sábado, 30 de noviembre de 2024

"Mas venido el cumplimiento del tiempo..." (Gálatas 4.1-5), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

1 de diciembre, 2024

Pero, al llegar el momento cumbre de la historia [pléroma tou kronou], Dios envió a su Hijo, nacido [genómenon] de mujer, nacido [genómenon] bajo el régimen de la ley, para liberarnos del yugo de la ley y alcanzarnos la condición de hijos adoptivos de Dios.

Gálatas 4.4-5, La Palabra (Hispanoamérica)

Se trata de la solidaridad máxima de Dios en su Hijo, quien asume la historia en toda su dimensión humana: nacido de mujer y bajo la ley. La liberación acontece desde abajo: consiste en abolir la esclavitud de la ley y de todo otro sistema esclavizante, convirtiendo a los esclavos y esclavas en hijos e hijas llamados a vivir en libertad.[1]

Elsa Tamez

Trasfondo

Estamos nuevamente en tiempo de Adviento, a punto de experimentar una vez más la alegría de la intervención directa de Dios mediante el nacimiento de su Hijo en el mundo. Esta gran acción divina se ha identificado con la imagen de la luz que viene al mundo a iluminar su oscuridad. Nada más exacto: la historia de la salvación es el proceso por medio del cual Dios ha manifestado históricamente su presencia en el mundo. La frase del filósofo griego, modificada por el teólogo Karl Barth, lo expresa maravillosamente: “Después de que Dios mismo se hiciera hombre, el ser humano es la medida de todas las cosas”.[2] Y es que en la Navidad celebramos el esfuerzo divino para entrar en la historia y quedarse en ella. A partir de la primera Navidad, Dios se quedó irremediablemente ligado al mundo: Dios se introdujo a sí mismo en el mundo profano y se quedó en él voluntariamente. El Adviento significa anticipar, preparar, anunciar la venida de quien viene a hacer nuevas todas las cosas. Tal como se plantea desde el ámbito valdense italiano: “La anticipación de la Navidad fortalece cada año nuestra confianza en que se nos ha abierto una puerta a la gloria de Dios. ¿Conoces niños esperando algo? ¿La llegada de invitados a una fiesta? ¿Los abuelos que podrían tocar el timbre en cualquier momento? Los niños preguntan constantemente ¿cuánto falta más? Si eres consciente de su impaciente felicidad, habrás captado la atmósfera del Adviento. Las semanas previas a Navidad son semanas de espera. Esperamos con impaciencia, pero al mismo tiempo llenos de alegría, la llegada de Nuestro Señor, celebrada simbólicamente en la celebración navideña”.[3] “El Adviento es hacer conciencia de que Dios está con nosotros” (Sarah Mae Gabuyo, reverenda filipina). 

La Navidad según san Pablo

Dos de los cuatro evangelios narran los sucesos relacionados con el nacimiento de Jesús. Nadie incluiría a San Pablo entre los “promotores” de la fiesta navideña como tal, pero eso no significa que el apóstol de los gentiles no tuviera en alta estima el hecho mismo de la encarnación del Hijo de Dios en el mundo, aunque con una mirada sumamente crítica y aguda. Su percepción del nacimiento de Jesús se enmarcaba en el contexto mayor de la historia de la salvación y del esfuerzo divino por superar las limitaciones impuestas por una interpretación de la Ley religiosa antigua, la cual, en vez de acercar a la humanidad a las consecuencias de la salvación, la mantenía alejada debido a la primacía de las prácticas rituales externas. “El pasaje más antiguo del Nuevo Testamento sobre el nacimiento de Jesús se encuentra en la Epístola a los Gálatas [4.4] […] Este es probablemente el momento cumbre de la Epístola, en el que Pablo anuncia el cumplimiento de la salvación. Dios Padre interviene en el curso de la historia con un acontecimiento extraordinario, pues ha llegado la plenitud (en griego: ‘el llenado’) de los tiempos: el tiempo mesiánico. Las épocas que precedieron a este punto de inflexión no son sólo un período previo, sino un tiempo de preparación y expectación para el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento”.[4]

Pablo da el salto cósmico, histórico y existencial para situar el nacimiento de Jesús como parte del proceso de superación de la ley, como “cumplimiento del tiempo” (pléroma tou jronou: adentro del tiempo cronológico, histórico), de la plenitud de los designios divinos, de la madurez de la historia humana de salvación, pero sólo mediante la experiencia de vivir bajo ella, previo “nacimiento de una mujer”. Como escribe Benjamín Hernández: “Pablo no hace una narración anecdótica, sino una descripción teológica de las implicaciones de los eventos que se dieron esa noche [“navideña”]”.

De este modo, el apóstol situaba la aparición de Jesús en la historia como parte del inicio de un nuevo eón, es decir, de la nueva etapa de relación de Dios con la humanidad y con la formación de un nuevo pueblo que dejara atrás la amarga, aunque enriquecedora experiencia de Israel. Para él, la Navidad vendría a ser algo así como la punta del iceberg del trabajo de Dios por traer a la luz una etapa de libertad y dignificación de la vida en medio de tantos signos de muerte. El nacimiento de Jesús no fue un hecho aislado sino que se colocó en el centro y la raíz de la consumación de la salvación. 

El tiempo maduro para Dios: “el momento cumbre de la historia” (4.4a)

Cuando Dios tuvo a bien asumir la forma humana en la persona de Jesús de Nazaret, un hombre histórico sujeto a todas las situaciones del mundo, la centralidad del cuerpo en el plan divino alcanzó una dimensión extraordinaria, pues semejante acontecimiento abrió las puertas para plantear lo que en la Revelación era un sueño remoto. Hablamos de la humanidad de Dios, pues estrictamente hablando, el Creador de todas las cosas, asumía, por fin, radicalmente, como nunca antes, la existencia histórica adentro del mundo. Dios se situó en el mundo de una manera que podía redimirlo radicalmente para convertirse en el espacio donde su Reino podría manifestarse plenamente. No sería necesario, con ello, practicar una ruptura o un choque con las realidades visibles para relacionarse con Él. Su voluntad redentora atravesaría airosamente la aduana corporal para hacer visible su gloria mediante la persona de alguien que revelaría su amor y justicia por igual.

Los peros de Pablo son sumamente aleccionadores: en Gál 3.23 a 4.7 hay cuatro de ellos, todos iluminadores y directos. “Pero antes de que viniese la fe” (3.23), referido a las condiciones de sometimiento a la ley; “pero venida la fe ya no estamos bajo ayo (paidagogos, 3.25), todavía en el plano de la época antigua, cuando el maestro todavía cree que puede enseñarnos mucho y no renuncia todavía a ser nuestro preceptor: es la etapa de la oscuridad. “Pero también digo: entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo”: la posposición de derechos hasta poder alcanzar la mayoría de edad. Finalmente, “pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (4.4)”, cuando la historia estaba madura, por fin, para recibir al Hijo de Dios, no antes ni después, cuando la historia se había embarazado lo suficiente. Se cumplieron los tiempos, no el alineamiento de estrellas o planetas, en una coyuntura determinada, como si Dios se impacientara ante la arrogancia de los imperios, para que Dios mismo hiciera su aparición en la historia en la figura de un niño. “La plenitud del tiempo no depende de los hombres, sino exclusivamente de la decisión libre e inexplicable de Dios”.[5] “No se ha cumplido el plazo para que Dios intervenga, ni cuando lo pedía ‘el desarrollo de la humanidad logrado hasta un cierto punto» (de Wette), ni cuando la autoconciencia de la humanidad había llegado a la madurez (F. Chr. Baur), ni cuando la necesidad de redención se había hecho más acuciante (Sieffert), sino cuando plugo a Dios”.[6] 

Nacido de mujer, nacido bajo la ley

“Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”, como cualquier persona común y corriente, sin ningún aspaviento. Pablo desnuda de tal forma el evento de la encarnación de Dios, para que los gálatas entendieran la manera en que Dios mismo se enfrentó al predominio de la ley, el verdadero enemigo del plan de Dios. “Cuando se colmó la medida, que él había estabalecido, cuando llegó ‘la plenitud del tiempo’, el Hijo eterno de Dios se hizo hombre según la voluntad del Padre; tomó carne de una mujer como cualquier hombre, y como cualquier hombre se sometió a la ley. El Hijo preexistente de Dios, que existía desde la eternidad, entró en la historia de una forma sencilla, inadvertida por el gran mundo. La acción salvadora de Dios no es una experiencia del alma a solas con Dios, sino que fue una historia ‘en el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea (Lc 3.1)’”.[7]

“Nacido bajo la ley”: porque la ley es la matriz de las armas de la muerte, las armas de la oscuridad que intentan someter al mundo bajo sus argucias. Sólo que no se cuenta lo suficiente con que el espíritu paternal/maternal de Dios recurre a la sensibilidad y a la ternura para hacerse presente en el mundo y en la vida de cada persona para transmitir su sentido de familiaridad y apego. Nacer bajo la ley es estar bajo el signo de Caín, del pecado, de la injusticia. A Dios, en su Hijo, le hacía falta caminar bajo esa sombra, bajo esa carga que ahora se sigue experimentando en medio de las crisis.[8] Pero también está presente el enigma y la paradoja de la Ley, esa mirada omnipresente que todo lo juzga y que a él mismo no dejó de señalarlo como un proscrito por haberla obedecido íntegramente, porque finalmente el sueño divino se cumplió: hubo alguien que, históricamente, fue capaz de obedecerla a cabalidad, de principio a fin. Y fue ella quien lo mató luego de conseguirlo, luego de derrotarla y sustituirla como garantía de la acción de Dios en los sucesos de todos los días… 

La segunda expresión que acentúa la humillación es haber “nacido bajo una Ley” (en griego no hay artículo). Jesús no es sólo un hombre entre los hombres, sino también un judío: está sometido a la ley mosaica. Por eso vino en condición de esclavo: la situación del hombre antes de la venida mesiánica, debida precisamente a la Ley (cf. Gál 4,5), es decir, a una norma externa, a la que hay que someterse, obedecer, y que conlleva incluso la pena de muerte. El Señor, perfectamente libre ante la Ley, se sometió a ella, para ser en todo, excepto en el pecado, igual a nosotros.[9]

Conclusión

El propósito del nacimiento de Jesús, dice Pablo en otras palabras, es “redimir a los que estaban bajo la ley” (v. 5) y a través de un nuevo inicio (otro nacimiento, otra creación: II Co 5.17) sumarse a la nueva humanidad iniciada por Jesús como “segundo Adán” (Romanos). En el esquema salvífico paulino en Gálatas, esto sucede gracias a la adopción como hijos verdaderos, una figura jurídica que se impone sobre los lazos de sangre, pero que tiene el mismo valor, en lo que acaso sea uno de los más grandes logros de la ley humana y ahora divina: 

Pablo creía y afirmaba que el envío del Hijo de Dios sucedió en el nudo de la Historia de la salvación. Por ello, el pueblo de Cristo son esos “para los que ha llegado el fin de los tiempos” (I Co 10.11, cf. Mr 1.15). […] Pero enfatiza que el nudo de la Historia de la salvación, señalado con la venida de Cristo (cf. 3.24: eis Xriston) o la llegada de la “fe” (cf. 3.23, 25), constituye la época establecida por Dios para que el pueblo de Dios reciba la herencia como hijos e hijas maduros y responsables. La venida de Cristo convierte esta época concreta en pléroma tou xronou”.[10] 

Es decir, Pablo concluye diciendo que esta madurez y responsabilidad de los hijos e hijas de Dios los conducirá a la verdadera humanidad, a la verdadera libertad, propósito supremo de la salvación en Cristo Jesús. De esta manera es posible que se cumpla la máxima aspiración humana en el marco de la voluntad divina. Así es como la “Navidad” alcanza sus objetivos específicos. “Ésta es la Navidad según Pablo. El Apóstol no habla de cueva, ni de pesebre, ni de ángeles, ni de pastores; no menciona a María, ni a José. No hay Belén, no se menciona la posada donde no había sitio; faltan Herodes, los doctores de la Ley y los Magos. Sin embargo, existe lo esencial: el nacimiento del Salvador en la carne para nuestra salvación”.[11]



[1] E. Tamez, “Gálatas”, en A. Levoratti, dir, Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 914.

[2] K. Barth, Church Dogmatics, III/2, pp.740s, 743s, cit. en K. Barth, “Culto político”, Instantes. Textos para la reflexión. Maliaño, Sal Terrae, 2005, p. 108.

[3] Gesine Traversari, “Adviento: el tiempo en que se abren las puertas”, en Chiesa Valdese, 27 de noviembre de 2024, https://chiesavaldese.org/avvento-il-tempo-in-cui-le-porte-si-aprono/. Cf. Antoine Nouis, “Le temps de l’Avent pour les protestants”, en Regards Protestants, 28 de noviembre de 2024, https://regardsprotestants.com/dossier/article/le-temps-de-lavent-pour-les-protestants/.

[4] “‘Nacido de mujer, nacido bajo la Ley’: La Navidad según San Pablo”, en La Civiltá Cattolica, 23 de diciembre de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/12/23/nacido-de-mujer-nacido-bajo-la-ley-la-navidad-segun-san-pablo/

[5] Carlos H. Lenkensdorf, Comentario sobre la epístola a los Gálatas. México, El Escudo, 1960, p. 72.

[6] Heinrich Schlier, La carta a los Gálatas. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1975, p. 227, n. 224.

[7] Otto Kuss, Carta a los Romanos. Cartas a los Corintios. Carta a los Gálatas. Barcelona, Herder, 1976, pp. 429-430.

[8] “‘Nacido de mujer, nacido bajo la Ley’: La Navidad según San Pablo”, en La Civiltá Cattolica, 23 de diciembre de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/12/23/nacido-de-mujer-nacido-bajo-la-ley-la-navidad-segun-san-pablo/

[9] Ídem.

[10] F.F. Bruce, Un comentario de la epístola a los Gálatas. Terrassa, CLIE, 2004 (Colección teológica contemporánea, 7), p. 268. Énfasis agregado.

[11] “Nacido de mujer, nacido bajo la Ley…”; op. cit.

sábado, 23 de noviembre de 2024

"De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven" (Job 42.1-9), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Wlliam Blake (1757-1827), La reivindicación de Job (1826) 

24 de noviembre, 2024

Yo había oído hablar de ti,

pero ahora mis ojos te ven.

Job 42.5, RVC

 

Trasfondo

El peregrinaje existencial y espiritual que representa el libro de Job tiene varios momentos climáticos en los cuales la fe experimenta una tensión poco común. A cada paso que avanza la protesta de Job, las reacciones de sus amigos y el intercambio amargo entre ellos se percibe la forma en que el drama se denvuelve y se encamina hacia su peculiar resolución. Los ciclos de diálogos e intercambio (4-14; 15-21; 22-27) desembocan en el gran poema que celebra la sabiduría inalcanzable (28; “Pero ¿dónde se halla la sabiduría? / ¿En qué lugar está la inteligencia? / Nadie sabe lo que vale, / pues no se halla en este mundo”, vv. 12-13; “Sólo Dios sabe llegar hasta ella; / sólo él sabe en dónde se halla”, v. 23) y en el gran monólogo de Job (29-31; “Clamo a ti, y no me escuchas; / a ti recurro, y ni siquiera me miras”, 30.20; “Ahora soy compañero de los chacales / y amigo de las avestruces, 30.29), antes de dar lugar a la larga intervención de Elihú, el amigo más joven (32-37). Finalmente, Dios comienza a responder y sale de su mutismo: 

Yavé accede a la petición de Job y deja así barridos dos de los reproches que éste le ha dirigido tantas veces. “tú estás lejos, tú te muestras indiferente”. La respuesta de Yavé es ante todo un acontecimiento que va a vivir Job y que va a inducirle a una experiencia nueva de la presencia y de la actividad de Dios. En cierto sentido, toda la respuesta de Dios está ya dada por este encuentro que le ha concedido y que reafirma la permanencia de su amor a Job. Pero Job podría engañarse sobre el sentido de la venida de Dios, del mismo modo que se equivocaba al interpretar su silencIo, podría creer que esta epifanía lo justificaba plenamente, por eso Dios, una vez más, va a desvelar personalmente el significado de aquel acontecimiento, y entonces es cuando interviene la palabra, el discurso.[1] 

Dios se va a revelar en la tormenta, en la tempestad (38.1), por lo que se trata de una auténtica teofanía (38-41): “La teofanía indica el paso de lo sapiencial a la revelación, paso ya trazado en el salmo 73. Al presentarse Dios, aunque su temática parezca sapiencial, el punto de vista y el enfoque pertenecen al orden de la revelación. Job, como el orante del salmo 73, será invitado a compartir el punto de vista de Dios. Además, la teofanía puede provocar la reacción del hombre ante lo numinoso, ante el misterio fascinador y tremendo. Ahora bien, estos dos factores, revelación y carácter numinoso, quedan inaugurados con la teofanía y se difunden a lo largo de los discursos”.[2] Dios echa por tierra todas las pretensiones de Job: “¿Quién es el que oscurece el plan (‘etsah [plan, designio, proyecto, providencia[3]]) / con palabras privadas de ciencia?” (38.2). Dios va a mostrar sus obras y acciones para destacar la superioridad de su ser como creador. Su revisión es abrumadora: ¿”Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? / Házmelo saber, si tienes inteligencia” (38.4). Lo más extraño en la respuesta de Dios es que, en vez de aportar de antemano una solución pacífica, va a consistir en una larga serie de preguntas Y el diálogo que finalmente se establece acorralará sobre todo a Job dentro de sus últimos reductos”.[4] 

Dios habla desde el torbellino y Job acepta sus limitaciones (40-41)

“Dios no se propone solamente suscitar en Job una nueva capacidad de asombro, quiere situarlo ante un triple límite: el límite de la duración de su vida, el límite de su saber y el límite de su poder”.[5] Lo que hizo con Job fue reconducirlo para aprender de esos límites: 1. “Job no ha asistido a la liturgia primordlal (38.4), en el amanecer del mundo, no pudo unirse al coro de las estrellas. El hombre no es contemporáneo más que de una parte de la gesta de Dios, y su primer límite es el de haber nacido después del mundo (38.4, 21)”.[6] 2. “Job no dispone realmente de la binah, es decir de la inteligencia en cuanto que penetra y discierne Se le escapa a Job en el sentido de que se le oculta la razón última de las cosas (38.4; 39.26), y Job se ve obligado a admitir que finalmente los crlterios de lo bello, de lo prudente, de lo útil no pertenecen al hombre, sino que brotan de la libertad creadora de Dios”.[7] 3. “Cada nueva alusión a la fuerza y a la habilidad del creador subraya inexorablemente la impotencia de Job. Catorce veces aparece la pregunta ‘¿quién?, ¿quién ha asentado,quién ha encerrado, quién ha engendrado?, etcétera’. Invariablemente, la respuesta sería ‘Dios’, y poco a poco, de exclusión en exclusión, Job ve estrecharse el campo de su poder y de su derechos El mundo es suyo, pero hay otro que actua, hay otro que reina”.[8]

“El poeta no describe una presencia de Dios como tal, sino su respuesta a Job ‘desde el torbellino’. Es decir, más que de un hecho visual se trata de una revelación oral, de un discurso. La imagen del torbellino apunta a una experiencia que supera toda descripción, a una presencia abrumadora y a una fuerza demoledora de origen celestial”.[9] La teofanía estuvo acompañada de una verdadera avalancha de preguntas relacionadas con la creación: “el orden establecido por Dios en el mundo es algo que los seres humanos no podrán comprender plenamente, y menos puede controlar o determinar”.[10] Este suceso es también una fuerte crítica a la concepción sapiencial del orden y del designio del mundo. 

Job responde dos veces a Yahvé (40.3-5; 42.1-6)

Después del vendaval de preguntas, Dios se dirige a Job y lo desafía: “¿Es sabiduría contender con el Omnipotente (Shaddai)? / El que disputa con Dios (‘eloah), responda a esto” (40.2). Job responde que es “vil” y que no tiene nada que argumentar y anuncia que no volverá a hablar (40.3). El locuaz personaje deja de serlo y quien ocupa el escenario verbalizado es Dios: los factores se invierten. Job se reconoce como insignificante y usa el gesto de guardar silencio, pues al ser confrontado con la grandeza, el poder y la sabiduría divinas reconoce su ignorancia. En su segunda reacción (42.1-6), el momento más importante de toda la obra, nada menos, Job acepta que Dios lo puede todo (2a) y que habló de lo que no entendía (3b). “Después de reconocer el poder y la omnisciencia de Dios, Job se expresa sobre el designio (‘etsah) y el orden (mishpat) del mundo tras la respuesta de Dios en la teofanía”.[11]

En la confesión final (v. 5) Job reconoce que: “Lo que oyó (tradición) no corresponde a lo que ahora ha visto. Ha pasado del Dios de quien otros hablan a aquel a quien ha venido a conocer personalmente, resaltado por la cláusula ‘te han visto mis ojos’. Es afín a lo que conocemos como revelación. Lo ‘visto’ es Dios mismo no lo mostrado por Él”.[12] Es el encuentro que él había solicitado, pues ahora estaba en condiciones de decir quién es  verdaderamente Dios. “La teofanía ha cambiado el centro de gravitación de donde Job lo había puesto a donde Dios lo pone, de la pregunta por la justicia divina a la pregunta por la libertad de Dios. La respuesta de Dios es iconoclasta: ha destruido la imagen tradicional de Dios, a aquella que Job tenía de ‘oídas’, de la tradición”.[13] Pero Job viviría ahora “la experiencia de la relación con Dios desde su sufrimiento, desde su desinstalación. Sus seguridades religiosas se han destrozado  contra la cruda realidad que lo confronta. Dios no lo ha ignorado, pero tampoco es un dios previsible y manejable según esquemas”.[14] 

Dios reivindica a Job y lo restaura (42.7-17)

De tres maneras Dios llevó a cabo la reivindicación de Job después de que éste asumió su situación delamnte de Él: primero, aceptó su oración (42.9b), luego, lo justificó ante sus amigos e hizo que presentaran holocausto por causa de que no habían “defendido” la causa divina con rectitud (42.8), y por último, mediante la retribución/devolución al doble de todo lo que había perdido: familia (sus hijas se llamarán, en buen español, Paloma, Acacia, Azabache), bienes, honor (42.10b, 12-13), además de que lo hizo vivir largamente (42.16-17). Pero quizá lo más notorio sea la frase con que abre el v. 10: “Y quitó la aflicción de Job..”, pues refleja la manera en que Dios valora su actitud como creyente fiel: “…en el epílogo Dios reprochará a a los amigos que veían la causa de las desgracias humanas en la doctrina de la retribución divina, en lugar de considerar que podían estar en el mundo desordenado y llevado al caos por el hombre, como un satán. De aquí que Dios no declare inocente a Job, porque nunca fue culpable, y que no se declare justo él mismo, porque no ha sido injusto”.[15]

Las consecuencias espirituales para Job son impactantes: “Renunciando a las evidencias demasiado cortas de su sabiduría humana y dejándose cuestionar por sus limites de criatura, Job pudo convertirse del dios agresIvo que se había hecho a su propia imagen al Dios que es, al DIos que era su amigo y que vino a el en medio de la tempestad. Yavé puede callarse de nuevo Job lo ha visto, y esto le basta. Ahora puede también callarse Job, su silencio es el mejor lenguaje de su fe”.[16] 

Conclusión

El tema de la apuesta reaparece en el final del libro en un doble sentido: por un lado, Job es mostrado como un rebelde que salió airoso gracias a su extraordinaria piedad y, por tanto, Dios volvió a apostar por él: “Como se ha dicho con una expresión feliz, también en este caso Dios ha apostado por Job, y una vez más ha acertado y ha ganado la apuesta. Podría haber sucedido que Job se hubiera cerrado al mensaje del discurso, y en este caso el perdedor habría sido el propio Dios”.[17] Dios reincidió en creer en Job, se la jugó por él sin temor alguno y acertó nuevamente. El otro aspecto es cristológico y brilla incandescentemente como parte de una interpretación que proyecta la figura jobiana sobre el Señor Jesucristo: 

Enviando a su Hijo, el Padre “apostó” por la posibilidad de una fe y una conducta marcadas por la gratuidad y la exigencia de establecer la justicia. Siguiendo las huellas de Jesús, los “perdedores” de la historia —como Job— están haciendo que el Señor gane su apuesta. Los riesgos del hablar acerca de Dios desde el sufrimiento del inocente son grandes. Pero, como Job también, no podemos refrenar nuestra lengua. Con humildad debemos dejar que resuene en la historia el grito de Jesús en la cruz, y que él nutra nuestro esfuerzo teológico. Como dice san Gregorio el Grande […], el clamor de Jesús no será oído “si nuestra lengua calla lo que nuestra alma ha creído”.[18] 

El Señor Dios aprueba a Job llamándolo “mi siervo” (42.7b) y al colocarlo como “sacerdote” para su amigos equivocados. Al tratar de defender la justicia divina no fueron capaces de “hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente” sino que lo hicieron desde sus ideas y prejuicios, pero Dios aprobó la “sabiduría crítica de Job”.[19] Job rechazó la imagen del Dios de la retribución y acertó, “no creía que ése fuera el verdadero Dios; confiaba en que es Aquel que le reivindique, que se dará a conocer como es en verdad”.[20] Y el propio Dios le dio la razón.



[1] Jean Lévêque, Job: el libro y su mensaje. 2ª ed. Estella, Verbo Divino, 1987, p. 49.

[2] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, Job: comentario teológico-literario. 2ª ed. Madrid, Ediciones Cristiandad, 2002, p. 655.

[3] Jean Lévêque, op. cit., p. 51: “1) El plan de DIos es estable, habiéndose madurado desde toda la eternidad, 2) la ‘etsah de Yavé se muestra irrevocable e infalible, 3) en varias ocasiones, especialmente en los Proverbios y en los Salmos, la ‘etsah de Yavé se pone en relación con su pedagogía, y en este contexto la palabra toma a menudo un nuevo sentido, el de ‘consejo’”.

[4] Ibid., p. 49.

[5] Ibid., p. 53.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ibid., p. 54.

[9] Eduardo Arens, “Job”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo Testamento. II. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 778.

[10] Ibid., p. 779.

[11] Ibid., p. 784.

[12] Ídem.

[13] Ibid., p. 786.

[14] Ibid., p. 784. Énfasis original.

[15] Ídem. Énfasis original.

[16] J. Lévêque, op. cit., p. 58.

[17] Gerhard von Rad, “El libro de Job”, en Sabiduría en Israel. Proverbios, Job, Eclesiastés, Eclesiástico, Sabiduría. Madrid, Ediciones Cristiandad, p. 285. En este punto la referencia es Karl Barth, Church Dogmatics. IV, 3, 1, pp. 433-43. La cita dice: “Job tropezó, pero no cayó. Su realización y su decisión fueron una repetición y una confirmación de la posición en la que Yahvé lo había colocado con respecto a Él, y que nunca abandonó. Yahvé apostó por él, y no perdió, sino que ganó. Por eso era esencial que hubiera una confirmación de su derecho en la simple confirmación de la elección a la que Yahvé se mantuvo inquebrantablemente fiel incluso en la extraña forma en que se encontró con Job. Los pasajes finales del Libro de Job nos confrontan con este complejo de hechos. No lo analizan. No muestran la secuencia y la relación. Simplemente sostienen que el paso adelante en la historia de la coexistencia recíproca de Dios y Job, que es lo que está en juego en todo lo que precede, se da finalmente y se manifiesta en el hecho de que Dios habló a Job y Job lo escuchó. Se limitan a narrar este acontecimiento. De este modo, el círculo se cierra como se abrió, es decir, con la liberación del hombre por y para el Dios libre: por el Dios libre, puesto que es Él el Testigo que habla contra Job pero también a su favor; y para el Dios libre, puesto que Job, puesto por Él en la injusticia pero también en la justicia, resulta ser el testigo fiel de este Dios.” (pp. 433-434).

[18] G. Gutiérrez, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1986, p. 187.

[19] E. Arens, op. cit., p. 787.

[20] Ídem.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

"Yo sé que mi Redentor (go'el) vive", Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Abraham Rattner (1893-1978), Job (1949)

17 de noviembre, 2024 

Yo sé que mi Redentor (go’el) vive

y al fin se levantará del polvo

Job 17.3, TLA

En ese pasaje Job proclama, en un acto de fe que parece carecer de todo apoyo humano, su más profunda convicción: “Yo sé que está vivo mi Vengador” (Go’el)...”. El término viene de la experiencia de solidaridad del pueblo judío y surge inicialmente en el ámbito familiar, pero evoluciona hasta colocarse en el ámbito de la alianza y se convierte en una expresión que subraya en forma particular la justicia de Dios. La presencia de este tema en el libro de Job es una expresión más de los lazos de esta obra con la fe tradicional de Israel. [...] Yahvé es así el pariente próximo, el responsable del pueblo, aquel que lo rescata y venga si es necesario. [...] Dios es el defensor de todos aquellos que sufren injusticia. [1]

Gustavo Gutiérrez

Trasfondo

En el mismo lugar que Karl Marx dijo que la religión el “opio del pueblo” afirmó que es también “el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, y el alma de condiciones desalmadas”.[2] No por nada esas palabras fueron retomadas por Rubem Alves, una y otra vez, para mostrar las alturas y la miseria de lo religioso. Y nada más exacto para definir las enormes ambigüedades que depara a la humanidad el trato con la religión en sus diferentes formas ni para acercarse, así sea por un momento, a exponer y revisar una vez más las que son las palabras más famosas de todo el libro de Job, cuando, en camino hacia su afirmación de la vida experimentando sus márgenes más trágicos desde el sufrimiento, fue capaz de afirmar como pocas veces se ha hecho, que su Redentor, su go’el, su Rescatador, su Vengador, estaba/está vivo y sería capaz de levantarlo del polvo, de las heces, de la cercanía de los gusanos. Si, como afirmó Elsa Tamez en su desgarradora carta a Job desde América Latina, los habitantes de este continente están/estamos esperando a Job en el basurero, el grito de este hombre que aprendió la grandeza de la existencia desde su pérdida casi absoluta reclama que se valore su capacidad de asimilación y de recuperación de la magnificencia de lo vivido y lo esperado por parte del Dios que, en vez de abandonarlo, lo entregó a la reflexión más exigente y poderosa.

El valle de lágrimas atravesado por Job (vv. 15-20)

¿Valle de lágrimas, viacrucis, purificación, calvario…? De cuántas maneras más (con su correspondiente “acento pre-cristológico”) podría expresarse lo vivido/padecido por Job para que podamos calibrar bien el grito mayúsculo que atraviesa su libro y, como consecuencia, buena parte de la historia de la humanidad sufriente. Antonio Negri, autor comunista italiano (), no resistió la tentación de acercarse a este personaje para extraer de él consecuencias que a veces desde la fe cuesta trabajo y produce hasta un temor recalcitrante dominado por el rubor y el riesgo de incurrir en los excesos a los que el propio libro nos conduce. De ahí el énfasis que procede desde su título, al aludir a la fuerza (oculta, casi siempre) del esclavo condenado a no salir de su situación sino únicamente merced a una “revolución íntima” o interior que le permita participar de la realidad de una manera completamente opuesta. Luego de citar a San Pablo y aplicar a Job sus grandiosas palabras de: “Puesto que el mundo no conocía a Dios a través de la sabiduría, Dios quiso salvar a quienes creen con las sinrazones de la predicación” (I Co 1.21), señala: “Pero se la repite en una perspectiva que no se contradice con la idea de un reino de Dios desapegado, contemplativo e irónico y que reivindica, por el contrario, la capacidad de la lucha para desafiar la misericordia divina y obtener así su gracia”.[3] Algo así como la lucha de Job con el ángel que le reclama la bendición como resultado de ella.

Atisbar la presencia del Vengador (vv. 21-26)

Afortunadamente, las coordenadas sociorreligiosas del texto son las que nos guían hacia el atajo liberador, el resquicio mínimo, la grieta minúscula que se abrió en medio de la situación de Job para asomarse a sus posibilidades de liberación desde la condición más distante de la misma. El camino hacia la recuperación de la vida digna y la afirmación de la esperanza transitó en ese instante por la lucidez de un hombre agonizante que, en el diferido último minuto de su paso por la tierra, fue capaz de vislumbrar los horizontes luminosos hacia los que Dios, si duda alguna, quería llevarlo (en otro inquietante paralelo con su compañero galileo crucificado varios siglos después en las afueras de Jerusalén). Incluso las enormes dificultades que plantea la traducción de éste y tantos segmentos del libro obligan a “rellenar” con los elementos del contexto de toda la obra el “faltante” de sentido que requerimos hoy para comprenderlo mejor. Así lo han hecho, por ejemplo, las versiones Dios habla hoy (“Yo sé que mi defensor vive, / y que él será mi abogado aquí en la tierra”), la Palabra de Dios para Todos (“Pero yo conozco a mi Defensor; / él vive y al final saldrá victorioso sobre los que son polvo”) y La Palabra (“Yo sé que vive mi Vengador, / que se alzará el último sobre el polvo,”), entre tantas más.

La realidad histórica y cultural del go’el, ese rescatador tan anhelado por los sectores más desfavorecidos del antiguo Israel (como bien lo muestra Rut, la moabita viuda). “El go’el o rescatador es una institución jurídica antigua. Un miembro de la familia, del clan, de la tribu, por orden de parentesco, está obligado a reivindicar a su prójimo. En caso de esclavitud, pagando la suma del rescate” (Lv 25.47, 48, 54).[4] En caso de pobreza, para que no salga de la propiedad familiar o del clan (Lv 25.23). En caso de asesinato, el rescatador debía vengar la sangre matando al culpable, pues la legislación antigua no admitía compensación o indemnización. Las remotas instituciones antiguas mostraban así su aspecto igualador y liberador, a contracorriente de las tendencias explotadoras y abusivas. “Yhwh es el go’el de los que ni siquiera tienen “pariente cercano”, ni ‘rescatador’. Yhwh es el ‘pariente cercano’ de los empobrecidos y marginados” (Nm 5.8).[5] Todo ese trasfondo está detrás de la forma en que Job califica a su Dios: el elemento central es la solidaridad. “La institución jurídica se usa como símbolo aplicado a Dios en diversos contextos y con diversas especificaciones”.[6] Se le reclama, en pocas palabras, a Dios su solidaridad mediante una reivindicación absoluta. Por eso la historia de la iglesia (Jerónimo, Gregorio Magno, Fray Luis de León) está plagada de la cristificación de estas palabras resonantes.

Conclusión

Por todo ello, hoy podemos retomar las palabras de Negri para asumir el destino, la experiencia y la esperanza lentamente recuperada de Job, con la certeza de que el cielo no está vacío y de que ese Redentor/Rescatador/Vengador/Defensor está más vivo que nunca y escucha todo el tiempo nuestras palabras:

La realidad de nuestra miseria es la de Job, las preguntas y las respuestas que le hacemos y le damos al mundo son las mismas que hacía y que daba Job. Nos expresamos con la misma desesperación, pronunciando las mismas blasfemias. Conocimos la riqueza y la esperanza, tentamos a Dios con la razón, ahora sólo nos quedan el polvo y el desatino. ¿Podremos también nosotros guiar nuestra miseria a través de una analítica del Ser y del dolor y desde el fondo de esta profundidad ontológica, remontar hacia una teoría de la acción o, más precisamente, hacia una práctica de reconstrucción del mundo? ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Hasta poder decir —mediante esta práctica— “te he visto con mis ojos” […] Ésta es la hipótesis, la hipótesis muy humana de Job.[7]



[1] G. Gutiérrez, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1986, pp. 122-123.

[2] K. Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2005, p. 50. La cita completa dice: La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado, y también es el espíritu de situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo. Renunciar a la religión en tanto dicha ilusoria del pueblo es exigir para este una dicha verdadera. Exigir la renuncia a las ilusiones correspondientes a su estado presente es exigir la renuncia a una situación que necesita de ilusiones. Por lo tanto, la crítica de la religión es, en germen, la crítica de este valle de lágrimas, rodeado de una aureola de religiosidad. Énfasis de esta edición.

[3] A, Negri, Job: la fuerza del esclavo. Buenos Aires, Paidós, 2003 (Espacios del saber, 39), p. 42. Énfasis agregado.

[4] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre, Job, comentario teológico y literario. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1983, p. 293.

[5] Rolando López, “Redención de la tierra y del pueblo”, en RIBLA, núm. 18, 1994, p. 36.

[6] Ídem.

[7] A. Negri, op. cit., p. 45.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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