sábado, 29 de julio de 2023

Orar desde lo profundo: lección urgente del Señor Jesús (Lucas 22.39-46), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Paul Gauguin, Cristo orando en el huerto

30 de julio, 2023

“Padre, si quieres, te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía”.                                                                                                            

Lucas 22.42, NTV

 

 

Trasfondo

El momento más álgido e impactante de la práctica de Jesús aconteció momentos antes de ser entregado por Judas y ser aprehendido injustamente. “En cada uno de los evangelios sinópticos, este episodio presenta la reacción interna de Jesús ante la inminencia de su pasión y su orientación radical a la voluntad de su Padre y al plan divino de salvación que ahora empieza a desarrollarse, para llegar al momento de su entrega suprema”.[1] A ese momento dramático se refiere la carta a los Hebreos cuando afirma: “Él, en los días de su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, a gritos y con lágrimas, al que podía salvarlo de la muerte; y Dios lo escuchó en atención a su actitud reverente” (5.7).

 

En la redacción de Lucas, Jesús no exterioriza ninguna de las reacciones emocionales que le atribuye el relato de Marcos frente a la prueba que le aguarda. Con gran sobriedad, Jesús exhorta a sus discípulos a que permanezcan en oración; luego se aparta de ellos, cae de rodillas y ora repetidamente: «Padre, aparta de mí esta copa» (v. 42), usando una figura veterotestamentaria para significar la copa del destino que pronto tendrá que apurar personalmente. Pero añade: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (v. 42).

En su condición de Hijo, Jesús se somete a lo que le exige la dedicación filial a su Padre, y expresa su prontitud para afrontar el momento supremo del designio salvífico de Dios. La dedicación a su Padre lo lleva a enfrentarse con el reto decisivo, porque lo que está enjuego es su propia existencia humana.[2]

 

Jesús ora continuamente y exhorta a orar (vv. 39-40)

“Después de la esperanza, la paz y la majestad de la última cena, en la que Jesús revela el sentido sagrado de la copa de la salvación, su oración en el monte de los olivos muestra el aspecto doloroso que esta copa representa para él. Aquí se descubre toda la verdad de su humanidad, lo que le constituye en auténtico hermano nuestro, salvador nuestro desde lo más íntimo y profundo de nuestro sufrimiento”.[3] Luego del episodio de la cena con los discípulos, Jesús subió, una vez más, al monte para orar, “como era su costumbre” (v. 39) en el monte de los Olivos, lugar de su predilección (Lc 21.37). en un primer momento va acompañado por los discípulos, pero el instante de la plegaria lo reservaba para estar solo. Ese primer acompañamiento deja la impresión de que lo acompañarían por más tiempo, pero, al mismo tiempo, deja espacio para que el Señor los exhorte a orar “para no ceder a la tentación” (40).

 

Anteriormente, cuando Jesús enseñó a sus discípulos el “Padrenuestro”, les instruyó que dijeran: “No nos dejes caer en tentación” (Lc 11,4c). Ahora, la recomendación de Jesús implica que la prueba que él va a tener que afrontar en seguida se va a convertir en piedra de toque de la fidelidad de los suyos y de su perseverancia a su lado; será la prueba por excelencia de su dedicación al Maestro. Pero, a la vez, Jesús sugiere que el contacto con Dios será un modo de prevenir la defección. El destino que le aguarda a Jesús no será para él una nueva tentación , pero sí lo será para los suyos. […] “Caer en tentación” equivale a sucumbir al poder maléfico que en ella se encierra.[4]

 

La tentación del momento, para ellos sería no permanecer fieles a él, al menos desde el acompañamiento físico. La oración sería, así, un pertrecho para afrontar la dificultad de mantener una fidelidad a toda prueba, aun cuando el destino del Señor, tal como se iba manifestando, diferiría enormemente de lo que a ellos les aguardaba. Son llamados a no ceder ante ella como parte del conjunto de seguidores que podían estar al lado suyo en esos momentos tan exigentes. La soledad lo esperaba. Para el Señor mismo, la tentación consistiría en lo impensado: no asumir la misión del Padre.


La oración agónica del Señor: fe y experiencia (vv. 41-46)

En tres versículos Lucas pone a prueba su capacidad narrativa para mostrar, en primer lugar, la intensidad de la plegaria del Señor en los instantes más críticos de su vida. “Lucas saca de este relato una lección para los discípulos al enmarcarlo en dos exhortaciones a orar para no caer en la tentación (vv. 40 y 46: el primer versículo es propio de Lucas, mientras que el segundo se convierte en la conclusión del relato). De esta forma, nos sugiere que Jesús nos ha dado ejemplo triunfando de la tentación por la oración; para mostrarnos la tentación, nos presenta frente a frente la voluntad del Padre y la del Hijo (v. 42)”.[5] Alejado de los discípulos, Jesús se arrodilló y comenzó a experimentar una oración agónica, preñada de un sufrimiento atroz. Al mencionar la distancia con sus discípulos, se implica que a Jesús lo podían ver a lo lejos, pero que no lo podían oír. La primera frase: “Padre, si quieres” (42a), reformula en Lucas las palabras introductorias de Marcos 14.36: “¡Abba! ¡Padre!, todo es posible para ti”. Al avanzar, concentró su petición específica: “…te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí”. Es algo que él no deseaba beber o apurar: “En ningún pasaje de la tradición evangélica se muestra tanto la humanidad de Jesús como aquí. Su reacción se refiere no sólo al sufrimiento físico y a la angustia psíquica de su pasión y muerte, sino que probablemente incluye también una especie de duda interior sobre el significado de todo lo que se le avecina”.[6] La tercera parte de la oración muestra su aceptación de la voluntad divina: “quiero que se haga tu voluntad, no la mía”: “El sustantivo thelema [voluntad, inclinación, deseo] se refiere no a un capricho antojadizo del Padre, que somete a su Hijo a la muerte en satisfacción por el pecado humano y las ofensas a la majestad divina, sino al designio del Padre que quiere la salvación de la humanidad”.[7]

“En estos momentos de prueba, Jesús es auténticamente hombre. El Padre no responde a su oración más que con el envío de un ángel (v. 43). Esto no constituye una realidad de tipo maravilloso, sino que más bien representa la humillación; evoca el relato de Elías en el momento de su desesperación (1 Re 19.7-8). En este combate ‘doloroso’, Jesús se encuentra consternado hasta sudar sangre (v. 44). Pero, al final, de pie, se preocupa solamente de los suyos (v. 45)”.[8] El v. 44 intensifica el fervor de la oracióny agrega una frase inquietante: “…y estaba en tal agonía [único lugar del NT en donde aparece] de espíritu que su sudor caía a tierra como grandes gotas de sangre”. Ambos versículos no aparecen en los manuscritos más antiguos lo que plantea el dilema de rendirse en la admiración total o recibir el ejemplo de la oración profunda. Al ponerse de pie, volvió con los discípulos “dormidos, exhaustos por la tristeza” (45b) y les preguntó por qué dormían, para luego exhortarlos para levantarse y orar, nuevamente, para no caer en la tentación (46).

 

 

Conclusión

“Jesús, en Lucas, vacila durante una o dos horas entre el rechazo y la aceptación. No rechaza de buenas a primeras, pero su aceptación es lenta, costosa. Aquellos que nunca han sido tentados tienen permiso para escandalizarse de la tentación de Jesús. Pero para todos nosotros que tan bien la conocemos, ¿no es lo que nos da fuerza saber que Jesús, nuestro Señor, fue tentado y salió victorioso de la prueba?”.[9] Es una auténtica “oración desde lo profundo”, es la experiencia de “la noche oscura del alma” (San Juan de la Cruz), pero es sobre todo una gran lección práctica sobre la oración que brota desde lo más hondo en el momento más urgente y dramático de toda su vida. El momento en que la experiencia fue de una auténtica “agonía”. En ello radica su importancia para nosotros hoy. “Lo que se saca antes de nada de este texto es que la oración de Jesús es difícil él mismo nos lo dirá en su enseñanza. Hay que gritar en la noche, insistir, tener ánimos. La oración es un acto de valentía espiritual”.[10]



[1] J.A. Fitzmyer, El evangelio según Lucas. IV. Traducción y comentario. Capítulos 8,22-18,14. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1997, p. 388.

[2] Ibid., p. 392.

[3] Augustin George, El evangelio según san Lucas. Estella, Verbo Divino, 1987 (Cuadernos bíblicos, 3), p. 36.

[4] J.A. Fitzmyer, op. cit., p. 395.

[5] A. George, op. cit.

[6] J.A. Fitzmyer, op. cit., p. 396.

[7] Ibid., p. 397.

[8] Ídem.

[9] A. George, op. cit., pp. 47-48.

[10] Ibid., p. 49.

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