esa
manera, obtuvo la gran misericordia divina: “Su fe se le tomó en cuenta como
justicia” (22). Como afirma Karl Barth: “ ‘Por eso’, porque la fe de Abraham es
su ‘fe ante Dios’ (4.17b), porque ella, no como una parte de su actitud, sino
como su absoluta delimitación, concreción y abolición absoluta, es el milagro
absoluto, el comienzo puro, la creación original; por eso, porque su fe no se
agota en un suceso histórico sino que es al mismo tiempo la negación pura de
todo suceso y no suceso histórico, por eso Dios lo califica como justicia, por
eso Abraham —sólo por la fe— participa en Dios de la negación de la negación,
de la muerte de la muerte; por eso, todo lo que hay de suceso histórico en
Abraham no impide que su fe brille como luz de la Luz increada.[4]
Esta grandiosa realidad de salvación se extenderá a
todos/as quienes siguen la huella de la fe de Abraham (23) y se aplica a “nosotros”,
agrega san Pablo, “pues Dios tomará en cuenta nuestra fe” (24a) en quien resucitó
a Jesucristo (23b), quien “fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para
nuestra justificación” (25). “La salvación sólo por la gracia de Dios en Cristo
inspira toda la historia y el pensamiento protestantes. Es el principio rector,
primero y esencial” (L. Gagnebin y R. Picon). Por eso en Ro 8.30 la justificación
resplandece como parte central de la historia de salvación.
Conclusión
“Queda
patente que la doctrina de la justificación no es un problema meramente teórico
o un asunto del pasado. Es más bien una cuestión que tiene implicaciones en la
autocomprensión de la Iglesia misma. Constituye el punto de referencia de la
vida cristiana: la autenticidad de la vida eclesial se fundamenta en la
autenticidad de la vida de la gracia. En este sentido, la afirmación de Lutero,
[de] que el artículo sobre la justificación es el articulus stantis et cadentis ecclesiae [la doctrina por la cual la
Iglesia permanece de pie o se cae], es una afirmación verdadera. Lo pueden afirmar
tanto los católicos como los protestantes”.[5]
[1] Cf. Declaración
conjunta sobre la doctrina de la justificación. Ginebra, Federación
Luterana Mundial-Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, 2017, www.lutheranworld.org/sites/default/files/2019/documents/jddj_spanish.pdf, y Del conflicto
a la comunión. Conmemoración conjunta Luterano-Católico Romana de la Reforma en
el 2017. Maliaño, Federación
Luterana Mundial-Sal Terrae, 2013, www.lutheranworld.org/sites/default/files/FCTC_ES-Del_conflicto_a_la_comunion.pdf.
[2] Jean Baubérot y Jean-Paul
Willaime, “Justification par la foi”, en ABC du Protestantisme. Mots clés, lieux,
noms. Ginebra,
Labor et Fides, 1990 (Entrée libre, 10), p. 103.
[3] Declaración
conjunta…, p. 4.
[4] K. Barth, Carta a los
Romanos. Madrid,
Biblioteca de Autores Cristianos, 1998, pp. 195-196.
[5] Jutta Burgraff,
“La declaración conjunta católico-luterana de 1999 acerca de la justificación”,
en AHlg 9 (2000), p. 513.
No hay comentarios:
Publicar un comentario