24 de diciembre de 2023
Una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrás por nombre Emanuel,
que significa: “Dios está con nosotros”.
Mateo 1.23, Reina-Valera Contemporánea
El mal se destierra,
ya vino el consuelo:
Dios está en la tierra,
ya la tierra es cielo.
Fernán González de Eslava
Trasfondo
Mateo abre su Evangelio con una
reconstrucción genealógica de la historia de la salvación que desemboca en José
y, por supuesto, en Jesús. Presentada esquemáticamente (14 generaciones tres
veces) cumple la función anunciada en 1.1: exponer la continuidad
histórico-salvífica entre Abraham, David y Jesús de Nazaret. La historia de la
salvación debía desembocar en el nacimiento del Mesías anunciado y profetizado.
Los nombres mencionados forman parte de la cadena histórica desde la época de
Abraham, Isaac y Jacob (patriarcal), la etapa en Egipto, el regreso a Canaán,
los Jueces, la monarquía, la división del reino, el exilio y el retorno a
Palestina. En el v.16 el tono cambia y se introduce el viraje teológico que
representó el nacimiento de Jesús: María es mencionada como ya antes otras
mujeres (en circunstancias “irregulares”), algo impensado para este tipo de
registros. Con ello se abre la puerta para el relato más detallado del
nacimiento como tal, que también se daría en medio de eventos complicados.
María, la adolescente madre (v. 18)
El relato del nacimiento inicia
con un conflicto: estando comprometida con José, se supo que María estaba
embarazada; tendría entre 12 y 16 años en ese momento, de modo que su situación
podía complicarse, aun cuando se subraya que había concebido del Espíritu Santo.
Sin los detalles que ofrece Lucas, Mateo expone directamente el problema. José
tenía dos alternativas: “1) Denunciarla al tribunal; en este caso, si se
comprueba que no era virgen, ‘sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna
y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera’ (Dt 22.20ss). 2)
Darle el libelo de repudio”.[1] Actuar
de esa manera con una adolescente sería visto hoy como una acción
extremadamente violenta, impropia de una persona creyente, pero completamente
legal. Dado que vivimos en el país con la mayor tasa de adolescentes
embarazadas en la OCDE se ha tenido que desarrollar un plan nacional para
descenderla. Este año disminuyó 16%, con un total de 60.3 nacimientos por cada
mil personas de 15 a 19 años, pero aún sigue siendo un problema incluso de
salud pública.
De modo que el pasaje nos sitúa ante un “nacimiento irregular”: “En clave de ley, desde el punto de vista de José, hijo de David y portador de su promesa, el surgimiento de Jesús se opone al orden patriarcal y nos sitúa en los bordes del mayor ‘pecado’ posible: el adulterio como ruptura del orden familiar”.[2] María estuvo al borde de la muerte por causa de esta irregularidad producida por el propio Espíritu Santo.
José, varón desempoderado y padre
sustituto (v. 19-21)
La
figura de José es una de las más importantes en esta historia, pero
paradójicamente es de quien menos se habla, aun cuando en el relato es en quien
más hizo crisis la situación. La teología contemporánea ha practicado lecturas
muy iluminadoras de su relevancia para la historia de la salvación a partir del
dilema que enfrentó aun cuando su condición de “justo” lo hizo valorar la decisión
de dejarla (o repudiarla que es el concepto más preciso), aunque no quería
“denigrarla”, pero ése sería el camino para su castigo y ajusticiamiento. La
primera parte del v. 20 lo muestra reflexionando sobre el problema. Tendría que
llegar a él un ángel en el sueño para convencerlo de asumir el papel de “padre
sustituto”. Ésa era la otra alternativa, un tanto humillante y que implicaba
una forma de desempoderamiento, de kénosis, de vaciamiento: “El
ángel no
le da tiempo a José de preguntar nada. Da por supuesto que acogerá a María; y
cuando nazca el niño, será él quien le ponga el nombre. No se llamará José,
como él, sino Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados. Demasiadas
sorpresas para un pobre muchacho de Belén. Su novia embarazada, un hijo suyo
que no es suyo, y que salvará a Israel de sus pecados”.[3]
Xabier
Pikaza y Leonardo Boff han indagado profundamente en la personalidad de José. El
primero establece que el texto rechaza el patriarcalismo davídico concreto del
varón que dirige a la mujer. Eso es lo que José debe superar:
…el
ángel de Dios le pide que renuncie a su paternidad, con los derechos que ella
implica, poniéndose al servicio de la obra de Dios María, su esposa (Mt 1,
18-25). De esa forma le pide lo más fuerte y costoso que puede pedirse a un
hombre, especialmente si es israelita: que renuncie a su derecho y que acepte,
acoja y cuide la obra que Dios ha realizado en su mujer María.
Frente
al varón dominador que duda de su esposa y la utiliza, frente al hombre que
pretende “conquistar” a las mujeres y tomarlas como territorio sometido, se
eleva aquí la voz más alta del ángel de Dios pidiendo al varón José que respete
a la mujer María, aceptando lo que Dios realiza en ella. En el principio de la
historia de la liberación cristiana está la fe de este buen varón José, que se
ha dejado cambiar, convirtiéndose de algún modo en cristiano ante María”. [4]
Para Boff, José es un padre ejemplar, que bien puede servir de modelo para estos tiempos tan exigentes.[5] La frase clave es recogida por Mateo de manera sensible: “No temas recibir a María, tu mujer”.
El Emmanuel anhelado: un Dios
acompañante (vv. 22-25)
José no le pondría su nombre al niño sino el que le indicó el ángel, el nombre simbólico ligado a la salvación de su pueblo el cual se relacionaría con el anuncio profético de Isaías 7.14 que ahora alcanzaría su cumplimiento pleno, luego del parcial en la persona del rey reformador Ezequías. Ese Dios acompañante por fin se visualizaría en la persona de este niño Mesías que vino a colmar las esperanzas del pueblo en toda su plenitud. El Dios-con-nosotros encarnado en el hijo de María es el Mesías para Israel, el Salvador para la humanidad, la esperanza para toda su creación.
Conclusión
El
hecho de que Dios en Jesús camine ahora al lado de su pueblo fue el
cumplimiento de las más antiguas promesas sobre esa realidad inigualable que
consistiría en percibir al Señor como una persona siempre cercana, empática y
solidaria. La acción divina de venir al mundo y arraigarse en él mediante la
humanidad de Jesús es el mayor acontecimiento salvífico que podía imaginarse.
Ni en sus mejores sueños Isaías y los demás profetas tuvieron la capacidad de
anticiparse a la manera en que Dios se haría presente en la historia, dentro de
ella, desde sus raíces más profundas. En todo el evangelio de Mateo se
desplegaría esta realidad a cada paso de la actuación de Jesús como maestro,
sanador y liberador. Ésa es la razón de ser de esta fiesta cristiana que
celebra la llegada definitiva de Dios al mundo en su Hijo.
[1] José
Luis Sicre,
El evangelio
de Mateo:
un drama con final feliz. Estella,
Verbo Divino,
2016, p. 47.
[2] Xabier
Pikaza, Evangelio
de Mateo:
de Jesús a la iglesia. Estella, Verbo Divino, 2011.
[3] J.L.
Sicre, op. cit.
[4] X.
Pikaza, “San José, un hombre que creyó en su mujer”, en Religión Digital, 18 de
marzo de 2019, www.religiondigital.org/el_blog_de_x-_pikaza/San-Jose-hombre-Superar-patriarcalismo_7_2104659534.html.
[5] L. Boff,
San José: la personificación del padre. México, Ediciones Dabar, 2006, pp.
199-201.
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