sábado, 22 de junio de 2024

Mantenerse alertas y perseverar en la fe, la oración y el testimonio (Efesios 6.18-20), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Iglesia Valdense, Torre Pellice, Italia

XLIX Aniversario de la Iglesia Evangélica Misionera del Pacto El Dorado

23 de junio, 2024

Oren en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y manténganse atentos, siempre orando por todos los santos.

Efesios 6.18, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

La exhortación central de Efesios 6, “mantenerse alertas” (agrypnountes, v. 18b) resuena aquí y ahora como un llamado a la iglesia de todos los tiempos a estar atentos para resistir y firmes en el llamado que Dios le ha hecho. “Una vez que se ha descrito toda la armadura de Dios con la que el pueblo de Dios se ha de vestir ante la inminente batalla, se dan dos instrucciones más que hacen eco a las palabras de Jesús a sus discípulos al enfrentar la hora de las tinieblas (Lucas 22.53, cf. Mateo 26.53) cuando habrían de enfrentar a los poderes y autoridades: vigilen y oren para que no caigan en tentación (Mr 14:38)”.[1] Un paralelismo histórico que manejaremos en este aniversario son los 850 años que se cumplen del movimiento valdense que inició en Francia en 1174 y se consolidó en Italia. Se trata de la iglesia evangélica más antigua de la historia, por lo que muchas veces es mencionada junto con los hussitas y los lolardos como movimientos “pre-reformadores”. La celebración de este aniversario ha comenzado a tomar forma en estos días para que, al igual que la Iglesia del Pacto El Dorado, se afirme la fidelidad de Dios y la manera en que ella promueve y establece la firmeza de la iglesia ante todas las situaciones que enfrente. Particularmente agudas fueron las persecuciones de las que durante varios siglos fueron objeto y se unieron a la Reforma Protestante en el siglo XVI. En 1848 obtuvieron un decreto que les otorgó la libertad religiosa. Su sede principal está cerca de Turín y en Roma cuentan con una iglesia que se ubica a pocas calles de la Plaza de San Pedro (Ernesto Comba, Historia de los valdenses; Giorgio Tourn, Los valdenses, 3 vols.). A Sudamérica llegaron pocos años después y se establecieron en Uruguay y Argentina, principalmente, siendo un ejemplo de testimonio, resistencia y constancia (Roger Andrés Geymonat Hopper. El templo y la escuela. Los valdenses en el Río de la Plata. Montevideo, Planeta, 2007). Hoy en día es una de las iglesias evangélicas más progresistas. 

Orar en el Espíritu y mantenerse alertas (6.18)

Así como se ha utilizado la alegoría de la armadura para afrontar el conflicto espiritual, ahora se habla de los recursos y las prácticas que deben permanecer constantes en la vida de la iglesia y de cada creyente: la fe, la oración y el testimonio. “La oración, como súplica urgente pero confiada, es corolario perfecto a todas las instrucciones sobre la batalla contra los poderes de maldad. La guerra se gana de rodillas. La oración es señal y evidencia de nuestra dependencia en Dios, de que el triunfo depende solo de él y no de nosotros. Él, como Señor soberano, ha triunfado sobre todos los poderes y autoridades”.[2] La oración es, en palabras de Aquiles Ernesto Martínez, una “intercesión empoderadora”, esto es, “una herramienta adicional en la lucha cristiana, dada precisamente su naturaleza espiritual”,[3] una oración ilimitada, urgente y constante.[4] Dialogar con Dios “en todo momento” (18a) con un alto grado de intimidad, respeto a su autoridad y confianza en Él, permite al militante cristiano mantenerse en contacto con su “superior” o su “comandante” para obtener fuerzas, dirección y ánimo. Por ello Pablo termina su exhortación con una referencia a la oración comunitaria.

“Mantenerse alertas” (18b). Esta frase puede expresarse en forma negativa: “No sean perezosos ni relajados”.

 

En el contexto del pasaje, de una batalla constante e intensa, hace alusión al papel de los vigías o atalayas, cuya vigilancia debe ser constante y atenta. Para orar como Dios manda, debemos mantener una actitud de constante vigilancia. La TLA dice: “Manténganse en estado de alerta”. Y esto en el contexto de que somos parte de una comunidad, de un ejército, y en ese sentido somos responsables de la seguridad y el bienestar de los demás hermanos y hermanas. El verbo siempre tiene un sentido comunitario. El contexto hace claro que vigilamos y estamos alertas por el bien de los demás (ver Col 4.12).[5]

 

“Para llevar a cabo la lucha que arrebate su poder a los poderes, no sólo hace falta la espada del Espíritu, la palabra de Dios, sino también la oración del Espíritu, que debe llevarse a cabo abundantemente y sin paralizarla”.[6] 

Perseverar en la fe y el testimonio [misión, evangelización] (6.19-20)

Al abundar en el tema de la oración, especialmente en el momento de solicitarla para él mismo, se combinan la fuerza de la fe y el testimonio misionero como parte de un conjunto indisoluble de actitudes necesarias que manifiesten la perseverancia. No se trata de una petición egocéntrica sino más bien del hecho de aceptar la flaqueza y de afirmar la necesidad de una oración solidaria: “Esto deja [entre]ver que un buen líder está muy lejos de ser autosuficiente. Por el contrario, necesita vitalmente de la perseverancia en los ruegos a su favor de parte de la iglesia. El estado de alerta a que la iglesia es llamada incluye la intercesión urgente por su pastor y líder”.[7] Lo que se ha escuchado acerca de los/as dirigentes de esta iglesia durante sus 49 años y más de existencia permite advertir cómo funciona el ministerio de la oración para el sostenimiento espiritual, moral y psicológico de quienes ejercen cargos de responsabilidad, no solamente los misioneros, pastores o maestros. La petición del apóstol es muy concreta: “…para que, cuando hable, Dios me dé las palabras” (19a), es decir, para que la labor misionera y de proclamación del Evangelio se desarrolle de la forma más adecuada.

“Pablo pide intercesión para poder hablar como hombre libre [parresía, “osadía”]”,[8] dado que se encuentra preso, es un “embajador en cadenas” (20a), pero aun así, requiere “denuedo”, “valentía”, ausencia de temor, “resueltamente” (parresíasomai) para dar un testimonio firme, enérgico y pertinente, incluso si debía hacerlo ante un tribunal. “El apóstol está rogando que, a pesar de su condición de prisionero (3.1,13; 4.1), resultado de su lucha con los poderes de este mundo, él pueda hablar y comportarse con plena libertad o parrêsia. Que en su actitud y mensaje muestre que en Cristo ya goza de la victoria y, aunque preso, está y se sabe libre”.[9]Parresiásdsesthai designa una manera de hablar. Es como en Hch 9, 14, 18 y 19, ‘hablar abiertamente’”.[10] La continuidad en el ejercicio del testimonio (esté quien esté al frente de la comunidad, siempre con una mística y un estilo eclesial propios, que debe mantenerse y fortalecerse), de una sana y continua evangelización (con ideas y prácticas efectivas), en medio de cualquier circunstancia (Pablo está en la cárcel, con todo lo que eso implica: importancia del contexto social e histórico, que casi nunca se destaca en las crónicas eclesiales…) es la base de la perseverancia en el servicio y la misión. 

Conclusión

La historia de toda iglesia local está plagada de testimonios variados de la obra y acción de Dios en medio del mundo y del trabajo de servicio a su Reino. Esta iglesia-insgnia del pactismo en México es una prueba fehaciente de cómo se cumplen las palabras del Nuevo Testamento (Hch 5.38-39): si la obra es directamente de Dios, permanecerá, contra viento y marea, el tiempo que Él ha determinado. Lo que empezó con la predicación de Pablo en Éfeso, la gran ciudad de la diosa Diana, se consolidó por la acción de la gracia y el poder del Evangelio predicado. Sus grandes momentos fueron: a) ese inicio incierto (todo inicio lo es), b) el seguimiento pastoral del apóstol, c) la labor posterior de Juan y la carta de Apocalipsis (2.1-7) y d) el final de un caminar determinado también por el Señor. Cada iglesia experimenta la ruta de su Salvador: vida, muerte y resurrección en diversas formas, pero la esperanza y la confianza están puestas siempre en la fidelidad de Dios a su pacto.

La misión de la iglesia está claramente definida desde el principio:

 

...no es la iglesia la que “tiene” una misión, sino, a la inversa, la misión de Cristo se crea su iglesia. No es la misión la que hay que entender a partir de la iglesia, sino a la inversa. La predicación del evangelio sirve no solamente para adoctrinar a los cristianos y fortalecer su fe, sino también para hacer un llamamiento a los no cristianos.[...]

No se trata de su propia propagación, sino de la propagación del reino de Dios. Su finalidad no es la propia glorificación, sino la glorificación del Padre por el Hijo en el Espíritu. El concepto misionero de la iglesia lleva a una iglesia abierta al mundo en la misión de Dios, ya que conduce a una comprensión trinitaria de la iglesia a partir de la historia de Dios con el mundo.[11]



[1] Mariano Ávila Arteaga, Efesios. T. II. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2018, pp. 231.

[2] Ibid., pp. 231-232.

[3] Aquiles Ernesto Martínez, “‘Firmes y de pie’. Violencia, resistencia y contra-discurso en Efesios 6.10-20”, en RIBLA, núm. 68, 2011/1, p. 108.

[4] M. Ávila Arteaga, op. cit., p. 232.

[5] Ibid., pp. 233-234.

[6] Heinrich Schlier, Efesios. Salamanca, Ediiciones Sígueme, 1991, p. 395.

[7] M. Ávila, op. cit., p. 235.

[8] Ibid., p. 236.

[9] Ídem.

[10] H. Schlier, op. cit., p. 399.

[11] Jürgen Moltmann, “Iglesia misionera”, en La iglesia, fuerza del Espíritu. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1978 (Verdad e imagen, 51), p. 24.

viernes, 14 de junio de 2024

Armarse de Dios para el conflicto (II) (Efesios 6.14-17), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

16 de junio, 2024

Que la salvación los proteja como un casco, y que los defienda la palabra de Dios, que es la espada del Espíritu Santo.

Efesios 6.17, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

Un muy buen resumen sobre el conflicto espiritual que libran cotidianamente las y los creyentes en Jesucristo tal como lo presenta la carta a los Efesios es éste:

 

La batalla espiritual se libra, según Efesios, en todos estos frentes:

 

a) en la vida religiosa, cuando somos agradecidos, adoramos a Dios y vivimos para su gloria (1-3), en contraste con los ídolos de nuestra sociedad;

b) llenos del fruto del Espíritu (amor y humildad), manteniendo la unidad y practicando el servicio mutuo como pueblo de Dios (4.1-16);

c) ejercitando a diario el cambio de mentalidad (4.17-22);

d) revestidos como la nueva humanidad de Dios con verdad y justicia (4.23-24);

e) renunciando a las malas prácticas que destruyen la unidad del cuerpo (4.25-32);

f) viviendo sabiamente como hijos de luz y sociedad alternativa (5.1-14) y

g) modelando una nueva manera de vivir las relaciones familiares, en amor y entrega mutua (5.5-6.9).

 

En todos esos ámbitos se libra una batalla espiritual contra los poderes malignos de este mundo. Se libra con las armas de la humildad y el amor-servicio, haciendo la paz. Es una guerra sin tregua pero siempre con el poder del Espíritu.[1]

 

La imagen de la armadura divina proviene de Isaías (11.5, 59.17), ahora es la armadura romana “rediseñada”. El combate contra el mal enquistado en las estructuras sociales y humanas no se realiza mediante prácticas o actitudes de carácter mágico sino por la práctica constante de los valores y principios derivados del Evangelio del Reino de Dios, con todo lo que conlleva de exigencia, riesgo y, eventualmente, oposición y rechazo en diferentes niveles. La Iglesia, que era un movimiento terrenal en espera de la manifestación completa del Resucitado, también es una entidad cósmica y, por ende, en lucha contra entidades cósmicas. 

Mantenerse firmes en la verdad y en la justicia de Dios (6.14-15)

 

La estrategia cristiana no es darse a la fuga, despavoridos, sino enfrentar al maligno dejando que sea el mismo Dios quien desmantele y neutralice sus sutiles tácticas de combate. Contrario a toda lógica humana, se le vence con una actitud y desde una posición de aguante desafiante y proactiva, que ha de desarrollar con el tiempo y la experiencia una fe resiliente. Además, las huestes satánicas son enemigos ya vencidos y sometidos. Los efesios, antes de su conversión, estuvieron bajo el poder de los seres satánicos y de su líder (2.2), pero esa es noticia del pasado. El propósito divino es reunir “en Cristo” a todo el cosmos y colocarlo bajo su absoluta autoridad (1.10, 19-23). El poder de Dios fue ya mostrado en la resurrección de Jesús y su majestuosa instalación en el trono, a la derecha del Padre. Teológicamente peleamos contra un enemigo derrotado en la cruz.[2]

 

“Pablo describe algunas de las [partes] más importantes de la [armadura], pero al hacerlo introduce algunos valores anclados en el AT, que fortalecen la postura cristiana ante las situaciones difíciles de la vida, desafía modos de conducta tradicionales con respecto a la violencia y propone un lenguaje radicalmente diferente. Ante reiteradas y arraigadas muestras de mentira, injusticia, guerra, opresión y ‘evangelios’ de violencia en la sociedad, los efesios deben modelar un modo alternativo de vida”.[3] Tres son las partes de esa armadura que aparecen en principio: el cinto de la verdad (14a) , la coraza de justicia (14b) y los pies calzados con la disposición para predicar el evangelio de la paz (15). La asimilación alegórica concentra en esos elementos tres de las principales virtudes y valores que deben presidir la vida de quien lucha. Se trata de resistir espiritualmente los estratagemas y embates del maligno, sus huestes y las estructuras del mal presentes en el mundo.

La verdad, como parte del cinto, debe apretar y exigir permanentemente para que las creencias, los sentimientos y las acciones sean moldeados por ella. No es un anuncio filosófico, moralista o politiquero, o un concepto abstracto, es es una realidad que debe vivirse en amor, teniendo a Cristo como modelo y meta. La justicia debe proteger a los cristianos contra los ataques de la sociedad, así como la coraza protege aquella parte del cuerpo del soldado donde están los órganos vitales, es decir desde el cuello hasta el ombligo. En un mundo donde muchas veces predomina la injusticia, los efesios debeían recordar todo su accionar debe estar presidido por la justicia. Finalmente, el conjunto se completa con la disposición o presteza para proclamar un mensaje de reconciliación, armonía y unidad. “Esto es lo que el autor llama las buenas noticias de la paz. En la visión de Dios para el mundo, esto implica armonía total en la creación y el correspondiente castigo a los malvados. Proclamar el Evangelio es mucho más que reproducir […] la muerte y la resurrección de Jesús, invitar al arrepentimiento y la fe en Cristo. Implica también predicar un mensaje que, eliminando los prejuicios y las barreras sociales, propicie encuentros fraternos”.[4] 

El escudo de la fe y la espada del espíritu (6.16-17)

El cuarto elemento es la fe, entendida como confianza en Dios y en Cristo, “es el largo e impenetrable escudo protector que hay que tomar para protegerse de las violentas arremetidas de las fuerzas anti-dios (v. 16). Es más que una disposición mental. La fe de la que Pablo habla es aquella que los efesios han profesado en Jesús como Señor […] Esta fe liberadora es uno de los pilares fundamentales de la unidad y de las creencias cristianas (4.5), las cuales deben madurar, y cuya meta es el ser como Cristo (4.13)”. Esta fe es la que puede preparar y salvaguardar al cristiano de los feroces ataques del maligno, pues gracias a este escudo, las flechas ardientes se extinguen. La fe posibilita una relación saludable con Dios y con los demás y libra de todo aquello que atenta contra la salud integral”.[5]

Quinto, cada creyente debe tener una plena conciencia de que la salvación de la vida tiene a Dios como autor, ejecutor y garantía. Cristo la hizo real en la cruz, y la vuelve real y accesible para la humanidad. “Creer en esta verdad y colocar la esperanza en ella, es lo que significa ponerse ‘el casco de la salvación’ (v. 17a). La redención es una bendición de la que se disfruta por la fe en el presente, pero que a la vez aguarda su total cumplimiento”.[6] Finalmente, cada fiel cuenta con la espada del Espíritu (17b) que es la Palabra divina y debe saber utilizarla. “Esta ‘palabra’ es todo lo que Dios dice, exige y espera de sus hijos, tal y como se ha revelado en la Escritura (Is 11.4; 49.2; Os 6.5; Heb 4.12), revelaciones proféticas e himnos, el mensaje de los apóstoles o el Evangelio. No son las ideas preconcebidas o las convicciones personales”.[7] 

Conclusión

En este pasaje crucial, previo a la conclusión de toda la epístola, la única arma ofensiva es la “espada”, es decir la Palabra divina, la “espada del Espíritu”:

 

Es Dios quien lucha por nosotros con sus propias armas, y no nosotros mismos. Nosotros debemos simplemente anunciar un mensaje de verdad, justicia, paz, fe y salvación. Según Efesios, este espíritu que nos defiende es el sello que nos identifica como propiedad exclusiva de Dios y nos sirve de garantía (1.13; 4.30). Además es uno y unifica a la iglesia (4.3-4), posibilitando nuestro acceso al Padre (2.18), que es morada divina (2.22) y nos revela el misterio de salvación a todos los pueblos (3.5). Este mismo Espíritu purificó a la Iglesia por medio del bautismo (5.26) y tiene la capacidad para fortalecernos internamente (3.16). Antes que ofenderlo con nuestra conducta inapropiada (4.30), debemos llenarnos de Él hasta “la embriaguez” (5.18) y cultivar una íntima relación con Él por medio de la oración (6.18). La postura y el breve discurso profético de Pablo contra las arremetidas sociales son claros.[8] 

O como lo expresó Irene Foulkes: “La lucha por una paz justa y duradera debe buscar que las formas de lucha sean coherentes con este objetivo. La metáfora de la ‘armadura de Dios’ ofrece criterios para la selección de los medios: que las acciones que se emprenden sean honestas, justas, no violentas, creativas, de nuevas oportunidades para el florecimiento de la vida de todas las personas y grupos involucrados”.[9] 

Apéndice: Irene Foulkes

 

Este texto del mundo antiguo, que refleja a la vez la tradición cosmología helenística y la tradición apocalíptica judía acerca de las potencias espirituales, emplea términos referentes a autoridades políticas del Imperio Romano para crear una impresionante metáfora que ilustrar la fuerza que tiene “el mal” para dominar y dañar la vida humana. Este artificio literario sirve a la vez para descalificar y deslegitimar esas mismas autoridades opresoras. La percepción de este aspecto de Ef 6.10-12 contrasta con la interpretación “demonológica”, mencionada al principio de este estudio, que desemboca en las prácticas de una “guerra espiritual” contra espíritus particulares que presuntamente causan los males que afectan a individuos y a sectores enteros de la población. El papel de las autoridades y de los sistemas humanos, en la creación y perpetuación de esos males, es pasado por alto y los/las creyentes quedan desmovilizados/as como agentes del reino de Cristo (Ef 5.5) en el mundo real.

En cambio, si percibimos en este texto una incitación a las comunidades cristianas a emprender una lucha de resistencia activa, no violenta, contra las formas reales con que las instituciones y sistemas gobiernan la sociedad, imponen condiciones que deshumanizan y destruyen la vida de ciertos sectores de la población, podemos construir sobre esa base una praxis cristiana actual de discernimiento y acción social y política. Con los descriptores aplicados a las diferentes piezas de la armadura encomendada para esta tarea se señalan las cualidades y valores que deben caracterizar a las personas y las comunidades que encaran a estos potentes adversarios. “La resistencia de los cristianos no consiste en responder a los poderosos con sus armas. El cristiano solamente depende de la verdad, de la justicia, del evangelio, de la fe y de la palabra de Dios. Con ellos puede resistir de una manera eficaz a los opresores del mundo. Su resistencia no es caer en la misma lógica de la retribución violenta, sino responder a la opresión con la nueva lógica que el reinado de Dios va haciendo irrumpir en este mundo”.[10]

Los valores citados proveen también los criterios para que los/las creyentes que se involucran en esta lucha definan los cambios que deben exigir a las estructuras que gobiernan la sociedad. Sin embargo, cuando estas estructuras rechazan, sea de manera sutil o abiertamente agresiva, a transformar su praxis, la lucha tiene que seguir y este texto simbólico es capaz de provocar una esperanza que dé “el coraje y la fuerza contra el derrotismo y el abatimiento frente al mal… y la fuerza para imaginar algo diferente”.

El plan de Dios (Ef 3.10) para las comunidades cristianas del mundo antiguo, formadas mayormente por personas sin capacidad para ejercer mucha influencia en el mundo, no las reducía ni a una pasividad sumisa ante los poderes del mal que imperaban en su medio, ni a una asimilación inconsciente de sus valores deshonrosos. Debían encarnar en su propia vivencia de grupo una visión alternativa de cómo un pueblo puede vivir en forma digna, no discriminatoria ni explotadora sino en paz. Hoy, esta vocación sigue vigente.[11]



[1] Mariano Ávila Arteaga, Efesios. T. II. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2018, pp. 205-206.

[2] Aquiles Ernesto Martínez, “‘Firmes y de pie’. Violencia, resistencia y contra-discurso en Efesios 6.10-20”, en RIBLA, núm. 68, 2011/1, p. 105.

[3] Ibid., p. 106.

[4] Ibid., p. 107.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ibid., pp. 107-108.

[8] Ibid., p. 108.

[9] I. Foulkes, “Autoridades, potestades, dominios… ¿Qué hacer con ‘los poderes’ en Efesios?”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 68, 2011/1, p. 139. Cf. , Hendrikus Berkhof, Cristo y los poderes. Grand Rapids, TELL, 1985 y Albert H. Van den Heuvel, Estos rebeldes poderes. Montevideo, ULAJE, 1967.

[10] Antonio González, Reinado de Dios e Imperio. Santander, Sal Terrae, 2003, p. 272.

[11] I. Foulkes, op. cit., pp. 141-142.

viernes, 7 de junio de 2024

Armarse de Dios para el conflicto (I) (Efesios 6.10-13), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

9 de junio, 2024

Protéjanse con la armadura que Dios les ha dado…

Efesios 6.11a, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

Hace pocos días el reelecto presidente salvadoreño Nayib Bukele afirmó que su gobierno ganó una “guerra espiritual” contra las pandillas lo que permitió una pacificación en esta nación que en algún momento fue señalada como “la capital mundial del crimen”. Dijo, además, que las pandillas eran satánicas y que fue un verdadero milagro haber apaciguado al país: “La principal arma que usó para combatir a las pandillas fue ‘orar’. ‘Nuestra impresionante victoria se debió a que ganamos la guerra espiritual muy, muy rápido’”, aseguró.[1] Pero ¿qué es en sí la llamada “guerra espiritual”, un concepto abiertamente religioso que en labios de un gobernante sonaría bastante fuera de lugar. Se trata de la creencia en que los/as seguidores de Cristo están en un permanente conflicto con los principales opositores espirituales (Satán, ángeles caídos, espíritu malignos) a los planes y acciones de Dios. Así se caracterizado así la enseñanza bíblica acerca de la oposición espiritual al proyecto divino de salvación. El problema consiste en que todo lo que hacen la iglesia y los creyentes gire alrededor de esa idea, como bien se ha analizado:

 

El tema de la lucha espiritual caracteriza la historia bíblica desde su principio hasta el final. Esta realidad ha llevado a algunos cristianos prácticamente a comprender la vida y la misión de la iglesia en términos de una guerra espiritual. Generalmente, estos sectores de la iglesia conciben el conflicto espiritual como una lucha contra los poderes invisibles del mal, los que son identificados como demonios, ángeles caídos, huestes espirituales malignas, emisarios y agentes espirituales de Satanás, el principal entre ellos; sin embargo, poca, o ninguna, atención prestan a las manifestaciones humanas y concretamente estructurales de los poderes del mal.[2] 

La “guerra espiritual” está en íntima relación con el concepto paulino alusivo a los “principados y potestades” (archaí kaí exousíaí; Ef 3.10), una frase tomada por el apóstol del lenguaje político de la época que de ese ámbito pasó al mundo supraterreno en asociación con otros términos.[3] Hoy se asocia, en algunos sectores evangélicos aficionados al tema, a palabras tales como: guerra espiritual estratégica, centros de poder, demonología, reprender, atar, amarrar, espíritus territoriales, etcétera.[4] 

Mantenerse firmes en el Señor y en el poder de su fuerza (6.10-11)

La exhortación dominante del pasaje es a “mantenerse firmes” en todo lo que representa el Señor Jesucristo para beneficiarse del poder de su fuerza (v. 10). Es necesario, agrega, “revestirse de toda la armadura de Dios” para hacer frente a todas las argucias del diablo (v. 11).

 

Se percibe en este texto una condena del mal que operaba a través de estructuras y prácticas opresoras de la civilización greco-romana, las cuales destrozaban la vida de la vasta mayoría de la población. Sin obviar las manifestaciones del mal a nivel individual, esta interpretación se dedica principalmente a mostrar las dimensiones estructurales del mal que campean en el mundo actual y a sugerir cómo enfrentar esas estructuras y el mal perpetrado o facilitado por ellas, según las pistas que se encuentran en la metáfora de la “armadura de Dios” de los vv. 13-17.[5] 

Echar mano de toda la armadura de Dios (6.12-13)

El v. 12 es bastante prolijo para referirse a esas fuerzas malignas: “La batalla que libramos no es contra gente de carne y hueso, sino contra principados y potestades [archás, exousías], contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo [kosmokrátoras tou skótous], ¡contra huestes [fuerzas] espirituales de maldad en las regiones celestes [ta pneumátika tes ponerías en tois epouraníois]!”. “San Pablo evoca a las misteriosas Potencias que ejercían su acción sobre el mundo, a menudo de forma tiránica, antes de la venida de Cristo. Cristo las derrotó por su resurrección, pero su derrota no está consumada, de manera que siguen oponiéndose como rivales, al menos en el espíritu de cierto número de creyentes”.[6] Irene Foulkes subraya: “Al ser calificados como ‘del aire’ (2.2),’“de las regiones celestiales’ (3.10; 6.12) y ‘de las tinieblas’ (6.12), estos poderes trascienden su manifestación dentro de las situaciones concretas de la sociedad. En esta cosmología son, al mismo tiempo, ‘de este siglo/mundo’ (1.21; 6.12) y de más allá de este mundo”.[7]

Ella misma agrega: “Dentro del marco cosmológico conocido, pero con el correctivo del postulado hebreo de un solo Dios supremo, todopoderoso y al mismo tiempo relacionado con el mundo material y los seres humanos, la fe judeo-cristiana subordinó a todas las demás entidades espirituales y usó aquí en Efesios el mismo lenguaje mítico para demonizar a las autoridades dominantes que marginaban y explotaban a los habitantes de todo el Imperio”.[8] Esta deconstrucción crítica y profética, al señalar a estas fuerzas enfáticamente, intentaba “neutralizar neutralizar su poder de intimidar a los grupos cristianos e impedir sus esfuerzos por vivir según el modelo de Jesucristo y crear comunidades alternativas donde la ‘bondad, justicia y verdad’ (Ef 5.9) sustituyan al egoísmo y la avaricia (5.1-6.9)”.[9] Sorprende este vocabulario bélico en una epístola que exalta la obra de Cristo, “nuestra paz”, quien creó “una nueva humanidad al hacer la paz” entre pueblos enemistados y “proclamó la paz” a todos (Ef 2.14-17), pero es necesario afrontar el conflicto con base en el poder divino que garantiza el triunfo individual y colectivo. 

Conclusión

 

Al evocar las Potencias, Pablo pensaba en las energías que se manifiestan en el mundo, energías cósmicas y destino, autoridades políticas necesarias pero a menudo tiránicas, fuerzas instintivas y oscuras que dirigen el comportamiento de los hombres. Hoy hablamos de ideologías que engendran “estructuras de pecado”. El mensaje del Nuevo Testamento no recae sobre el análisis de las leyes que dirigen el cosmos y el devenir de las sociedades: es un mensaje de liberación en Cristo. Contra todos los fatalismos que provocan el pesimismo y el desánimo, Pablo no cesa de decirnos que Cristo nos ha liberado de toda servidumbre, de la servidumbre del destino y de la servidumbre de la Ley, y que nos ha abierto el camino real de la agapé.[10] 

Estas estructuras de pecado son las que hoy deben ser combatidas con el vigor del amor, la solidaridad, la confianza y el compromiso que produce la fe en Jesucristo en las comunidades que desean seguirlo de verdad. La exigencia es doble, porque la parte positiva viene siempre del Señor, obviamente, pero la parte negativa es aquella en la que debe mostrarse con toda su intensidad la fuerza y la eficacia de la fe transformadora y de la radicalidad del Nuevo Ser que puede producir Jesucristo en el mundo a través de su iglesia.


Schlier, p. 383


[1] “Bukele sobre las pandillas: ‘Ganamos la guerra espiritual’”, en Deutsche Welle, 6 de junio de 2024, www.dw.com/es/bukele-dice-que-las-pandillas-son-sat%C3%A1nicas-y-que-or%C3%B3-para-acabar-con-ellas/a-69289233

[2] Juan Driver, “Uma visión bíblica de la guerra espiritual”, en Anabaptist World, 15 de agosto de 2029, https://anabaptistworld.org/una-vision-biblica-de-la-guerra-espiritual.

[3] Edouard Cothenet, “Las potencias según san Pablo”, en Las cartas a los colosenses y a los efesios. Estella, Verbo Divino, 1994 (Cuadernos bíblicos, 82), p. 26.

[4] Esteban Voth, “La guerra espiritual: ¿realidad o ciencia ficción?”, en La guerra espiritual: ¿realidad o ficción? p. 9.

[5] Irene Foulkes, “Autoridades, potestades, dominios… ¿Qué hacer con ‘los poderes’ en Efesios?”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 68, 2011/1, p. 131.

[6] E. Cothenet, op. cit.

[7] I. Foulkes, op. cit., p. 133.

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] E. Cothenet, op. cit., p. 27.

sábado, 1 de junio de 2024

Relaciones laborales sanas y edificantes (Efesios 6.5-9) , Pbro. L. Cervantes-Ortiz

2 de junio, 2024

También ustedes, amos, deben tratar a sus esclavos con igual respeto, y sin amenazas. Recuerden que tanto ustedes como ellos pertenecen al mismo dueño. Ese dueño es Dios, que está en el cielo, y él no tiene favoritos.

Efesios 6.9, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

Las relaciones laborales siempre han sido un gran desafío para la fe bíblica y cristiana. Un postulado que atraviesa las Escrituras desde el principio es la necesidad de que las relaciones entre amos o patrones con los siervos, esclavos, empleados u obreros deben ser lo más dignificantes y respetuosas dentro de lo posible. En el Antiguo Testamento se buscaba superar la esclavitud de diversas maneras (Éxodo 21.1-11). En el Nuevo Testamento, fue precisamente el apóstol Pablo quien afrontó el dilema de debatir cómo debían comportarse los amos cristianos con sus esclavos o siervos, fueran cristianos o no. Además de Efesios 6.5-9, en Colosenses 3.22-41 también expone el problema. Efesios reproduce lo escrito en Colosenses con algunos matices diferentes. En la carta a Filemón discute abiertamente el caso de un amo cuyo esclavo escapó de su control y, al convertirse a la fe cristiana, fue exhortado a volver con él, pero en medio de nuevas condiciones de convivencia. La esclavitud era una institución totalmente justificada en su tiempo, tal como lo afirmó Aristóteles en la Ética nicomaquea: “El esclavo es una herramienta viva y la herramienta es un esclavo sin vida”.

 

Este sistema social se legitimaba teológicamente como expresión de la voluntad de los dioses. Las mujeres, los niños y los esclavos nacían en esa condición porque así lo habían determinado los dioses. Estaban predestinados a ese estatus en la vida que por ello era inviolable e inalterable. […]

El trato que los esclavos recibían dependía mucho de las costumbres sociales que les consideraba poco menos que animales, de bajo rango, e infrahumanos. Su estatus jurídico era el de propiedad de sus amos y las ideologías político religiosas usaban cierto sentido de fatalidad y predestinación: los esclavos fueron creados para servir a otros; esa era su suerte y lugar en el mundo. Las ideologías mantenían el statu quo prevalente y legitimaban y perpetuaban la realidad creada por los poderosos.[1] 

La exhortación a la obediencia para los esclavos (6.5-8)

Como en el caso de las esposas e hijos, esta sección comienza dirigiéndose a los esclavos y luego señala los deberes de los amos. El mandato principal a los esclavos, obedezcan, es calificado por algunos elementos importantes que describen la manera en que tal obediencia debía expresarse (vv. 5-8). Las indicaciones concluyen con un enunciado que ofrece una alta motivación y la razón última de la obediencia del esclavo cristiano: su recompensa viene del Señor. El pasaje daba por sentado que los esclavos y los amos eran cristianos (para las instrucciones a esclavos cristianos con amos que no lo eran: I Pedro 2.18-21). En las primeras congregaciones cristianas había muchos esclavos y esclavas, así como libertos y personas libres. Todas escuchan ahora el mensaje para las relaciones en la “casa-empresa”.

Siete son los componentes que se agregan a la exhortación: con respeto y temor (5a); con integridad de corazón (5b); “como obedecen a Cristo” (5c); de manera continua, no por ser vistos (6a) sino “como esclavos de Cristo”; de buena gana (7a); como quien sirve al Señor (7b); y por el premio a recibirse, se fuera libre o esclavo (8). Esta última afirmación es crucial puesto que “Dios mide con la misma vara y juzga de la misma manera a los siervos y a los amos. Para Dios no hay diferencia entre una persona y otra. Todos somos iguales ante sus ojos”.[2] Ahora, ambos son liberados, los amos y los esclavos:

 

Pablo introduce aquí un elemento que socava dicho sistema de patronazgo y busca transformar y redimir la parte cualitativa de dicha relación. Aún en una relación tan opresiva, el esclavo debe superar sus rencores y odios hacia el patrón y darle un servicio de calidad, sincero y generoso. Eso humaniza al patrón tanto como al esclavo. Le imprime

a esa relación una cualidad no vista en aquellos tiempos. Redime una relación de explotación y abuso, desarmando al patrón con una actitud inusitada y desconcertante. El patrón recibe de sus esclavos y esclavas un servicio sincero e íntegro que no merece y que le desconcierta. No es tanto el trabajo hecho como la actitud renovada, que ahora considera al patrón como persona digna de recibir el mejor y más dedicado servicio.[3] 

Los amos también debían someterse a Cristo (6.9)

La sumisión mutua se vuelve a subrayar al inicio del v. 9: los amos o señores (gr. kurioi) tenían una obligación moral y laboral hacia sus esclavos; debían tratarlos con suma consideración y respeto, poniendo de relieve su dignidad humana y su calidad de hermanos en la fe, lo cual debía ser suficiente para sacudir aquella sociedad esclavista. Aunque legalmente eran dueños de los esclavos, no debían actuar como si su vida estuviera a expensas de sus caprichos o de su humor: “También los amos […] deben imbuirse del conocimiento de que ellos, lo mismo que sus esclavos, y juntamente con sus esclavos, están sometidos a un Señor y Juez celestial insobornable, y serán juzgados por él. Él juzga con justicia. Para él no hay acepción de personas [discriminación]”.[4] El verdadero dueño de ambos, amos y esclavos, está en el cielo.

 

Al corresponder a la misma actitud de sus esclavos, los amos se encuentran en una posición compleja. ¿Cómo corresponder a una actitud de sincero servicio y de completa y desinteresada entrega y búsqueda del bien del amo? ¿Qué implica hacer lo mismo para ellos? ¿Hasta dónde llega esa correspondencia? Cuando el amo adopta con humildad la misma actitud de kenosis que asumió Jesús, dejando su lugar alto y privilegiado para dar incluso su vida por el bienestar nuestro, ya se ha liberado a sí mismo y está en el camino insospechado de liberar a los demás.[5] 

Conclusión

 

La exhortación del apóstol no es crítica social. Es mucho más que eso. Aun en los casos en que contempla convivencia de las personas, es un llamamiento a los miembros del cuerpo de Cristo, que hace mucho tiempo que —en Cristo— moran en la oikía y polis celestiales, para que vivan precisamente allí en el ámbito terrenal, una vida que corresponda a lo que son. [...] Cuando el esclavo obedece a su amo con temor y temblor, con sencillez de corazón, de buen grado y con empeño, porque —a través de su amo— ve a Cristo el Señor recibiendo tal obediencia y servicio, y cuando el amo trata bien al esclavo, teniendo conciencia de que ambos tienen un Señor común y Juez insobornable, entonces la esclavitud queda ya superada desde dentro. Su supresión como institución social será consecuencia y prueba de que ha habido esta superación. Pero la esclavitud volverá a resurgir, aunque camuflada, allá donde termine esa superación interna.[6]



[1] Mariano Ávila Arteaga, Efesios. T. I. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2018, pp. 28-29.

[2] M. Ávila Arteaga, Efesios. T. II, p. 192.

[3] M. Ávila Arteaga, Efesios. T. II, p. 186. Énfasis original.

[4] H. Schlier, Carta a los efesios. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991, pp. 376.

[5] Ibid., p. 193.

[6] H. Schlier, op. cit., pp. 377, 378. Énfasis agregado.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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