18 de abril, 2025
…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado (sunestauróthe) juntamente con él, para
que el cuerpo del pecado sea destruido (katargethê),
a fin de que no sirvamos más al pecado.
Romanos 6.6
El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la
eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte…[1]
J.L. Borges, “Tres
versiones de Judas”
Pablo
frente a la cruz de Jesús (vv. 1-9)
Uno de los primeros
conflictos que debió enfrentar el antiguo fariseo Pablo de Tarso en relación
con la realidad de la cruz de Jesús fue la afirmación de Dt 21.22-23 sobre la
maldición para quien muere en un madero. Su conciencia religiosa, formada en el
más estricto apego a la ley, debió confrontarse con la cruda visión de la fe
cristiana acerca de los momentos climáticos de la muerte de Jesús en el madero
del Gólgota, una imagen intolerable para la perspectiva judía sobre el
ajusticiamiento de una persona. En ese caso, Jesús no había sido ejecutado como
blasfemo sino como un enemigo de la paz pública y del Estado romano. Cuando
tuvo la visión cerca de Damasco, seguramente el choque debió ser brutal para
él:
¡A quien él perseguía, era precisamente el Mesías, de quien Dios mismo daba testimonio resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo, como los cristianos perseguidos por él testimoniaban! Pablo creyó en Jesús, pero tuvo que replantearse el problema de su muerte. Si Jesús, pues, no era un ‘maldito de Dios’, ¿por qué su muerte en la cruz? La comunidad de Damasco, que le acogió, le dio la primera respuesta: ‘murió por nuestros pecados’, según testimoniaban las Escrituras”.[2]
Esta creencia, que
Pablo repite modificada varias veces, se deriva de una lectura cristológica de
Isaías 53.5a (“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados…”), y formaba parte de las primeras afirmaciones de fe de las
comunidades creyentes. La mirada realista acerca de un instrumento de tortura
secular usada por los garantes de estabilidad social, los militares romanos,
contrasta con la interpretación del proyecto divino de salvación que
progresivamente elaboró el apóstol. Poco antes de desarrollar su teología de la
cruz propia, formula preguntas tan acuciantes como en I Co 1.13: “¿Acaso
crucificaron a Pablo por ustedes?” para demostrar que sólo quien pasó por la
cruz podía atribuirse la propiedad de la iglesia. Para él, todos los seres
humanos, tanto judíos como gentiles, son irredentos, por lo que su necesidad de
apelar a esa muerte es obligada.
En Gálatas 3.13-14 se
refiere explícitamente a Dt 21.23: “Cristo nos redimió de la
maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito
todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de
Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la
promesa del Espíritu”. Ridderbos comenta: “El texto afirma que Cristo, al
dejarse crucificar por nosotros, se hizo maldición por nosotros, para que la
bendición de Abraham pudiera comunicarse a los gentiles por medio de la fe, y
no en base a las obras”.[3] “Así,
ellos pueden ahora recibir mediante la fe lo que no estaban capacitados para
recibir por medio de la ley”.[4]
Probablemente Pablo esté acá reflejando su sensibilidad pre-cristiana: ¿cómo puede alguien decir que Jesús es enviado de Dios, si Dios lo ha maldecido en la cruz? Esta paradoja sólo alcanza su sentido con la fe en la resurrección: “Dios lo resucitó” (1.1); es decir: la cruz es signo de que Dios ha maldecido a Jesús, pero la resurrección es signo de que lo ha bendecido. Llegando a lo profundo de la maldición (haciéndose maldito), Jesús llega al extremo de la debilidad, de hacerse nada (kénosis), para así poder llegar a todos, no sólo a los que tienen poder o fuerza. Llegando hasta lo más profundo, liberándonos de la ley, la bendición “a todas las naciones” que Dios hizo a Abraham (Gen 12.3) llega ahora a los paganos (3.14).[5]
Procesando así esta enorme paradoja pudo san Pablo relanzar la imagen salvífica de un “malhechor rehabilitado” que, condenado por la ley antigua, podía funcionar como salvador en el nuevo esquema de Dios. De ahí que su lenguaje asuma las metáforas jurídicas de la redención y la justificación, por igual, para referirse a los logros de la cruz de Jesucristo, que él vería ya como centro y razón de ser de cualquier comprensión de la obra salvadora de Dios, porque “el fin de cualquier teología de la ley es Cristo, y no otro que el crucificado, en el sentido de la expresión paulina, ‘palabra (o mensaje) de la cruz’”.[6]
Crucificados/as
con Jesús para una vida nueva (vv. 10-14)
La carta a los
Romanos representa uno de los momentos más altos en la reflexión paulina sobre
la fe y la actuación de Dios en Cristo. En el cap. 6, el apóstol desarrolla,
como algunos estudiosos han observado, dos lenguajes simultáneos, el cúltico o
jurídico, y el participativo o “místico”, acerca de la muerte de Jesús por la
humanidad. Eso se puede resumir con una fórmula: “Es la distinción entre decir
que Cristo murió por los creyentes y
que ellos mueren con Cristo, entre
decir que los cristianos/as son santificados y justificados, y que ellos han
muerto con Cristo al poder del pecado”.[7] De este modo, la muerte de Jesús en la
cruz sirvió para dos propósitos: tratar con el castigo y las consecuencias del
pecado humano y, al mismo tiempo, con su poder: “La muerte de Cristo consiguió
la absolución y para hacer posible la participación en su muerte al poder del
pecado”.[8]
Explorar el primer
énfasis, el legal o litúrgico, conduce inevitablemente al segundo, el
participativo, en el que según este pasaje, cada creyente se identifica
profundamente con la muerte de Cristo en el rito bautismal, pues “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su
muerte” (v. 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (v. 4);
“nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (v. 5); “lo que antes
éramos fue crucificado con Cristo” (6.6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (v.
8). Esa
identificación nos lleva a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir
una vida nueva” (v. 4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora
quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (v. 6);
“muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (v.
11). “La lógica de este cambio es bastante sencilla: ‘Porque, cuando uno muere,
queda libre del pecado’ (6.7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos ‘enganchados’
del sistema pecador, de la obligación y la ‘vida muerta’”.[9]
En el bautismo, según Pablo, “nos hemos
despedido simbólico-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en
que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo,
una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de
satisfacción”.[10] Y ya es posible disfrutar de esta nueva forma de existencia, aun cuando
su plenitud no se alcance, pues nuestra vida es, desde ahora, la “semilla de
otro reino”. “Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos
de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte,
y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación
que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la ‘espiritualidad’ de lucha y
perseverancia, que en Ro 8 se presenta como la base del proyecto cristiano.[11]
Gálatas 2.19-20 retoma la experiencia
de estar crucificados con Cristo y allí crucifica al yo, “que es pecador por
estar sometido al legalismo”. En Ro 6.6a, “nuestro hombre viejo quedó
juntamente crucificado con él; es decir: fue aniquilado el cuerpo carnal
poseído por el pecado (el individuo pecador, 6b); de este modo ha sido
quebrantado el poder del pecado (6.2; 6.6c)”.[12] De modo paralelo, en Gál 6.14 todo esto se expresa con una fórmula
cósmica: “por la cruz de Cristo el ‘mundo’, de tentador del poder, fue
crucificado en favor del yo creyente, y por otra parte el yo fue entregado a la
muerte para afrenta del mundo, ya que pierde su base de operaciones […] Los
creyentes, transformados en propiedad de Cristo, han crucificado su carne con
sus pasiones y deseos desordenados (Gál 5.24)”.[13]
Desde esta perspectiva “mística”, lo
que los creyentes han hecho es “compartir es una condición presente similar a la del Cristo crucificado y resucitado
como resultado de haber roto radicalmente con el pecado junto a su Señor a fin
de vivir para Dios”.[14] Y todo ello acontece, efectivamente, mediante la incorporación al
cuerpo de Cristo por la fe y el bautismo. Mueren junto con Cristo y se
identifican con la condición suya de estar “muertos al pecado” y a la era
presente. En la cruz muere la vieja humanidad y se anuncia el surgimiento de
una nueva en la resurrección de Cristo, quien ha ganado para quienes “son
sepultados con él” (4a) por el bautismo una “vida nueva” para andar en ella (4c,
kainóteti zoēs peripatésomen). Ya no
hay identificación esencial con el mundo de hoy sino con la vida experimentada
desde la cruz y resurrección de Cristo. La “visión mística”, entonces, exige
una aplicación ética para lograr la superación de los valores contrarios al
Reino de Dios. ¡Es la preeminencia de la gracia, sí, pero que reclama un
compromiso en todos los órdenes de la vida!
Conclusión
Además, la actualización de la crucifixión exige ampliar los contextos para la aplicación de la muerte de Jesús, pues la experiencia humana sigue produciendo crucificados: “La Semana Santa traiciona la pasión cuando es algo sólo emocional, folclórico y festivo. Es memoria de la cruz y toma de conciencia de que muchos conciudadanos están viviendo una pasión, crucificados por los poderes de este mundo. Cuando esto se concientiza y compromete a los cristianos, entonces es cuando la celebración es actual y tiene fuerza”.[15] El Viernes Santo, lamentablemente, es la situación permanente de muchas personas en nuestras sociedades, por lo que el salto al Domingo de Resurrección para ellas es de una urgencia pasmosa.[16]
***
El Cristo de Velázquez
Miguel de Unamuno
XVII
Con esos brazos a la cruz clavados
has hecho, Maestro carpintero, casa
de Dios a nuestra pobre tierra, dándole
morada en nuestro suelo. Cuatro clavos,
hijos del arte humano, te enclavijan
al árbol de tu muerte y vida nuestra,
formándole a tu Padre en nuestro suelo
solar de amor. Y aquí sueña y descansa
su celeste cabeza, en la que el Verbo
mora increado, como en almohada
recostando en tu pecho, y a tu toque
siéntese hombre, que es del todo el fin.
Muerte
Eres tú de los muertos primogénito,
Tú el fruto, por la muerte ya maduro,
del árbol de la vida que no acaba,
del que hemos de comer si es que quisiéramos
de la segunda muerte vernos libres.
Pues Tú a la muerte que es el fin has hecho
principio y soberana de la vida,
la Muerte blanca envuelta en negro manto
y en caballo amarillo caballera;
la Muerte, Emperadora de la Historia,
que segados los hombres nos encilla
con avaricia de conquistadora.
Hijo el Hombre es de Dios, y Dios del Hombre
hijo; ¡Tú, Cristo, con tu muerte has dado
finalidad humana al Universo
y fuiste Muerte de la muerte al fin!
***
Sergio Cárdenas, “Ante tu cruz”, www.youtube.com/watch?v=7--f1WhVMIo
[1] Cf. Winston Enrique Sabogal, “La deuda con Judas”, en El País, 5 de abril de 2012, http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/04/en-deuda-con-judas.html. Agradezco la referencia al maestro Sergio Cárdenas.
[2]
Ángel Pérez Gordo, “La cruz interpretada por San Pablo (II). Las fiestas
de Israel, tipo de las nuevas realidades”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 27, 1997, p. 17, www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html.
[3] H. Ridderbos, El
pensamiento del apóstol Pablo. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000, p. 216.
[4] D. Brondos, Paul on the cross.
Reconstructing the apostle’s story of redemption. Minneapolis, Fortress, 2006, p. 148. Gracias a Rosa
Hamdan por el acceso a este volumen.
[5] E. de la Serna, “Gálatas: la novedad de estar en Cristo”, en RIBLA, núm. 62, http://claiweb.org/ribla/ribla62/eduardo.html.
[6] E. Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario
Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 365.
[7] E.P. Sanders, Paul and
palestinian judaism. Filadelfia, Fortress, 1977, p. 520, cit.
por D. Brondos, op. cit., p. 103.
[8] Ibid., p. 507.
[9] Leif E.
Vaage, “Redención y violencia: el sentido de
la muerte de Cristo en Pablo. Apuntes
hacia una relectura”, en RIBLA, núm. 18, http://claiweb.org/ribla/ribla18/redencion%20y%20violencia.html.
[10] Ídem.
[11] Ídem.
[12] E. Branderburger, op.
cit., p. 366.
[13] Ídem.
[14] D. Brondos, op. cit., p.
175.
[15] Juan Antonio Estrada Díaz, “¿Es actual
la Semana Santa?”, en Diario de Sevilla, 4
de abril de 2012, www.diariodesevilla.es/article/opinion/1225535/es/actual/la/semana/santa.html.
[16] Juan José Tamayo Acosta, “Viernes Santo en la sociedad del bienestar social. La
experiencia del mal desde la perspectiva de las víctimas”, en Moralia, núm. 22, 1999, pp. 223-252, en Staurós, núm. 37, primer semestre
de 2002, www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html.

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