domingo, 24 de julio de 2022

“Él dará testimonio acerca de mí, y ustedes también darán testimonio” (Juan 15.20-27), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz



Tiziano, El descenso del Espíritu Santo (1545)

24 de julio, 2022

 

...él dará testimonio acerca de mí. Y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio.

Juan 15.26b-27, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

 

La palabra marturései indica que el Espíritu es el poder de la proclamación en la comunidad y esto es plenamente establecido por la yuxtaposición del testimonio de los discípulos y el del Espíritu: ai jumeis dé martureite (v.- 27). Porque el testimonio de los discípulos no es algo secundario, paralelo al testimonio del Espíritu. ¿De qué otra manera podría, por ejemplo, el Paráclito, elegxei, tal como se describe en 16.8-11, ser cumplido en la proclamación de la comunidad? […] Puede que no confíen en el Espíritu, como si no tuvieran responsabilidad o necesidad de decisión; pero pueden y deben confiar en el Espíritu. Así, la peculiar dualidad, que existe en la obra del mismo Jesús, se repite en la predicación de la Iglesia: él da testimonio, y el Padre da testimonio (8.18).[1] 

La realidad y exigencia del testimonio cristiano no podía fundamentarse más que en la acción del Espíritu, el Paráclito, la compañía permanente de la comunidad anunciada por el Señor Jesús para fortalecer y dar sentido a la existencia de sus seguidores. De ahí que, al compartir con los discípulos la práctica del testimonio, éste tendría que ser sólido, consistente y acorde con las enseñanzas del Señor.

 

“Acuérdense de la palabra que les he dicho” (15.20-25)

La idea del amor entre Cristo y la Iglesia sugiere ahora, por vía de contraste, el odio que la Iglesia soporta por parte de un mundo hostil. Esto introduce las recomendaciones tradicionales sobre la persecución (15,18ss), pero se les da un giro peculiarmente juanino: “Como no son del mundo, por eso los odia el mundo” (15.19). La persecución, por tanto, es un signo de que los discípulos no pertenecen ya a “el mundo”. Es igualmente una forma de comunión con Cristo, puesto que también él es odiado por el mundo (15.20, 21, 23). Pero nuevamente, este mismo hecho, que el mundo odie a Cristo, manifiesta el juicio de Dios sobre el mundo (15.22). Reaparece así el tema del juicio y ocupa el primer plano hasta 16.11 (“y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado”). La sentencia pronunciada por Jesús en 15.24 recuerda la de 9,39-41. Con esta clave percibimos que hay un cierto paralelismo entre este pasaje y el relato del juicio del ciego de nacimiento.[2]

Así aquí, los discípulos que, habiendo sido purificados por Cristo (13.5-10; 15.3), están en unión con él (15.7-10), son odiados por el mundo y conducidos a juicio para ser excomulgados (la frase es aposunágogos genésthai) y llevados a la muerte. Pero, por esto mismo, los pretendidos jueces demuestran que no conocen a Dios (16.3) y que le odian, puesto que odian a su Mesías, según la profecía (15.22-25). Éste es el signo de que son hallados culpables en el juicio de Dios. “Así, la venida de Cristo después de su muerte, que para los discípulos significa la consecución de la vida eterna, para el mundo significa el juicio final”.[3] Como esta venida se produce para ellos por el Espíritu, así también el juicio final es realizado por medio del Espíritu. Todo esto es inteligible teniendo en cuenta la enseñanza del libro de los signos acerca del juicio por medio de la luz. En cierto sentido, la luz estaba ya en el mundo durante el ministerio de Jesús, como la vida eterna estaba ya allí en él. Pero, de igual modo que necesitaba su muerte para sellar y universalizar su obra salvadora, así también necesitaba su muerte para sellar y universalizar el juicio que los hombres realizan sobre sí mismos por su actitud hacia él.

 

“Él dará testimonio acerca de mí. Y ustedes también darán testimonio” (26-27)

En la primera parte del discurso prometía Jesús a los discípulos la permanencia en ellos del Espíritu de la verdad (14.17), que los hará penetrar en su mensaje (14.26). En esta perícopa les anuncia la actividad del Espíritu en la misión, dando testimonio en favor de Jesús mismo, condenado por el mundo. “El Espíritu, palabra que originalmente significa ‘viento’ o ‘aliento’, representa figuradamente ‘el aliento de Dios’; es la expresión de su vida, procedente de lo íntimo de su ser. […] Este Espíritu, que es él mismo fuerza y vida y por eso es el Espíritu de la verdad (1.4: y la vida era la luz del hombre), es quien va a dar testimonio de Jesús, el dador de vida”.[4]

El Espíritu dará ese testimonio dentro de la comunidad, asegurándola de la verdad de su mensaje y actuación. Se trata del testimonio profético que sostiene al grupo cristiano, confirmando la experiencia interior de sus miembros y consolidando así su actitud de ruptura con el mundo. En este pasaje, Jesús no habla de “su Padre” (cf. 15.23, 24), sino “del Padre”, porque la relación con Dios como Padre va a ser propia de todo hombre que responda a su llamada. El Espíritu, la fuerza de vida, es la salvación que trae Jesús, ofrecida a la humanidad entera (3.17; 12.47). 27a: “Pero también ustedes darán testimonio”.

 

El testimonio de los discípulos ante el mundo continúa el del Espíritu en la comunidad. El enfrentamiento entre Jesús y el mundo no va a terminar con su muerte; al contrario, va a multiplicarse por medio de los suyos. El Padre realiza su designio: dar vida al hombre (6.40), enviando a Jesús, a quien comunica plenamente su Espíritu (1.32-34; 3.16s; 4.34; 5.30; 6.39.40). Jesús lo comunica a los suyos para que continúen su obra. El Espíritu, en su testimonio acerca de Jesús, la interpreta (14.25-26.); el grupo, que recibe ese testimonio, renueva en cada época la obra de Jesús, y en eso consiste su propio testimonio.[5] 

Conclusión

 

Los discípulos pueden dar testimonio de Jesús por estar con él desde el principio. Hay que preguntarse qué significa esta expresión. En el evangelio sólo aparecen con Jesús desde el principio Andrés y otro discípulo de Juan, Pedro, Felipe y Natanael (1,35-51). La expresión desde el principio no puede, pues, tener un mero sentido cronológico. Todo discípulo, en cualquier época, está llamado a dar testimonio de Jesús. Estas palabras son, por tanto, válidas y aplicables siempre. Lo que el evangelista afirma es que para dar ese testimonio hay que aceptar como norma toda la vida de Jesús, desde el principio, sin separar a Jesús resucitado del Jesús terrestre. Relacionarse únicamente con Jesús glorioso es la tentación espiritualista y gnóstica (1 Jn 4,2-3; 5,6); insiste Jn por eso en la aceptación de Jesús Hombre-Dios.[6]

 

El testimonio de la iglesia al mundo es continuación del Espíritu del Señor acerca de su persona y obra. Hemos de seguir en esas pisadas a fin de que nuestro testimonio presente forme parte de ese anuncio, promesa y realidad que recibieron los seguidores/as de Juan en su momento. El testimonio siempre será la parte fuerte de la proclamación del Evangelio de Jesucristo en el mundo.



[1] Rudolf Bultmann, The Gospel of John. A commentary. Filadelfia, The Westminster Press, 1971, p. 553-554. Versión propia.

[2] C.H. Dodd, Interpretación del Cuarto Evangelio. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1978, p. 413.

[3] Ídem.

[4] Juan Mateos y Juan Barreto, El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético. 2ª ed. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1982, p. 678. Énfasis agregado.

[5] Ídem. Énfasis agregado.

[6] Ibid., pp. 678-679.

sábado, 16 de julio de 2022

"Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor" (Juan 15.1-11), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz


Jacob Jordaens, Los cuatro evangelistas (1620), Museo del Louvre

17 de julio, 2022

Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

Juan 15.10, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

 

El discurso que va de 15.1 a 15.17, sin ninguna interrupción para el diálogo, es un comentario de 13.34s [“Un mandamiento nuevo les doy…”], en el sentido de que se adentra más profundamente en los terrenos del mandamiento del amor, ya definido brevemente como “así como yo los he amado”. La exposición del mandamiento del amor como el elemento esencial en la constancia de la fe deja claro que la fe y el amor forman una unidad, esto es, que la fe, de la cual se puede decir “así como yo los he amado”, es auténtica solamente cuando conduce a amar los unos a los otros. Así, la primera parte del discurso, vv. 1-8, es una exhortación a la constancia de la fe en el lenguaje de meínate en emoí [“permanezcan en mí”, v. 4], y la segunda parte (vv. 9-17) define en mí más estrechamente que en mi amor, y coloca el mandamiento del amor sobre esta base. De este modo, 15.1-7 es también un comentario de 13.1-20, porque las dos partes aquí corresponden a las dos interpretaciones del lavamiento de los pies.[1]

 

Con la reconocida frase “yo soy”, el Señor Jesús se presenta a sí mismo como la vid verdadera. No hay comparación o alegoría; más bien, Jesús como la verdadera y auténtica “vid” se contrasta con cualquier cosa que también pretenda serlo. Estamos delante del monólogo más largo de todo el Cuarto Evangelio, y está precedido por una orden: “Levántense, vámonos de aquí” (14.31b). “La imagen de la vid domina el discurso hasta el v. 8. La idea es, primeramente, que Dios cuida de su vid. […] …la idea de Dios como labrador que planta y cultiva el mundo, el género humano y el alma individual sería bastante familiar a los lectores helenísticos. Pero pronto alcanzamos la segunda etapa de la alegoría, en la que la mirada ya no está puesta en la relación entre la vid y su cultivador, sino en la que existe entre la vid y sus sarmientos”.[2] Hay un uso frecuente de la imagen de la vid en el A.T. como figura del pueblo de Israel, especialmente en el Salmo 80, lo que se suma a las asociaciones eucarísticas de los demás evangelios. En una plegaria de la Didajé se decía: “Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa vid de David tu siervo, la cual nos diste a conocer por Jesús, tu siervo”. “Juan va más allá de esto: Jesús es la Vid, que incluye en sí a todos los miembros del verdadero pueblo de Dios, como los sarmientos de la vid”.[3]

 

“Permanezcan en mí, y yo en ustedes” (15.1-6)

Concedido esto, la unión orgánica de los sarmientos con la vid y, por ello, de unos con otros proporciona una imagen excelente para la idea de la inhabitación mutua de Cristo y los suyos”.[4] El énfasis dominante es la permanencia de esa unión y su principio fundamental, el amor. El Señor Jesús ha amado a los suyos y eso reproduce el amor del Padre para desembocar en la obediencia amorosa por parte de los discípulos, es decir, el “fruto” que dan los sarmientos (vv. 4-5, 8). El resultado práctico de todo ello es la experiencia comunitaria del amor, el precepto promulgado desde 13.34, cargado ahora de consecuencias más profundas.

La permanencia se exige, sobre todo, por el ambiente de persecución y rechazo, de que fueron objeto las comunidades juaninas es el signo de pertenencia a otra realidad diferente a la del mundo (ahora forman parte de la esfera de arriba, igual que el Señor, 8.21s), lo que los llevaba a una especie de juicio por parte de sus adversarios. Ése es el contexto en donde se expone la realidad del Paráclito, abogado defensor y luego fiscal acusador (16.8-11). Permanecer en el Señor Jesús es también resultado de su obra. Los que no lo hacen, son desechados y experimentan el juicio, anunciado en un duro lenguaje apocalíptico (v. 6). 

“Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor” (15.7-11)

La certeza de permanecer en el Señor Jesús y que sus palabras permanezcan en ellos abre la puerta para acceder, mediante la oración de fe, al mejor designio divino: recibir respuesta favorable a las peticiones (v. 7). En esto y en el hecho de dar “mucho fruto” entra en juego nada menos que la glorificación del Padre (8a), una realidad mayúscula que engloba todas las consecuencias de la permanencia, especialmente la comprobación de que son discípulos de Jesús (8b). El amor del Padre se ha desdoblado en el amor que Jesús experimentó por sus discípulos y de ahí brota la gran exhortación: “Permanezcan (meínate) en mi amor” (9), que es el clímax de toda esta sección. “Está basada en el gran evento de la revelación, esto es, en el servicio de Jesús y esto, a su vez, arraiga en el amor de Dios, del cual Jesús es el destinatario. Como siempre, este amor no es afecto personal, sino el ser del discípulo para con el prójimo, que determina completamente su propia existencia”.[5]

Permanecer en el amor del Señor y practicarlo es la gran exigencia para la comunidad. La obediencia a ese mandamiento mantendrá a sus seguidores en ese amor sin igual, de la misma manera en que él dio el ejemplo y permaneció en el amor del Padre. Pues, como explica Bultmann: “La relación del creyente con el Revelador es análoga a la relación de éste con el Padre: en efecto, se funda en ella. Y esta relación no es una comunión metafísica de sustancia, ni es una relación mística de amor; lo que le hace Revelador es el ser del Padre para él, y su ser del Padre para él, y su ser del Padre se cumple en su obra obediente de Revelador”.[6] Con ello se cumpliría y se cumplirá el gozo del Señor en su comunidad, y el gozo completo de ésta también. 

Conclusión

 

“Lo que ya es realidad en el Señor, viene a ser realidad en ellos/as”. Ése es el significado de la exhortación a permanecer y a obedecer los mandamientos. El mandamiento máximo es recordado en el v. 12: “Que se amen unos a otros, como yo los he amado”. La obediencia a él garantizará la permanencia en el espacio de gracia que es la comunidad de fe. Tal como concluyen Juan Mateos y Juan Barreto: “El compromiso cristiano no es algo externo y añadido, es el dinamismo de una experiencia que busca comunicarse. La unión con Jesús y el Espíritu que él infunde llevan necesariamente a la actividad. El fruto tiene un doble aspecto inseparable: el crecimiento personal y comunitario, realizado por el don de sí a los demás”.[7]



[1] Rudolf Bultmann, The Gospel of John. A commentary. Filadelfia, The Westminster Press, 1971, p. 529. Versión propia.

[2] C.H. Dodd, Interpretación del Cuarto Evangelio. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1978, p. 411.

[3] Ídem.

[4] Ibid., p. 412. Énfasis agregado.

[5] R. Bultmann, op. cit., p. 540.

[6] Ibid., p. 541.

[7] Juan Mateos y Juan Barreto, El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético. 2ª ed. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1982, p. 657.

sábado, 9 de julio de 2022

"El Espíritu les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho" (Juan 14.22-26), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

10 de julio, 2022 

Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, los consolará y les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que yo les he dicho.

Juan 14.26, Reina-Valera Contemporánea 

Trasfondo: “Del abandono a la abundancia”[1]

Entre el jueves de la Ascensión y el domingo de Pentecostés, entre la partida de Jesús y el envío del Espíritu Santo, transcurrió una década que parecía “tierra de nadie”. Antes de ir a prepararles un lugar en la casa del Padre, Jesús anuncia a sus discípulos que no quedarán huérfanos. ¿Por qué referirse a esta categoría de personas muy vulnerables […] si simplemente quiere decirles a sus discípulos que no tienen de qué preocuparse de su partida ya que un “otro” tomará el relevo? […]

La palabra huérfano se entiende en el contexto de los lazos familiares. Categoriza al niño que ha perdido a sus padres. En la sociedad griega antigua podría aplicarse a adultos sin hijos (ver la versión de la Septuaginta de Isaías 47.8). También es posible establecer un paralelo entre el discurso de despedida de Jesús y el de Sócrates. En el Fedón de Platón, habiendo decidido la sentencia de muerte de su maestro, los alumnos de Sócrates se sienten “privados de un padre y reducidos a vivir [...] como huérfanos”. […]

Antes de dejar a sus discípulos, Jesús les había dicho que se les daría fuerza (Hechos 1.8). Esta fuerza que los mantendría en la enseñanza de Jesús (Jn 14.26; 16.14) es la del Espíritu que hace de la Iglesia el cuerpo de Cristo. Si el Hijo vino a vivir entre nosotros antes de subir al cielo, ¡el Espíritu viene a vivir en nosotros y permanece! Esta presencia nos incorpora a la red de lazos de amor tejida por el Padre y el Hijo. El Espíritu realiza la promesa de Jesús: “Al que me ama […] vendremos a él, mi Padre y yo, y haremos morada con él” (Jn 14.23). […] Bernardo de Claraval escribió: “Atrapados en el abrazo del Espíritu, nos convertimos en hijas e hijos reconocidos que dicen: “¡Abba, Padre!”.

 

“Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” (14.22-24)


La Biblia Louis Segond (1910) traduce la palabra Paráclito como “consolador”, mientras que la Nouvelle Bible Segond (2002) la traduce como “defensor”. Un consolador se enfrenta a la persona que debe apaciguarse, mientras que un defensor se enfrenta a otros para defender a la persona acusada. Etimológicamente, el paraklètos designa al que es llamado, nombrado, convocado (kalèô) cerca, junto a (para) una persona. En Lucas, la palabra tiene el significado de consolación, la que recibe el pobre Lázaro en el seno de Abraham (Lc 16.25). En Juan la palabra adquiere un sentido jurídico: es el consejero que domina bien un campo (14.26), un pariente que actúa como abogado (15.26) o un fiscal que aboga por la acusación (16.8). La referencia a la condición de huérfano es convincente. En la corte griega, un niño era representado por su padre, que era su paráclito. El huérfano es el que ya no tiene paráclito, no queda nadie que lo defienda. El Espíritu, el “otro” paráclito, realizará esta función para los creyentes.[2]

La pregunta de Judas Tadeo concentra en sí misma toda la preocupación de los discípulos juaninos en su relación de diferencia con el mundo. “Sigue Jn mostrando la incomprensión de los discípulos, que no renuncian a su concepción mesiánica. Judas, cuyo nombre lo pone en relación con ‘Judíos/Judea’ (cf. 7.1), participa de la mentalidad común, que veía en el Mesías un triunfador terreno”.[3] Lo que anuncia Jesús es una cercanía completa del Padre y él que se manifestará en cada persona y en la comunidad: “El Padre y Jesús, que son uno, establecerán su morada con el discípulo. Vivirán juntos, en la intimidad de la nueva familia”.[4] Jesús identificó su mensaje con el del Padre; es el mensaje que los dirigentes no habían conservado, pero que Jesús cumple en plenitud. Se trata, por lo tanto, del mensaje de Dios ya presente en el Antiguo Testamento, el de su amor por el ser humano. 

“El Espíritu Santo [...] les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que yo les he dicho" (14.25-26)


“La frase mientras vivo con vosotros vuelve a recordar la marcha de Jesús, anuncia su despedida. En compendio les ha expuesto el plan de Dios sobre la humanidad, les ha dejado sus promesas; ahora que se marcha, ellos tendrán que irlas comprendiendo y profundizando. Pero no será solamente una reflexión humana, el Espíritu les hará penetrar en todo lo que él ha dicho” (segundo énfasis agregado).[5] Jesús estableció, por decirlo así, el “magisterio del Espíritu Santo”, es decir, la primacía del Paráclito en cuando a todo lo que recibiría la iglesia como revelación del Señor, partiendo de todo lo que él había enseñado durante su ministerio terrenal. Jn 14.26 “pone de relieve la dimensión docente implicada en el envío de la tercera persona de la Santísima Trinidad”.[6] Tomás de Aquino decía que el Espíritu era el “maestro interior”, aun cuando el Señor Jesús habló e instruyó con su presencia corporal a los discípulos.

El Espíritu es quien aclararía todas las dudas de los discípulos y haría posible la comprensión del misterio realizado por Jesús. Además, iba a ser considerado como maestro y guía de los discípulos.[7] El Espíritu “no cesa de actuar una vez desaparecidos los testigos presenciales, pues mora con todos los cristianos que aman a Jesús y guardan sus mandamientos (14.17). […] Los cristianos de última hora no quedan más lejos del ministerio de Jesús que los de la primera, está con ellos tanto como estuvo con los testigos presenciales. […] el Paráclito guía a cada una de las nuevas generaciones ante las circunstancias cambiantes, pues interpreta las cosas que van viviendo (16.13)”.[8] Su función docente se encuentra vinculada con la revelación, es decir, la comprensión plena de las cosas que dijo Jesús. Ayudará para penetrar y apropiarse de sus palabras de Jesús, de una manera más clara y profunda a como las escucharon los discípulos por vez primera.[9]

Conclusión

 

El evangelista no pierde su fe en la segunda venida, pero insiste en que muchos de los elementos de la segunda venida son ya una realidad en la vida cristiana (juicio, filiación divina, vida eterna). Y lo cierto es que, de manera muy real, Jesús retornó ya mientras vivían sus compañeros, pues había venido en y a través del Paráclito. (Bornkamm, 26, indica que el concepto del Paráclito desmitologiza numerosos motivos apocalípticos, incluido el juicio del mundo; cf., por ejemplo, 16.11.) El cristiano no tiene por qué vivir con los ojos clavados en el cielo de donde ha de venir el Hijo del Hombre, pues Jesús, como Paráclito, ya está presente en todos los que creen.[10]

 

En efecto, la compañía y dirección del Espíritu como forjador del pensamiento (teología) y de la fe de la iglesia, es ya una realidad en la vida de la comunidad, por lo que la certeza del acompañamiento del Señor es la realidad dominante de todo lo que es y lo que hace el cuerpo de Cristo en medio del mundo.



[1] Philippe de Pol, “De l’abandon à l’abondance”, en Réforme, núm. 3949, 5 de junio de 2022, p. 11. Versión propia.

[2] Ídem.

[3] Juan Mateos y Juan Barreto, El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético. 2ª ed. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1982, p. 642.

[4] Ídem.

[5] Ibid., p. 644.

[6] Juan José Herrera,El magisterio del Espíritu Santo. Consideraciones a partir de la exégesis tomasiana de Juan 14.26”, en Estudios Trinitarios, 47, 2013, p. 551.

[7] Julio Christian Jiménez Carrillo, Pedagogía del Paráclito en Juan 14.26. Aportes para la reflexión teológica del discipulado. Tesis de Licenciatura en Teología. Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, 2014, pp. 14, 16.

[8] Raymond Brown, El evangelio según Juan. XIII-XXI. 2ª ed. Madrid, Ediciones Cristiandad, 2000, p. 1678. Énfasis agregado.

[9] J.C. Jiménez Carrillo, op. cit., p. 19.

[10] R. Brown, op. cit., pp. 1678-1679.

lunes, 4 de julio de 2022

La promesa del Espíritu para fundar y acompañar a la comunidad (Juan 14.15-21), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

3 de julio, 2022

Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ustedes. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

Juan 14.16-17, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

Uno de los grandes temas del Cuarto Evangelio es el anuncio de Jesús acerca del envío del Paráclito (Consolador, Intercesor, Defensor, Auxiliador, Abogado, Consejero…) (que viene lejanamente del término hebreo menahamim, para referirse a los amigos de Job [16.2] que intentaron animarlo, pero no lo consiguieron) como parte de su discurso de despedida, la amplia porción de los caps. 14-16. Según este evangelio, el Paráclito vendría únicamente hasta que el Señor fuera glorificado (Jn 7.39). Asimismo, sólo en Él aparece el momento en que sopló sobre los discípulos para que recibieran el Espíritu (20.22). Todo esto forma parte de la alta doctrina cristológica del Cuarto Evangelio, por ello su símbolo es el águila:

 

…el espíritu es el signo distintivo de Jesús y, con ello, lo que realza de un modo particular la época de Jesús; por otra parte, la iglesia posee el espíritu y consiguientemente establece una continuidad con Jesús y su época, ya pasada. […] En Juan el paráclito es “el sucesor de Jesús” y el mismo Jesús es llamado “paráclito” (12.16; 1 Jn 2.1 [“paráclito celeste”, R. Schnackenburg]). La aposición que aparece aquí le determina, sin embargo, como “espíritu de verdad” (14.17; 15.26; 16.13) o como “Espíritu santo” (14.26), una entidad tras la cual se presume una fuerza celestial.[1]

 

Estamos, pues, delante de unas de las grandes construcciones teológicas de este potente evangelio, en el cual se despliega sólidamente la relación existente entre el Señor Jesús y el Espíritu de Dios. “El Espíritu es don del exaltado. Sólo después de la consumación de Jesús posee la Iglesia el Espíritu. […] El Espíritu es don para toda la Iglesia. El Resucitado concede el Espíritu a la Iglesia”.[2]

 

“Le pediré al Padre que les mande otro Defensor [Paráclito]” (14.15-17)

 

En las sentencias del Evangelio de Juan sobre el Paráclito se le promete a la Iglesia el Espíritu como ayuda y socorro (Jn 14,16s., 26-28; 15.26; 16.7-15). Juan reinterpreta y prolonga, con ayuda sobre todo de este concepto, la doctrina común cristiana sobre el Espíritu Santo. Hasta entonces Jesús había sido el Paráclito de sus discípulos, en cuanto que les comunicaba la verdad (Jn 14.16). Pero van a quedar desamparados en un mundo hostil (Jn 15,18s). De ahí que ahora “otro Paráclito” (Jn 14.16) sea su abogado y auxiliador.[3] 

Dado que el Señor Jesucristo ya no sería visible ni estaría a disposición de los discípulos en el mundo, sólo se le podría experimentar mediante la fe. En cuanto “Espíritu de verdad”, debía ahora el Paráclito hacer cercana la fe la presencia del Padre y del Hijo (Jn 14.16-23). En la figura de testigo y acusador en el juicio entre Dios y el mundo, el Paráclito evidenciaría la incredulidad del mundo y la justicia del acontecimiento de Jesús (16.8-11). “Actúa en el testimonio de los discípulos como presencia de Dios, que demuestra su eficacia en la proclamación apostólica de la comunidad. Y así es como los discípulos deponen, con su recuerdo, testimonio de lo que en la comunión con Jesús oyeron y vieron (Jn 15.27). Y por medio de ellos da testimonio el Espíritu (Jn 15.26). Mediante la acción del Paráclito adquieren las Palabras del Jesús histórico su fuerza y eficacia permanentes”.[4]

“El Espíritu será el Paráclito de los discípulos sobre la tierra” (R. Schnackenburg). Las palabras del Espíritu serían los testimonios aportados por la autorizada predicación de la comunidad (Jn 20.22s). El Espíritu daría testimonio del Señor (Jn 5.6-8). Él es quien da origen, vida y vigor a la palabra y a la Iglesia (Jn 6.63), pues ésta no es nada por sí misma. La labor de acompañamiento, seguridad y conducción que aportaría el Paráclito fue, para estas comunidades, la razón de ser de toda su existencia y misión. El fundamento espiritual de toda su presencia y acción en medio de un mundo caótico y hostil. Además: “El Paráclito prometido es llamado ‘el Espíritu de la verdad’ no sólo en aras de la variedad (se le conoce con varios nombres), sino precisamente para una aclaración. Es el nombre preferido en la comunidad joánica, casi una designación acuñada para indicar al Espíritu Santo (cf. 14.26). Porque él es el Espíritu que certifica la verdad (cf. I Jn 5.6), conduce a los discípulos a la verdad completa (16.13) y aparta a la comunidad del "espíritu de engaño" (cf. I Jn 4.6)”.[5]

 

“No los voy a dejar huérfanos: presencia y cercanía del Espíritu del Señor” (14.18-21)

La preocupación eminentemente pastoral del Señor Jesús, que aparece varias veces en este evangelio, es fuertemente evidenciada en estas sensibles palabras de comprensión y apoyo. La vida que el Señor comparte con sus discípulos será la fuente del sostén que los mantendrá a salvo y firmes para continuar la misión encomendada. Pero el sabor juanino de estas palabras es innegable: se trataba de unas comunidades arraigadas en un testimonio particular de la persona del Señor Jesús que se trasluce de muchas maneras. Primeramente, un conocimiento muy cercano y hasta físico, y después una cercanía espiritual auténtica e inconfundible. “La imagen [de huérfanos] fue sugerida más bien por la muerte inminente de Jesús; además, se insinúa escasa y negativamente la promesa: ‘Vengo a ti’. Esta venida de Jesús, a la que ya se había aludido en el v. 3 pero con otra fórmula, ahora se explica de manera más profunda, lo que sugiere la muerte de Jesús como una interrupción breve e irrelevante de la comunión de Jesús con los discípulos”.[6]

Jesús estaba iniciando la comunidad del Reino mediante la intervención representativa del Espíritu, con lo que su compañía estaría garantizada para ella. Las comunidades juaninas, celosas como fueron del legado de su fundador, atribuyeron su capacidad de ser fieles al Espíritu mismo de Jesús, con lo que la iglesia (en todas sus manifestaciones) aseguraría su permanencia y continuidad, aun cuando las comunidades como tales desaparecieran, tal como sucedió finalmente. 

Conclusión

 

El Evangelio de Juan habla del Padre que se revela en el Hijo, y del Espíritu, que se mantiene en íntima unión con ellos, pero que, con todo, es independiente. El Espíritu, en cuanto Paráclito, es el ayudador y el apoyo de la Iglesia (Jn 15.26). El Padre envía al Espíritu a petición de Jesús (Jn 14.16) y en nombre de Jesús (14.26). El mismo Jesús le envía desde el Padre (Jn 15,26; 16,8). El Espíritu procede del Padre y del Hijo, y, en consecuencia, se distingue del Hijo y del Padre (Jn 15,26). Después de la exaltación de Cristo, el Espíritu es el otro auxiliador (Jn 14.16).[7]

 

Así inició la iglesia su caminar gracias a la acción del Paráclito, y así continúa su trayectoria en medio de las complejas realidades que la rodean. Pero siempre con la confianza en la acción fortalecedora y acompañante del Espíritu de Dios.



[1] G. Braumann, “Intercesor”, en L. Coenen et al., dirs, Diccionario teológico del Nuevo Testamento. II. 2ª ed. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1990, p. 354.

[2] Karl Hermann Schelkle, Teología del Nuevo Testamento. II. Dios estaba en Cristo. Barcelona, Herder, 1977, p. 356.

[3] Ibíd., pp. 356-357.

[4] Ibid., p. 357.

[5] R. Schnackenburg, El evangelio de Juan. III. Barcelona, Herder, 1975, p. 125. Énfasis agregado.

[6] Ibid., p. 130.

[7] K.H. Schelkle, op. cit., pp. 359-360.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

  31 de diciembre, 2025 …todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser huma...