3 de septiembre, 2023
Muchos años después murió el rey de Egipto. Sin embargo, los israelitas seguían quejándose, pues sufrían mucho como esclavos. Pero Dios vio sus sufrimientos y escuchó sus gritos de dolor, y se acordó del pacto que había hecho con los antepasados de los israelitas, es decir, con Abraham, Isaac y Jacob.
Éxodo 2.23-25, Reina-Valera Contemporánea
En los sucesos del Éxodo el nombre de Dios está indisolublemente unido con la libertad real, histórica y política de su pueblo. El Dios que “ha sacado a su pueblo de la esclavitud de Egipto” es el Dios de la libertad. “Libertad” significa aquí un tomar la delantera en la marcha que conduce al futuro histórico del pueblo libre, del país libre, del mundo libre: y un penetrar ya en este futuro.[1]
Jürgen Moltmann
Trasfondo
Una gran pregunta que debemos hacer al
enfrentar este tema tan relevante, “Celebrar la libertad que viene de Dios: una
relectura del Éxodo”, es el interés y la participación que ha tenido el Dios
que se ha revelado en la Biblia en la libertad de los grupos humanos que se
identifican a sí mismos como naciones o países reconocibles en la historia. Y
no cabe duda de que el Antiguo Testamento es prolífico al respecto,
especialmente al narrar la historia de la liberación de los hebreos del yugo de
Egipto, gesta que constituyó y constituye todavía el núcleo más duro de la fe
en Yahvé. A medida que se vuelve uno a acercar a esa historia y asocia sus
detalles puede ir comprendiendo la gran preocupación del Señor Dios por
responder a la realidad de esclavitud que se vivió allí. De tal manera que es
posible entender cómo, al llegar al siglo VIII a.C., profetas como Amós y el
Tercer Isaías pudieron decir estas palabras en nombre de Dios: “¿Acaso ustedes,
israelitas, son ante mí diferentes a los etíopes? ¿No fui yo quien sacó de
Egipto a Israel? ¿Y quién trajo de Caftor a los filisteos, y de Quir a los
arameos?” (9.7). “El ayuno que he escogido, ¿no es más bien romper las cadenas
de injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos
y romper toda atadura?” (58.6 NVI). Es decir, que todos esos procesos y
búsquedas de liberación fueron conducidos por el mismo Dios mediante una visión
amplia de su universalidad para responder a las exigencias de libertad de
conglomerados humanos enteros sometidos a las hegemonías de otros pueblos. En
otras palabras, el compromiso de Dios con la libertad humana es irrestricto,
constante e incondicional.
De opresor a oprimido: un Moisés transformado: (vv. 11-22)
El
camino de Moisés para convertirse en libertador en nombre de Dios es
interpretado teológicamente por la carta a los Hebreos: “Por la fe, cuando
Moisés ya era adulto, rehusó llamarse hijo de la hija del faraón, y prefirió
ser maltratado junto con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites
temporales del pecado, pues consideró que sufrir el oprobio de Cristo era una
riqueza mayor que los tesoros de los egipcios. Y es que su mirada estaba fija
en la recompensa” (11.24-26, énfasis agregado). El relato se detiene en las circunstancias
que contribuyeron a transformarlo a partir de la decisión de compartir el
destino de su verdadero pueblo:
Es notable como la secuencia revela que la visión que al
comienzo tiene Moisés de la opresión de su pueblo se corrobora a continuación
con casos particulares de violencia personal. Moisés sale hacia la realidad
para darse cuenta de que la paz del palacio donde se ha criado no es la
realidad de la vida cotidiana de los israelitas. En esta, la muerte y la
agresión están a la orden del día, incluso entre ellos mismos, circunstancia
que parece sorprender a Moisés. En pocas líneas Moisés pasa de ser un hijo dilecto
de la corona egipcia a un fugitivo amenazado de muerte que debe huir para
resguardar su vida.[2]
Moisés comprobó la crueldad del régimen
egipcio contra los hebreos (v. 11a) y decidió reaccionar contra la agresión en
contra de uno de ellos matando al culpable (11b-12). El único testigo fue el agredido,
quien después lo señalará como asesino (13-14): “La ironía es que quien fue
rescatado de la muerte pone ahora a su salvador al borde de ella. Las palabras
del hebreo son muy duras al acusar a Moisés de querer matarlo también a él […].
Desde el punto de vista teológico lo que está sucediendo es que el hebreo no ha
sabido entender la acción de Moisés y no ha descubierto la acción de Dios
detrás de sus actos. Lo ve como si fuera un simple asesino. Si mató a un
egipcio, puede también matarlo a él”.[3]
Después de que el faraón lo buscó para matarlo el texto informa que Moisés huyó
a Madián (15). Allí se casaría y tendría a su primer hijo (21-22), con un
nombre significativo: “Forastero soy en tierra ajena”. Con ello se completa la
idea de 2.11 (Moisés, ya crecido), pues crecer, para él, significó “tomar
conciencia de la realidad y vivir en carne propia las consecuencias de esa
realidad. Esto lo prepara para el papel que desempeñará en el resto de la
historia. […] Por más que ha encontrado la paz que buscaba al huir de la
violencia en Egipto, Moisés entiende que su permanencia en ese lugar es
provisoria. La memoria de lo que está sucediendo con su pueblo no le permite
afincarse”.[4]
Dios escucha el clamor de su pueblo (vv.
23-25)
El
relato cambia de giro y reorienta la atención hacia la situación sociopolítica
del momento: el faraón anónimo ha muerto (23a), lo que podría representar un
cambio positivo, pero no fue así, pues las cosas seguirían igual, y los hebreos
gimen “a causa de la servidumbre” (el trabajo, 23b): “…allí se suceden tres
verbos que expresan lo angustiante de la situación que atraviesan. Gimen,
claman, lloran por la esclavitud a que están sometidos. Que se repita [la frase]
‘por el trabajo’ indica que el motivo de la tragedia es claro y no hay
discusión. El referente del clamor es Dios, que hasta el momento no había
aparecido en la narración y parecía no oír lo que le pasaba a su gente”.[5]
“Con este breve párrafo se introduce un cambio en la dirección del relato. Hasta
aquí la opresión ha dominado el relato y la lucha por sobrevivir ha sido una
lucha defensiva con pocas posibilidades de éxito. Con este párrafo se introduce
un nuevo personaje que será decisivo para cambiar la historia de la lucha: el
Dios que oye el clamor de los israelitas y toma conciencia de su opresión”.[6]
“Por causa de su esclavitud, su clamor
llegó [subió] hasta Dios…” (24b) pues tal como reflexionaron Esther y Mortimer
Arias: “La primera y decisiva revelación de Dios en la Biblia es que Dios se
preocupa por la gente que sufre, por la gente insignificante, por los esclavos,
por los pobres y oprimidos. Este Dios no está allá arriba en el Monte Olimpo
como los dioses griegos. Desciende a las profundidades de nuestra condición y
de nuestro sufrimiento. No es un Dios sordo, o ciego o indiferente”.[7]
Así lo reiteraría más adelante al enviar a Moisés para encabezar el movimiento
de salida de Egipto (3.7-10; 6.5-8). La alusión al pacto (24b), al que Dios es
profundamente fiel, es fundamental pues remite a las narraciones del Génesis. “Los
verbos tienen por sujeto a Dios y van acompañados de la frase que clarifica a
qué se refieren: oyó el lamento; se acordó del pacto; vio a los hijos de
Israel·, supo de ellos. Nada hay aquí que quede fuera de la percepción que Dios
tiene de la situación de su pueblo. El énfasis está puesto en que Dios se
entera de lo que les pasa a los israelitas”.[8]
Conclusión
Con
esta narración llena de detalles y observaciones, el libro del Éxodo introduce
a la gesta divina de liberación que obtendría la libertad del pueblo para
adorar a Dios en el desierto. Dios “tomó conciencia” de lo que estaba
sucediendo (25) y reconoció a su pueblo. Así se fue construyendo la nueva
situación que reorientaría la situación intolerable de los esclavos. Progresivamente,
ellos y ellas harían consciencia también de la necesidad de la libertad para su
vida. Ésa es la gran lección de esta historia de fe y esperanza.
[1] J. Moltmann, “El cristianismo como religión de libertad”, en Convivium.
Revista de Filosofía, núm. 26, 1968, p. 43.
[2] Pablo Andiñach, El libro del Éxodo. Salamanca,
Ediciones Sígueme, 2006 (Biblioteca de estudios bíblicos, 119), p. 60.
[3] Ibid., p. 55.
[4] Ibid.,
pp. 61, 62.
[5] Ibid.,
p. 63.
[6] Jorge Pixley, Éxodo. Una lectura evangélica y popular.
México, Casa Unida de Publicaciones, 1983, p. 39. Énfasis agregado.
[7] E. y M. Arias, El clamor de mi pueblo. Desde el cautiverio
en América Latina. México-Nueva York, Casa Unida de Publicaciones-Friendship
Press, 1981, p. ix.
[8] J. Pixley, op. cit.
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