viernes, 14 de abril de 2023

Re/insurrección en acción: el desafío de la vida nueva en medio de las contradicciones del mundo (Romanos 6.1-4), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

16 de abril, 2023

Porque por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.

Romanos 6.4, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

La comunidad de fe procesó los episodios de la Pascua del Señor y se situó en relación con ella progresivamente hasta definirse así misma como una “comunidad pascual”. Poco a poco la realidad salvadora del Jesús resucitado fue asimilada por las comunidades de fe que comenzaron a aplicar sus efectos individuales y colectivos, de modo que la perspectiva acerca de los planes divinos para hacerlo presente en medio de ellas fue canalizándose mediante una nueva visión. Prueba de ello son los escritos de Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, quien recibió la herencia histórica y doctrinal para desarrollar, a su manera y en medio del esfuerzo misionero que llevó a cabo, una audaz interpretación de lo sucedido con Jesucristo, anclada en categorías judías, pero también griegas que se encargó de adaptar y transformar. Al momento de escribir la carta a los Romanos, muy probablemente desde Corinto, durante los tres meses que estuvo allí (Hch 20.2), entre los años 55 y 58 d.C.,[1] Pablo se esforzó enormemente por encontrar el significado profundo de la cruz de Jesús para los cristianos judíos y no judíos (“locura” y “escándalo”; I Co 1.23), algo que consiguió no sin sortear enormes dificultades. Romanos es “la invitación a vivir en la gracia y ya no en la ley”.[2] “Pablo busca ganarse el apoyo de los cristianos de Roma, en su lucha por defender un evangelio que incluya a todos los pueblos de la tierra. Por eso insiste en que el evangelio de Jesucristo se acoge por fe y no por la ley”.[3] Luego de exponer la situación humana de pecado (cap. 1), el juicio justo de Dios contra el pecado en relación con los judíos y la ley (2-3), afirma la justificación por la fe a partir del ejemplo de Abraham (3-4) y observa los resultados de la misma en la vida de los creyentes en Jesús gracias a la superioridad de éste sobre Adán (4-5).

 

Los muertos al pecado viven en Cristo (6.1-2)

Con ese trasfondo tan sólido argumentativamente, san Pablo acometió la tarea de deslindar lo sucedido con la muerte y resurrección de Jesús a partir de una serie de preguntas incisivas que llegan hasta nosotros cargadas aún de su fuerza espiritual original, además de las respuestas obligadas y concisas que colocan la discusión en el terreno más polémico: “Entonces, ¿qué diremos? ¿Seguiremos pecando, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?” (6.1-2). Para luego lanzarse a un territorio cada vez más creativo y estimulante a través del simbolismo sacramental tomado directamente de la experiencia religiosa tan conocida por él: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?” (6.3). Mediante el manejo de conceptos tales como pecado, gracia (charis) y don (charisma), muerte y vida, el apóstol se mueve en un discurso apelante para poner en juego y en movimiento la re/insurrección que representó, en el acontecimiento de Cristo, la posibilidad y el desafío auténticos de la vida nueva en medio de las contradicciones del mundo.

Un resumen de estas ideas y realidades expuestas por Pablo es apabullante y abrumador, incluso para quienes ya comprendían más en profundidad lo sucedido con Jesús de Nazaret, pues su argumentación parte desde el principio con una visión corporativa de la historia de la salvación:

 

Pues bien, si el pecado y la muerte afectan así a todos los hombres, ¡cuánto más la salvación de Dios! La salvación de hoy no tiene ninguna medida en común con la condición pecadora, expresada por el mito de ayer. La obra de Cristo no realiza simplemente el restablecimiento de una situación deteriorada por Adán. Más bien hay que decir que, en Cristo, los creyentes cambian en cierto modo de origen. Todo empieza de nuevo, en una “creación nueva” (Gal 6.15), al menos para “los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia” (Rom 5.17).[4]

 

Bautizados y resucitados para una vida nueva (6.3-4)

La expectativa anunciada por Pablo en sus cartas anteriores (sobre todo en Gálatas y Corintios) es, definitivamente, el triunfo de la vida nueva sobre el pecado, la injusticia y la muerte, nada menos. Él fue capaz de percibir, en su interpretación de la obra salvadora de Jesús, muchos elementos que vinieron a enriquecer la comprensión de esa labor. En relación directa con Rom 5, reflexiona sobre la situación de cada cristiano/a ante el pecado: “Donde se multiplicó el pecado, allí sobreabundó la gracia” (5.20); por lo tanto, según lo mencionado en 3.8, hay que marcar una firme distancia con el mal: “¡No hagamos el mal para que venga el bien!”.

 

…el pecado ya no tiene sitio en el cristiano, pues ha muerto con Jesús en la cruz. El “cuerpo del pecado” fue crucificado con Cristo, y por tanto también en aquellos que, por el bautismo, están ya muertos al pecado. En el segundo caso dirá: el cristiano no es ya un criado del pecado; él no tiene más que un solo amo: Dios. […]

En esta sección, Rom 6.1-23, conviene observar los verbos en pasado y en futuro: en pasado, para expresar la acción de la salvación definitivamente puesta en la cruz, una vez por todas (v. 10; Heb 7.27), y para religar el bautizado al pasado de la cruz; luego, en futuro, para significar la espera de una salvación que está aún por venir. Pero todavía tiene que caminar en la espera de la resurrección y de una vida con Cristo (vv. 5, 8, los verbos en futuro). El creyente ha sido sepultado con Cristo, crucificado con él, y ha muerto con Cristo (vv. 4, 6, 8). Pero todavía tiene que caminar en la espera de la resurrección y de una vida con Cristo (vv. 5, 8, los verbos en futuro).[5] 

El simbolismo del bautismo funciona magníficamente para exponer, incluso de forma espacial lo sucedido con cada creyente: toda persona bautizada ha sido bautizada en la muerte de Jesús (6.3): “El cristiano no puede salvarse más que siendo también él crucificado y muerto con su Cristo. Esa es la función del gesto del agua: ahora se ‘bautiza’ por la cruz, para realizar la vinculación a Cristo”;[6] el bautismo funciona, entonces, como sepultura en la muerte suya (4a), en una suerte de acompañamiento espiritual, para que, como resultado de su resurrección, en el presente, se experimente una vida auténticamente nueva (4b). Ahora todo, absolutamente todo, se vive en Cristo, a través de Cristo.

 

 

Conclusión

La vida nueva o nueva creación es la gran afirmación paulina, que brota continuamente en su discurso. Ella es resultado de la resurrección del Señor Jesús, por lo que sumarse a ella es vivir de una manera radicalmente nueva, más allá del dominio del pecado. Todo es rotundamente nuevo (identidad, mentalidad, proyectos, trabajo, esperanzas, relaciones, familia, espiritualidad…) y el desafío es, justamente, vivir esa existencia renovada en medio de las contradicciones del mundo que seguirán presentes y plantearán nuevas e inesperadas exigencias. El pecado seguirá ahí, a la expectativa siempre de volver a dominar la vida de las personas, pero sin la certeza de conseguirlo. Incurrir en él es una recaída o reincidencia que produce efectos espirituales, y no ya la desesperación por no poder salir de él: “lo que [Pablo] quiere es mostrar lo absurdo del pecado en la vida del cristiano y, por tanto, minar por la base la pretensión, ahora inútil, de la ley en su revelación auténtica del pecado”.[7] Las contradicciones del mundo pueden ser confrontadas gracias a la acción del Espíritu en cada persona creyente.



[1] Charles Perrot, La carta a los Romanos. Estella, Verbo Divino, 1989 (Cuadernos bíblicos, 65), p. 18.

[2] Pablo Ferrer, “Romanos 6-7: Reencontrar las dicotomías en el texto. Y en la vida”, en RIBLA, núm. 87, 2022/2, p. 81.

[3] Elsa Tamez, “¿Cómo entender la carta a los Romanos?”, en RIBLA, núm. 20, 1995, p. 80. Cf. Franz Hinkelammert, “Pablo: La maldición que pesa sobre la ley. Un ensayo sobre la carta a los romanos”, en La maldición que pesa sobre la ley. Las raíces del pensamiento crítico en Pablo de Tarso. San José, Arlequín; 2010, pp. 71-115.

[4] Ibid., p. 35.

[5] Ibid., p. 36. Énfasis original.

[6] Ibid., p. 37.

[7] Ibid., p. 36.

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