14 de diciembre, 2025
Y la Palabra se hizo carne
y puso su Morada entre nosotros;
y hemos contemplado su gloria,
gloria que recibe del Padre como Unigénito,
lleno de gracia y de verdad.
Juan 1.14, Biblia de Jerusalén
Trasfondo
Una de las primeras afirmaciones de los primeros credos y confesiones de la iglesia cristiana (que son patrimonio de toda la cristiandad, aunque no se divulguen como merecen) es precisamente la identidad total entre el Padre y el Hijo en el seno de la Trinidad divina. Más allá del enorme misterio que suponen las relaciones entre las Personas que la conforman, la cercanía e identificación entre el Padre y el Hijo forma parte del núcleo central de la fe cristiana. Así lo hace ver el Credo Niceno-Constantinopolitano al establecer: "y en un solo Señor, Jesucristo, el unigénito de Dios, / nacido del Padre antes de todos los siglos, / luz de luz, / Dios verdadero de Dios verdadero; / engendrado, no creado, consustancial [homoousios] con el Padre, / por quien todo fue hecho; / que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo / y se encarnó por obra del Espíritu Santo / y de María la virgen / y se hizo hombre”.[1] Esa palabra, consustancial, o de la misma sustancia trató de zanjar el conflicto doctrinal con el arrianismo que afirmaba que el Hijo no era eterno como el Padre.[2] Por el contrario, afirmaba la cercanía constante, eterna del Hijo con el Padre, así como su preexistencia anterior a su encarnación en el mundo. El Cuarto Evangelio (marcado por un fuerte lenguaje semítico) afirma claramente que, desde su eternidad, Dios vino y viene a habitar en el mundo en su Hijo, el Logos eterno también. Eso anuncia y proclama el Adviento.
La Palabra-Logos, al lado de Dios antes de
la creación de todas las cosas (vv. 1-5)
Desde la perspectiva juanina, el tiempo de
Adviento es un tiempo de oscuridad, pues lo que se espera es la luz que viene
de Dios a iluminar un mundo sumergido en las tinieblas. “El Logos es una
persona divina. […] La expresión ‘El verbo era Dios’ es la afirmación
fundamental de la fe cristiana. Contra esta afirmación se estrellaron todas las
posturas antiguas del arrianismo o del semiarrianismo que concebían al Verbo
como la primera de las criaturas”.[3]
La Palabra creadora, el Logos eterno, preexistente, acompañó a Dios desde la eternidad
anterior a la creación (v. 2) y estuvo allí en los momentos fundadores (v. 3). “Sin
ella nada se hizo” añade el texto (v. 4). En la segunda estrofa (vv. 3-5) “se
proclama la creación de todo por el Verbo y su cualidad de fuente de vida y de
luz de los hombres [v. 4]. La acción iluminadora del Verbo es rechazada por las
tinieblas [v. 5]. […] El Logos creador del que habla el AT y que otras veces
aparece como la Sabiduría creadora (Proverbios 8) no solamente no ha sido
creado sino que es el creador de todo, en el orden natural y en el sobrenatural.
Todo es esplendor del Verbo”.[4]
La vida y la luz (grandes temas juaninos) que proceden de él son una
manifestación de la venida salvadora de Dios al mundo.
Pero las tinieblas opuestas a la luz (v. 5) están ahí como contrapunto de esa venida positiva de Dios al mundo: “Se trata de las tinieblas del pecado, de las tinieblas de la humanidad sin la luz mesiánica y también de las tinieblas del rechazo de que se habla a continuación”.[5] Esa oscuridad es refractaria a la luz divina que viene “a iluminar a todo hombre, cuando viene a este mundo”, como dirá el v. 9. El autor seguramente tuvo en mente el rechazo del que el Señor sería objeto en su ministerio público y en la predicación apostólica. La oscuridad siempre resistirá la presencia de la luz bienhechora. Por eso el Adviento se basa en la proclamación de la luz que viene del cielo a iluminar la crónica oscuridad del mundo.
La Palabra eterna “puso su Morada entre
nosotros” (vv. 10-14)
Luego del paréntesis para presentar a Juan
como antecedente de la actuación de Jesús (vv. 6-9), en el que se legitima la
obra de aquel como “enviado de Dios” (6a), afirmando el valor de su testimonio acerca
de la luz (7-8), el cual se desarrollará más tarde (1.15, 19-35; 3.22-36), y
colocándolo en el esquema dominante mediante una aproximación histórica (6b),
el texto prosigue y retoma el lenguaje sobre las dimensiones del Logos iluminador
de la humanidad (9), la “luz verdadera” que adiciona otro elemento propio del
pensamiento juanino. El tema del rechazo reaparece en el v. 10: el mundo, a
pesar de haber sido creado por el Logos, no lo conoció. Los suyos tampoco lo
recibieron (11), esto es, rechazaron aceptar al Logos como luz del mundo. Pero quienes
lo han acogido, por el contrario, los ha convertido en hijos e hijas de Dios
(12). Ellos reciben la filiación divina derivada de la acción del Logos y les
otorga el poder, autoridad (exousía) de hijos. Ese nuevo nacimiento, esa
nueva generación está más allá de cualquier voluntad humana o carnal (13a),
pues se trata de “nacer de Dios” (13b).
A continuación, se afirma que el Logos se hizo
carne (14a, sarx egéneto), su grandiosa encarnación, su entrada gloriosa
(y también traumática) en la historia, en la piel, en la experiencia humana
plena, sin cortapisas, contra toda forma de supuesto fingimiento o apariencia (como
planteaba la corriente del docetismo): “La frase tiene un tono de exclamación,
de admiración, de culminación y de asombro. El Logos eterno se ha hecho carne
débil y mortal. El Verbo que es Dios se ha hecho hombre”.[6]
Trasponer el umbral de la eternidad y de la divinidad para entrar en la
dimensión física, bilógica e histórica, ese gran misterio y milagro, es lo que
se espera y anuncia en el Adviento, y lo que se celebra en la llamada fiesta de
Navidad, la cual no se celebraba como tal en los inicios del cristianismo, pero
que se estableció como una de las máximas solemnidades de la historia de la
iglesia. La Navidad tiene, así, su propia historia adentro de ella. “Acampó
entre nosotros” (Nuevo Testamento interlineal), “Puso su morada entre
nosotros” (Biblia de Jerusalén) es una afirmación que viene directamente
de Éxodo 25.8: “Esta idea de la habitación de Dios en medio de su pueblo ha
sido muy desarrollada en la concepción targúmica de la morada de la Gloria de
la Shekiná [morada, asentamiento, presencia] de Yahvé principalmente en el
Santuario. Ahora esa presencia divina es Cristo, el Verbo encarnado. […] La
encarnación del Verbo es la suprema teofanía de Dios y la comunicación de los
dones divinos”.[7]
Conclusión
La gloria entrevista del Logos (14b) por
parte de los discípulos es la que recibe del Padre como Hijo único (14c), pletórico
de gracia y de verdad (14d). No podía ser de otra manera: Dios viene en su Hijo
desde la eternidad a arraigarse en la historia y a abrir las puertas de la luz
total a fin de derrotar a las tinieblas (“La luz en las tinieblas resplandece”,
v. 5; post tenebras lux). La plenitud de la gracia y de la verdad han
llegado con ella para enriquecer la vida en todas sus manifestaciones. Todo lo
ilumina el Señor con su presencia en el Hijo eterno venido desde su eternidad
para acompañar a la humanidad y a su creación: “Pues de su plenitud hemos
recibido todos, y gracia por gracia” (1.16, Biblia de Jerusalén).
JUAN I, 14
Jorge Luis Borges
No será menos un enigma esta hoja
que la de Mis libros sagrados
ni aquellas otras que repiten
las bocas ignorantes,
creyéndolas de un hombre, no espejos
oscuros del Espíritu.
Yo que soy el Es, el Fue y el Será,
vuelvo a condescender al lenguaje,
que es tiempo sucesivo y emblema.
Quien juega con un niño juega con algo
cercano y misterioso;
yo quise jugar con Mis hijos.
Estuve entre ellos con asombro y ternura.
Por obra de una magia
nací curiosamente de un vientre.
Viví hechizado, encarcelado en un cuerpo
y en la humildad de un alma.
Conocí la memoria,
esa moneda que no es nunca la misma.
Conocí la esperanza y el temor,
esos dos rostros del incierto futuro.
Conocí la vigilia, el sueño, los sueños,
la ignorancia, la carne,
los torpes laberintos de la razón,
la amistad de los hombres,
la misteriosa devoción de los perros.
Fui amado, comprendido, alabado y pendí de
una cruz.
Bebí la copa hasta las heces.
Vi por Mis ojos lo que nunca había visto:
la noche y sus estrellas.
Conocí lo pulido, lo arenoso, lo desparejo,
lo áspero,
el sabor de la miel y de la manzana,
el agua en la garganta de la sed,
el peso de un metal en la palma,
la voz humana, el rumor de unos pasos sobre
la hierba,
el olor de la lluvia en Galilea,
el alto grito de los pájaros.
Conocí también la amargura.
He encomendado esta escritura a un hombre
cualquiera;
no será nunca lo que quiero decir,
no dejará de ser su reflejo.
Desde Mi eternidad caen estos signos.
Que otro, no el que es ahora su amanuense,
escriba el poema.
Mañana seré un tigre entre los tigres
y predicaré Mi ley a su selva,
o a un gran árbol en Asia.
A veces pienso con nostalgia
en el olor de esa carpintería.
(Elogio de la sombra, 1969)
[1] “Credo
Niceno-Constantinopolitano (325 y 381)”, en https://iglesialuterana.cl/doctrina-luterana/libro-de-concordia/credos-de-la-iglesia/credo-niceno/
[2] Cf.
Khaled Anatolios, Nicea en perspectiva trinitaria. Desarrollos, sentido,
legado. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2023, p. 54: “…los obispos de Nicea se
vieron obligados a recurrir al término homoousios para salvaguardar el
lenguaje de las Escrituras. Esta intención se manifiesta en los títulos
bíblicos del Hijo —tales como Verbo, Sabiduría, Resplandor—, que lo representan
como correlativo al ser del Padre”.
[3] Domingo Muñoz León, “Evangelio
según san Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano.
II. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 608.
[4] Ídem.
Énfasis agregado.
[5] Ibid., p.
609.
[6]
Ibid., p. 610.
[7]
Ídem. Énfasis agregado.

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