domingo, 23 de enero de 2022

"Yo soy el Alfa y la Omega": en camino hacia un éxito asegurado (Apocalipsis 21.6-8), 23 de enero de 2022

Pbro. Samuel Gallegos González

 

Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.”.                                                                                                   

Apocalipsis 21.6-8, RVR 1960

Trasfondo

En el capítulo 21, todo apunta al triunfo. Juan de Patmos nos acerca a una visión final triunfante, después de habernos conducido por un gran túnel oscuro, lleno de obstáculos, catástrofes cósmicas y luchas sangrientas, pero quiere que sus lectores, además de tener la certeza de la victoria, la sientan. Que el punto de luz que se veía a lo lejos, no es un foco moribundo, sino la ventana a un mundo nuevo. Y Juan de Patmos, nos llena los sentidos, con una ciudad celeste-terrena, maravillosa y nos hace, saber y sentir, que esa ciudad es nuestra, que fue hecha para nosotros, que nos espera y que allí estará Dios confirmando su morada en nosotros y afirmando que le pertenecemos.

Pero esto es solo una visión de lo que nos espera. El trayecto aún no termina. La oscuridad del túnel continúa. Todavía Dios tiene lágrimas que enjugar, porque la lucha contra las fuerzas de la oscuridad no ha terminado. Pero lo que Juan quiere que sepamos, es que los dolores, cuales quiera que estos sean, terminarán. Es verdad que el sufrimiento y los dolores continúan, porque aún falta que Dios sustituya el orden antiguo y viejo, por su nuevo orden, el cual está pensado para dar paz total al cosmos y a los seres humanos. Por eso Juan de Patmos, nos vuelve a decir, para que no lo apartemos de nuestra conciencia y de nuestra mirada, que quien ocupa el trono del poder es Dios, no algún emperador, por muy poderoso que parezca.

Y para que quede constancia, para que se pueda leer, para que quienes escuchen puedan ayudarse a entender lo que sucede, para que sepan la realidad detrás del aparente caos en que los sumerge el imperio, Dios, le pide a Juan de Patmos, que escriba lo que él dice, como ya se lo ha pedido otras veces (1.19; 2.1, 8, 12 , 18; 3.1, 7, 14; 14.13; 19.9) y le confirma que su palabra es confiable y verdadera. Así que son palabras dignas de repetirse, dignas de comunicarse, dignas de tomarse en serio, dignas de tener en mente para interpretar la realidad, dignas de aferrarse a ellas contra toda evidencia, porque lo que está por venir, está en proceso, pero es seguro, y estas palabras son la garantía de que los seguidores del Cordero no tienen por qué preocuparse del resultado final. La historia está siendo conducida por el poder divino, a pesar de que sean tan mortales los encontronazos de los seguidores del Cordero, con las fuerzas oscuras del poder humano. Por eso dice: 

“Hecho está” (6a)

O “han sido ejecutadas”, como podría traducirse por ser el verbo griego perfecto, activo, indicativo. No nos extraña. Lo dice quien está sentado en el trono. Nosotros desde acá abajo solo vivimos el proceso. Pero Dios, sentado en su trono, es quien conduce la historia con poder y es Dios quien tiene la vista total y panorámica de la historia y es él quien tiene el poder para conducirla hacia un nuevo orden justo y nos asegura que ya ha sido hecho. No como una satisfacción del trabajo terminado, sino como una constatación segura y confiable. Porque quien está en el inicio y en el final del desarrollo de la historia humana, es Dios. Por eso dice: 

“Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (6b)

Dios es el que está a cargo de cada etapa del proceso, hasta llegar al nuevo orden justo. Quien hace que la beta, la gama, la delta, la épsilon, de la dseta, y cada letra del abecedario de la historia, sea ejecutada, es Dios. Esta expresión, nos remite a la dicha en Isaías 44.6: “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios”. Esto se lo dice a un pueblo de Israel, que vive el exilio en Babilonia para animarlo y hacerles saber, que Dios los cuidará y que no debe tener miedo. En Isaías 48.12, se repite: “Yo mismo, yo el primero, yo también el postrero”, pero esta vez, lo dice Dios, después de anunciar a su pueblo que hará por ellos cosas grandes, nuevas y ocultas que nunca habían visto.

Desde mi punto de vista, Alfa y Omega y todos los términos relacionados (principio y fin, primero y postrero o primero y ultimo), se refieren al tiempo, significado y realización de la intervención divina en la historia humana. Están dichas en contextos, en el que el pueblo de Dios, pasa por adversidades y es una frase para expresar que Dios los acompaña desde el inicio de la historia y hasta el final pleno, pero también desde el inicio y hasta el final de un trayecto adverso en particular. Así, podemos decir que esta acción divina no solo es para el principio y el final ni se refiere solo a la creación y la consumación del tiempo, sino es una acción para el presente en su constante devenir, porque quien se hace cargo de la dirección de la historia, es “el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8).[1] Así que Dios, que está de principio a fin con su pueblo, nos dice: 

“Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.” (6c)

Esta frase me lleva a pensar en que aún hay camino que recorrer para llegar a la omega. Es decir, aún falta que la vida, la historia, lo que está ya hecho, sea pleno y definitivo. Así que todavía sentiremos sed. Y qué bueno, porque significa que estamos vivos y que queremos vivir. A mí la frase me remite al desierto. Me hace recordar ese pasaje de Éxodo 17:1-7, donde el pueblo hebreo llega a Refidim y no encuentra agua y sienten que se mueren de sed y se enojan contra Dios y contra Moisés. Para colmo Dios, no les da el agua inmediatamente. Los hace caminar de Refidim a Horeb, que no es una distancia corta, y es allí donde por medio de Moisés, golpeando una roca, les da agua.

Seguimos caminando por la vida, que a veces puede sentirse desértica, y mientras sigamos sintiendo sed, todo está bien. Pero a diferencia del pueblo hebreo, la fuente de agua de vida, la roca golpeada para que brote el agua, camina con nosotros. No tendremos que desplazarnos a ningún lugar para obtener el agua de vida. Y además es gratis. Como no recordar las palabras del profeta Isaías (55:1): A todos los sedientos: Venid á las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad, y comed. Venid, comprad, sin dinero y sin precio, vino y leche.

Juan de Patmos, escribe a creyentes víctimas de un imperio opresor y criminal, que puede despertar sed de varias índoles, hasta sed de venganza. Son palabras que nos remiten también a las dichas por Jesús en Juan 7:37-38: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí; como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva. Y aclara el evangelista, que se refiere al Espíritu, es decir, a la fuerza y orientación de vida como modo de pensar, hacer y sentir de Jesús. La fuente de agua de vida de Jesús, se vuelve ríos de agua viva en nosotros. No es sed de venganza contra el imperio. Es sed de justicia que será saciada y que es también agua viva dentro de nosotros operando ya. Es agua de vida que necesitamos beber, porque aún hay batallas que librar. Por eso dice: 

“El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” (7)

A mí esta frase me hace pensar, en que el agua de vida es gratis, pero no nos exime de la batalla, ni de una posible derrota. Vencer, es un tema importante en Apocalipsis, que tiene un énfasis significativo en los capítulos 2 y 3 (2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21). Dios llama a las 7 iglesias a vencer. Y en este versículo 7, se nos dice que el que venciere, heredará estas cosas, como dice el griego (tauta), y estas cosas, puede ser una lista larga, pero en este capítulo 21, podemos decir que alude al nuevo orden de Dios, en donde el mar no existe más (21:1); donde la muerte no existe más (21:4 ), donde no se llora más, ni se grita de dolor por sufrimiento (21:4), donde la nueva creación vence al caos y donde la justicia reina en una ciudad resplandeciente, que se levanta majestuosa bajo un cielo nuevo y está asentada en una tierra nueva.

Aún más, Dios dice que esa relación que ha tenido con su pueblo a lo largo de la historia, será definitiva. Si bien ser pueblo de Dios y ser su hijo, es una convicción real en el creyente hoy, en el final de la historia se vuelve una realidad absoluta, para quien triunfa sobre las vicisitudes de la vida, con fe. Desde el versículo 3, de este capítulo 21, la voz del cielo que le habla a Juan de Patmos, le ha hecho saber que Dios morará con los seres humanos y que ellos serán su pueblo y que Dios será su Dios. Es una afirmación más bien, general. Pero en este versículo 7, se sugiere que ese pueblo, está formado por vencedores, y Dios manifiesta una cercanía filial definitiva con los vencedores, y quien vence, es su hijo y lo dice ahora de modo particular, hablando de cada uno.

Más allá de que este texto nos remita al pacto de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento, como dicen algunos comentaristas, este hablar de la filiación de Dios en lo general y en lo particular, me hace pensar en la relación del pueblo entre sí, como grupo que lucha codo a codo por mantenerse fiel, y cómo esto incide en la victoria de cada uno en particular. Se trata de vencer juntos, ayudándose entre todos, pero se trata de estar unido todos juntos y cada uno, a Dios. Se trata de que cada miembro del pueblo se sienta unido a la comunidad y apoyado por ella y que la comunidad se preocupe por cada individuo, para que logre la victoria. Yo diría que no existen creyentes anónimos en el pueblo de Dios, que no hay individualismos en la fe, como para pensar en una victoria personal. 

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (8)

En el versículo 8, hay un breve catálogo de pecados, que deja claro cuales conductas no se admiten en el orden de Dios y deja claro que quienes las practican, están contra el orden definitivo y justo de su reino. Y a los primeros que se señalan es a los cobardes. Claro, porque los cobardes por definición en el Apocalipsis son los que se han dejado vencer ya por el miedo a ponerse de lado de la verdad y la justicia, que son principios distintivos de Dios y de su reinado. Luego se menciona a los que no le han creído a Dios ni a Jesucristo y por lo tanto no tienen su manera fiel de pensar y no son capaces de lealtad a Dios en medio de la confusión y la opresión malvada del imperio. Le siguen los repugnantes, es decir, los que hacen cosas sucias y ensucian a los demás. Continua con los que no se tientan el corazón para matar a quien se les oponga en conseguir lo que quieren. En seguida se enlista a los usan a las personas y abusan de ellas sexualmente, seguidos por los que usan y abusan de las personas emocional y psicológicamente, como los espiritistas, magos, astrólogos, brujos y todos los practicantes de artes ocultas. Casi para cerrar la lista, están que rinden culto a objetivos e ideas que no tienen que ver con la verdad ni la justicia de Dios y, finalmente, los que engañan y manipulan la verdad para conseguir sus fines.

La lista cierra diciendo que toda esta gente, tendrá su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. Muchas cosas se dicen sobre el lago de fuego y azufre dentro del cristianismo. Una de las más antiguas la tenemos en el Apocalipsis de Pedro, aproximadamente del 135 d. C., que lo describe con “peñascos, desfiladeros, pozos y lagos flamígeros, con unos pocos árboles que sirven de horcas, todo envuelto en llamas, pero también dentro de una profunda oscuridad. Ángeles atormentadores se ocupan de castigar a los condenados con varillas y látigos incandescentes. La lista de tormentos es extensa y su descripción adopta un tono sádico y violento. Los blasfemos cuelgan de sus lenguas y se aplican hierros candentes sobre sus ojos; los idólatras bullen en el metal fundido de sus ídolos, los adúlteros son sumergidos en piletas ardientes y aguas fecales. Los asesinos, ubicados en desfiladeros ígneos y acosados por bestias venenosas y gusanos”.[2]

El Apocalipsis de Juan no llega a tanto. Yo lo diría de modo sencillo también: los que traicionan a Dios y a su reinado, mueren dos veces.

 

Conclusión

Una realidad nueva e insospechada, espera el creyente. Es un mundo salvífico, que Dios mismo afirma que ya está terminado. Y él ha estado, en el principio, está ahora y estará hasta el final. Pero mientras llegamos, la lucha en esta vida continúa, la travesía tiene que realizarse. Los cristianos que, siendo perseguidos, combatidos, muertos por oponerse a las fuerzas oscuras de los imperios humanos, salgan victoriosos por ser fieles a Dios, recibirán por herencia los nuevos cielos y la nueva tierra y experimentarán en absoluta plenitud, sin restricción, lo que es ser hijo de Dios. Sabrán qué es vivir sin llanto y sin muerte, en luz y alegría. Entre tanto, hemos de vivir con sed de Dios y hemos de beber del agua de vida que es Jesucristo, para serle fiel, para evitar caer en cualquier conducta destructiva, contraria y traicionera al reinado de Dios y para no tener que morir dos veces.



[1] Nelson, Wilton M., y Juan Rojas Mayo. Nuevo diccionario ilustrado de la Biblia. Nashville, Caribe, 1998.

[2] Gómez, Nora M.. (2010). Imágenes del castigo divino en un Beato regio. Cuadernos de historia de España, 84, 7-155. Recuperado en 20 de enero de 2022, de www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0325-11952010000100002&lng=es&tlng=es.

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