16 de abril, 2023
Porque por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.
Romanos 6.4, Reina-Valera Contemporánea
Trasfondo
La comunidad de fe procesó los episodios de la
Pascua del Señor y se situó en relación con ella progresivamente hasta
definirse así misma como una “comunidad pascual”. Poco a poco la realidad
salvadora del Jesús resucitado fue asimilada por las comunidades de fe que
comenzaron a aplicar sus efectos individuales y colectivos, de modo que la
perspectiva acerca de los planes divinos para hacerlo presente en medio de
ellas fue canalizándose mediante una nueva visión. Prueba de ello son los
escritos de Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, quien recibió la
herencia histórica y doctrinal para desarrollar, a su manera y en medio del esfuerzo
misionero que llevó a cabo, una audaz interpretación de lo sucedido con
Jesucristo, anclada en categorías judías, pero también griegas que se encargó
de adaptar y transformar. Al momento de escribir la carta a los Romanos, muy
probablemente desde Corinto, durante los tres meses que estuvo allí (Hch 20.2),
entre los años 55 y 58 d.C.,[1] Pablo se esforzó enormemente por
encontrar el significado profundo de la cruz de Jesús para los cristianos judíos
y no judíos (“locura” y “escándalo”; I Co 1.23), algo que consiguió no sin
sortear enormes dificultades. Romanos es “la invitación a vivir en la gracia y
ya no en la ley”.[2] “Pablo busca ganarse el apoyo de
los cristianos de Roma, en su lucha por defender un evangelio que incluya a
todos los pueblos de la tierra. Por eso insiste en que el evangelio de
Jesucristo se acoge por fe y no por la ley”.[3] Luego de exponer la situación humana de pecado (cap. 1), el juicio justo
de Dios contra el pecado en relación con los judíos y la ley (2-3), afirma la
justificación por la fe a partir del ejemplo de Abraham (3-4) y observa los
resultados de la misma en la vida de los creyentes en Jesús gracias a la
superioridad de éste sobre Adán (4-5).
Los muertos al pecado viven en Cristo (6.1-2)
Con ese trasfondo tan sólido argumentativamente,
san Pablo acometió la tarea de deslindar lo sucedido con la muerte y
resurrección de Jesús a partir de una serie de preguntas incisivas que llegan
hasta nosotros cargadas aún de su fuerza espiritual original, además de las
respuestas obligadas y concisas que colocan la discusión en el terreno más
polémico: “Entonces, ¿qué diremos? ¿Seguiremos pecando, para que la gracia
abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo
podemos seguir viviendo en él?” (6.1-2). Para luego lanzarse a un territorio
cada vez más creativo y estimulante a través del simbolismo sacramental tomado
directamente de la experiencia religiosa tan conocida por él: “¿No saben
ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados
en su muerte?” (6.3). Mediante el manejo de conceptos tales como pecado, gracia
(charis) y don (charisma), muerte y vida, el apóstol se mueve en
un discurso apelante para poner en juego y en movimiento la re/insurrección que
representó, en el acontecimiento de Cristo, la posibilidad y el desafío
auténticos de la vida nueva en medio de las contradicciones del mundo.
Un resumen de estas ideas y
realidades expuestas por Pablo es apabullante y abrumador, incluso para quienes
ya comprendían más en profundidad lo sucedido con Jesús de Nazaret, pues su
argumentación parte desde el principio con una visión corporativa de la
historia de la salvación:
Pues bien, si el
pecado y la muerte afectan así a todos los hombres, ¡cuánto más la salvación de
Dios! La salvación de hoy no tiene ninguna medida en común con la condición pecadora,
expresada por el mito de ayer. La obra de Cristo no realiza simplemente el
restablecimiento de una situación deteriorada por Adán. Más bien hay que decir
que, en Cristo, los creyentes cambian en cierto modo de origen. Todo empieza de
nuevo, en una “creación nueva” (Gal 6.15), al menos para “los que reciben la
abundancia de la gracia y el don de la justicia” (Rom 5.17).[4]
Bautizados y resucitados para una vida nueva (6.3-4)
La
expectativa anunciada por Pablo en sus cartas anteriores (sobre todo en Gálatas
y Corintios) es, definitivamente, el triunfo de la vida nueva sobre el pecado,
la injusticia y la muerte, nada menos. Él fue capaz de percibir, en su
interpretación de la obra salvadora de Jesús, muchos elementos que vinieron a
enriquecer la comprensión de esa labor. En relación directa con Rom 5,
reflexiona sobre la situación de cada cristiano/a ante el pecado: “Donde se
multiplicó el pecado, allí sobreabundó la gracia” (5.20); por lo tanto, según
lo mencionado en 3.8, hay que marcar una firme distancia con el mal: “¡No
hagamos el mal para que venga el bien!”.
…el pecado ya no tiene sitio en el cristiano, pues ha muerto
con Jesús en la cruz. El “cuerpo del pecado” fue crucificado con Cristo, y por
tanto también en aquellos que, por el bautismo, están ya muertos al pecado. En
el segundo caso dirá: el cristiano no es ya un criado del pecado; él no tiene
más que un solo amo: Dios. […]
En esta sección, Rom 6.1-23, conviene observar los verbos en pasado y en futuro: en pasado, para expresar la acción de la salvación definitivamente puesta en la cruz, una vez por todas (v. 10; Heb 7.27), y para religar el bautizado al pasado de la cruz; luego, en futuro, para significar la espera de una salvación que está aún por venir. Pero todavía tiene que caminar en la espera de la resurrección y de una vida con Cristo (vv. 5, 8, los verbos en futuro). El creyente ha sido sepultado con Cristo, crucificado con él, y ha muerto con Cristo (vv. 4, 6, 8). Pero todavía tiene que caminar en la espera de la resurrección y de una vida con Cristo (vv. 5, 8, los verbos en futuro).[5]
El simbolismo del bautismo funciona magníficamente para exponer, incluso
de forma espacial lo sucedido con cada creyente: toda persona bautizada ha sido
bautizada en la muerte de Jesús (6.3): “El cristiano no puede salvarse más que
siendo también él crucificado y muerto con su Cristo. Esa es la función del
gesto del agua: ahora se ‘bautiza’ por la cruz, para realizar la vinculación a
Cristo”;[6] el
bautismo funciona, entonces, como sepultura en la muerte suya (4a), en una
suerte de acompañamiento espiritual, para que, como resultado de su
resurrección, en el presente, se experimente una vida auténticamente nueva (4b). Ahora todo, absolutamente todo, se vive en Cristo, a través de Cristo.
Conclusión
La vida
nueva o nueva creación es la gran afirmación paulina, que brota continuamente
en su discurso. Ella es resultado de la resurrección del Señor Jesús, por lo
que sumarse a ella es vivir de una manera radicalmente nueva, más allá del
dominio del pecado. Todo es rotundamente nuevo (identidad, mentalidad,
proyectos, trabajo, esperanzas, relaciones, familia, espiritualidad…) y el
desafío es, justamente, vivir esa existencia renovada en medio de las
contradicciones del mundo que seguirán presentes y plantearán nuevas e
inesperadas exigencias. El pecado seguirá ahí, a la expectativa siempre de
volver a dominar la vida de las personas, pero sin la certeza de conseguirlo.
Incurrir en él es una recaída o reincidencia que produce efectos espirituales,
y no ya la desesperación por no poder salir de él: “lo que [Pablo] quiere es mostrar lo absurdo del pecado en la vida del
cristiano y, por tanto, minar por la base la pretensión, ahora inútil, de la
ley en su revelación auténtica del pecado”.[7]
Las contradicciones del mundo pueden ser confrontadas gracias a la acción del Espíritu
en cada persona creyente.
[1] Charles Perrot,
La carta a los Romanos. Estella, Verbo Divino, 1989 (Cuadernos
bíblicos, 65), p. 18.
[2] Pablo Ferrer, “Romanos 6-7: Reencontrar las dicotomías en el
texto. Y en la vida”, en RIBLA, núm. 87, 2022/2, p. 81.
[3] Elsa Tamez, “¿Cómo entender la carta a los Romanos?”, en RIBLA,
núm. 20, 1995, p. 80. Cf. Franz Hinkelammert, “Pablo: La maldición que pesa
sobre la ley. Un ensayo sobre la carta a los romanos”, en La maldición que
pesa sobre la ley. Las raíces del pensamiento crítico en Pablo de Tarso. San
José, Arlequín; 2010, pp. 71-115.
[4] Ibid.,
p. 35.
[5] Ibid., p. 36. Énfasis original.
[6] Ibid., p. 37.
[7] Ibid., p. 36.
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