5 de mayo, 2024
Ustedes son hijos de Dios, y él los ama. Por eso deben tratar de ser como él es.
Efesios 5.1, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
En Efesios 5 el texto apostólico se centra en la conducta que debe experimentarse en la nueva humanidad y en la nueva comunidad. Las exigencias para conseguir que la novedad de vida se exprese en la cotidianidad debían marcar una clara diferencia con el contexto en que se desenvolvía la comunidad de fe integrada, como ya se ha visto, por personas de diversos orígenes religiosos y culturales, de una manera un tanto similar a como sucede en la actualidad. La insistencia paulina en la integración en medio de la diversidad obligaba a insistir en la manera de conformar la comunidad con base en una serie de perceptos, principios y valores que efectivamente pudieran relacionarse con la obra de Dios en Jesucristo. El énfasis recae en lo que afirman las primeras palabras del cap. acerca de la imitación de Dios. Ése será el punto de partida para todo lo que sigue: mimetizarse (mímetai) con Dios para parecerse a él.
Imitar a Dios y vivir en amor (5.1-4)
En 5.1 se exhorta a los que antes fueron gentiles y ahora son santos y creyentes, a que “imiten” a Dios de tal forma que realicen su vida en el amor. […] este llamamiento a ser “imitadores” de Dios va dirigido a los cristianos como tales, que son tékna agapetá [hijos amados]. La “imitación” de Dios es posible para sus “hijos amados”, y se espera de ellos. Evidentemente, hay relación íntima entre la condición de hijos y la imitación. Se expresa en san Pablo en I Cor 4.14. También según Mt 5.44 los hijos deben obrar como obra el Padre.[1]
La
mímesis que propone el texto debe acompañarse con el amor y con la
entrega que reproduzca la del Señor Jesús, quien se entregó como ofrenda y
sacrificio a Dios en olor fragante” (2b). “Primero fue la imitación de Dios.
Ahora somos llamados a andar en los pasos de Jesús y a mostrar el mismo amor
entrega que él ejemplificó. Es importante no limitar la entrega de Jesús a su
sacrificio en la cruz; sin duda esa es la culminación. […] Cada acto, cada
encuentro con diversas personas, sus enseñanzas y sanidades, su predicación y
compañerismo con todo tipo de personas, eran muestras de la entrega de su vida
para beneficio de ellas”.[2] Amar en la
entrega de la vida por los demás, pues no hay en el amor cristiano rasgos de
sentimentalismo o evasión romántica de las duras exigencias de la realidad. El
amor consiste, definitivamente, en dar la vida: “El corazón de la ética
cristiana se encuentra en la imitación de Dios y en el seguimiento del ejemplo
de Jesús. Su amor entrega ha de ser la marca distintiva de nuestras relaciones
comunitarias. Ese es el camino estrecho por el que debemos andar como la nueva
humanidad de Dios. Solo así se construye cotidianamente el shalom y se
eleva una adoración que es agradable a Dios”.[3]
Con
ello en mente, la exhortación se encamina a exhortar para que se superen varios
de los excesos propios del ambiente: fornicación (porneía), inmundicia, codicia
(robo, despojo, saqueo, expropiación), obscenidad, necedad, ni truhanerías
(3-4). Hacer todo eso es contrario a lo que es propio del pueblo santo de Dios,
dado que es una nación alternativa que se está construyendo en el mundo. La
contraparte de todo ello es la acción de gracias (eujaristía), esto es, la
virtud de agradecer que se halla ilustrada en la carta que abre con una larga
expresión de gratitud (1.3-14), y cierra la primera mitad con el apóstol dando
gracias a Dios de rodillas (3:14-21).[4]
No participar con ellos (5.5-7)
Practicar
esas cosas impide participar en los beneficios del Reino de Dios. Ese reino
excluye a quienes viven para sí mismos, para satisfacer sus pasiones, servir a
sus propios dioses y que no viven para la gloria de Dios (1.3-14). Además, debe
haber una buena prevención para no dejarse engañar con palabras huecas y Pablo,
por segunda vez en la carta (4.14, 22) alude a los falsos maestros. Podría
tratarse de engañadores que se estaban dentro de las iglesias que se reunían en
las casas (Hch 20.29-30) y también de la propaganda estatal e ideologías
prevalentes en las culturas de esos días. Era (y es) necesario estar muy
alertas. “Detrás de los engañadores (sofistas, filósofos, poetas,
propagandistas del imperio y falsos maestros en las iglesias) están las fuerzas
de maldad de las regiones celestiales con sus planes astutos para apartar y
desviar a la gente y aun a los creyentes”.[5]
Vivir en la desobediencia (6b) es someterse a los poderes tiránicos de este mundo hostiles a la vida de Dios y al shalom de la humanidad. Significa que no ha habido liberación de la muerte (2.1-3) ni recibido la nueva vida, característica de la nueva creación (2.4-10). Es estar lejos de la vida que proviene de Dios (4.18). El que se aferra a esa actitud de muerte atrae sobre sí, ya en el presente, el castigo de Dios que viene (en tiempo presente) sobre ellos. “Así es como Pablo hace su lectura teológica de la inmoralidad prevaleciente en sus días: la entiende como un abandono de Dios, dejando a mujeres y hombres vivir según sus opciones. Ése es el castigo de Dios. Si esto es así, los cristianos han de evitar a toda costa un estilo de vida que ha atraído sobre la humanidad la ira divina”.[6]
Conclusión
“Pablo no está prohibiendo todo contacto o
asociación con tal gente. Si así fuera no podríamos llevarles las buenas nuevas
ni buscar apartarlos de sus malos caminos. […] La palabra griega summetochoi
se refiere a la participación y no a la asociación, y la prohibición
significa: ‘No tengan ustedes, pues, ninguna parte con ellos’ (VP)”.[7] La imitación de
Dios para los creyentes debe producir resultados tangibles que marquen una
diferencia efectiva con los valores predominantes en el mundo, de tal modo que
sea visible la nueva forma de humanidad que Dios está creando en medio de él.
Esa mímesis hará presente al propio Dios entre los seres humanos y en las
estructuras sociales, necesitados todos de la acción divina para su completa
transformación.
[1] Heinrich Schlier, Carta a los
efesios. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991, p. 302.
[2] M. Ávila
Arteaga, Efesios. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2018, p. 97.
[3] Ibid., p. 98.
[4] Ibid., p. 105.
[5] Ibid., p. 108.
[6] Ibid., p. 109.
[7] John R.W. Stott, La nueva humanidad. El mensaje de Efesios. Quito,
Ediciones Certeza, 1987, p. 190.
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