sábado, 21 de octubre de 2023

Centralidad de la reforma de la proclamación y el testimonio (Nehemías 8.1-12), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Argula von Grumbach (1492-1554/63)

22 de octubre de 2023

Entonces le pidieron a Esdras, el maestro y sacerdote, que trajera el libro de la Ley, la cual Dios había dado a los israelitas por medio de Moisés. Así que Esdras fue y trajo el libro, y lo leyó desde muy temprano hasta el mediodía. Todos los que estaban allí escucharon con mucha atención.       

Nehemías 8.2-3, Traducción en Lenguaje Actual

La continuidad judía ha girado siempre alrededor de palabras pronunciadas y escritas, de un laberinto de interpretaciones, debates y desacuerdos en constante expansión, así como de un singular marco de relaciones humanas. En la sinagoga, en la escuela, y sobre todo en el hogar, esto llevó siempre a dos o tres generaciones a sumirse en profundas conversaciones.[1]    

Amós Oz y Fania Oz Salzberger 

Trasfondo

“El Pueblo del Libro” es una denominación que encaja muy bien para las tres religiones abrahámicas y que, en determinadas circunstancias sirve para definir la estrecha relación que una comunidad de fe tiene con su texto sagrado. “La nuestra no es una línea de sangre, sino una línea de texto”, han agregado el escritor israelí Amós Oz (1939-2018) y su hija Fania, con lo que demostraron la intrínseca e inseparable relación que para la fe bíblica representa la cercanía, la familiaridad y el amor por la Palabra. Porque cuando un pueblo intuye, asimila y se deja guiar por esas aspiraciones de eternidad, es posible que se sobreponga a los avatares de la existencia y del tiempo vivido en situaciones críticas. El reencuentro del pueblo judío reunido por Esdras con la Ley escrita de Dios, en Nehemías 8, tuvo momentos extraordinariamente emotivos, pues la forma en que el sacerdote y escriba presentó su contenido produjo un fuerte impacto en esa comunidad formada por personas que venían del exilio de Babilonia. Fue, en efecto, un reencuentro, pues las circunstancias en las que sucedió fueron muy distintas de las que estuvieron enmarcadas en las monarquías antiguas de Judá e Israel. Ahora, ya sin una estructura política propia, el pueblo debió adaptarse a las imposiciones del imperio persa y así afrontar los reacomodos que la historia les exigió para tratar de encontrar un futuro más o menos promisorio.

La Palabra divina y el judaísmo del Segundo Templo (vv. 1-5)

En el judaísmo de la época del Segundo Templo, el acceso al contenido de las Sagradas Escrituras (que aún no habían terminado de redactarse completas) estuvo mediado por un ambiente de reconstrucción en todos los sentidos del término. Parte de la reedificación integral del judaísmo de entonces consistió en reforzar los componentes identitarios en los que la presencia de la ley divina tenía un lugar central. En el contexto de la asamblea del pueblo convocada (ya con éste ubicado en sus respectivas localidades), ahora para la lectura de la ley, la solemnidad y la expectación con que el pueblo experimentó el momento no dejan lugar a dudas.

La asamblea se llevó a cabo en el séptimo mes del calendario (Etanim, mediados de septiembre a octubre), y reunidos en la Puerta del Agua de la ciudad (Neh 3.26), cerca del templo, donde se encontraba encima un estanque de inmersión (Mikvá) usado por el sumo sacerdote una vez al año en el Día de la Expiación, quien se sumergía cinco veces en preparación para entrar al Lugar Santísimo. Neh 7.73b se relaciona temática y estructuralmente con el cap. 8, pues su objetivo es ubicar la lectura de la ley dentro del calendario judío, dado que el mes séptimo era de celebración popular. Se celebraban las fiestas de los tabernáculos (Lv 23.34-39, 41) y el día de la expiación (Lv 16.29; 23.27; 25.9), además de otras fiestas solemnes (Lv 23.24; Nm 29.1, 7, 12).

El dirigente espiritual encarnado en la figura de Esdras, centrado en la atención que el pueblo debía otorgar a la palabra escrita de Dios, y el dirigente político, material, que había integrado todos aspectos para contribuir a una reconstrucción completa, integral de la identidad colectiva, de su fe común, de su historia en marcha. Era un día único, irrepetible, cuya trascendencia ambos dirigentes supieron interpretar en plenitud.

La lectura colectiva de la Ley y la aplicación directa de la voluntad divina (vv. 7-12)

La lectura duró aproximadamente seis horas (8.3, desde el amanecer hasta el mediodía) y se encuentra muy resumida en el relato. El maestro y sacerdote Esdras abrió el libro “a ojos de todo el pueblo” (v. 5), con lo que se afirmaba el carácter comunitario, horizontal e igualitario de este “nuevo pueblo”, enfatizado esto último por el grupo de 13 laicos que acompañaron al lector (8.4). Esta acción vino a sumarse, en la historia antigua, en continuidad con otros momentos cruciales y conflictivos de lectura de los textos sagrados, como Deuteronomio 9-10 (Moisés) y 31 (Moisés con Josué), II Reyes 22-23 (Josías) y Jeremías 36 (Joacim).

El objetivo de la asamblea fue instruir (o re-instruir) al pueblo en torno a las enseñanzas de la ley de Moisés (vv. 1-3), la cual estaba contenida en un libro que Esdras trajo de Babilonia (Esd 7.14). “El motivo de la presencia de Esdras en Jerusalén era la aplicación de la ley de Moisés a la vida judía. Los estudiosos relacionan la porción de la ley leída al pueblo con el Pentateuco (Torá); posiblemente, con las secciones que regulan los aspectos cúlticos y litúrgicos” (S. Pagán). El lugar de Esdras (una especie de nuevo Moisés que habla desde un templete especial, 8.4a) en este proceso es muy relevante. “Después de Josías y Jeremías, Esdras es el tercer personaje en aparecer en la Biblia Hebrea que, por causa de sus acciones, especialmente lo relatado aquí, nos recuerda a Moisés”.[2] El pueblo estuvo muy atento (5b) y respondió con alabanzas y gestos litúrgicos (6), además de que reaccionaron con manifestaciones de sumisión a Dios (6b).

“Ellos leían y traducían con claridad el libro para que el pueblo pudiera entender” (8): El objetivo del relato “es relacionar la labor educativa de Esdras y los levitas con los trabajos de Nehemías. La lectura de la ley produjo resultados. A la vez que el pueblo se entristeció y lloró, Esdras los instó a regocijarse y celebrar (v. 10) pues era ‘un día santo’ (v. 9)”.[3] De manera sorpresiva aparecen juntos los dos líderes del pueblo unidos en la labor completa de instrucción y consolidación de las acciones realizadas hasta ese momento. ¿Qué secciones de la Ley se leyeron e interpretaron? Samuel Pagán sugiere que se trató posiblemente de varias porciones como Levítico 26 o Deuteronomio 27, lo que seguramente hizo que reconocieran “sus faltas; el dolor y el arrepentimiento les hicieron ignorar la celebración de un día de fiesta y gozo”.

Conclusión

La relación de este relato con Dt 31.9-13 también es clara: la ordenanza era hacer lecturas periódicas (cada siete años) de la Ley para todo el pueblo. El final de esta sección (12) habla de la gran celebración que siguió a la lectura y explicación de la ley. Después de la celebración, el pueblo debía enfrentar las implicaciones prácticas de la reinstalación de la ley como centro de la vida de la comunidad para la situación presente.[4] La segunda sección de esta unidad presenta la celebración de la fiesta solemne de los tabernáculos (Sucot, vv. 13-18; Lv 23.33-43). La fe individual y colectiva fue nutrida por la lectura común de la Ley, a fin de estimularla para afrontar los nuevos desafíos divinos en una nueva situación histórica, de la misma manera que enfrentamos hoy las cambiantes situaciones sociales y humanas.



[1] A: Oz y Fania Oz-Salzberger, Los judíos y las palabras. Madrid, Siruela, 2014 (El ojo del tiempo, 77), p. 17.

[2] Geert J. Venem, Reading Scripture in the Old Testament: Deuteronomy 9-10, 31, 2 Kings 22-23, Jeremiah 36, Nehemiah 8. Leiden-Boston, Brill, 2004 (Oudtestamentische Studien), p. 139. Versión propia.

[3] Samuel Pagán, Esdras, Nehemías y Ester. San José, Caribe, 1992 (Comentario bíblico hispanoamericano), p. 162.

[4] Cf. Juha Pakkala, Ezra the Scribe. The development of Ezra 7-10 and Nehemiah 8. Berlín-Nueva York, Walter de Gruyter, 2004, p. 177.

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