10 de octubre, 2021
Así que, hermanos, yo les
ruego, por las misericordias de Dios, que se presenten ustedes mismos como un
sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. ¡Así es como se debe adorar a Dios! Y
no adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la
renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que
es bueno, agradable y perfecto. Romanos
12.1-2, Reina-Valera Contemporánea
Ruego pues, a vosotros,
hermanos, por medio de las misericordias de Dios, presentar los cuerpos de
vosotros como sacrificio
vivo, santo, agradable a Dios, el culto auténtico (racional) de vosotros; y no
os amoldéis a la época esta, sino transformaos por la renovación de la mente
para discernir vosotros cuál es la voluntad de Dios, la buena y agradable y
perfecta.
El Nuevo Testamento
interlineal palabra por palabra griego-español
Trasfondo
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C |
ada vez que somos confrontados/as por estas grandiosas
palabras del apóstol Pablo, que resumen como pocas varios de los ideales de la
renovación instaurada por la fe cristiana en el mundo, especialmente la
profunda insatisfacción por las pretensiones de absoluto de las creencias,
ideas y prácticas predominantes, estamos delante de la afirmación del
inconformismo radical o, como lo definió el teólogo alemán Paul Tillich (1886-1965),
del “principio protestante”, el cual consiste en no aceptar ninguna cosa en el
mundo como absoluta, pues únicamente la realidad divina puede ser considerada
así. Como corolario de toda la exposición previa de San Pablo, especialmente la
relacionada con la salvación del pueblo de Israel en la historia, y después de
la doxología de 11.33-36 que celebra “las riquezas de la sabiduría y de la
ciencia de Dios”, el cap. 12 abre con una amonestación (parakalo)
derivada de todo ello. Podría decirse que esa sección inicia con una
recapitulación exhortativa que va a relanzar la vida de la comunidad hacia la
cual se dirige para el presente y el futuro. “La reflexión paulina corresponde
a lo que hoy nos agrada considerar como teología a partir de la práctica”,[1]
por lo que las dos partes del capítulo se corresponden muy bien con la
liberación espiritual (vv. 1-2) encaminada hacia la transformación social y
comunitaria (vv. 3-12).
1. “Por las misericordias de Dios… presentar el
cuerpo en el culto y cambiar de mentalidad (convertirse)”
Si se quisiera resumir a grandes rasgos la grandiosa
enseñanza de los capítulos 1-11 de Romanos, podríamos tomar las palabras de
Elsa Tamez: “Con la llegada de Jesucristo, quien inaugura el camino de la fe,
se vive en los tiempos de gracia y no de la obediencia a las leyes. Los humanos
que acogen el don de la justicia de Dios se orientan por la lógica de la fe, la
cual es una manera diferente de conducirse en la vida, llenos de esperanza, al
servicio de la justicia. Estos son llamados ‘los que están en Cristo’ y tratan
de actuar como Jesús; se orientan por la lógica del espíritu, que es la lógica
de la vida, justicia y paz”.[2]
Con ello en mente, es posible abordar el par de extraordinarias exhortaciones
planteadas en los primeros 2 vv. del cap. 12, la primera, sobre la naturaleza
del culto y su relación con el cuerpo, y la segunda sobre la necesidad de una
auténtica conversión para poder superar las imposiciones ideológicas y
culturales del tiempo presente.
“Los postulados teológicos anteriores son fundamentos
para orientarse en las acciones de la vida diaria”.[3] Pablo
exige una permanente transformación (metamorfosis) de la mente y los cuerpos ¡para
discernir la voluntad de Dios en cada momento sin ninguna duda! El
discernimiento es fundamental: “Saber conducirse con la lógica del espíritu o
la fe, implica actuar con mucha sabiduría. A veces implica someterse a la ley coyunturalmente
para sobrevivir, a veces implica limitar nuestra libertad para no ser escándalo
al hermano o hermana débil (cf. Rm 14). La renovación constante, el
discernimiento sabio y el régimen del amor son la garantía que nos indica que
estamos bajo la lógica del espíritu y la fe, cuyas aspiraciones son hacia la
vida, la justicia y la paz”.[4] La
entrega continua de los cuerpos (sómata; “…basta con recordar cómo ha
hablado del cuerpo del pecado y de la muerte, y que en el capítulo 6 ha dicho
que el cuerpo y los miembros que antes estaban al servicio del pecado y eran
utilizados por él como instrumentos de iniquidad, ahora han de ser presentados como
instrumentos de la justicia: 6.13, 19[5])
como un sacrificio litúrgico y la disposición permanente para no amoldarse (acomodarse)
al espíritu de la época son bien resumidos por uno de los grandes maestros de
la teología moderna: “Lo que sucede aquí ‘no se acomoda a la figura actual del
mundo sino a su transformación’. Pero ¿qué podemos hacer para que en nuestras
acciones resplandezca el sacrificio, la abnegación del hombre y, por tanto, la
gloria de Dios, para que ellas no sean cáscaras huecas sino frutos maduros y
sazonados? ¿A qué se puede exhortar, invitar y urgir al hombre en esta
dirección?”[6]. A no acomodarse, amoldarse ni adaptarse “a la figura actual
de este mundo, sino a su transformación futura”, según lo traduce el
propio Karl Barth.
El llamado segundo es a convertirse, a entrar en la experiencia
de una metamorfosis continua: “Penitencia [o conversión] significa cambiar de
modo de pensar. Este cambio de mentalidad es la clave del problema ético, el
lugar en el que se produce el giro que apunta a un actuar nuevo”.[7]
Los cristianos deben tener
presente que ya ahora pertenecen al nuevo eón y que esto tiene consecuencias
definidas para su manera de vivir. Por la misericordia de Dios en Cristo han
sido librados del presente eón malo (cf. Gál 1.4) en el cual ejercen su severo
gobierno la ira, el pecado, la ley y la muerte. En consecuencia, no es posible
que sigan viviendo en eI estado antiguo, como si nada hubiera acontecido, por
medio de Cristo. […] La mente y la memoria, la razón y la emoción; en fin, todo
en la vida del cristiano, desde lo más íntimo hasta lo más externo debe entrar
en esta metamorfosis para estar en conformidad con el nuevo eón.[8]
La sensatez y, el equilibrio y el dominio propio
aparecen en 12.3 como consigna de lo que viene a continuación. La visión de la
iglesia como un organismo viviente preside todo el conjunto de exhortaciones
para la vida comunitaria (4-5). “La medida de la fe” de cada quien es el único
criterio dominante para la práctica de la existencia colectiva transformada a
través de los dones recibidos (6-8): “La iglesia, que es el cuerpo de Cristo,
no puede existir o crecer sin profecía, sin servidores de la congregación, sin
ministerio. sin gobierno, etcétera […] Cada cual ha de servir con su don y en
la forma específica que corresponde al mismo; sin olvidar jamás que su don es
sólo uno entre otros igualmente necesarios. Por tanto, debe emplearlo de
acuerdo con la medida dada por la fe”.[9]
El amor vivido sin fingimiento (9a), así como la superación del mal y la opción irrestricta por lo bueno (9b) deben presidir todas las relaciones humanas, además del respeto y la deferencia hacia los demás (10). En el servicio al Señor el valor primordial es la disposición continua (11). Gozarse en la esperanza es la actitud que debe prevalecer (12), además de la ayuda mutua y la hospitalidad (13): “…con estas amonestaciones Pablo quiere mostrar qué es lo que significa ‘andar en amor’. El amor es así. Así procede en las diversas situaciones de la vida. A ello añade Pablo por medio de sus amonestaciones un llamado personal. Sois justificados por la fe, de modo que observad una conducta correspondiente. ¡Andad en amor!”.[10]
Conclusión
La base de la
transformación social auténtica es la entrega verdadera y la conversión
auténtica. La premisa profunda de toda modificación en la conducta social pasa
por la transformación efectiva de las mentalidades para que, de ese modo, pueda
advertirse la fuerza del cambio espiritual y cultural. Quiera Dios que su
pueblo comprenda con claridad la eficacia de la renovación profunda de las
actitudes y la conducta colectiva como muestra clara de una efectiva reforma
que vaya más allá de lo religioso y se aplique en todas las áreas de la vida.
[1] Sebastião
Armando Gameleira Soares, “Relectura de Pablo: desafío para la iglesia”, en Revista de Interpretación Bíblica
Latinoamericana, núm. 20,
1995, p. 39.
[2] E. Tamez, “¿Cómo
entender la carta a los Romanos?”, en Revista de
Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 20, 1995, p. 86.
[3] Ibid., p. 87.
[4] Ídem.
[5] Anders
Nygren, La epístola a
los Romanos. Buenos Aires,
La Aurora, 1969, p. 343.
[6] Karl Barth, Carta a los Romanos. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos,
1998, p. 511.
[7] Ídem.
[8] A. Nygren, op. cit., p. 344.
[9] Ibid.,
p. 348.
[10] Ibid., p. 350.
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