3 de octubre, 2021
Dedicado a mi gran amigo y compañero
Leopoldo Cervantes-Ortiz,
quien es instalado como nuevo pastor
de esta iglesia
Vivir: —Saber morir; así me aqueja
este infausto buscar, este bien fiero,
y todo el Ser en mi alma se refleja,
y buscando sin fe, de fe me muero![1]
José Martí
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E |
l gran tema de la
carta de Pablo a los Gálatas es la libertad cristiana, en razón de la “Gracia
de Dios” (járis). Ese tema ya se ha
tocado en los primeros versículos de la carta, donde Pablo alaba “el cual [Jesucristo] se dio a sí mismo por
nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo” (Gálatas 1.4).
Y Pablo también reintroduce el tema cuando presenta a algunos de sus
principales antagonistas en las comunidades gálatas: “Pero a causa de los
falsos hermanos [creyentes griegos] introducidos a escondidas, que se colaron
para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de esclavizarnos...”
(2.4). Por último, Pablo concluye la gran alegoría de Agar y Sara en 4.21-5.1
así "firmes en la libertad con
que Cristo nos hizo libres” (5.1).
Contexto
La perícopa
actual continúa y apoya el pensamiento de Pablo tal como lo ha desarrollado en
los versículos anteriores. Pedro había participado en comidas comunes con
grupos mixtos de judíos y gentiles, en las que los cristianos judíos relajaban
su adhesión a las leyes alimentarias judías. Pero al percibir la presión de los
miembros de la iglesia cristiana judía de Jerusalén, Pedro se retractó y volvió
a llevar la vida de un cristiano judío observante de la ley. Pablo entendió
que, en opinión de Pedro, todos los cristianos, incluidos los conversos
gentiles, debían observar las leyes alimentarias judías. Pablo se opuso a esto.
El evangelio sin ley de Pablo
Pablo comienza
esta sección del texto con una clara declaración de su afirmación teológica
central: “...sabemos que una persona es justificada no por las obras de la ley,
sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2.16a). El uso de Pablo del singular “una
persona” hace que parezca que está hablando de la salvación individual. Sin
embargo, su punto real es diferente: La cuestión es la comunión corporativa, no
la salvación individual. Además, en contra de las apariencias, Pablo no está en
contra de la ley o del judaísmo como tal, sino que se opone a la imposición de
la ley a los cristianos gentiles. Como misionero a los gentiles, Pablo estaba
convencido de que a los gentiles no se les debían imponer las leyes judías
relativas a la circuncisión, las leyes alimentarias y la observancia de días
festivos especiales.
Sea como fuere,
parece ciertamente que su ataque se dirige contra la ley judía. Tenemos a
nuestra disposición una atractiva interpretación intermedia: En su lucha por
obtener y retener a sus conversos (gentiles) Pablo ataca feroz pero
injustamente el judaísmo bastante normal de sus oponentes. Esta opción
interpretativa nos permite explicar por qué Pablo parece atacar claramente la
ley judía y al mismo tiempo no se opone realmente a ella. Tal vez Pablo no
tenía ninguna objeción a que los cristianos judíos siguieran observando la ley,
no aborda directamente ese punto. Simplemente no quería que la ley se impusiera
a los no judíos a los que había sido enviado en misión. El argumento de Pablo
puede considerarse injusto en la medida en que presenta sólo el lado negativo
de la ley. No presenta toda la historia, los dos lados de la ley, el bueno y el
malo.
Así pues, en
estos versículos, Pablo elabora su concepción de un evangelio sin ley: el don
de la libertad en Cristo es, en este caso, la libertad de las exigencias de la
ley judía.
¿Pero la fe de quién?
La lógica de
Pablo se ve reforzada significativamente por una frase ambigua que aparece tres
veces en nuestra perícopa. La frase de Pablo "por la fe en Cristo"
puede traducirse también "por la fe de Cristo", que, a su vez, puede
traducirse "por la fidelidad de Cristo", refiriéndose a su firme
adhesión a la voluntad de Dios y a su resistencia hasta la cruz. No olvidemos,
como bien ha dicho reiteradamente nuestro amigo Alfredo Tepox: “Fe en el
Antiguo Testamento se refiere a emuná”
(de donde viene también la palabra amén).[2]
El efecto neto de
esta ambigüedad es que, si se prefiere esta última traducción, la fe
justificadora no es en sí misma una obra humana. Pablo no estaría entonces
contrastando una obra humana con otra, no contrastando las obras de la ley y la
obra que es creer en Cristo, y afirmando que un tipo de obra humana salva
mientras la otra no. Él estaría contrastando todas las obras humanas, sean de
la ley o de la fe, con el acto salvador de Dios en Jesucristo, que por sí mismo
es suficiente para la justificación. Aunque Pablo ciertamente valora la obra
humana de la fe, como lo hace en la cláusula media del v. 16, su punto sería
que la obra eficaz final de la justificación/salvación pertenece únicamente a
la obra de Dios en Cristo. O sea, a su “Gracia” (járis v. 21).
La “gracia” de
los emperadores de este eon (imperio)
era lo que denominamos “clientelismo”. Dios no quiere súbditos ni vasallos ni
esclavos… ni siquiera soldados. Dios anhela personas libres. Por eso nos
propone una gracia alterna al mundo. Una gracia que signifique libertad humana.
Lutero en el siglo XVI dedica una obra literaria íntegra a este tema[3] pero además su vida cobra
sentido, en razón de “La Gracia”. Esta gracia de Dios sin cortapisas, sin obras
súper erogativas. Una gracia que es puro amor al discipulado y seguimiento a
las pisadas del resucitado.
La gracia que
Dios nos ofrece en Pablo a los Gálatas y que nos recuerda la Reforma en la
persona de Lutero, es una gracia generosa. Es una gracia-ternura de Dios, es
una gracia-solidaridad con quien no puede salvarse a sí mismo.
Concluyendo
En su misión de
llevar el evangelio de Jesucristo a los no judíos, Pablo se enfrentó a las
grandes cuestiones de las prácticas y requisitos étnicos y religiosos para los
cristianos de diferentes orígenes y tradiciones.
- ¿Cómo estamos nosotros, como iglesia, a la altura de este tipo de cuestiones?
- ¿Nos esforzamos diligentemente por encontrar formas de ser plenamente respetuosos con las diferencias entre las personas y, al mismo tiempo, ser conscientes y discernir cuáles son las cosas que son y no son esenciales para ser quiénes somos?
- ¿Hasta qué punto somos diligentes a la hora de discernir lo que es necesario y lo que es contingente en estas cuestiones de la vida y la fe de la comunidad?
·
Y por muy
importantes que sean estos asuntos, -y son muy importantes- ¿tomamos realmente
y de verdad el mensaje de Pablo de que ningún acto u obra humana, ninguno en
absoluto, es lo que en última instancia nos justifica ante Dios?
Hoy estamos
frente a la instalación de un nuevo pastor para esta iglesia, el muy amado Rev.
Leopoldo Cervantes-Ortiz, colega excepcionalmente preparado para enseñar,
ministrar, exhortar y acompañar.
Es muy importante
que esta comunidad esté lista a ministrar también la gracia de Dios a él a
través de sus dones y diligencia. La gracia de Dios no ha sido barata para Él[4] y no debe serlo para la
iglesia. El costo del discipulado requiere de mucha diligencia. Como hemos
visto en Pablo: de mucha “fe” (emuná)
y compromiso en el camino del Reino que es eterno. Para que así, como dice
nuestro poeta chiapaneco, “[…] la vida, no tú ni yo, la vida sea para siempre
[…]”.[5]
Que Dios nos
ayude a vivir en la libertad del Evangelio propuesta a iniciativa de Dios por
medio de su Gracia.
¡Emuná-amén!
[1] J. Martí, “Rosario”,
en Poesía completa de José Martí. II. Edición crítica. La Habana, Letras
Cubanas, 2014.
[2] Véase: https://www.youtube.com/watch?v=CCj4aY42d1I
[3] Martín Lutero. “La libertad cristiana,” en Giacomo
Cassese y Eliseo Pérez, eds., Lutero al habla. Antología. México, varias
instituciones, 2005.
[4] Dietrich Bonhoeffer. El precio de la gracia: el seguimiento.
Salamanca, Sígueme, 2005.
[5] Pilar Jiménez Trejo. Jaime Sabines. Antología. México, UNAM, 2007.
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