jueves, 5 de junio de 2025

El endurecimiento de los adversarios del pueblo (Éxodo 14.1-4), Pbro. Merari J. López Acero


1 de junio, 2025

Introducción: una teología en camino

Hoy nos reunimos para celebrar los 50 años de este caminar comunitario, medio siglo de historias, búsquedas, luchas, silencios, certezas y preguntas. No es poca cosa. Cincuenta años donde muchos han sembrado, otros han cosechado, y otros más —como hoy— simplemente hemos tenido el privilegio de caminar junto a ustedes. Quiero comenzar expresando mi profundo agradecimiento por haber sido parte de este trayecto como pastor. Mi tiempo aquí no solo dejó huella en mí, sino que me sigue convocando a pensar, a debatir con Dios, a construir desde las veredas menos exploradas, a seguir caminando, pues.

En estos días especiales hemos escuchado ya dos voces que nos han recordado verdades fundamentales: el pastor Leopoldo Cervantes-Ortiz nos invitó a “practicar el bien por encima de todo” y el Pbro. Miguel Ortiz nos desafió a “administrar bien la multiforme gracia de Dios”. Ambas predicaciones nos sitúan frente a una ética cristiana viva, encarnada, donde hacer el bien y administrar la gracia no son conceptos abstractos, sino caminos concretos, desafiantes, cotidianos. Caminos que no siempre son rectos ni fáciles, pero que se recorren con fidelidad.

Hoy me presento no sólo como quien fue su pastor, sino como alguien que sigue reflexionando, que hace teología desde la ciencia, la historia, la materia, el cuerpo, el éxodo. Me interesa una teología del camino: una visión donde Dios no es un ser absoluto, inmutable, inmóvil, sino el que camina con su pueblo, que se revela en la historia, en el cambio, en la creación. Un Dios que no se atrinchera en doctrinas fijas, sino que se deja.

Esta teología no parte de respuestas, sino de preguntas; no se instala en la cima de la certeza, sino en la intemperie del éxodo. Frente a un mundo que busca seguridad, esta mirada propone confianza. Frente a la tentación de definirlo todo, esta fe abraza el misterio. Como diría Croatto, “la fe es un verbo que camina, no un sustantivo que se define”. Como diría Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Y sin embargo, en ese silencio... seguimos caminando. El Dios del camino no habló y se escribió y eso fue todo, no no no, sigue hablando, porque seguimos caminando.

Y si seguimos caminando, es porque el texto —la Escritura— no es una muralla de certezas sino una tienda de campaña. No está anclado en piedra, sino que se despliega, se desmonta y se vuelve a levantar donde el pueblo lo necesita. En la dispersión —y también en el aniversario— el texto es patria. Como dijo Hans de Wit: “En la diáspora, el texto es patria”. Una patria portátil, viva, que acompaña, que no impone, sino que sostiene. El texto no es el destino final: es el mapa que nos permite perdernos con esperanza.

Y hoy caminamos con el texto de Éxodo 14. Porque ahí, en medio del mar que aún no se abre, en la tensión entre el avance y el miedo, entre la promesa y la persecución, se nos revela algo más que una historia antigua. Se nos revela una lógica divina distinta: una que transforma el caos en creación, que convierte la entropía en esperanza, que endurece al poder sólo para abrir un camino al pueblo.

Caminemos juntos por este pasaje. No como quien ya sabe, sino como quien vuelve a oír. No como quien repite, sino como quien se deja leer por el texto. Porque en la dispersión —y también en el aniversario— el texto es patria. Y el Dios del Camino sigue hablando.

I. El Dios que provoca movimiento (Éxodo 14.1-4)

El texto narra una escena tensa: el pueblo desea avanzar hacia la libertad, mientras Faraón teme perder el control que ese pueblo significaba para su imperio. Así se forma la tensión. No porque Dios la provoque deliberadamente, sino porque así funciona la vida: cada decisión, cada deseo humano legítimo, genera impactos, resistencias, contrapresiones. El deseo de libertad afecta a quienes se benefician de la esclavitud. Así nacen los conflictos.

Éxodo 14 nos muestra este momento de quiebre. El pueblo no está cometiendo un error: simplemente quiere caminar. Y al querer caminar, se enfrenta al miedo de quienes prefieren que todo siga igual. En ese cruce de caminos, el movimiento no siempre parece sensato. A veces incluso parece retroceso. Pero es ahí donde comienza la posibilidad de algo nuevo. Desde una lectura teológica, esto nos conecta con cómo funciona la creación misma. En el universo, el movimiento tampoco nace del equilibrio perfecto, sino del desequilibrio, de la tensión entre fuerzas. La segunda ley de la termodinámica nos recuerda que en un sistema cerrado, la entropía —el desorden— siempre aumenta. Esto no es trágico: es creativo. Porque si todo estuviera en equilibrio, nada se movería. La vida, como la historia, avanza cuando algo se desequilibra.

Así también en nuestras vidas. Cuando surgen tensiones —en la familia, en el trabajo, en nuestras convicciones— no siempre es señal de que algo va mal. A veces es señal de que algo está por nacer. El caos no es una amenaza: es la materia prima. El caos no es ausencia de Dios: es el taller donde se forjan los caminos nuevos.

Y más aún: el principio de incertidumbre de Heisenberg, desde la física cuántica, nos recuerda que no es posible conocer con precisión simultánea la posición y la velocidad de una partícula. El universo tiene una dosis incorporada de indeterminación. No es un problema de ignorancia humana, sino una cualidad del cosmos. Así también funciona la fe: no todo se puede controlar o anticipar. A veces hay que caminar sin mapa, con promesa. La fe no nos da certeza total, pero sí dirección.

El pueblo de Israel no tenía un mapa. Tenía una promesa. Y aunque el mar no se había abierto aún, siguieron caminando. Porque algo dentro de ellos —el deseo de libertad, la memoria de la promesa, la esperanza sembrada por siglos— los empujaba hacia adelante. Faraón, en cambio, representa la rigidez. El deseo de que nada cambie. Pero en la historia de Dios, lo que se endurece, termina cediendo. La oscuridad más densa anuncia la llegada del día. La opresión más violenta anuncia su propia caída.

Por eso, Éxodo 14.1-4 no nos habla de un Dios que complica el camino, sino de un Dios que camina con su pueblo cuando la vida misma crea complejidad. Un Dios que no elimina el caos, sino que lo transforma en senda. Un Dios que no anula el conflicto, sino que lo convierte en movimiento. Y ese movimiento, aunque incierto, es sagrado. Porque el Dios del Camino no paraliza: acompaña. No bloquea: abre. No impone: invita.

El caos, entonces, no es el final. Es el comienzo. Es el temblor que antecede al paso. Es la señal de que estamos vivos. Que algo se está moviendo. Que algo —aunque aún no visible — ya está naciendo.

Es urgente, por tanto, mirar a Dios y a la Biblia desde otras perspectivas. La teología no puede quedar fijada en marcos inmutables, cuando el mundo, con sus múltiples formas de dolor y esperanza, está pidiendo a gritos otras voces. Es necesario un pensamiento que se atreva a reinterpretar, a avanzar desde la experiencia, la historia y la dignidad humana. Necesitamos una teología que no repita, sino que escuche; que no se encierre, sino que camine.

• También nuestras familias piden otra manera de mirar. Necesitamos que los padres escuchen más a sus hijos, que las iglesias escuchen a los no creyentes, que los pastores hablen menos y escuchen más a las ovejas. Necesitamos volver a entender en qué mundo estamos, porque definitivamente no es el mismo. Y es por eso que nuestras palabras ya no hacen eco en aquellos a quienes queremos hablar o aconsejar. El lenguaje viejo no alcanza para nombrar los nuevos dolores.

 

• Desde ahí, la siguiente confrontación que presentarè nace como una respuesta a la necesidad de volver a pensar incluso los textos más difíciles. El texto de Éxodo 14.1-9 afirma, sin ambigüedades, que fue Dios quien endureció el corazón de Faraón. Esta declaración ha generado, durante siglos, perplejidad teológica y debates hermenéuticos: ¿puede Dios provocar deliberadamente el mal, el sufrimiento o la opresión? ¿Puede el Dios de la vida endurecer el corazón de alguien para impedir la libertad de su pueblo? ¿Qué clase de Dios estaría actuando en ese escenario?

• Desde una lectura literal, Dios parece ser el agente de la obstinación de Faraón. Sin embargo, la teología contemporánea, especialmente aquella influenciada por la hermenéutica crítica y situada, propone otras formas de entender esta tensión. La historia no debe leerse solo desde su redacción final, sino desde su contexto cultural, desde la intención pedagógica del texto y desde lo que hoy sabemos del mundo, de Dios y del ser humano.

• Una clave hermenéutica posible es entender que los textos antiguos reflejan no solo la acción de Dios, sino también la comprensión que los pueblos tenían de Dios en sus contextos históricos. El autor de Éxodo, escribiendo desde una cosmovisión teocéntrica, interpreta la resistencia de Faraón como parte del plan divino, incluso si esa interpretación hoy nos resulta desconcertante. No hay que confundir inspiración con dictado literal. La Escritura es Palabra de Dios en lenguaje humano, y por tanto, también con las limitaciones y cosmovisiones humanas. 

•  Desde la "teología del camino", se nos ofrece una perspectiva crucial para entender las dinámicas de resistencia frente a la acción liberadora: la acción divina no se concibe como una imposición absoluta, sino como un acompañamiento constante y una apertura de posibilidades. En esta visión, Dios no manipula las voluntades humanas, sino que camina junto a sujetos libres, incluso cuando estos, en su libertad, eligen caminos de opresión. Así, el tan debatido "endurecimiento" del corazón de Faraón no se interpreta como una intervención divina externa y mágica, sino como la consecuencia intrínseca de su propio miedo, su arraigado apego al poder y su tenaz resistencia al cambio. Si bien el texto bíblico lo atribuye directamente a Dios —una práctica común en una cosmovisión donde toda causalidad última se remitía a la divinidad—, hoy podemos leerlo desde otro lugar, reconociendo la complejidad de la agencia humana y las consecuencias de sus elecciones. Esta resistencia del poder se manifiesta con crudeza en la reacción de Egipto, la cual no es racional, sino que refleja el pánico visceral del poder ante la amenaza de la libertad. De manera análoga, una iglesia que verdaderamente sirve, acoge y promueve la liberación, a menudo despierta el rechazo de aquellos que necesitan imperiosamente que todo permanezca igual. Es en este complejo escenario de liberación y resistencia donde las palabras de Paulo Freire adquieren una resonancia especial: “Los oprimidos deben liberarse a sí mismos, y a los opresores”, recordándonos que la verdadera libertad implica una transformación profunda para todos los involucrados. 

• A la luz del pensamiento crítico y la ciencia contemporánea, sabemos que el universo opera desde leyes de interacción, tensión y libertad. Así como el caos genera condiciones para el movimiento, también las decisiones humanas crean reacciones en cadena. El deseo de libertad del pueblo hebreo no nace en un vacío: es una respuesta a la opresión, y esa respuesta provoca, inevitablemente, una reacción en los que detentan el poder. No es que Dios quiera el sufrimiento: es que toda lucha por la libertad incomoda al que domina.

• Por tanto, reinterpretar el "endurecimiento" como una forma literaria de explicar la resistencia de los poderosos ante la justicia, nos permite sostener una imagen de Dios coherente con el evangelio: un Dios que libera, no que oprime; que camina, no que manipula; que propone, no que fuerza. 

• En este sentido, el texto nos desafía a dejar de usar a Dios como justificación de las desgracias y a asumir nuestra responsabilidad en la historia. Dios sigue actuando, pero no desde los palacios, sino desde las veredas. Y allí, el texto sigue siendo patria, pero no una patria de imposición, sino de interpretación, de caminata compartida. Porque, como dijo Hans de Wit: "En la diáspora, el texto es patria". Pero no una patria estática. Sino una tienda de campaña que se arma y se repliega, según el viento, el desierto y la marcha.

• Así, aun cuando el texto diga que Dios endureció el corazón del Faraón, nosotros sabemos que ese corazón se endureció porque temía. Y el miedo es lo último que se entrega cuando el mundo cambia. Pero Dios sigue caminando. Y sigue invitando.

II. El Dios que acompaña en medio del mar y del miedo (Éxodo 14.1–5)

• ¿Qué significa que Dios camina con nosotros? ¿Cómo podemos saber que su presencia está ahí cuando el mar está enfrente y el enemigo detrás? ¿Dónde está Dios cuando el futuro es incierto y cada paso parece una amenaza? Estas preguntas resuenan en el corazón de quienes, como el pueblo en Éxodo 14, se sienten atrapados, confundidos, agobiados por decisiones que no comprenden o peligros que no pidieron. 

• El pueblo de Israel se encuentra frente al mar, sin salida aparente. Y detrás, Faraón viene con todo su ejército. Hay ansiedad, miedo, desesperanza. No hay señales claras, no hay certezas. Hay incertidumbre. 

• Y sin embargo, Dios está. No como quien anula el conflicto, sino como quien lo habita. Como quien camina en medio. No siempre como el que habla desde una zarza, sino como el que guarda silencio, pero no se ha ido. Como el que está al lado, respirando junto a nosotros el mismo polvo del desierto. 

• Aquí es donde la ciencia puede iluminarnos con una belleza inesperada. En física cuántica, el principio de incertidumbre de Heisenberg nos recuerda que no podemos conocer con precisión el futuro de una partícula: ni su velocidad ni su posición exacta. El universo no es predecible. No todo se puede anticipar. Vivimos en un cosmos de probabilidades, no de certezas. 

• Y esto es profundamente espiritual: caminar con Dios no es tener certeza del camino, es confiar que, aunque no veamos la salida, hay una promesa de compañía.

• En este punto se revela el corazón de esta reflexión: Entonces, la pregunta no es si Dios va a abrir el mar. La pregunta es: ¿me atrevo a caminar cuando todavía está cerrado?

• Ésta no es solo una frase poética; es una interpelación vital. Nos confronta en los momentos donde todo parece bloqueado, donde las soluciones no aparecen y lo único que tenemos es una promesa no confirmada. Esta pregunta resume la esencia de la fe auténtica: caminar antes de ver, avanzar sin garantías, amar sin seguridades, decidir cuando todo tiembla. ¿Y si el milagro está del otro lado del paso, pero no antes

• Y aquí algo clave: el milagro no llega antes del paso, llega con el paso. El milagro lo provocamos nosotros al atrevernos a caminar. Llegar al mar era vital para que tuviese sentido que se abriera. Si el pueblo se hubiera detenido, no habría historia. Si tú te detienes, no hay apertura.

• Yo doy un paso... y el milagro también lo da conmigo. Las personas más exitosas, más plenas, más sabias, no son las que lo tuvieron fácil, sino las que caminaron cuando todo estaba en contra. Hasta para tener suerte hay que estar listos, hay que saber qué hacer con las oportunidades que se presentan. • Avanzar es vital para que las cosas sucedan. En realidad, el milagro es fe, porque uno avanza, pero avanza creyendo en uno mismo también, y entonces, cuando todo el escenario está puesto, ocurre ese 1% mágico. Y vean que digo 1%... porque no hay más. Lo demás lo hemos hecho caminando junto con Dios.

• Salir de los problemas, de los conflictos, de la depresión, de las visicitudes... de eso se sale avanzando, familia. No solo orando, no solo pidiendo, no rindiéndose: avanzando.

• Dios acompaña en ese instante. No desde una torre de control celestial, sino desde el polvo, desde el temblor, desde la duda. Dios no siempre es quien disuelve el conflicto, pero sí quien hace camino dentro de él.

• Por eso, Éxodo 14.1-5 no nos dice que la fe elimina el caos. Nos recuerda que la fe se ejerce en medio del caos. Que el caminar es valioso incluso cuando aún no hay milagro. Que Dios está allí, donde el mar todavía no se ha abierto y la historia no tiene final escrito.

• Ese es el Dios que camina: no el que dicta el guion desde lejos, sino el que se mezcla con nuestras preguntas, el que no endurece los corazones, sino que nos susurra valentía mientras el miedo ruge.

• Y si tú también estás frente al mar, con tus propios ejércitos pisándote los talones, que sepas esto: Dios no se ha ido. Sigue caminando contigo. Y eso, aunque no lo veas, ya es esperanza.

III. El caos como escenario de fe (Éxodo 14.1-5)

A estas alturas de la historia, todavía no ha ocurrido el milagro. El mar sigue cerrado. Los carros de Faraón se acercan. El polvo se levanta. El pueblo grita. La pregunta entonces ya no es si Dios camina con nosotros. La pregunta es: ¿cómo sostener la fe cuando todo lo que nos rodea es incertidumbre, ruido, y caos?

En este momento, el texto bíblico no da una solución inmediata. Lo que da es un escenario profundamente humano: tensión, temor, desconcierto. Y sin embargo, ahí mismo —en ese lugar de desorden— es donde se gesta la posibilidad de fe.

Y aquí, nuevamente, la ciencia puede ayudarnos a pensar. Hay una ley fundamental en la física llamada Segunda Ley de la Termodinámica. Esta ley afirma que todo sistema tiende al aumento de entropía, es decir, al desorden. El universo no tiende al orden perfecto, sino al caos creciente. Parece una mala noticia... pero no lo es.

Porque del caos han surgido todas las formas de belleza. Las galaxias se formaron de nubes caóticas de polvo. Los ecosistemas complejos emergen del aparente desorden de la biología. El cerebro humano, con toda su potencia, es el resultado de millones de conexiones impredecibles. El caos es, muchas veces, el taller secreto donde la vida toma forma.

Y eso también lo dice la Biblia, aunque con otro lenguaje: el Espíritu de Dios se movía sobre la faz del abismo, del desorden primigenio. El caos no es el enemigo. El caos es el punto de partida.

La fe, entonces, no es negar el caos, ni tampoco salir de él corriendo. La fe es mirar el caos, reconocerlo, atravesarlo, y seguir caminando. Como dijo Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”. En nuestras vidas también hay caos. No solo el externo —las guerras, las crisis económicas, la violencia— sino el interno: las dudas, los duelos, las pérdidas, las contradicciones. Y es allí donde Dios no huye. Allí donde Dios no se esconde. Es allí donde Dios se revela.

No hay fe sin caos. No hay resurrección sin cruz. No hay apertura del mar sin primero sentir que nos ahogamos. Por eso, Éxodo 14 no es solo una historia de liberación.

Es una pedagogía de la fe realista: una que reconoce el caos, lo transita, y descubre que allí también está Dios. ¿Y qué significa esto para nosotros hoy? Que no debemos temer a las etapas de caos. Que no debemos huir del desorden como si fuera señal de que algo está mal. Al contrario, el caos puede ser un indicador de que algo nuevo está por nacer.

Si tu vida está en caos, si tus relaciones están tensas, si tu espiritualidad está en crisis, si tu mundo está revuelto... quizás estás en el umbral del mar. No te detengas. No huyas. No desesperes. El caos no se resuelve con respuestas rápidas. Se atraviesa con pasos valientes. Y cuando esos pasos son guiados por una fe que no busca el control, sino la confianza, entonces el caos deja de ser amenaza y se convierte en camino. Porque el caos no es ausencia de Dios. Es su materia prima.

Avanzar en el caos es una forma de adoración. Es creer que aún cuando todo tiembla, el suelo bajo nuestros pies puede ser firme si lo caminamos con fe. Éxodo 14.1-5 nos da permiso para tener miedo, para no entender, para dudar. Pero también nos da la fuerza para no quedarnos quietos. Porque el mar no se abrirá antes. Se abrirá mientras caminamos. Y caminar en el caos, con todo lo que somos, es también creer.

Conclusión: Celebrar 50 años de fe en tránsito

Hoy no celebramos una estructura institucional, sino una comunidad viva que ha aprendido a caminar con Dios en medio de dudas, cambios, pandemias, pérdidas y nuevos comienzos. 50 años no son la historia de un edificio ni de una sola visión, sino de muchas manos levantando tiendas, cruzando mares, encontrando dirección en medio de la niebla. Somos un pueblo en éxodo, no en exilio. Porque aunque estemos en movimiento, tenemos patria: el texto, la fe, la historia de Jesús. Como dijo Hans de Wit: “En la diáspora, el texto es patria.” No una patria rígida, sino una tienda móvil que nos acompaña en el camino. Dios no es el motor inmóvil de Aristóteles, sino —como decía Whitehead— el gran compañero del universo. No el que impone trayectos, sino el que camina junto a nosotros incluso cuando no sabemos a dónde vamos.

Hoy más que nunca, necesitamos volver a la Escritura, no como una muralla de certezas, sino como una tienda que se levanta en cada estación del camino. Y quizá no solo volver a la Escritura, sino salir de ella y ver las muchas otras formas en que Dios habla. En el consejo de un anciano, en las carcajadas de un bebé. En la complejidad del universo, en la simpleza de la belleza. En el abrazo de un hijo, en la bendición de un trabajo. En la duda, en la reflexión, en la poesía. Ahí también habla Dios.

Porque celebrar 50 años de historia es también aceptar que no siempre entendimos, que a veces tropezamos, que hubo etapas de silencio, de preguntas, de sombras. Pero también que ahí, en todo eso, estuvo Dios. Como susurra Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, mejor es callar.” Pero en ese silencio, Dios camina. Y en ese caminar, celebramos. No porque ya llegamos, sino porque seguimos.

¡Feliz aniversario, Iglesia del Pacto! Sigamos caminando.

Que el Dios del Camino, que camina contigo en la duda y en la esperanza, te fortalezca para seguir, aunque las aguas estén cerradas aún. Porque ahí, justo ahí, Dios está trazando el sendero. El caos no es el final: es el lienzo donde va construyendo el camino.

viernes, 23 de mayo de 2025

Administrar bien la multiforme gracia de Dios (I Pedro 4.1-11), Pbro. Miguel Ortiz Saavedra


25 de mayo, 2025

Qué alegría tan profunda estar aquí con ustedes comenzando celebración de los 50 años de vida comunitaria, de fidelidad, de luchas, de esperanzas compartidas. ¡Qué bendición volver a esta casa que fue mi hogar pastoral por un tiempo y sigue siendo parte de mi historia! Hoy, más que predicar, me siento llamado a compartir desde el corazón, a agradecer con ustedes, y a mirar hacia adelante con esperanza.
    En medio de este jubileo, estos 50 años de celebración la Palabra nos trae una exhortación clara y hermosa: “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” (1 Pe 4,10).
    Esta gracia de Dios no es un solo color, una sola forma, una sola historia. Es multiforme: se ha hecho pan compartido en la cocina de la iglesia, abrazo en medio del duelo, palabra oportuna, oración silenciosa, predicación encendida, acompañamiento fiel... ¡Qué gracia tan rica ha caminado entre ustedes durante medio siglo!
    Yo tengo hermosos recuerdos: Hechos 29, Vistas al hospital con la Dra Montaño, a mi hija corriendo por esta nave con su pequeña guitarra, bautizando jovenes, el café de la fe, con Tomás y Juanita de quien aprendí tantas cosas, con mi hermano Miguel, visitando a Alfredo Tepox para tomar café…

1. Gracia que transforma desde dentro
Pedro comienza recordándonos que seguir a Cristo implica asumir una nueva forma de vivir, no ya marcada por los deseos egoístas, sino por la voluntad de Dios. No es una tarea sencilla. Nos cuesta dejar atrás patrones del mundo, ambiciones vacías, prejuicios earraigados, resentimientos que endurecen el alma. Pero es justamente ahí donde la gracia actúa como fuego que purifica y como bálsamo que sana.
   Al mirar hacia atrás, no podemos sino reconocer que si esta iglesia ha caminado por 50 años, ha sido por pura gracia. No porque todo haya salido perfecto. No porque no haya habido errores o caídas. Sino porque Dios, en su infinita misericordia, ha sostenido a su pueblo. A lo largo de estas décadas, muchas personas han pasado por estas puertas. Algunas han servido desde la sencillez del anonimato. Otras han predicado, enseñado, sanado, organizado, dado consuelo. A todos ellos, Dios les dio una parte de su gracia para ser compartida.
   Y aquí está lo maravilloso: la gracia no es premio para los perfectos. La gracia es regalo para los humildes, medicina para los quebrantados, impulso para los cansados. La gracia ha sido luz en medio de oscuridades personales, familiares y comunitarias. Ha sido la presencia de Dios que no se retira incluso cuando nos equivocamos. Esa gracia es la que celebramos hoy.
   ¿Dónde necesitamos hoy que esa gracia vuelva a entrar? ¿Qué aspectos personales o comunitarios necesitan ser sanados, renovados o transformados?

2. Gracia que se expresa en el amor, el servicio y la hospitalidad
Pedro nos dice: “Ténganse intenso amor unos por otros, porque el amor cubre multitud de pecados” (v.8). ¡Qué frase tan poderosa! No cubre con hipocresía, sino que cura, restaura, reconstruye relaciones quebradas. Luego nos llama a ser hospitalarios —sin quejarnos— y a usar los dones recibidos para servir.
   El texto no se queda en la gracia recibida. Nos empuja hacia la gracia compartida. Dice: “Minístrela cada uno a los otros”. No es una gracia para acumular, para presumir, para esconder. Es una gracia para repartir. Y aquí está el llamado de Dios a su iglesia: ser comunidad que actúa con gracia. ¿Cómo tratamos a quienes son distintos? ¿Cómo acogemos al que viene herido por la vida? ¿Qué espacio damos a quienes aún no comparten nuestra fe, pero buscan sentido, amor, pertenencia?
    La gracia se vuelve concreta cuando servimos con los dones que hemos recibido. La gracia se vuelve poderosa cuando perdonamos, cuando acogemos, cuando abrimos los brazos al extranjero, al pobre, al joven que duda, al anciano que se siente solo. La gracia no discrimina. No se encierra. No se aísla. La gracia camina con los pies descalzos de Jesús, y nos invita a caminar con él hacia los márgenes, hacia las periferias, hacia los rostros olvidados.
    Éste es el corazón de la administración de la gracia: compartir lo que Dios nos ha dado, sin temor ni reserva.
    Aplicación. Hoy más que nunca, ser iglesia significa abrir puertas, romper con la lógica del “nosotros y ellos”, y recordar que la gracia nos alcanza a todos o no es gracia.

3. Gracia para el camino que sigue: con quienes sufren y con quienes sirven
Pedro termina con una exhortación clara: que todo lo que hagamos sea para que Dios sea glorificado por medio de Cristo.
    Este aniversario no es un punto final, sino una nueva página. Dios no ha terminado su obra en esta iglesia. Al contrario, el desafío es más grande hoy que nunca. En un mundo marcado por la desigualdad, la violencia, la soledad y la desesperanza, necesitamos comunidades que reflejen la gracia de Dios con hechos y no solo con palabras.
  Necesitamos una iglesia que no tenga miedo de tocar las heridas del pueblo. Que esté dispuesta a trabajar por la justicia, a defender al débil, a escuchar al que nadie escucha. Una iglesia que no se encierre en sus certezas, sino que se abra al misterio de Dios que se revela también en quienes no piensan igual que nosotros.
  La multiforme gracia de Dios nos llama a múltiples misiones. Algunos enseñarán, otros consolarán, otros organizarán, otros sanarán, otros escucharán. Pero todos, todos, hemos recibido algo. Y todos estamos llamados a servir con lo recibido.
   La misión continúa. Hoy Dios sigue necesitando una iglesia que no se conforme, que no se encierre, que no se rinda. Una iglesia que escuche el clamor del pueblo, que se anime a nuevas formas de servicio, que no olvide nunca que la fe se verifica en el amor concreto. 

Aplicación. En los rostros de quienes sufren violencia, injusticia, soledad... ahí está Jesús. ¿Dónde está El Dorado llamado a estar en los próximos años?

Seguir caminando bajo la gracia
Querida Iglesia de El Dorado: han caminado 50 años, y cada paso ha sido sostenido por la gracia. Pero no hemos llegado al final. La gracia de Dios no se agota, se renueva, se multiplica, se diversifica. “la gracia es la posibilidad siempre abierta de volver a empezar”.
     Hoy les invito, con todo mi corazón, a seguir administrando esa gracia: 

     • Con gratitud: reconociendo lo que Dios ha hecho. 
     • Con fidelidad: siendo testigos del amor que transforma. 
     • Con valentía: saliendo al encuentro del que sufre.
     • Con esperanza: sabiendo que Cristo vive y su Espíritu nos impulsa.
 

viernes, 16 de mayo de 2025

Practicar el bien por encima de todo (I Pedro 3.8-17) Pbro. L. Cervantes-Ortiz

18 de mayo, 2025

 

Tengan una buena conciencia, para que sean avergonzados aquellos que murmuran y dicen que ustedes son malhechores, y los calumnian por su buena conducta en Cristo. Es mejor que ustedes sufran por hacer el bien, si Dios así lo quiere, que por hacer el mal.

I Pedro 3.16-17, Reina-Valera Contemporánea

Trasfondo

Varios son los códigos de conducta que aparecen en el Nuevo Testamento. Se centran en la transformación interior y en la vida de acuerdo con el amor y la gracia de Dios. Enfatizan la importancia de amar a Dios y al prójimo, viviendo una vida coherente con las enseñanzas de Jesús y practicando el perdón y la reconciliación. Pedro no dicta un nuevo código de conducta propiamente dicho sino más bien un estilo nuevo de vida. En lo que coincidió San Pablo al hablar de “las buenas obras” como resultado de la “nueva creación en Cristo” (Ef 2.10). En el fondo, se trata de practicar una auténtica ética cristiana que sea capaz de mostrar la novedad de vida en medio del mundo y de superar las limitaciones morales que establecen los sistemas de gobierno y que tratan de controlar las conciencias de las personas. En esto el apóstol Pedro va a ser muy concreto al referirse a la necesidad de tener y promover una conciencia sana que aplique las consecuencias de la salvación en la vida cotidiana, incluso en los detalles más minuciosos. 

“Ama y haz lo que quieras” es una frase atribuida a San Agustín que resume muy bien las bases de la conducta cristiana en medio del mundo: “En su exposición de la epístola de San Juan a los partos se encuentra un excelente compendio […]: “Ama y haz lo que quieras; si callas, calla por amor; si clamas, clama por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; si está dentro la raíz del amor, no podrá salir de esa raíz sino el bien”. Su imprecación “¡haz lo que quieras!” es un imperativo categórico del amor. Los imperativos éticos que harán su entrada en la historia siglos adelante nunca rozarán la dimensión ética y esperanzadora del “ama y haz lo que quieras”.[1] 

No devolver mal por mal (vv. 8-12)

I Pedro 3 inicia con una serie de exhortaciones sobre la vida conyugal que entra muy bien en el esquema de los “códigos domésticos” que debían normar la conducta de las personas (Col 3.18-4,.1; Ef 5.22-6.9; 1 Tim 2.8-15, 6.1-2; Tito 2.1-10). Se marcan los deberes recíprocos de los esposos, de los hijos con los padres, de los esclavos con los amos y viceversa. “Pedro caracteriza el estilo de vida de las comunidades cristianas y acaba su exhortación con la cita del Salmo 34.13-17”.[2] La exhortación comienza con un llamado a mantener una misma actitud sin fisuras (v. 8a) pues en los criterios fundamentales de conducta no puede haber discrepancias entre los creyentes. “La solidaridad y el amor fraterno en el interior de la comunidad son indiscutibles como talante cristiano”.[3]

Los tres primeros adjetivos (misma actitud, solidaridad y amor fraternal) apuntan hacia la convivencia de la comunidad de fe. Los dos últimos que aconsejan tener buen corazón y de ser de carácter humilde (v. 8b) y lo que se agrega en el v. 9 acerca de no devolver mal por mal aplican para los demás, que incluso pueden ser adversarios.[4] La misericordia y la humildad en las relaciones con los otros implica abajarse y considerar superiores a los demás. La convergencia en hacer el bien en medio del mundo apunta hacia la fraternidad universal. La actitud predominante debe ser la de bendecir continuamente a todas las personas (9b): “Al contrario, bendigan, pues ustedes fueron llamados para recibir bendición”. A continuación, viene la extensa cita del Salmo 34 para corroborar lo dicho.

Forjar y consolidar una buena conciencia (vv. 13-17)

La pregunta retórica del v. 13 es crucial para el resto de la exhortación: “¿Quién podrá hacerles daño, si ustedes siguen el bien?”. Practicar el bien por encima de todo y responder con él siempre es la consigna dominante de toda esta sección. El recuerdo de las bienaventuranzas es bastante evidente al referir el sufrimiento por causa de la justicia. Exactamente como acaba de suceder en Argentina al ser objeto de la represión por apoyar la causa justa de los jubilados.[5]El bien sigue siendo el objetivo fundamental de la actividad cristiana. El sufrimiento por la fidelidad a los valores cristianos, que incluyen la búsqueda de la justicia del plan de Dios sobre la humanidad, la adquisición de la libertad para todo ser humano y la lucha permanente por la paz, constituye, sin duda, el culmen del empeño en hacer el bien hasta el punto de que quien lo consiga se puede considerar realmente dichoso”.[6]

La exhortación a no experimentar temor cuando se hace el bien (v. 14b) procede de Isaías 8.12-13, pues al único que hay que temer es a Dios. “Resistir al mal haciendo el bien significa tener el coraje de saber aguantar, la libertad de criticar desde el evangelio cualquier situación injusta y la valentía de enfrentarse por obediencia a la verdad, a cualquier instancia que maltrate u oprima a los seres humanos”.[7] Con ello se glorificará al Señor en su corazón (15a) y se podrá dar razón de la esperanza en Él (15b). La invitación a hacerlo busca dar testimonio verbal y racional de la esperanza profunda de cada creyente. Y es allí adonde aparece el lugar central de la conciencia, de la “buena conciencia” (16a), una conciencia limpia y segura de las acciones que conducen a hacer presente el bien en el mundo.[8] 

Conclusión

El hermoso aforismo con que concluye esta sección (“Es mejor que ustedes sufran por hacer el bien, si Dios así lo quiere, que por hacer el mal”, v 17) relaciona los tres aspectos enunciados previamente: hacer el bien, la voluntad de Dios y el sufrimiento: “La voluntad de Dios consiste en hacer el bien y éste va asociado en esta carta a ponerse a disposición de los demás (2.12-17; 3.6), a sufrir (3.17) y a aguantar (2.20). La voluntad de Dios no es que alguien sufra por hacer el bien, sino que hacer el bien sea la actitud propia del creyente ante cualquier circunstancia, ya se encuentre éste ante la ignorancia de los no creyentes (2.15) o se enfrente al sufrimiento (4.19)”.[9] “Lejos de desesperar del mundo, Pedro da por descontado que para los cristianos el obrar bien desarmará cualquier crítica y acabará inclinando a los paganos hacia el Señor en el día de su visita”.[10]



[1] Alejandro Poli Gonzalvo, “Ama y haz lo que quieras”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2022, www.lanacion.com.ar/opinion/ama-y-haz-lo-que-quieras-nid05122022.

[2] Edouard Cothenet, Las cartas de Pedro. Estella, Verbo Divino, 1984, p. 30.

[3] José Cervantes Gabarrón, “Primera carta de Pedro”, en Armando J. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2008, p. 1127.

[4] Ídem.

[5] “‘Cf. “‘El miedo no les va a salir bien’ organizaciones religiosas exigen el fin de la represión”, en Página 12, Buenos Aires, 16 de mayo de 2025, www.pagina12.com.ar/826112-el-miedo-no-les-va-a-salir-bien-organizaciones-religiosas-ex. Cf. Comunión Mundial de Iglesias Reformadas, 15 de mayo de 2025, www.facebook.com/share/p/19UodRJnr3/: “Esta semana, la fe se enfrentó con la fuerza. En una acción pacífica celebrada el 14 de mayo frente al Congreso Nacional de Argentina, líderes religiosos se reunieron para bendecir y acompañar a jubilados que exigían pensiones justas. Lo que pretendía ser un acto simbólico de unidad y solidaridad se convirtió en un escenario de violencia estatal. Entre quienes fueron brutalmente reprimidos se encontraban pastores de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata y de la Iglesia Reformada en Argentina, ambas miembros de la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR)”.

[6] J. Cervantes Gabarrón, op. cit., p. 1129. Énfasis agregado.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] Ibid., p. 1130.

[10] E. Cothenet, op. cit., p. 36. Énfasis original.

sábado, 10 de mayo de 2025

El pueblo de Dios adherido a la piedra viva (I Pedro 2.4-10), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

11 de mayo, 2025

 

Acérquense a él, a la piedra viva que los hombres desecharon, pero que para Dios es una piedra escogida y preciosa. Y ustedes también, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepte por medio de Jesucristo.

I Pedro 2.4-5, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

La primera carta de Pedro es uno de los documentos más importantes del Nuevo Testamento para conocer las dimensiones de la reflexión teológica, la profundidad espiritual y la fuerza vital de las comunidades de Asia Menor mencionadas al inicio (v. 1: Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia).[1] Una de sus grandes aportaciones es su abordaje original a la figura de Jesucristo, el “cordero intachable e impecable” (1.19) cuya sangre tiene un valor insuperable para la liberación de los creyentes. También hace una relectura creativa de algunos temas del Antiguo Testamento tales como el Siervo sufriente de Isaías y, sobre todo, la metáfora cristológica de la “piedra viva” (el Señor) y las “piedras vivas” para hablar acerca del nuevo edificio del Pueblo de Dios formado por sacerdotes reales al servicio incondicional de Dios. Por ello es tan relevante la doctrina eclesiológica que brota de esta carta dado su énfasis en el “sacerdocio universal” de cada creyente. Un versículo clave para aproximarse al desarrollo de la enseñanza petrina es 1.13: “Por lo tanto, preparen su mente para la acción, estén atentos y pongan toda su esperanza en la gracia que recibirán cuando Jesucristo sea manifestado”. Esta teología muestra un notable grado de avance en relación con las primeras cartas apostólicas. 

Acercarse a Jesucristo, la “piedra viva” (vv. 4-8)

I Pedro 2 abre con una exhortación a desear “la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean salvos” (2.2). “Cualquier otro alimento puede ser un sucedáneo adulterado y engañoso que influya negativamente en el proceso de crecimiento de los hijos de Dios”.[2] el propósito central aquí es el crecimiento en la salvación, por eso debe desearse la leche auténtica a fin de superar los vicios morales y las desviaciones. Esto es un importante indicio “de la existencia de un esquema formal de exhortación para romper con el modo de vida anterior”.[3] Asimismo, esta propuesta de cambio espiritual profundo chocó frontalmente con el contexto imperial: 

De tal modo los creyentes son testigos de una ideología alternativa, de una utopía inédita, que socava los cimientos mismos de las estructuras sociales de poder vigentes en el Imperio romano, y proporciona elementos críticos para una transformación del sistema social, político y religioso en medio del cual viven las comunidades petrinas. La condición social, política y jurídica de los creyentes como “forasteros y emigrantes” (I P 2.11) se convierte en el supuesto básico de su identidad cristiana.[4] 

No hay que olvidar, además, que el “trasfondo invisible” de la metáfora de la “piedra viva”, tan claramente retomado del A.T., se complementa con las implicaciones derivadas de la conocida afirmación de Mt 16.16-19 acerca de la supuesta superioridad de Pedro al interior de la iglesia: 

En I Corintios 3.11, 10.4; Mateo 21.42 y en I Pedro 2.4ss se dice que Jesús mismo es la piedra fundacional o la piedra angular. Esta es, sin duda, la premisa implícita en todos los demás pasajes. Pero esto no impide que los apóstoles sean el fundamento, compuesto por instrumentos humanos de Dios, y que a su vez se apoyen en Cristo; ni impide que Pedro tenga un papel destacado entre ellos y para la Iglesia de tiempos posteriores. […]

En el fundamento que forman todos los apóstoles, Pedro es la roca especialmente visible. Aquí se confirma de nuevo nuestra conclusión histórica anterior: comparte, sin duda, su dignidad con los demás discípulos, pero dentro del grupo es particularmente representativo.[5] 

Es significativo que el texto recupere esa imagen simbólica a través de textos como Isaías 28.16, Salmo 118.22 e Isaías 8.14-15 para afirmar, sin dejar lugar a dudas, quién es la “piedra viva” (ya no sólo vista como “piedra angular”, lo que le da mayor dinamismo) que ha sido rechazada (7), pero que también puede aplastar (8), y el fundamento de las “piedras vivas” que serán edificadas “como casa espiritual como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepte por medio de Jesucristo” (2.5). 

El nuevo pueblo de Dios, sacerdocio real y nación santa (vv. 9-10)

“El Pueblo de Dios es la comunidad de piedras vivas, que, unidas al Resucitado, la auténtica piedra viva desechada por los hombres, van construyendo el nuevo templo. De la misma manera llama la atención en este texto la teología del ‘sacerdocio’ del pueblo de Dios, llamado a ofrecer permanentemente en medio de este mundo el único sacrificio espiritual agradable a Dios, es decir, la propia vida”.[6] La nueva comunión con Dios es corporativa y la metáfora del edificio en construcción se extiende: “La casa espiritual es, pues, un concepto nuevo corporativo, de carácter mesiánico, que vincula a la piedra viviente con las piedras vivientes, al resucitado con los regenerados, de modo que la cohesión interna de las piedras vivas en la construcción de la única casa mesiánica implica una comunión espiritual íntima entre los creyentes, con Cristo y por Dios por el Espíritu”.[7]

Los últimos dos versículos de esta sección contraponen la situación de los creyentes con la de quienes no lo son que rechazan el mensaje del Evangelio. La elección es la realidad principal de este nuevo pueblo de sacerdotes afincado en la piedra rechazada. Los que no eran parte del pueblo de Dios ahora lo son de manera verdadera e integrada (Os 2.23). Aquí aparecerá la cadena de atributos de la iglesia que muestran el concepto que el autor tiene de ella y que la definen óptimamente en función de lo dicho anteriormente: 

Todos ellos son alusiones al A.T.: Un linaje elegido (Is 43.20), un sacerdocio real, una nación santa (Éx 19.6), un pueblo adquirido por Dios (Éx 19.5; Is 43.21) para anunciar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (Is 43.21. Los tres primeros conectan con elementos ya conocidos en esta misma exposición: elección (1 P 2.4, 6), sacerdocio (2.4, 5); el último, pueblo adquirido por Dios, alude a las dos citas anteriores (Éx 19.5; Is 43.21) e introduce un tema nuevo y específico de este vértice expositivo, a saber, el pueblo de Dios. De este modo, el autor recapitula, con expresiones corporativas de las tradiciones bíblicas, aspectos esenciales de la comunidad cristiana.[8] 

Conclusión

La doctrina de I Pedro sobre la iglesia es un asidero confiable para relacionar la naturaleza de la iglesia con la metáfora de la “familia” o “linaje” de Dios (TLA) y así poder participar de una vida comunitaria fundada en el contacto directo con la piedra viva que es el Señor. Al ser todos los miembros de la iglesia “piedras vivas” y sacerdotes se cumple la utopía del Éxodo (“un pueblo de sacerdotes”): “…es el acercamiento y la adhesión a Cristo mediante la fe lo que permite a los creyentes el ejercicio del sacerdocio. […] El fundamento del sacerdocio no es por tanto el mérito de los hombres […] Este sacerdocio también ha cambiado de destinatarios, pues al mismo tienen acceso no sólo los israelitas sino todos los creyentes, ya sean procedentes del paganismo como del judaísmo”.[9]



[1] José Cervantes Gabarrón, “Primera carta de Pedro”, en Armando J. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2008, p. 1107.

[2] Ibid., p. 1116.

[3] Ibid., p. 1117.

[4] Ibid., p. 1107.

[5] Oscar Cullmann, Peter: disciple, apostle, martyr. A historical and theological essay. Nueva York, Living Age Books, 1958, pp. 217, 218. Versión propia.

[6] J. Cervantes Gabarrón, op. cit., p. 1107.

[7] Ibid., p. 1119.

[8] Ídem.

[9] Ibid., p. 1120.

martes, 6 de mayo de 2025

"Una herencia incorruptible..." (I Pedro 1.1-9), Pbro. Raúl Méndez Yáñez

4 de mayo, 2025

INTRODUCCIÓN: ÁMBAR, ALGODÓN Y AMARANTO

Muchas veces tendemos a pensar los beneficios de la redención de Cristo en términos muy abstractos, lejanos y hasta complicados. Sin embargo, la primera epístola de Pedro se caracteriza por su sencillez y lenguaje directo. Cierto, utiliza metáforas y algunos recursos narrativos que merecen cierta atención al detalle. Sin embargo, el objetivo de esta misiva es ser leída por comunidades migrantes a lo largo y ancho de la zona de Asia Menor. No es un tratado complicado, sino un mensaje urgente para dar ánimos en medio de las dificultades del desplazamiento forzado debido a políticas persecutorias hacia los cristianos quienes eran considerados disidentes y sediciosos por Roma y sus administraciones locales. Pedro escribe a comunidades que viven entre fronteras sin pertenecer en realidad a ningún territorio. Estas comunidades se encuentran dispersas en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. De hecho, son descripciones muy generales, no domicilios específicos, porque el apóstol debe guardar la discrecionalidad de sus destinatarios. En términos actuales sería como un documento escrito a “Los migrantes en la frontera norte de México”.

Podemos, por tanto, imaginar a la primera epístola de Pedro como un documento clandestino, que circulaba de forma oculta entre grupos desplazados que necesitaban leer y escuchar palabras de aliento en medio de la persecución política y la estigmatización en la que vivían. Por eso un término clave en los mensajes de Pedro es la palabra “esperanza”. Porque es lo que estas comunidades requerían para seguir adelante, saber que habrían de ser restituidos y que se les haría justicia. Se trata de una esperanza activa, es decir, no sentándose a esperar, sino esforzándose cada día por dar testimonio de Cristo con la esperanza de que las cosas podrían cambiar en el futuro.

Ésa es la perspectiva bíblica sobre el futuro, lo que comúnmente se llama escatología. A diferencia de películas sensacionalistas, el mensaje del fin de los tiempos según la Biblia no es un programa de destrucción, sino de justicia. Suele decirse que el Apocalipsis es el “fin del mundo”. Y hay quienes llegan a pensar que se trata, incluso, del fin del planeta Tierra. Pero nada más lejos de los mensajes escatológicos de la Biblia. El término “mundo” en el Nuevo Testamento no alude al planeta, sino al régimen o sistema que impera no solo en política, sino en la sociedad y la cultura dominante. “Fin del mundo” en términos bíblicos significa fin de la maldad y de la injusticia. ¡Por eso los cristianos debiéramos alegrarnos del fin del mundo! No es que nos vayamos a extinguir, es que tenemos la esperanza de un mañana lleno de justicia.

De este modo, Pedro le escribe a estas comunidades migrantes, desplazadas para darles ánimo de que sí, el mañana será mejor, y que con su testimonio, oración y santificación las cosas van a cambiar.

Un aspecto clave para esta esperanza es el término “herencia”. Tener una herencia significa que no estamos abandonados y sin recursos, sino que tenemos un respaldo, un soporte, que no vamos solos. Los cristianos tenemos una herencia en Cristo debido a que nosotros mismo ya hemos muerto al pecado y hemos renacido a una nueva vida en Cristo gracias a que, en primer lugar, Cristo mismo también ha resucitado. Por eso dice: "Es por su gran misericordia que hemos nacido de nuevo, porque Dios levantó a Jesucristo de los muertos. Ahora vivimos con gran expectación" (1 Pedro 1:3). 

Así es, como cristianos vivimos en expectación constante. Estamos abiertos a las sorpresas que mañana tras mañana nos trae Dios con sus misericordias. Ciertamente hay situaciones difíciles y oscuras en este peregrinar nuestro. Sin embargo, no estamos solos, Dios ha tenido misericordia de nosotros y nos ha dejado una herencia, un recurso del cual podemos echar mano. Es como cuando estamos jugando videojuegos y revisamos las herramientas que tenemos en nuestras mochilas o bolsas de supervivencia. En los videojuegos esas herramientas son muy variadas, pueden ir desde una varita mágica, una bomba, una espada, un robot o bebidas de recuperación de energía. Bien, pues en Cristo nosotros, desplazados de este mundo, también tenemos una mochila de supervivencia, con recursos necesarios para esta travesía.

En Harry Potter Dumbledore les deja a Harry, Hermione y Ron tres herencias, a Hermione el libro de los cuentos de Beedle el Bardo, a Harry una pelota llamada Snitch, y a Ron un artilugio capaz de atrapar la luz y devolverla, un desiluminador. De igual manera, según Pedro, Cristo también nos ha dejado tres recursos como herencia en una mochila o bolsa de supervivencia. ¿La abrimos? Dentro, podemos encontrar estos recursos, ¿qué tenemos? Se trata de un ámbar, un algodón y un dulce, una alegría para ser exactos. Veamos cómo los podemos utilizar. 


I. HERENCIA INCORRUPTIBLE

El término griego que suele traducirse como “incorruptible” es φθαρτον (aftarton) que significa “sin posibilidad de corromperse”. No es como la sal del himalaya, que fue preservada por miles de años pero cuando la compramos en el super resulta que caduca en agosto. O como algunas “mieles” que se venden por ahí y que a las tres semanas comienzan a perder sabor y textura. En realidad se ha logrado encontrar miel en buen estado incluso en sarcófagos egipcios de hace miles de años. A eso hace referencia el término incorruptible y así es nuestra herencia en Cristo, no tiene fecha de caducidad. Es por eso que en esta bolsa de supervivencia de desplazados tenemos un ámbar. Les mostraré esta pulsera que me hizo llegar nuestra hermana Abi, la cual tiene al centro una linda piedra de ámbar.

El ámbar es una resina fosilizada que ha demostrado ser un material excepcionalmente incorruptible y capaz de preservar organismos durante millones de años. Su capacidad de conservación se debe a sus propiedades:

 

· Origen orgánico: Proviene de la resina de árboles antiguos, que al fosilizarse se convierte en una sustancia sólida y estable.

· Propiedades químicas: Su composición rica en ácidos orgánicos lo hace resistente a la degradación.

· Capacidad de encapsulación: Puede atrapar insectos, plantas y otros materiales orgánicos, protegiéndolos de la descomposición.

· Fosilización lenta: Con el tiempo, la resina se endurece y se transforma en ámbar, manteniendo intactos los organismos atrapados.

 Cuando pensemos en la herencia que tenemos en Cristo imaginemos como si estuviéramos encapsulados en un ámbar. Es como si la sangre de Cristo con la cual Pedro dice que fuimos limpiados (v.2) cayera sobre nosotros y comenzara, cual resina de ámbar a cubrirnos para preservarnos. Vamos a llamarle el ámbar incorruptible de Cristo. Nosotros estamos dentro de ese ámbar el cual nos protege y preserva sin importar las inclemencias del tiempo, el paso de los años, incluso las catástrofes históricas. El poder incorruptible de la herencia de Cristo nos cuida y protege.

 II. HERENCIA INMACULADA

Pedro utiliza la palabra μίαντον (amianton) que significa precisamente “sin mancha” y era aplicado a diversos metales preciosos, pero también a ropa y tejidos finos y muy puros. Por eso, aquí en nuestra bolsa de supervivencia tenemos un algodón. El algodón ha sido considerado un material puro e inmaculado a lo largo de la historia, tanto por sus propiedades naturales como por su simbolismo en diversas culturas. Su blancura y suavidad lo han convertido en un tejido asociado con la limpieza, la frescura y la autenticidad. 

- Es 100% natural, derivado de la fibra de la planta de algodón.

- Tiene una textura suave y ligera, ideal para la piel.

- Es altamente absorbente, lo que lo hace cómodo y transpirable.

- Puede ser orgánico, libre de químicos y procesos industriales agresivos. 

Así es la herencia que tenemos en Cristo. Es 100% divina y 100% humana, como las dos naturalezas de Cristo. Por lo tanto nuestra herencia es tanto celeste como terrena, tanto eterna como temporal. Podemos confiar abiertamente en el poder de Cristo. Pero, como algodón la vida en Cristo también es suave y ligera. Así lo dijo el Señor “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30). A veces pensamos que la vida cristiana es un valle de lágrimas y sufrimiento y cuando sentimos que no estamos sufriendo lo suficiente, ¡nos inventamos nuevas tribulaciones!

Pero la vida en Cristo que tenemos en herencia debiera ser suave, ligera. No es negar los problemas. Es saber que podemos sobrellevar las situaciones porque Cristo va con nosotros.

El algodón también es muy absorbente. Tal como Cristo absorbió nuestras culpas y pecados en sí mismo y de este modo nos ha purificado y hechos limpios. Cuando los afanes de este mundo nos saturan y estamos llenos de preocupaciones, dolor y angustias, entonces podemos clamar al poder de Cristo y cual algodón posará suavemente sobre nuestras vidas para absorber nuestros malestares. Por eso más adelante Pedro nos dirá “echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

 

III. HERENCIA INMARCESIBLE


Las traducciones modernas de la Biblia ponen al final de 1 Pedro 1:4 que la herencia en Cristo “no se marchitará”. Sin embargo, la versión Reina-Valera 1960 puso la palabra “inmarcesible” que me parece mucho más contundente que la expresión “no se marchitará”. Inmarcesible, además de ser una palabra excelente para incorporar a nuestro vocabulario, tiene un sonido o cadencia de belleza sonora. Ahora bien, el término griego original es igualmente bello, se trata de la palabra “μάραντον” (amaranton), la cual significa precisamente que no se puede marchitar. No es casualidad, por tanto, que el amaranto también sea el nombre de una semilla cuya flor tiene esas cualidades.

El amaranto es un pseudocereal originario de nuestras tierras, de aquí de Mesoamérica. En náhuatl se conocía como huautli. Se valoraban por su alto contenido nutricional y su capacidad para crecer en condiciones adversas. Su resistencia a la sequía y su adaptabilidad lo convierten en un cultivo ideal para la seguridad alimentaria. Además, su semilla es rica en proteínas, fibra y minerales esenciales, lo que refuerza su imagen de alimento perdurable y esencial.

En la tradición mesoamericana, el amaranto no solo era un alimento, sino también un símbolo de inmortalidad y fortaleza. Se usaba en rituales y ceremonias, y su consumo estaba ligado a la resistencia y la vitalidad. Hoy en día entra en la categoría de superalimento. Y, desde luego, es de lo que están hechos las riquísimas alegrías, este maravilloso dulce mexicano.

Cuando prueben su próxima alegría, recuerden que así de dulce e inmarcesible es nuestra herencia en Cristo. Siempre mantendrá su brillo y su brío, su fuerza, y, desde luego, su alegría. 

CONCLUSIÓN

Recordemos que Cristo no nos ha dejado solos, ha enviado al consolador, a su Espíritu Santo a guiarnos y, así mismo, nos ha dejado una herencia, un bolso de supervivencia con recursos de los que podemos echar mano en medio de las adversidades. Esa es nuestra herencia que tenemos en Cristo.

Es como ámbar que protege,

como algodón que purifica,

como amaranto que da alegría duradera.


"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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