jueves, 28 de marzo de 2024

Un sacerdocio con absoluta eficacia (Hebreos 7.20-18), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

28 de marzo, 2014

Porque un sacerdocio distinto lleva necesariamente consigo una ley distinta.

Hebreos 7.12, La Palabra (Hispanoamérica)

 

Trasfondo

La redacción de la carta a los Hebreos tuvo propósitos muy específicos: que la comunidad de Roma abandonase toda forma de adherencia al judaísmo, además de intentar impedir una judaización levítica del culto y de la doctrina de la comunidad cristiana.[1] Al describir tales intenciones, Pablo Richard las ubica históricamente en su contexto y señala cómo su autor buscó “detener los posibles efectos negativos de la caída de Jerusalén sobre los judeo-cristianos de Roma” e “impedir una rejudaización del culto cristiano”. El documento cumplió sus objetivos, por lo menos en el siglo II, aunque posteriormente fue “paradójico que en el siglo IV, justamente cuando se reconoce la autenticidad de la carta a los Hebreos, ésta se deja de lado y la cristiandad sufre una profunda rejudaización teocrática de sus estructuras ministerial y cúltica”.[2] Lamentablemente, se implantó “una concepción judía davídico-salomónica del templo cristiano” y se impuso una sacerdotalización negativa, totalmente contraria a toda la tradición cristiana de los dos primeros siglos.

Como parte de este proyecto doctrinal, resulta admirable, sumamente creativa y muy provocadora la forma en que la carta a los Hebreos construye y presenta la imagen de Jesús como sacerdote absoluto. “El sacerdocio de Cristo es muy distinto del sacerdocio antiguo y cómo éste se encuentra ya totalmente superado”.[3] En 7.11-28, presenta un análisis muy detallado del Salmo 110, en el que demuestra que Jesucristo “es sacerdote de una manera muy distinta de Aarón”, pues se encuentra en la línea de Melquisedec, el antiguo y enigmático personaje que recibió las ofrendas de manos del patriarca Abraham, fundador de la nación hebrea. El autor se remonta hasta Gn 14.18-20, aunque no comenta ese texto. “Su proceder consiste en poner en relación entre sí, sin decirlo inmediatamente, a) el antiguo episodio, b) el oráculo del salmo y c) la posición actual de Cristo glorificado”.[4] Si “el papel del sumo sacerdote no consiste simplemente en tomar parte de la miseria humana: consiste sobre todo en transformar esa situación por medio de una ofrenda de sacrificio”,[5] este nuevo sacerdote ofreció, a diferencia de Aarón, “ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte” (5.7), puesto que había asumido toda la experiencia humana en plenitud.

Un sacerdocio que puede salvar perpetuamente (vv. 20-25)

…mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. […]    

Hebreos 7.24-25 

Así, en primer lugar, Heb 7 descubre que Gn 14 ofrece “una descripción de Melquisedec que lo asemeja de antemano a Cristo glorificado”. Porque, en efecto, este texto presenta a Melquisedec como sacerdote sin mencionar sus orígenes de clan, un hecho sumamente extraño porque en el Antiguo Testamento la familia tenía una enorme importancia para el sacerdocio (cf. Esd 2.62). Gn 14 tampoco habla del nacimiento ni de la muerte de Melquisedec, colocándolo con ello fuera del tiempo. “Evoca entonces la figura de un sacerdote que participaría de la eternidad divina y sería sacerdote para siempre: en resumen, un sacerdote que sería al mismo tiempo el Hijo de Dios (7.1-3)”.[6]Sobre esos rasgos volverá varias veces la argumentación (vv. 5, 6, 13-14, 16a; vv. 8, 16b-17, 23, 25, 28). Además, Melquisedec fue superior a Abraham y, con ello, a los sacerdotes judíos que fueron sus descendientes. “Con este análisis de Gn 14, el autor ha minado la convicción tradicional de los judíos que atribuían al sacerdocio levítico el más alto valor. En efecto. ha demostrado que, incluso antes de hablar del nacimiento de Leví, la Biblia había esbozado ya la figura de un sacerdote distinto y superior”.

A partir del salmo 110.4, se fortalece la ofensiva contra las instituciones antiguas (sacerdocio judío y ley de Moisés). Los vv. 11-28 presentan varias dificultades, sin embargo, el argumento de fondo es sencillo: “el autor observa que, al proclamar de forma profética el sacerdocio perpetuo de un sacerdote distinto —que tomaría evidentemente el lugar de los sacerdotes levíticos—, el oráculo del salmo manifiesta el carácter provisional e imperfecto del sacerdocio antiguo”.[7] Éste último era la base de todo el edificio de las instituciones antiguas (7. 12). “Por una parte, queda abrogada la ordenación precedente por razón de su ineficacia... y por otra queda introducida una esperanza mejor”, la que ofrece un sacerdocio plenamente válido (7.18-19).

Un sacerdocio absolutamente eficaz (vv. 26-28)

La ley de Moisés, en efecto, constituye sumos sacerdotes a personas frágiles, mientras que la palabra de Dios, confirmada con juramento y posterior a la ley, constituye al Hijo sacerdote perfecto para siempre.     

Hebreos 7.28 

El texto estudia entonces el valor de la consagración sacerdotal en el Antiguo Testamento. “En la traducción griega del Antiguo Testamento los ritos prescritos para conferir el sacerdocio no se llamaban ‘consagración sacerdotal’ ni ‘ordenación’ sino ‘perfeccionamiento’ (teléiosis), que quería decir “acción que hace perfecto” o “acción que da la perfección”. El autor manifiesta claramente que esta palabra está muy bien escogida, puesto que una verdadera consagración sacerdotal tiene que transformar profundamente a quien la recibe. Eso permite que “en él ya no pueda disgustar nada a Dios. Es lo que exige su papel de mediador. Por tanto, la consagración sacerdotal tiene que dar la perfección. De ahí depende la posición del sacerdote ante Dios y su capacidad de intervención en favor del pueblo”.[8] Al proclamar implícitamente la destitución completa del sacerdocio antiguo, el salmo permite concluir que en el Antiguo Testamento la consagración sacerdotal ni siquiera merecía ese nombre. No era efectivamente una “acción que otorgara la perfección”, ya que no le aseguraba al sacerdote una buena relación con Dios. De haber sido así, Dios no habría tenido ninguna razón para generar un nuevo modelo de sacerdocio (7.11), De hecho, Dios ha “suscitado” (esa misma palabra significa en griego “resucitar”) a un sacerdote totalmente distinto, ajeno a la tribu de Leví, parte de la tribu no sacerdotal de Judá (7.13-14) y que no recibió el sacerdocio por sucesión familiar sino gracias a la transformación glorificadora de su resurrección (7.16). Todo esto es verdaderamente revolucionario, tal como se anuncia en el v. 12 al referirse al cambio de ley por el surgimiento de un nuevo sacerdocio.

Conclusión

Finalmente, este sacerdocio superior y eficaz es también eterno, a perpetuidad. La fragilidad de que habla el v. 28 en términos de la mortalidad e imperfección de los sacerdotes judíos (7.20-22), además de sus ceremonias ahora vistas como inútiles confirma lo expresado por el salmo en cuestión sobre su ineficacia. El salmo anuncia la figura de un sacerdote siempre agradable a Dios. “En él se realiza lo que la Biblia esbozaba al hablar de Melquisedec: un sacerdote que es el Hijo de Dios y que tiene entonces con Dios la relación más íntima que se puede imaginar. Su consagración no fue ineficaz: fue realmente una ‘acción que hace perfecto’”: “santo, sin mancha, apartado de los pecados y hecho más sublime que los cielos” (7.26). Por tanto, la mediación que lleva a cabo es permanente y plena. 

Por su masa imponente, la cristología sacerdotal de la epístola a los Hebreos pone fuertemente en evidencia el punto más importante de la posición cristiana en materia de sacerdocio, a saber: no existe más que un solo sacerdote en el pleno sentido de la palabra, Jesucristo. Efectivamente, sólo Cristo ha sido capaz de cumplir la función esencial del sacerdote, que consiste en establecer una mediación entre Dios y los hombres. Él es el único mediador. Para llegar a una relación auténtica con Dios, es menester pasar necesariamente por él y más concretamente por su sacrificio. Ningún hombre puede prescindir de la mediación de Cristo y ninguno puede sustituir a Cristo para cumplir esta función respecto a otras personas. Así pues, un solo sacerdote nuevo sucede a la muchedumbre de sacerdotes antiguos.[9]



[1] P. Richard, “Los orígenes del cristianismo en Roma”, en RIBLA, núm. 29.

[2] Ídem.

[3] Albert Vanhoye, El mensaje de la carta a los hebreos. Estella, Verbo Divino, 1989 (Cuadernos bíblicos, 19), p. 46.

[4] Ídem.

[5] Ibid., p. 43.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] A. Vanhoye, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1984, p. 319.

sábado, 23 de marzo de 2024

Un sacerdote superior a los ángeles (Hebreos 1), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

24 de marzo, 2024 

Dios habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien creó también el universo.

Hebreos 1.1-2, La Palabra (Hispanoamérica) 

Trasfondo

El documento cristiano conocido como carta a los Hebreos, dedicado a presentar, exaltar y consolidar el sacrificio absoluto de Jesús, y que superaría completamente lo conocido hasta entonces en la religión judía, inicia con una sólida presentación del Mesías, tal como fue creído y enseñado por las comunidades del primer siglo. Considerada durante mucho tiempo como fruto de la pluma de san Pablo, quizá uno de los criterios definitivos para descartar tal autoría sea el hecho de que el apóstol de los gentiles difícilmente hubiera usado el calificativo de “sacerdote” para Jesús. Salta a la vista que el autor (posiblemente Apolo, Hch 18.24) era de formación helenística por el constante uso que hace de la “de la contraposición entre las esferas celestial y terrena de la realidad, contraposición según la cual la segunda de dichas esferas se entiende como mera sombra de la primera”.[1] Hebreos afirma el sacerdocio absoluto del Señor Jesús. 

Dios ha hablado por medio de su Hijo (vv. 1-)

Los primeros cuatro versículos de Heb 1 sintetizan al máximo la evolución de la revelación divina que, habiéndose realizado persistente, aunque fragmentariamente, en la historia y mediante diversos métodos, en la “etapa final” se ha realizado en la persona, acción, discurso y misión de Jesús, “el Hijo”, razón de ser de todo el universo y que, como se subraya en toda la sección, es superior a los ángeles. “Cristo es la última palabra de Dios al mundo; la revelación en él es completa, definitiva y homogénea” (Moffatt).

 

Dios ha estado procurando establecer comunicación con el hombre ‘‘muchas veces y de varias maneras’’. ¿Por qué ‘‘muchas veces’’? Porque ha estado hablándoles a generaciones distintas y distantes. ¿Por qué ‘‘de varias maneras’’? Porque cada grupo humano, y cada persona, tiene su propia manera de hablar y de entender. De modo que si Dios quiere realmente comunicarse con cada hombre y, en efecto, quiere hacerlo y lo hace, tiene que echar mano de todos sus recursos comunicativos. Lastimosamente, del hombre no se puede decir lo mismo, ni en su comunicación con Dios ni en su comunicación con sus semejantes.[2] 

“Las intervenciones de Dios en la historia humana son presentadas como intervenciones verbales. […] El Dios de la Biblia es un Dios que habla a los hombres, que entra en comunicación con ellos, que multiplica las oportunidades de contacto. Éste es un hecho asombroso. […] El asombro es creciente cuando se descubre que el designio de Dios es instaurar con esos seres frágiles una relación estable, una alianza, introduciéndolos en una comunión íntima con él”.[3] El nivel cristológico en que se colocan estas palabras iniciales es muy alto, pues la afirmación del Hijo como “heredero de todas las cosas” se sitúa, no como “un acontecimiento al margen del tiempo, previo a la encarnación”, pues “tuvo lugar cuando entró en la gloria después de su pasión (cf. Rom 8.17)”.[4] Todo ello sucedió después de las humillaciones de que fue objeto, lo cual concuerda totalmente con la reivindicación de Dios para aquél a quien envió a realizar plenamente la obra de salvación. El Hijo es situado en un papel cósmico extraordinario relacionado con la creación entera, con lo que el autor lo asimila a la Sabiduría personificada del Antiguo Testamento (Prov 8).

El v. 3 relaciona íntimamente el “carácter” (o la sustancia) del Hijo con la imagen (icono) de Dios: “reflejo resplandeciente de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser” y lo vincula al sostenimiento continuo de la vida por el poder de su palabra. El versículo no deja pasar la oportunidad para definir su obra salvífica en términos de una “purificación del pecado” (lenguaje ritual, sacerdotal) para, así, establecer desde el principio todo lo que ganó Jesús con su esfuerzo redentor: “se sentó junto al trono de Dios en las alturas”. “La atención pasa, de ocuparse del papel cosmológico del Hijo preexistente, a centrarse en la obra redentora del Jesús glorificado”.[5] Semejante afirmación introduce el tema central de todo el documento. La entronización de Jesús (1.13) aparece como un cumplimiento puntual del Salmo 110.1 y tal glorificación se conecta directamente con la resurrección. 

La superioridad sobre los ángeles

Su superioridad sobre los ángeles (v. 4) procede de haber obtenido en herencia un título más excelente: “En su exaltación, Jesús ha ‘heredado un nombre más excelente que ellos’. En la mentalidad semítica, el nombre designaba lo que una persona era, y la recepción de un nombre nuevo indicaba un cambio en la persona que lo recibía. En este caso, el nombre es ‘Hijo’”.[6] La razón para introducir el tema de la superioridad de Jesús respecto de los ángeles tiene que ver con el propósito del sermón: “los destinatarios corren el peligro de abandonar la palabra de Dios pronunciada a través de su Hijo [2.1-4]. Las consecuencias de ello serían terribles, mucho peores que el castigo recibido por aquellos hebreos que desobedecieron la palabra pronunciada por medio de ángeles (2.2), la ley mosaica, porque el Hijo es superior a los mediadores angélicos de la ley (Hch 7.53 y Gál 3.19)”.[7]

Pero lo más importante que desea subrayar el autor es la supremacía de Jesucristo sobre todos los elementos de la religión sacerdotal antigua mediante una serie de oposiciones, en las que los ángeles aparecen como representantes y mediadores celestiales de la obra de Dios en el mundo:

 

…la principal contraposición que Heb establece entre la alianza antigua y la nueva es que ésta tiene un sacerdocio nuevo y superior, cuyo santuario no está en la tierra, sino en el cielo (8.1-2). El sacerdocio de la antigua alianza con el cual se contrasta el del nuevo es el sacerdocio levítico; pero el autor tal vez tuviera también en cuenta la concepción judía según la cual los sacerdotes que atendían el santuario celestial eran ángeles […]. Al poner de relieve la superioridad de Jesús respecto a los ángeles, posiblemente el autor tenga en mente la inquietud fundamental de Heb, el sacerdocio celestial de Jesús, y desee decir que el sacerdote que desempeña esa función en el santuario celestial es Jesús.[8] 

Conclusión

“La glorificación del Hijo se expresa como una instalación a la diestra de Dios […] El Hijo ha ido a sentarse no en un trono terrenal sino en el cielo. En su respuesta al sumo sacerdote durante el juicio ante el sanedrín, Jesús anuncia un cumplimiento celestial del oráculo (Mt 26.64-65) lo cual suscita la acusación de blasfemia. La glorificación del Hijo lo sitúa en el mismo nivel de Dios”. [9] Este plano de comprensión de la figura cósmica y salvadora de Jesús ha de contrastarse con aquel momento sin par en que llegó a Jerusalén, por voluntad propia, para entregar su persona por amor a la humanidad. Situarse en ambos niveles, el celestial y el terrenal para entender tal propósito y tomar partido por él es la intención de toda la carta a los Hebreos. El Señor Jesús llegó, de hecho, a la ciudad capital para su cita con el destino sacerdotal absoluto que le esperaba y que se desvelaría progresivamente en el tiempo y en la fe de la iglesia.



[1] Myles M. Bourke, “Carta a los Hebreos”, en R. Brown et al., Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo Nuevo Testamento y artículos temáticos. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 493.

[2] Alfredo Tepox Varela, “Muchas versiones distintas, una sola palabra verdadera”, en La Biblia en México, junio de 2006.

[3] Albert Vanhoye, Un sacerdote diferente. La epístola a los Hebreos. Miami, Convivium Press, 2011, pp. 65, 66.

[4] M.M. Bourke, op. cit., p. 493.

[5] Ibid., p. 496.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] A. Vanhoye, op cit., p. 68. Énfasis agregado,

sábado, 16 de marzo de 2024

"Que Cristo habite en los corazones" (Efesios 3.14-21), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

17 de marzo, 2024

También le pido a Dios que Jesucristo viva en sus corazones, gracias a la confianza que tienen en él, y que ustedes se mantengan firmes en su amor por Dios y por los demás.

Efesios 3.17, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

Como conclusión de Efesios 3, San Pablo afirma su deseo de que la presencia real del Señor Jesucristo en medio de la comunidad sea algo efectivo. En este caso, el gran anuncio forma parte de un instante espiritual en el que el apóstol se presenta a sí mismo en medio de una acción rogativa delante de Dios. En ella, solicita tres cosas muy específicas:

 

a) Que Dios los haga cristianos fuertes de ánimo (16)

b) Que Jesucristo viva en sus corazones (17a) y

c) Que se mantengan firmes en su amor por Dios y por los demás (17b)

 

La introducción a la petición es extremadamente solemne y no exenta hasta de un juego de palabras (Padre-Patria: “familia”, “paternidad”): “Por eso yo me arrodillo delante del Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe su nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que por su Espíritu, y conforme a las riquezas de su gloria…” (14-16a). La visión cósmica del apóstol preside todo lo que dice a sus destinatarios y ésta no es la excepción, pues su lenguaje suntuoso, incluso para mostrar el contenido de su oración, invita a ampliar la comprensión de quién es Dios en Cristo. 

Que Cristo habite en los corazones (vv. 14-17)

La primera petición consiste en que “mediante el Espíritu y conforme a las riquezas de su gloria”, los efesios sean “fortalecidos interiormente con poder” (16b). “El apóstol ora a Dios para que haga poderosos a los cristianos, literalmente: para que ‘lleguen a ser poderosos en poder’”.[1] Esa fortaleza solicitada tiene que ver con “el hombre interior por su Espíritu” (16c), esto es, que la obra renovadora, la nueva humanidad, crezca en el interior de cada persona redimida. Para el apóstol, era preciso que “Dios, por la plenitud de su poder y su esplendor, haga que el hombre interior, el hombre de corazón, engendrado en el bautismo, se robustezca por medio del Espíritu de tal manera que, en la fe, abra su corazón a Cristo, que quiere tener en él su morada. […] Este hombre interior, que somos nosotros en Cristo, se robustece en aquellos que están en agápe erridsómenoi kai tethemeliómenoi [“en amor, arraigados y cimentados”, v. 17b]. La fe y el amor forman aquí también un conjunto”.[2]

A este ser humano quien lo hace poderoso es el Espíritu, el Pneuma, que es quien conserva y renueva sin cesar a los fieles al interior de la comunidad de fe. Aquí, en Efesios, se dice de qué manera llega Cristo a habitar en nosotros mediante la fe:

 

La fe hace que nuestro corazón sea morada de Cristo. […] el pneuma theou [Espíritu de Dios] fortalece al hombre interior […] En la fe se abre el hombre al Espíritu de Dios. Por medio del Espíritu se enciende la fe. […] El eso anthropos [‘hombre interior’] se robustece con la habitación de Cristo, y Cristo viene a habitar con el hombre interior que hay en nosotros y que va fortaleciéndose. La habitación de Cristo no es (sólo) un fenómeno psicológico, sino primordialmente un fenómeno existencial […] El hombre interior […] es el hombre de corazón, es decir, su dimensión es la del corazón.[3] 

“Conocer el amor de Dios que excede a todo conocimiento” (vv. 18-21)

La fortaleza solicitada en la oración del apóstol tiene como objetivo central obtener la capacidad de “comprender con todos los santos […] la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (vv. 18-19a). “Con esta fórmula se designa el universo o también el cosmos de los astros, cuya contemplación proporciona al ouranobaton [el ámbito de los cielos] el conocimiento de Dios”. Es un conocimiento que debe ser compartido con los demás, que hay que compartir con “los santos”, pues no es un conocimiento que deba permanecer en secreto ni encerrado. Todos quienes comparten ese conocimiento han de llegar a la unidad de la fe y de ese conocimiento a fin de alcanzar la “plenitud de Dios” (19b). El verbo “comprender” (katalabésthai), en este contexto, proviene del estoicismo y significa un conocimiento claro y preciso.[4] Conocer, para Pablo, es “un descubrimiento interior existencial, una ‘experiencia’ entendida en sentido existencial, no psicológico”. En Col 2.2 (“…hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo”) se aprecia más claramente ese matiz porque allí se describe el conducir a la epignosis del misterio de Dios o de Cristo como introducción “a toda riqueza de la plena seguridad del entendimiento”. Esta última realidad “presupone el consuelo del corazón y que se está firmemente arraigado en el amor. […] Es la plenitud del entendimiento que se adquiere con la revelación de lo que se intuye en el camino de la renovación del acto existencial”.[5]

Los vv. 20-21 son una doxología con la que cierra esta sección, la primera parte de toda la espístola, es una exclamación litúrgica y está en relación con otras doxologías paulinas (Gál 1.5; Rom 9.5; 11.33s, Fil 4.20; I Tim 1.17). Tal aclamación sirve para “coronar” una lectura. Lo que se acentúa profundamente es el incomparable poder de Dios. Se afirma, asimismo, que ese poder consiste en que Dios responde “mucho más abundantemente de lo que podemos entender” (v. 20b). 

Conclusión

Efesios 3 es un bloque textual en el que Pablo avizora ampliamente la forma en que el amor de Dios se manifiesta y se desdobla en la existencia de la iglesia como parte del gran proyecto divino. La magnificencia de este proyecto lleva a presentarte a la comunidad de fe las enormes dimensiones de ese proyecto para que, desde la existencia histórica concreta, ella consiga sumarse a las consecuencias derivadas de la acción de Dios en Cristo. Es Él quien está creando una nueva humanidad en el mundo y la iglesia es una muestra de que se está realizando. Al compartir esta gran realidad como algo efectivo que rebasa la comprensión humana, la iglesia vive como un espacio adonde el amor de Dios se hace presente en medio de las contradicciones de la existencia histórica.



[1] Heinrich Schlier, La carta a los efesios. Salamanca, Ediciones Sígueme 1991, p. 221.

[2] Ibid., p. 222.

[3] Ídem. Énfasis agregado.

[4] Ibid., p. 224.

[5] Ibid., p. 225.

sábado, 9 de marzo de 2024

Las incalculables riquezas del Señor (Efesios 3.7-13), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


10 de marzo, 2024

Aunque soy el más insignificante de todos los creyentes, recibí esta gracia de predicar a las naciones las incalculables riquezas de Cristo.

Efesios 3.8, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

Hablar de riquezas en relación con la religión parecería un exceso si no fuera porque el propio texto bíblico lo hace en varias ocasiones, algunas de ellas en el Antiguo Testamento: “Son más deseables [tus mandamientos] que el oro refinado…” (Salmo 19.10). “Me alegra seguir el camino de tus testimonios más que poseer muchas riquezas” (Salmo 119.14). En Romanos 9.23 habla de “las riquezas de su gloria”, lo mismo que en Efesios 1.18 y 3.16, y Colosenses 1.27, y en Efesios 1.7 y 2.7 de “las riquezas de su gracia”. En todos los casos la palabra utilizada es ploutos, de donde viene “plutocracia”, el gobierno de los ricos. La contraparte de esta comparación bíblica es lo que propone la teología de la prosperidad en algunas de sus variantes. La forma de valorar las bendiciones de Dios como una enorme riqueza espiritual no tiene nada que ver con las afirmaciones de esta teología que se extiende en diversos espacios evangélicos. Veamos cómo se refiere a esta riqueza el apóstol Pablo. 

El evangelio de las incalculables riquezas de Cristo (vv. 7-9)

Hay varios contrastes dignos de destacar en esta sección. Primeramente el apóstol se presenta a sí mismo como quien llegó a ser un “diácono del evangelio” como un “regalo de Dios” entregado por su gracia (v. 7): “Vemos que la gracia opera en términos del servicio o ministerio. No sólo somos salvos debido a la gracia de Dios (2.4-10): también le servimos debido a su gracia, a causa de su amor por nosotros. Por su gracia Dios nos salva y también nos llama a servirle. El servicio es un regalo de su gracia”.[1] El sentido de humildad con que lo afirma se subraya en el v. 8a al agregar que él era “el más insignificante de todos los santos” con lo que se ubicaba en el último lugar entre los apóstoles (I Co 15.9) y entre todo el pueblo de Dios. Por ello podía entender mejor la gracia, no como un  concepto doctrinal sino como una realidad que brotaba de la experiencia. La conciencia de su pequeñez tiene un lugar muy importante en su vida de apóstol.

Su labor consistiría en “predicar a las naciones” (v. 8b) precisamente las “incalculables”, incontables, inescrutables, inagotables, infinitas, insondables, incomprensibles, “riquezas de Cristo” que de todas esas maneras se puede traducir la palabra griega (anexijniaston), derivada de algo que no deja huella. La metáfora original habla de algo que no se puede encontrar (inencontrable, inhallable, “irrastreable” o “insondable” dice el NT interlineal). La idea es que la comprensión humana es incapaz de entender o encontrar la huella “o pista de lo que Dios está haciendo para reconciliar a la humanidad.”[2] 


La expresión las incalculables riquezas de Cristo […]nos deja ver que el apóstol tenía un concepto muy alto de lo que significaban el Mesías Jesús y su evangelio. […]

No es la riqueza material prometida por los modernos mercaderes del evangelio de la prosperidad: es la riqueza de una vida comunitaria en la que los seres humanos se re-encuentran, humanizan y empiezan a probar la vida que viene de Dios, la verdadera comunidad y compañerismo. Una vida comunitaria que re-crea la que se perdió en el Edén y que ahora empieza a construir relaciones humanas verdaderamente significativas y nutridoras […]y cuyas primicias ya se pueden y deben ver en la nueva humanidad y familia: la ekklesia.[3] 

Comprender la diversa sabiduría de Dios (vv. 10-13)

Acceder a las riquezas de Cristo equivale, según el v. 9a, a que todos comprendan (que a todos se les esclarezca) “la realización del plan de Dios”, es decir, el misterio administrado (oikonomia tou mysteríou) que estuvo oculto, pero que ahora está aconteciendo en el mundo y que los efesios, primero, pero también “los principados y las autoridades en las regiones celestiales” (10), quienes gobiernan el cosmos, debían conocer con claridad por medio de la iglesia: “La frase en las regiones celestiales (gr. en tois epouraniois […]) es una indicación de esa esfera o dimensión donde reina Cristo y donde estamos sentados con él; es también el ámbito donde batallan los poderes y autoridades. No es un lugar lejano; es la dimensión espiritual del mundo que habitamos”.[4] El propósito final de todo esto es que se conozca en plenitud la multiforme (muchos colores o variedades) sabiduría divina.

Finalmente, en los vv. 11-12 se afirma que en Cristo “disfrutamos de libertad (la osadía) y confianza para acercarnos a Dios”, incluso en la situación que vivía el apóstol: “Esta nota pastoral aterriza la gran temática tratada y la lleva a una de sus consecuencias vitales en tiempos difíciles de persecución y cárcel: aunque estoy preso, esa circunstancia política no determina mi fuero interno y mi actitud ante la vida. En la prisión, vivo como una persona libre que disfruta de acceso pleno e ilimitado al Padre, Dios”.[5] En alusión a esa circunstancia vital de quien escribe el v. 13 solicita que los lectores/as no se desanimen en las aflicciones que atravesaba pues éstas eran “para gloria” de ellos. Resulta impresionante que sea un preso quien ofrezca ánimo y consuelo a quienes estaban preocupados por él: “El corazón pastoral del autor se manifiesta y permite ver que su gran preocupación era la estabilidad y fidelidad de los receptores de la carta. Es muy probable que su encarcelamiento fuera usado ideológicamente por sus enemigos y la sociedad para desacreditar la fe cristiana. Por ello Pablo les anima a seguir adelante y además les da una comprensión distinta de su encarcelamiento”.[6] Sus palabras en Colosenses (carta gemela de Efesios) son más que elocuentes: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes, y yo voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la iglesia” (1.24). 

Conclusión

Un pastor preso que escribe reflexiones espirituales para sí mismo, la comunidad de fe y la posteridad. Recientemente llega a la memoria lo sucedido con Dietrich Bonhoeffer, famoso por conspirar contra Hitler, pero también por desarrollar un pensamiento teológico profundo tras los barrotes de la cárcel en Resistencia y sumisión. He aquí algunas de sus palabras: “Resulta infinitamente más fácil sufrir en la obediencia a una orden humana, que en la libertad de un acto realizado con la responsabilidad más personal. Resulta infinitamente más fácil sufrir en comunidad, que a solas. Resulta infinitamente más fácil sufrir en la entrega de la vida corporal, que en el espíritu. Cristo sufrió en la libertad, en la soledad, apartado y en la deshonra, en el cuerpo y en el espíritu, y desde entonces muchos cristianos sufren con él”.[7]



[1] M. Ávila Arteaga, Efesios. Caps. 1-3. Introducción y comentario. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2018, p. 247. Énfasis original.

[2] Ibid., p. 248.

[3] Ibid., p. 249.

[4] Ibid., p. 252.

[5] Ibid., p. 253.

[6] Ibid., p. 254.

[7] D. Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio. Eberhard Bethge, ed. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1983, p. 21.

sábado, 2 de marzo de 2024

El misterio de la gracia de Cristo (Efesios 3.1-6), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

3 de marzo, 2024

Ustedes ya saben que Dios me encargó anunciarles el plan que, gracias a su gran amor, había preparado. Dios me dio a conocer el plan que tenía en secreto, y del cual ya les he escrito brevemente.

Efesios 3.2-3, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

La frase dominante con que inicia el cap. 3 de Efesios es la base de una reflexión fundamental que el autor consideró necesario compartir con sus lectores no judíos de origen: la “administración de la gracia” (oikonomían tes cháritos) que Dios quiso que él ofreciera a través suyo. Se trataba de “la significación característica de su persona para los paganocristianos”, pues “con su nombre está asociado al evangelio, y con él la salvación, para los cristianos procedentes de la gentilidad, incluso allá donde él no ha trabajado personalmente. Y es el nombre de quien no sólo proclama el evangelio sino que también sufre el evangelio”.[1] Désmios es la palabra para “prisionero”. Él es el prisionero de Cristo Jesús en favor de ellos, porque su prisión, como continuación de los padecimientos de Cristo y como efluvio de los mismos, da testimonio real de dichos padecimientos y de esta manera, como evangelio concreto —por decirlo así— de esos padecimientos, suscita en los cristianos vida y consuelo. En todo esto, sus sufrimientos, los sufrimientos del apóstol, son un testimonio que, igual que su evangelio, está dirigido especialmente a los gentiles”.[2] Administrar la gracia fue la labor que él compartiría también con los demás apóstoles (como Pedro, I P 4.10) y con el resto de la iglesia, de modo que al recordárselo a los efesios estaba subrayando el papel central de la gracia en todo el proyecto divino. En el Antiguo Testamento hubo muestras notables y concretas de la gracia, por ejemplo, en el establecimiento de seis ciudades-asilo para personas perseguidas (Josué 20). Algo similar aconteció con Elvira Arellano, quien fue acogida en un templo metodista de Chicago durante dos años. También en la Ciudad de México se ubica desde hace varios años una casa-refugio para escritores/as perseguidos. Las iglesias deben abrir sus espacios para desplegar la gracia mediante acciones específicas de apoyo y servicio. 

La administración de la gracia en la vida del apóstol (vv. 1-4)

“Suponiendo” dice el apóstol, que los efesios hubieran oído de la administración de la gracia, es decir, que hubieran recibido la instrucción doctrinal específica sobre esa actuación de Dios: “Es la gracia que Dios ha dado (por medio de Cristo) al apóstol, para que él la haga valer en el evangelio, en favor de los gentiles (3.8). Esa gracia fue dada juntamente con la apostolé (Ro 1.5; Gál 2.7s). Por consiguiente, es la gracia de Dios, entregada en la misión y para la misión: gracia que él, el apóstol, ha “recibido” y que, por tanto, ha de hacer que surja efecto”.[3] El encargo del apóstol era hacer visible y actuante esa gracia en medio de sus lectores/as. Él es el transmisor de la gracia recibida y la despliega en todo lo que hace y comunica. La oikonomia de la gracia se realizó primero cuando el apóstol recibió el “misterio” (v. 3), lo cual es una característica del apostolado que se clausuró con el Nuevo Testamento, a contracorriente delo que pretenden quienes ahora se hacen llamar así: la labor profética y anunciadora de quienes fueron apóstoles estuvo en estricta continuidad con la obra de Jesucristo. Pablo, específicamente, recibió el conocimiento del misterio de la voluntad de Dios” en el sentido de que la nueva creación comunitaria del Señor integraría a los no judíos por igual en el camino de la instauración de todas las cosas en Cristo. Ésta no se podría lograr sin aquella acción.

El conocimiento apostólico de lo que Pablo había recibido es digno de destacarse en la ruta de los efesios para participar de la vida de fe porque ellos, los beneficiarios de ese misterio como copartícipes, también debían expandir los límites de esa nueva creación por todos los confines de la tierra, dando así a la labor misionera un énfasis profundo de integración humana, solidaria y concreta para realizar dentro de la comunidad los propósitos mayores de la obra de Dios. Siendo un misterio desconocido por el mundo, sus beneficios se agigantarían en la medida en que la iglesia se mostrase de manera más diáfana. 

La apertura total al resto de la humanidad (vv. 5-7)

El gran misterio de Dios revelado a los apóstoles y profetas (“Pero los profetas y apóstoles llegfarion a ser y existieron como testigos oculares de aquellos actos realizados en su tiempo y fueron oidores de la Palabra hablada en su tiempo. fueron destinados, nombrados y elegidos para esta causa por Dios, no por ellos mismos; además, Dios les mandó y les dio poderes para que hablaran sobre lo que ellos habían visto y oído”.[4]) y que no había sido anunciado “en otras generaciones” (5a) fue una transformación radical y una evolución extraordinaria del plan para hacer llegar la salvación a toda la humanidad. La intervención del Espíritu para poder acceder a ese conocimiento significó también una renovación total del ámbito religioso pues modificó profundamente el panorama. Las comunidades cristianas ya eran plurales y debían ser incluyentes. Sobre ese misterio se fundamenta la existencia de la iglesia, es decir, la universalización definitiva del plan divino para toda la creación. La gran novedad consiste en que ahora los no judíos ya pueden participar en los bienes salvíficos que le correspondían solamente a Israel:

 

Los antiguos gentiles pertenecen “en Cristo” […] juntamente con Israel, al cuerpo de Cristo, son “miembros del mismo Cuerpo” de Cristo. Y lo son por haber recibido en el Pneuma, mediante el bautismo, la kleronomía [calidad de heredero] y, por consiguiente, la epangelía [promesa] y por participar ahora en ella. Ahora bien, el que constituyan ahora, juntamente con Israel, el único cuerpo, se ha logrado “mediante el evangelio”, cuyo servidor es el apóstol, que lo es en virtud del don de la gracia divina recibida por él [v. 7].[5]

 

Coherederos y miembros del mismo cuerpo y copartícipes de la promesa: esos son los enormes privilegios de que ahora gozarían los no judíos, con el mismo derecho que los receptores originales de las promesas antiguas. La extensión de la gracia divina para lograr todo ello es amplia e incomprensible, pero toda una realidad ligada al amor divino por toda la humanidad, sin distinción alguna. Por ello, la iglesia no puede sino tener abiertos sus brazos para incluir e incorporar a toda persona que se acerque a ella. Porque a nadie debe faltarle la gracia de Dios como dice Hebreos 12.15 (DHH) “y nadie quede afuera de su bendición” como agrega el canto (https://redcrearte.org.ar/wp-content/uploads/2018/03/Que-a-Nadie-le-Falte-1.pdf). 

Conclusión

Estamos, pues, delante de la firme enunciación del “dinamismo actuante” de la gracia de Dios, una realidad que subyace a todo lo que acontece a partir de la obra salvadora de Jesucristo a través de un gran proceso que se ha desvelado en las palabras del apóstol:

 

Se trata de un solo gran movimiento del poder actuante de Dios: desde la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, pasando por la entrega de la gracia al apóstol y la puesta a su servicio, hasta llegar a la incorporación de los gentiles al Cuerpo de Cristo y la revelación también a ellos de la herencia de la esperanza. Este único gran movimiento de Dios, llevado a cabo con “actuación de su poder”, es el movimiento de la gracia, dispensada por él de esta manera: es la administración de la gracia. Y como movimiento de su gracia, es movimiento que descubre y revela la gracia y con ello la realización de su misterio.[6]



[1] Heinrich Schlier, La carta a los efesios. Comentario. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991, p. 192.

[2] Ibid., p. 193.

[3] Ídem.

[4] Karl Barth, Introducción a la teología evangélica. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006, pp. 45-46.

[5] Ibid., p. 198.

[6] Ibid., p. 199.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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