Pbro. Samuel Gallegos González
Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.”.
Apocalipsis
21.6-8, RVR 1960
Trasfondo
Pero esto es
solo una visión de lo que nos espera. El trayecto aún no termina. La oscuridad
del túnel continúa. Todavía Dios tiene lágrimas que enjugar, porque la lucha
contra las fuerzas de la oscuridad no ha terminado. Pero lo que Juan quiere que
sepamos, es que los dolores, cuales quiera que estos sean, terminarán. Es
verdad que el sufrimiento y los dolores continúan, porque aún falta que Dios
sustituya el orden antiguo y viejo, por su nuevo orden, el cual está pensado
para dar paz total al cosmos y a los seres humanos. Por eso Juan de Patmos, nos
vuelve a decir, para que no lo apartemos de nuestra conciencia y de nuestra
mirada, que quien ocupa el trono del poder es Dios, no algún emperador, por muy
poderoso que parezca.
Y para que quede
constancia, para que se pueda leer, para que quienes escuchen puedan ayudarse a
entender lo que sucede, para que sepan la realidad detrás del aparente caos en
que los sumerge el imperio, Dios, le pide a Juan de Patmos, que escriba lo que
él dice, como ya se lo ha pedido otras veces (1.19; 2.1, 8, 12 , 18; 3.1, 7, 14; 14.13; 19.9) y le confirma que su palabra es confiable y
verdadera. Así que son palabras dignas de repetirse, dignas de comunicarse,
dignas de tomarse en serio, dignas de tener en mente para interpretar la
realidad, dignas de aferrarse a ellas contra toda evidencia, porque lo que está
por venir, está en proceso, pero es seguro, y estas palabras son la garantía de
que los seguidores del Cordero no tienen por qué preocuparse del resultado
final. La historia está siendo conducida por el poder divino, a pesar de que
sean tan mortales los encontronazos de los seguidores del Cordero, con las
fuerzas oscuras del poder humano. Por eso dice:
“Hecho
está” (6a)
O “han sido ejecutadas”, como
podría traducirse por ser el verbo griego perfecto, activo, indicativo. No nos
extraña. Lo dice quien está sentado en el trono. Nosotros desde acá abajo solo
vivimos el proceso. Pero Dios, sentado en su trono, es quien conduce la
historia con poder y es Dios quien tiene la vista total y panorámica de la
historia y es él quien tiene el poder para conducirla hacia un nuevo orden
justo y nos asegura que ya ha sido hecho. No como una satisfacción del trabajo
terminado, sino como una constatación segura y confiable. Porque quien está en
el inicio y en el final del desarrollo de la historia humana, es Dios. Por eso
dice:
“Yo
soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (6b)
Dios es el que está a cargo de
cada etapa del proceso, hasta llegar al nuevo orden justo. Quien hace que la
beta, la gama, la delta, la épsilon, de la dseta, y cada letra del abecedario
de la historia, sea ejecutada, es Dios. Esta expresión, nos remite a la dicha
en Isaías 44.6: “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los
ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios”.
Esto se lo dice a un pueblo de Israel, que vive el exilio en Babilonia para
animarlo y hacerles saber, que Dios los cuidará y que no debe tener miedo. En
Isaías 48.12, se repite: “Yo mismo, yo el primero, yo también el postrero”,
pero esta vez, lo dice Dios, después de anunciar a su pueblo que hará por ellos
cosas grandes, nuevas y ocultas que nunca habían visto.
Desde mi punto de vista, Alfa y Omega y todos los términos relacionados (principio y fin, primero y postrero o primero y ultimo), se refieren al tiempo, significado y realización de la intervención divina en la historia humana. Están dichas en contextos, en el que el pueblo de Dios, pasa por adversidades y es una frase para expresar que Dios los acompaña desde el inicio de la historia y hasta el final pleno, pero también desde el inicio y hasta el final de un trayecto adverso en particular. Así, podemos decir que esta acción divina no solo es para el principio y el final ni se refiere solo a la creación y la consumación del tiempo, sino es una acción para el presente en su constante devenir, porque quien se hace cargo de la dirección de la historia, es “el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8).[1] Así que Dios, que está de principio a fin con su pueblo, nos dice:
“Al que tuviere sed, yo le
daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.” (6c)
Esta frase me lleva a pensar en
que aún hay camino que recorrer para llegar a la omega. Es decir, aún falta que
la vida, la historia, lo que está ya hecho, sea pleno y definitivo. Así que
todavía sentiremos sed. Y qué bueno, porque significa que estamos vivos y que
queremos vivir. A mí la frase me remite al desierto. Me hace recordar ese
pasaje de Éxodo 17:1-7, donde el pueblo hebreo llega a Refidim y no encuentra
agua y sienten que se mueren de sed y se enojan contra Dios y contra Moisés.
Para colmo Dios, no les da el agua inmediatamente. Los hace caminar de Refidim
a Horeb, que no es una distancia corta, y es allí donde por medio de Moisés,
golpeando una roca, les da agua.
Seguimos
caminando por la vida, que a veces puede sentirse desértica, y mientras sigamos
sintiendo sed, todo está bien. Pero a diferencia del pueblo hebreo, la fuente
de agua de vida, la roca golpeada para que brote el agua, camina con nosotros.
No tendremos que desplazarnos a ningún lugar para obtener el agua de vida. Y
además es gratis. Como no recordar las palabras del profeta Isaías (55:1): A
todos los sedientos: Venid á las aguas; y los que no tienen dinero, venid,
comprad, y comed. Venid, comprad, sin dinero y sin precio, vino y leche.
Juan de Patmos, escribe a creyentes víctimas de un imperio opresor y criminal, que puede despertar sed de varias índoles, hasta sed de venganza. Son palabras que nos remiten también a las dichas por Jesús en Juan 7:37-38: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí; como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva. Y aclara el evangelista, que se refiere al Espíritu, es decir, a la fuerza y orientación de vida como modo de pensar, hacer y sentir de Jesús. La fuente de agua de vida de Jesús, se vuelve ríos de agua viva en nosotros. No es sed de venganza contra el imperio. Es sed de justicia que será saciada y que es también agua viva dentro de nosotros operando ya. Es agua de vida que necesitamos beber, porque aún hay batallas que librar. Por eso dice:
“El que venciere heredará
todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” (7)
A mí esta frase me hace pensar,
en que el agua de vida es gratis, pero no nos exime de la batalla, ni de una
posible derrota. Vencer, es un tema importante en Apocalipsis, que tiene un
énfasis significativo en los capítulos 2 y 3 (2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21).
Dios llama a las 7 iglesias a vencer. Y en este versículo 7, se nos dice que el
que venciere, heredará estas cosas, como dice el griego (tauta), y estas
cosas, puede ser una lista larga, pero en este capítulo 21, podemos decir que
alude al nuevo orden de Dios, en donde el mar no existe más (21:1); donde la
muerte no existe más (21:4 ), donde no se llora más, ni se grita de dolor por
sufrimiento (21:4), donde la nueva creación vence al caos y donde la justicia
reina en una ciudad resplandeciente, que se levanta majestuosa bajo un cielo
nuevo y está asentada en una tierra nueva.
Aún más, Dios
dice que esa relación que ha tenido con su pueblo a lo largo de la historia,
será definitiva. Si bien ser pueblo de Dios y ser su hijo, es una convicción
real en el creyente hoy, en el final de la historia se vuelve una realidad
absoluta, para quien triunfa sobre las vicisitudes de la vida, con fe. Desde el
versículo 3, de este capítulo 21, la voz del cielo que le habla a Juan de
Patmos, le ha hecho saber que Dios morará con los seres humanos y que ellos
serán su pueblo y que Dios será su Dios. Es una afirmación más bien, general.
Pero en este versículo 7, se sugiere que ese pueblo, está formado por vencedores,
y Dios manifiesta una cercanía filial definitiva con los vencedores, y quien
vence, es su hijo y lo dice ahora de modo particular, hablando de cada uno.
Más allá de que
este texto nos remita al pacto de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento,
como dicen algunos comentaristas, este hablar de la filiación de Dios en lo
general y en lo particular, me hace pensar en la relación del pueblo entre sí,
como grupo que lucha codo a codo por mantenerse fiel, y cómo esto incide en la
victoria de cada uno en particular. Se trata de vencer juntos, ayudándose entre
todos, pero se trata de estar unido todos juntos y cada uno, a Dios. Se trata
de que cada miembro del pueblo se sienta unido a la comunidad y apoyado por
ella y que la comunidad se preocupe por cada individuo, para que logre la
victoria. Yo diría que no existen creyentes anónimos en el pueblo de Dios, que
no hay individualismos en la fe, como para pensar en una victoria personal.
Pero los cobardes e
incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los
idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego
y azufre, que es la muerte segunda (8)
En el versículo 8, hay un breve
catálogo de pecados, que deja claro cuales conductas no se admiten en el orden
de Dios y deja claro que quienes las practican, están contra el orden
definitivo y justo de su reino. Y a los primeros que se señalan es a los
cobardes. Claro, porque los cobardes por definición en el Apocalipsis son los
que se han dejado vencer ya por el miedo a ponerse de lado de la verdad y la
justicia, que son principios distintivos de Dios y de su reinado. Luego se
menciona a los que no le han creído a Dios ni a Jesucristo y por lo tanto no
tienen su manera fiel de pensar y no son capaces de lealtad a Dios en medio de
la confusión y la opresión malvada del imperio. Le siguen los repugnantes, es
decir, los que hacen cosas sucias y ensucian a los demás. Continua con los que
no se tientan el corazón para matar a quien se les oponga en conseguir lo que
quieren. En seguida se enlista a los usan a las personas y abusan de ellas
sexualmente, seguidos por los que usan y abusan de las personas emocional y
psicológicamente, como los espiritistas, magos, astrólogos, brujos y todos los
practicantes de artes ocultas. Casi para cerrar la lista, están que rinden
culto a objetivos e ideas que no tienen que ver con la verdad ni la justicia de
Dios y, finalmente, los que engañan y manipulan la verdad para conseguir sus
fines.
La lista cierra
diciendo que toda esta gente, tendrá su parte en el lago que arde con fuego y
azufre, que es la muerte segunda. Muchas cosas se dicen sobre el lago de fuego
y azufre dentro del cristianismo. Una de las más antiguas la tenemos en el
Apocalipsis de Pedro, aproximadamente del 135 d. C., que lo describe con
“peñascos, desfiladeros, pozos y lagos flamígeros, con unos pocos árboles que
sirven de horcas, todo envuelto en llamas, pero también dentro de una profunda
oscuridad. Ángeles atormentadores se ocupan de castigar a los condenados con
varillas y látigos incandescentes. La lista de tormentos es extensa y su
descripción adopta un tono sádico y violento. Los blasfemos cuelgan de sus
lenguas y se aplican hierros candentes sobre sus ojos; los idólatras bullen en
el metal fundido de sus ídolos, los adúlteros son sumergidos en piletas
ardientes y aguas fecales. Los asesinos, ubicados en desfiladeros ígneos y
acosados por bestias venenosas y gusanos”.[2]
El Apocalipsis de Juan no llega a tanto. Yo lo diría de modo sencillo también: los que traicionan a Dios y a su reinado, mueren dos veces.
Conclusión
Una realidad nueva e insospechada,
espera el creyente. Es un mundo salvífico, que Dios mismo afirma que ya está
terminado. Y él ha estado, en el principio, está ahora y estará hasta el final.
Pero mientras llegamos, la lucha en esta vida continúa, la travesía tiene que
realizarse. Los cristianos que, siendo perseguidos, combatidos, muertos por
oponerse a las fuerzas oscuras de los imperios humanos, salgan victoriosos por
ser fieles a Dios, recibirán por herencia los nuevos cielos y la nueva tierra y
experimentarán en absoluta plenitud, sin restricción, lo que es ser hijo de
Dios. Sabrán qué es vivir sin llanto y sin muerte, en luz y alegría. Entre
tanto, hemos de vivir con sed de Dios y hemos de beber del agua de vida que es
Jesucristo, para serle fiel, para evitar caer en cualquier conducta
destructiva, contraria y traicionera al reinado de Dios y para no tener que
morir dos veces.
[1] Nelson,
Wilton M., y Juan Rojas Mayo. Nuevo diccionario ilustrado de la Biblia.
Nashville, Caribe, 1998.
[2] Gómez,
Nora M.. (2010). Imágenes del castigo divino en un Beato regio. Cuadernos de
historia de España, 84, 7-155. Recuperado en 20 de enero de 2022, de www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0325-11952010000100002&lng=es&tlng=es.
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