sábado, 19 de abril de 2025

La resurrección del Señor anuncia la de los suyos (I Corintios 5.12-21), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

20 de abril, 2025 

Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

I Corintios 15.13-14 

Trasfondo

Obsesionado con el tema de la resurrección de Jesús, Pablo escribió prácticamente un tratado completo al respecto, I Corintios 15. Su introducción es un resumen de las enseñanzas básicas que recibió como nuevo creyente y de la manera en que Cristo se manifestó a sus seguidores después de la resurrección (vv. 1-11). A continuación, presenta de manera polémica su preocupación principal: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?” (v. 12), con base en algunas afirmaciones presentes en medio de la comunidad. Es imposible no recordar la manera en que el apóstol afrontó el rechazo y la burla al exponer este mismo asunto, nada menos que en el Areópago de Atenas (Hch 17.16-34), en donde tuvo que interrumpir su discurso, justamente al afirmar la resurrección de Jesucristo ante un público reacio a aceptar la recuperación “metafísica” de las realidades corporales. Según Irene Foulkes, algunas personas en Corinto no buscaban una “aclaración sino más bien trataban de poner en ridículo la idea misma de una resurrección de quienes han muerto. En lugar de una esperanza futura, parece que enseñaban que los cristianos deben experimentar en el presente una especie de vida exaltada”.[1] Pablo tomó en cuenta estas posturas, pero para argumentar en su contra. Polemizó con ellos sobre la incongruencia de la línea que han adoptado, aceptar la resurrección de Cristo y, al mismo tiempo, negar la posibilidad de una resurrección futura de los cristianos (15.13-34). 

EL sentido pleno de la resurrección del Señor (vv. 12-18)

Por todo ese antecedente que había recibido de la experiencia de los seguidores/as de Jesús, Pablo tradujo conceptualmente, y a través de una evolución personal consistente, la resurrección a todas las áreas de la existencia cristiana. De esa manera subrayó la importancia fundamental de la resurrección de Cristo. Atenas, Tesalónica (año 50) y Corinto (año 56-57) fueron ciudades griegas en las que Pablo confrontó la creencia liberadora de la resurrección con un ambiente ideológico y religioso muy hostil a la afirmación de la resurrección. Los griegos escuchaban que un tal Jristós había recuperado la vida y que tal persona era, nada menos, que el Hijo de Dios. Capas y capas de diversas creencias se confundían en el ambiente religioso y cultural, y en medio de todo ello, los creyentes corintios recibieron la primera carta del apóstol en donde insiste en recordarles que la creencia en la resurrección de Cristo es la base misma de la fe.

Vanas serían la predicación y la fe y si Cristo resucitó, argumenta Pablo (vv. 14, 17), para luego afirmar categóricamente. “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho”. (v. 20). La firmeza con que expone sus argumentos se complementa con la manera en que encadena, a partir del v. 21, las raíces antiguas, en la revelación histórica de Dios, de los sucesos. Si por una sola persona entró la muerte al mundo, agrega, por una también la resurrección (v. 21), y si en el Adán bíblico “todos mueren”, “en Cristo serán vivificados” (v. 22). El orden de salvación es muy claro para él:

a) “Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias” (v. 23a); b) luego los que son de Cristo, en su venida (v. 23b); c) Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia (v. 24); d) Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies (v. 25); y e) Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (v. 26)”. 

Primicias de los que durmieron (vv. 19-21)

Esta sucesión de acontecimientos escatológicos evidencia la forma en que se encadena la actuación histórica y suprahistórica de Dios con la existencia humana a fin de conducirla por los senderos misteriosos de la vida y la muerte para así establecer, con todo ello, la victoria de Jesucristo, Hijo de Dios, sobre todos los ámbitos. El propósito es firme: “La meta de Pablo […] es que aquellos corintios que están negando la posibilidad de la resurrección de los muertos en Cristo se den cuenta de la amplitud del impacto de la resurrección de Cristo sobre sus hermanos y hermanas muertos en Cristo sobre la historia entera de la humanidad y sobre la muerte y los poderes malignos del mundo que bien conocen”.[2] Ciertamente, no se deja de reconocer que el enemigo, por así decirlo, más difícil de someter, es precisamente la muerte. Y es que el apóstol entiende, como continúa en su discurso, que si Jesucristo ha sometido todas las cosas (vv. 27-28), la muerte inevitablemente perderá su poder también. Sus palabras se atropellan un tanto, en su afán por demostrar, a los ojos y oídos de la fe, que la resurrección no es un mito ni una patraña, sino que es, nada menos, que el fundamento de la salvación conseguida por Jesucristo. Bautizarse en su nombre, si él no volvió a la vida, sería vanidad (v. 29). 

Conclusión

 

Cada uno de nosotros ha tenido la experiencia de una tumba vacía. Para mí fue el día en que a mi hijo le diagnosticaron leucemia. Y al enfrentarnos a esa tumba vacía, la mayoría reaccionamos como las mujeres del Evangelio: con terror y miedo, queriendo huir de la dolorosa realidad que tenemos ante nosotros. La buena noticia no es que Dios prometa una vida libre de sufrimiento y muerte. La buena noticia de la tumba vacía es que Dios ha asumido nuestro sufrimiento y muerte. En esa cruz y en esa tumba, es Dios quien murió y fue sepultado. Que la tumba esté vacía es una buena noticia porque en Cristo Dios vence a la muerte y, así como resucitó a Jesús, también nos resucitará a nosotros.

Mejor aún, Dios no espera que saltemos de alegría ante la experiencia de la tumba vacía. Podemos llorar. Podemos desesperarnos. Incluso podemos dudar. Después de todo, los discípulos estaban tan abrumados por el dolor que se negaron a creer que Jesús había resucitado. En su dolor, la tumba vacía era motivo de desesperación.

La fragilidad humana puede fácilmente vencer a la fe más firme, pero tenemos la seguridad de la gracia y el perdón de Dios porque Jesucristo ha resucitado.[3] 

La inevitabilidad de la muerte no es el problema que ve Pablo sino todo lo que ella representa y la manera en que, mediante sus “armas”, se hace presente en el mundo para deshumanizar y, sobre todo, restar la esperanza humana en una vida plena, auténtica y libre. Su resistencia al plan divino la coloca como “último enemigo” en el horizonte de la consumación del designio redentor, pues se desdobla en diversas manifestaciones: enfermedades, tragedias, crímenes, violencia, etcétera, pero en ninguna de ellas podrá prevalecer ante el poder de Dios manifestado en Jesucristo: “Y la muerte no impondrá su reino” (Dylan Thomas, Gales, 1914-1953).



[1] I. Foulkes, Problemas pastorales en Corinto. Comentario exegético-pastoral a 1 Corintios. San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1996.

[2] Efraín Agosto, 1 y 2 Corintios. Minneapolis, Augsburg, 2008 (Conozca su Biblia), p. 122.

[3] Rubén Rosario Rodríguez, “La tumba vacía”, en Facebook, 19 de abril de 2025, www.facebook.com/ruben.rosario.7927.

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