domingo, 19 de diciembre de 2021

Emmanu-El, Dios con nosotros en medio del mundo (Isaías 7.10-16; Mateo 1.20-23), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

Matthias Stomer (1600-1652?), La adoración de los pastores (1632)

19 de diciembre, 2021

Dios mismo les va a dar una señal:

La joven está embarazada,

y pronto tendrá un hijo,

al que pondrá por nombre Emanuel,

es decir, “Dios con nosotros”.

Isaías 7.14, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo

L

a lectura profética de la historia, practicada desde la antigüedad por los hombres y mujeres tomados por el Espíritu para presentar un mensaje actual y pertinente al pueblo de Dios, nos sigue deparando muchas sorpresas y enseñanzas. Cada vez que volteamos nuestra mirada a la primera parte de Isaías (1-39), nos encontramos con la poderosa mirada de un creyente inspirado por Dios para introducirse a la situación histórica y proyectar en ella el sentido que Él deseaba que compartiera con su comunidad. Isaías es un profeta de palacio. Será el profeta con más referencias “mesiánicas”, pues sus mensajes sobre “el rey ideal” serán releídos en las generaciones sucesivas hasta llegar a Cristo, como sucede con Is 7.14, todo un anuncio del nacimiento de Jesús, tal como se interpretaría después. La preocupación de Isaías por el rey futuro marca su insatisfacción por los gobernantes actuales y su búsqueda de un horizonte utópico más acorde con las intenciones divinas. 

La lectura profética de Isaías 7

Su perspectiva de la historia no necesariamente coincidió con las intenciones del rey: al anunciar el advenimiento de una figura que cumpliría el designio divino, Isaías proyecta las esperanzas populares en un sentido subversivo, esto es, contrario a las estrategias del gobernante en turno. Como los demás profetas, él aún creía en las posibilidades de la política, aun cuando los acontecimientos se precipitaron para romper sus expectativas. Durante la monarquía de Judá, este profeta encontró en la historia los elementos que le permitieron encontrar rutas para la salvación del pueblo, inmerso en problemas socioeconómicos, políticos y, por supuesto, espirituales. Lo que Isaías, en primer lugar, propuso a los gobernantes y al pueblo fue hacer un alto en el camino y evitar ser dominados por la coyuntura. Es por eso que escribió el llamado “Libro de Emmanuel” (caps. 6-12), en donde al mismo tiempo que exhortó al rey de Judá a confiar plenamente en Yahvé, lo llamó a superar el miedo que le producían las alianzas políticas a su alrededor (Is 7.1).

Frente a esto, la palabra del Señor es consoladora: ““Ten mucho cuidado, y mucha calma. No tengas miedo ni se sobresalte tu corazón por causa de Resín y de Siria, y del hijo de Remalías” (v. 4). En la religión bíblica, el surgimiento del mesianismo, es decir, la esperanza en la venida de un redentor histórico que arreglase la situación de manera casi instantánea, obedeció a la suma de fracasos que la sociedad experimentó y que aumentó progresivamente las dificultades para alcanzar el ideal por el que nació el pueblo de Israel. “La palabra profética para enfrentar el peligro es sorprendente pues impulsa a Acaz a resistir y mantenerse firme frente al acoso, minimizando la amenaza de sus vecinos del Norte y sin ninguna reacción inmediata. A su vez, por el contexto, vemos que esta opción es interpretada como la posición de confianza en Yavé y de fidelidad a su alianza: ‘si no os afirmáis en mí no seréis firmes’ (7.9), lo cual significa concretamente “si no confiáis en mí, no subsistiréis’ (ver también 10.24-27)”.[1]

Ante la vacilación de Acaz para proponer una señal, luego que el Señor ha ofrecido “generosamente un signo para confirmar su palabra y robustecer la fe vacilante del rey” (vv. 10-11),[2] y frente a su hipocresía (12-13), el profeta reacciona en nombre de Dios y le recuerda que él mismo es continuador de la salvación prometida a David. La figura del niño prometido, el propio hijo de Acaz, cuyo nombre es toda una garantía de la cercanía de Dios, sería el símbolo de la superación de las limitaciones de ese gobierno limitado por sus temores. 

La perspectiva de Mateo 1

La breve enunciación de Mateo acerca del nacimiento de Jesús es una muestra de cómo su “opción navideña” consistió en narrar los sucesos desde una perspectiva popular, pero no por ello menos seria, y también desde una visión basada en las profecías antiguas. Luego de presentar la genealogía de Jesús para referirlo como descendiente del rey David, su apuesta inicial, desarrollada consistentemente en el resto del relato, plantea un conflicto acerca de la paternidad de Jesús (Mt 1.18-20). Los nombres anunciados para el niño, Jesús (Mt 1.21) y Emmanu-El (Mt 1.23), el primero ligado a la historia antigua de salvación (sinónimo actualizado de Josué y Oseas), y el segundo en relación con la profecía de Isaías sobre la cercanía de Dios (vv. 22-23, “Dios-con-nosotros”), destacan la intervención de Dios. La mediación del Espíritu, como “tercero en discordia”, convenció a José de sumarse al proyecto divino como parte de una historia de fe y convencimiento (v. 24).

 

…la narración de Mateo está atravesada por un tema único, desarrollado en diferentes movimientos. […] En 1.22-23, […] el evangelista escribe: “[…] He aquí que la virgen concebirá y dará a luz a un hijo al que pondrá por nombre Enmanuel”. […] En analogía con esta declaración, la última palabra de la última instrucción que da el resucitado a los suyos […]: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (28.20).

El tema de la narración mateana, por consiguiente, es el estar-con-nosotros de Dios en Jesús de Nazaret. En otras palabras, al hacer el relato del destino de Jesús, Mateo quiere señalar que el Dios de Israel está con nosotros, cómo y con qué fin está con nosotros. La manifestación de la presencia salvadora y transformadora de Dios: ése es el eje central de la historia que se desarrolla en la vida del Jesús terreno.[3] 

El nombre simbólico del Mesías que nacería en Belén es sinónimo de la gran verdad evangélica central: el Dios cercano, “al lado, junto a nosotros” que resume todo el contenido de las Buenas Nuevas que llegan con su venida: “… proclamar el ‘con-nosotros’ de Dios, la proximidad y la fidelidad de Dios con vistas a la salvación de los hombres y la protección de los creyentes”.[4] Invocar y proclamar a Dios como un “Dios con nosotros” es la mayor audacia que pueda aparecer en labios humanos: “es Dios quien nos invita a ver en Jesús al Salvador, el Emmanuel”.[5] Tal como la ha resumido la Dra. Catherine Gunsalus González: “Lo que nos estamos preparando para celebrar esta Navidad es esta inimaginable presencia de Dios en medio de nosotros: el hombre Jesús de Nazaret que enseñó y actuó el gran Evangelio de la presencia de Dios con nosotros y el amor por nosotros; cuya vida encarnada continuó después de la cruz como Cristo resucitado, a quien el Espíritu Santo nos une en la comunidad de fe. Pero ése no es el final de la historia. Lo que se nos promete es una nueva forma final de la presencia de Dios entre nosotros (Apocalipsis 21.3, 22)”.[6]

 

Conclusión

Cada época demanda al pueblo de Dios una lectura profética de la historia en consonancia con los impulsos del Espíritu para orientar y canalizar adecuadamente la fe de las comunidades, inmersas, comprometidas y desafiadas por el momento en que viven. La respuesta de la palabra divina a las necesidades humanas siempre llega a tiempo, pues el plan de Dios debe cumplirse cabalmente. Cada vez que la fe se proyecta en el tiempo, es posible alcanzar una mejor comprensión de lo que Dios quiere hacer en el mundo para beneficio de los seres humanos. El Dios-con-nosotros, en medio del mundo, en toda coyuntura, ante cualquier circunstancia, representa la certeza de que podemos caminar hacia adelante, confiados/as en la cercanía divina dominada por una profunda simpatía por la causa y la existencia humana digna y justa.



[1] Samuel Almada, Miedos, alianzas y esperanzas en torno a Isaías 7”, en Revista de Interpretación Bíblica, núm. 61, 2008/3, p. 73, www.centrobiblicoquito.org/images/ribla/61.pdf.

[2] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, Profetas. I. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980, p. 147.

[3] Jean Zumstein, Mateo el teólogo. Estella, Verbo Divino, (Cuadernos bíblicos, 58), p. 9.

[4] Ibid., pp. 42-43.

[5] Claude Tassin, Evangelio de Jesucristo según san Mateo. Estella, Verbo Divino, 2006 (Cuadernos bíblicos, 129), p. 10.

[6] C. Gunsalus González, “La presencia de Dios entre nosotros”, en Asociación para la Educación Teológica Hispana, 10 de diciembre de 2021, www.aeth.org/reflexi_n_de_adviento_semana_2_advent_reflection_week_2.

domingo, 12 de diciembre de 2021

El cántico de María: anuncio profético de las acciones liberadoras de Dios (Lucas 1.46-55), Pbro. Silfrido Gordillo Borralles12 de diciembre de 2021


Marc Chagall (1887-1985), La anunciación (1956)

12 de diciembre, 2021 

C

omienzo con estas palabras de Cecilio Arrastía, en torno a María: “¡Cuánta de su grandeza se pierde, por remota, cuando se rebaja su condición de mujer tratando de hacerla diosa! Su valor supremo radica precisamente en su condición de mujer en su humanidad ejemplar. Esposa de un obrero, fue una mujer de pueblo. Humilde, con una humildad que une sus raíces en una profunda piedad; noble, cándida, piadosa sencilla. Pero todo esto cerrado en el cofre hermoso de su humanidad”.[1]

En estas palabras Arrastía suena bastante barthiano, ya que Karl Barth, refiriéndose a María dice: “María pertenece a la humanidad, representa al ser humano ante Dios, al ser humano que tiene necesidad de la gracia y que recibe de la gracia. Y ese ser, por más que la promesa que ha recibido posea un carácter único, manifiesta claramente que recibir la promesa significa ante todo ser humano”.[2]

Es desde esta perspectiva como debemos de abordar a María, ella es sin duda una mujer, como nosotras, nosotros, pero que la gracia de Dios la pone en un lugar de la historia que la hace única, no divina, no diosa, sino en una experiencia extraordinaria que nunca más hemos visto en la historia, Lucas 1:35, que conciba por el Espíritu Santo. El mensaje profético de Dios se hace una realidad, lo que antes Isaías había anunciado, Isaías 61, ahora en la persona misma de María se torna realidad. Y es que nuestro Dios, lleno de promesas y anuncio de buenas nuevas, cumple lo que promete. 

La exultación y exaltación de María

El cántico de María es un cántico de exaltación a Dios, pero también es un cántico de exaltación a María. Las palabras de María al saberse o sentirse llamada, elegida, es de alabanza, de regocijo, y por qué no, de gratitud a Dios.

RVR60 dice: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”

TLA lo traduce así: “Le doy gracias a Dios con todo mi corazón, y estoy alegre porque él es mi Salvador”

Todas, todos, cuando nos sentimos agraciadas/os, nuestro corazón se alegra y festeja, máxime cuando esa gracia es de Dios. Cuando la gracia de Dios nos inunda, no nos podemos callar ni quedar quietos, nuestro ser se llena de entusiasmo y lo celebra, lo celebra con palabras y con acciones. Esta exultación de María es sin duda una exaltación al Dios de la vida. 

Un cántico revolucionario

Por otro lado, en el texto, Lucas también quiere dejar en claro, si, nuestra miseria, pero cómo Dios lo redime y la transforma, y ese también es el meollo del evangelio, anunciar y cambiar nuestras vidas. Lucas busca que las mujeres y los hombres se vean a si mismo con nuevos ojos, con una perspectiva distinta a lo que es la miseria humana, a su condición de desgracia, y se vean así mismo en relación de lo que ven en Cristo y de lo que Dios hace y está haciendo en sus vidas. Es así como también podemos ver a María, Dios exaltando a María, ella como representante de todos los humanos viviendo en bajeza, en pobreza, en miseria, por las condiciones sociales, pero también por las condiciones miserables que el mismo pecado trajo a la humanidad. María se siente halagada, y cómo no, si es la mismísima elegida por Dios para cumplir una promesa de cientos de años atrás, una promesa que trae liberación de todas las cautividades, que trae salvación a todo pecador, que trae salud a todo enfermo, que trae alegría al triste, que trae pan y agua a todo hambriento y sediento, y vino a quitar todo aquello que ata al ser humano consigo mismo, con su orgullo y vanidad, con su soberbia y poderío, y vino para liberarlos, y la mejor forma de hacer, dice María, es esparciendo a los soberbios, orgullosos, quitando de su trono, de su poder a los poderosos, y vaciando a los ricos de sus riquezas para darlo a los pobres.

El cántico de María es un cántico de liberación, es lo que Dios hace, porque esa es su voluntad, que todas, todos seamos libres de cadenas que nos atan, y vivamos una vida plena. Este cántico es lo más revolucionario que encontramos en la Biblia, pues Dios levanta al pobre del muladar, exalta a la humilde de su bajeza, devuelve vida al que no lo tiene, y vida en abundancia, porque ese es y ha sido su proyecto.

El proyecto de Dios es un proyecto de vida, desde el principio y hasta el fin, es decir, desde siempre. Nada lo ha cambiado, sigue siendo el mismo, el que todos disfrutemos de la vida y vivamos para él y para los demás, en igualdad de condiciones. Ese proyecto no es más que el Reino de Dios hecho una realidad en nuestras vidas.

Hoy podemos alegrarnos al igual que María, que, si bien no vamos a concebir al Salvador del Mundo, si hemos sido elegidas, elegidos, y esa elección es para hacernos libres, con el propósito de vivir el Reino de Dios, y hacer que otros también lo vivan, lo disfruten.

Es interesante notar como los evangelios, y específicamente Lucas, plantean a un Dios encarnándose, haciéndose uno de nosotros, para desde ahí humanizar nuestra humanidad. 

El cántico, vigencia y exigencias actuales

La visión de Lucas, en torno al ser humano y la gracia de Dios es extraordinaria, nos pinta un cuadro hermoso y majestuoso. En María vemos a un Dios inmerso en nuestras realidades para cambiarla, no para dejarnos así.

Aprendamos de María, una mujer de fe y sujeta siempre a hacer la voluntad de Dios, una voluntad que nos invita y lleva a actuar en favor de los más desfavorecidos, de los pobres, de los marginados, de los que no tienen esa vida plena. En Jesús, todas, todos cabemos, porque todos somos miserables, pero su gracia, amor, misericordia nos exalta. Nuestra vida en Cristo, cobra nuevo valor, y esperanza, porque el da sentido y carácter a nuestra vida, todo en él es nuevo y grato. Así, que la gracia que hemos recibido de Dios, compartámosla, y lo que hemos recibido de gracia, también de gracia demos, porque como bien diría Cecilio Arrastía: “La fe es más que un factor intelectual; es realidad existencial, crea actitudes nuevas”.



[1] C. Arrastía, Diálogo desde una cruz. México, CUPSA, 1993, p. 35.

[2] K. Barth, Adviento. Barcelona, Studium, 1970, p. 28.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Anuncios de lo imposible (Génesis 18.1-5; 9-14), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

5 de diciembre, 2021

 

¿Acaso hay algo imposible para el Señor? El año que viene por estas fechas volveré a visitarte y Sara habrá tenido un hijo.                                                                                                                  Génesis 18.14, BLPH

Trasfondo

C

uando Abraham el patriarca, el padre de todos los creyentes en el Dios vivo y verdadero, calificado como “el caballero de la fe” por el filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard (1813-1855), escuchó las palabras de uno de sus visitantes y le anunció que tendría un hijo en su edad más que madura, se inauguró uno de los momentos más cruciales en la historia de salvación, esto es, cuando la fe se enfrenta a lo, aparentemente, imposible:

 

La verdadera fe no es la expectativa de lo eterno, sino de lo imposible. Esa actitud se llama sabiduría, pero se puede interpretar como locura. Abraham poseyó esa sabiduría. Se afligió cuando Dios le ordenó sacrificar a Isaac, pero “creyó en la virtud del absurdo”, despreciando las objeciones humanas. Abraham no es el “caballero de la resignación infinita”, que lo sacrifica todo por una causa, aceptando convivir con el dolor y la incomprensión. Abraham es el “caballero de la fe”, donde se hace realidad la paradójica frase de Tertuliano: “Creo porque es absurdo”.[1]

 

La confrontación con la realidad biológica irrefutable era demoledora, pues nada ni nadie podría haber previsto que la imposibilidad fuera superada por el gran milagro de Dios de hacer surgir vida de lo casi muerto, como comenta la carta a los Hebreos: “Por la fe, Sara misma recibió fuerzas para concebir, aunque era estéril, y dio a luz, aun cuando por su edad se le había pasado el tiempo, porque creyó que era fiel quien le había hecho la promesa. Por eso también, de un solo hombre, que ya estaba casi muerto, llegó a tener una multitud de descendientes, tan numerosos como las estrellas del cielo y tan incontables como la arena que está a la orilla del mar” (11.11-12).

En ambas circunstancias la lucha contra lo imposible parecía perdida de antemano, aun cuando los atisbos proféticos, pletóricos de esperanza, siempre consideraron que el horizonte de la fe podría sobreponerse a las condiciones más adversas. Abraham escuchó una palabra proveniente de la acción divina en marcha que lo convertiría en “el padre de la fe” de millones de personas y eso debía conseguirse en medio de la oposición del contexto y de su propia situación personal. La visita del Dios de la promesa (que se había hecho desde el cap. 15 y que no se había cumplido aún) en la figura de esos tres personajes enigmáticos fue posterior a lo que había sucedido en esta extraordinaria saga y que, como bien se ha dicho, complicó la historia de salvación:[2] el episodio de Agar mediante el cual Sara y su esposo trataron de “ayudar a Dios a cumplir su promesa” (Génesis 16), como si esto fuera posible, un suceso en el que Dios resolvió las cosas siempre a su manera, magistralmente, fundando una nueva dinastía de fe.

Lo extremo de la historia había llegado a límites verdaderamente insostenibles, pues ambos esposos rebasaban ampliamente la edad de la paternidad/maternidad. De ahí que la risa de Sara estaba completamente justificada, pero ella no consideró lo extremo a que podía llegar la intervención de Dios. El absurdo del suceso colocó a los personajes ante una nueva serie de determinaciones marcadas por la presión con que aparentemente Dios actuaba y con la expectativa sin cumplirse de los implicados en la historia. Isaac nacería hasta el cap. 21, luego de algunos acontecimientos trágicos como la destrucción de Sodoma y Gomorra, de modo que el cumplimiento de lo anunciado se movía sinuosa y peligrosamente en medio de momentos muy complejos para el desarrollo de los planes divinos.

“Lo divino se presenta siempre por sorpresa”, nos recuerda Gerhard von Rad, pues suraya todo el tiempo que era el propio Yahvé quien se le había presentado, dando un giro monumental al relato, destacando su sorpresa: “¿Cómo iba a ser posible a Abraham reconocer ya aquí a Yahvé?”.[3]

 

El relato alcanza su culmen con la frase: “¿hay algo imposible para Yahwé?” [v. 14a]. Palabras que figuran en esta historia como piedra ricamente engastada, y cuyo alcance sobrepasa con mucho el familiar ambiente patriarcal del relato, pues son como un testimonio que apunta hacia la omnipotente voluntad salvífica de Dios. el narrador ha acentuado con vigor el contraste: primero, la risa incrédula y quizá un tanto fea; y ahora estas palabras que indignadas reprochan esa manera de pensar que desconfía de la omnipotencia de Dios.[4] 

Todo ello sin contar las burlas y la incomprensión de los que son objeto, hasta hoy, las mujeres que tienen hijos en edad avanzada. De modo que el paralelismo con los anuncios previos al nacimiento de Juan el Bautista y Jesús de Nazaret es inquietante, provocador y aleccionador. En el primer caso, debido a la misma circunstancia de Sara, por la edad (Lucas 1.18, 25: “El Señor ha actuado así conmigo para que ya no tenga nada de qué avergonzarme ante nadie”, es la respuesta de Elisabet), y en el segundo por el caso opuesto, la juventud y la soltería de María de Nazaret, quien “aún no había conocido varón” (Lucas 1.34), en consonancia con el anuncio profético de que la doncella o virgen concebiría un hijo, entre las peores circunstancias históricas imaginadas.

 

Conclusión

La victoria de Dios sobre lo imposible. Así podría resumirse la gran lección de esta historia singular y paradigmática, aunque no debemos olvidar las diversas ocasiones en que el Señor actuó cuando en apariencia resultaba imposible que las cosas favorecieran a su pueblo. El Señor Jesús lo reafirmó citando al Génesis (Mateo 19.26) al responder a las dudas de sus discípulos sobre la salvación de ricos y pobres. La encarnación del Hijo de Dios en el mundo también fue una muestra de la superación de la imposibilidad física, biológica, moral y espiritual, a fin de hacer visible la viabilidad de los proyectos divinos para la redención humana y de toda su creación.



[1] Rafael Narbona, “Søren Kierkegaard, el caballero de la fe”, en El Cultural, 10 de junio de 2015, https://elcultural.com/soren-kierkegaard-el-caballero-de-la-fe.

[2] Elsa Tamez, “La mujer que complicó la historia de la salvación: el relato de Agar leído desde América Latina”, en Vida y Pensamiento, 3,1-2 (1983), pp. 19-30, http://teol-prot-latinoam-sigloxx.blogspot.com/2007/06/la-mujer-que-complic-la-historia-de-la.html: “Curiosamente Agar le pone un nombre a Dios; lo llama el Dios que ve, porque este Dios vio su opresión y le ofreció grandes planes para el futuro de su hijo”.

[3] G. von Rad, Génesis. 2ª ed. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1982, p.253.

[4] Ibid., p. 254.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Una Navidad para todos iguales, Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz


Marguerite Yourcenar (1903-1987)

4 de diciembre, 2021

 

Yo quiero una Navidad para todos iguales
alegrías, tristezas, oraciones y panes.
 

L

os ideales o valores navideños que casi siempre nos salen al paso en su forma más edulcorada y superficial pueden y deben ser moderados y redefinidos por la evidencia bíblica y teológica: la venida del Hijo de Dios para encarnarse en la historia humana es el acontecimiento máximo de la misma, pues representa tal como se ha dicho, el “matrimonio entre el cielo y la tierra”. La eternidad divina y la contingencia humana se han tejido de tal manera en ese suceso que es capaz de reconducir el destino de la humanidad y de la creación entera hacia el vasto territorio de la gracia y de la misericordia. Por ello, soñar con que, al menos en los días navideños podamos ser iguales todos/as es una de las mayores utopías, extensión de lo anhelado en las esperanzas proféticas de la antigüedad, cuando esos creyentes inspirados se asomaron a los grandiosos cambios que vendría a realizar el tan esperado Mesías en el mundo.

 

Compartamos juntos la divina luz
que nos trajo al mundo el niño Jesús.

Ésa es la luz de la esperanza que llega hasta nosotros en esta temporada que anuncia el esplendor de los tiempos mesiánicos, plagados de la presencia de ángeles que celebraron el nacimiento del Hijo de Dios en el pesebre más remoto de Belén. Esa figura débil e inocente que llegó para trastocar la tristeza en alegría, la opresión en libertad y la desesperanza en la fe más profunda viene hoy a recordarnos el grandioso esfuerzo del Creador por integrarse a la vida humana y levantarla hasta lo sumo, hasta las alturas gloriosas del encuentro con la majestad del Señor Dios.


Que acabe la guerra, que llegue la paz,
que reine en el mundo la felicidad.

Isaías lo dijo con todas sus letras: las armas mortíferas se convertirían en aperos de labranza (2.4: “y ya nadie se preparará para la guerra”) y los más feroces enemigos del mundo animal se fundirán en un abrazo fraterno (11.6-7) para proclamar la venida del reino de paz y justicia presidido por el Ungido de Dios. A esa esperanza nos aferramos y vamos mucho más allá de los buenos deseos para convertirnos en anunciadores y practicantes de la reconciliación, con Dios primero, y entre todas las familias de la tierra, porque sabemos que ése ha sido y es el deseo del Señor, que prevalezca la paz y la sana existencia de todas sus criaturas.

 

Todos los hermanos las manos tomad,
y siempre unidos al Rey proclamad.
 

Las manos unidas de toda la humanidad representan la hermandad producida por el propio Dios y, también la aceptación de su reinado, de su gobierno sobre todos/as. Pues nada como ello puede garantizar que su poder que lo abarca todo distribuirá la igualdad, la alegría y el bienestar sobre todos los seres humanos. Semejante esperanza es la que surgió de ese lugar humilde y pequeño en que el Señor Jesús fue recibido en brazos para comenzar a iluminar al mundo con su presencia bienhechora. Eso celebramos hoy y siempre. “Es la fiesta de los hombres de buena voluntad —como decía una fórmula que no siempre encontramos ahora, desgraciadamente, en las versiones modernas de los Evangelios—, desde la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media que ayudó a María en el parto hasta José que le calentó ante una escasa lumbre los pañales del recién nacido, y hasta los pastores embadurnados de grasa de oveja y a quienes Dios juzgó dignos de ser visitados por los ángeles” (Marguerite Yourcenar).

domingo, 28 de noviembre de 2021

Asomarse a la luz divina de la encarnación en el mundo (Isaías 11.1-10), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

28 de noviembre, 2021

Una vara saldrá del tronco de Isaí; un vástago retoñará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor; el espíritu de sabiduría y de inteligencia; el espíritu de consejo y de poder, el espíritu de conocimiento y de temor del Señor.                                                                            

Isaías 11.1-2, Reina Valera Contemporánea

 

Trasfondo

D

e cara a la grandiosa realidad (misterio y milagro, como escribió Karl Barth) de la encarnación del Hijo de Dios en el mundo nos enfrentamos directamente al tema y la realidad de los mesianismos, un asunto genuinamente religioso y espiritual, pero también inevitablemente político por causa de la forma en que son conducidas las esperanzas de las sociedades en determinados gobernantes o personajes. Un vocabulario de ciencias sociales lo define como “la creencia en un enviado divino que traerá a los hombres la justicia, la paz, condiciones felices de existencia; y la acción de todo un grupo obediente a las órdenes del guía sagrado para instaurar en la tierra el estado de felicidad soñado”.[1] Ello “nace del descontento cada vez más profundo de ciertas colectividades ante las desgracias y las injusticias sociales que las abruman y afirma formalmente la esperanza de que va a haber un trastorno completo de las condiciones penosas de existencia, aportado por un personaje sagrado que volverá a ponerlo todo en orden”.[2] “En todas las formas de movimientos mesiánicos se advierte un programa revolucionario renovador que no expresa una necesidad puramente mística ni una simple nostalgia de épocas míticas y de condiciones antiguas […], sino una dinámica histórica vuelta enérgicamente hacia el futuro”.[3]

Eso es lo que se anuncia en la temporada de Adviento, la forma en que Dios fue conduciendo la historia hasta llegar a su momento más grávido y culminante que desembocó en el nacimiento de su Hijo en el mundo. Al recuperar las esperanzas del antiguo pueblo de Dios y proyectarlas en la figura de Jesús de Nazaret se advierte con mayor claridad el amplio proyecto de introducción del Reino de Dios al mundo. Ya en el desarrollo de los evangelios, particularmente en el de Marcos, se experimenta una tensión entre la mesianidad de Jesús y lo que se ha denominado “la discreción de Dios”, al no darla a conocer abiertamente.[4] La interpretación espiritual de los sucesos, iluminada por el simbolismo de las velas, permite entender cómo el Adviento, debidamente celebrado, “reaviva nuestro agradecimiento a Dios por su intervención en la historia humana el día de ayer; refresca nuestro encuentro personal con el Resucitado el día de hoy y alimenta nuestra esperanza en el retorno esperado del Señor para el día de mañana”.[5] 

1. El mesianismo conducido por el propio Dios (vv. 1-5)

Los capítulos 6-12 del libro de Isaías constituyen, según muchos biblistas, el Libro de Emmanuel, es decir, un conjunto de oráculos presentados por el profeta en medio de una coyuntura nacional muy concreta en el reino de Judá. Este libro remite a la guerra siro-efraimita de los años 733-732 a.C., cuando el rey Acaz recurrió a Asiria y tuvo que aceptar su dominación política, económica y religiosa para defenderse de Siria y el reino israelita del Norte que deseaban extenderse a costa de Judá. “Isaías actuará como profeta de juicio contra los responsables del país. En 10.5ss, se afirma que Asiria es un instrumento de Yahvé contra la infidelidad de su pueblo, y se anuncia que más tarde recibirá el castigo por su soberbia. Este papel sería modificado en relecturas posteriores de los acontecimientos, y los oráculos de juicio y castigo con el tiempo recibirán retoques para ser vistos como mensajes de salvación. Esto se aprecia con toda claridad en otros dos pasajes, adonde Isaías y sus redactores expresan la forma en que proyectó su mesianismo urgente más allá de la historia que le tocó vivir: en el cap. 7., la señal del hijo de una virgen es la respuesta a las inquietudes del rey; y en el 9 el niño anunciado recibe los títulos que la situación demandaba con urgencia.

La ubicación y redefinición del papel de la “dinastía” de Isaí hace decir al profeta que de ese “tronco” (símbolo de una devastación anterior) brotará la esperanza de restauración. La recuperación del linaje davídico proyecta las expectativas populares a una dimensión nostálgica que, al mismo tiempo que recuerda los buenos tiempos de David, anuncia que el nuevo brote monárquico pertenece a todo Israel nuevamente, como anteriormente (v. 12). Las virtudes del v. 2 son fundamentales para entender la respuesta divina a las esperanzas del pueblo. El nuevo vástago recibirá el espíritu de Yahvé, desdoblado en tres pares de características: 

El espíritu de valentía nos recuerda al Dios guerrero, príncipe de la paz (Is 9.1-6) el rey es el que emprende los combates del pueblo y es Dios el que le da la fuerza necesaria para ello. El espíritu de conocimiento y respeto del Señor puede tener varios sentidos El término conocimiento se utiliza muchas veces en la terminología sapiencial En nuestro caso parece preferible relacionarlo con la terminología de Oseas (4 1 6 6) sobre todo en la medida en que se lee conocimiento de Dios lo mismo que el termino temor o respeto de Dios.[6] 

2. Un Mesías que colma plenamente las esperanzas humanas (vv. 6-10)

Los atributos del personaje esbozado proyectan las esperanzas del pueblo en el sentido de “aterrizar” la gracia divina en un gobernante que efectivamente conecte su labor con las necesidades del pueblo y no caiga en el estereotipo de las monarquías preocupadas sólo por sí mismas (como los Borbones en España, o los Windsor en Inglaterra). En primer lugar, los rasgos sapienciales de este monarca futuro (sabiduría e inteligencia) recuerdan la añeja petición de Salomón para su ejercicio real, el cual produjo un sentimiento de algo incompleto entre el pueblo porque no cumplió con las promesas del salmo 72. En segundo lugar, el par consejo/poder (planificación/fuerza), está visto no en el contexto de la guerra sino de la paz, es decir, de la situación normal que debe vivir un país bien gobernado que busca el desarrollo integral de todos sus habitantes, sin distinciones de ningún tipo. Los vv. 3b-5 extenderán más específicamente esta capacidad del rey futuro “para establecer justicia a favor de los pobres. Ésa es la función del poder: liberar a los que no tienen poder”. En tercer lugar, el conocimiento/temor de Dios (piedad/religiosidad) relaciona al Dios futuro con el Dios de la historia de salvación: “Conocer es ‘reconocer’, estar ligado al Dios salvador […] y temerle significa respetar sus normas y obedecerle”.

En un ambiente laico y secularizado, estas virtudes deben ser leídas en términos de la sensibilidad o voluntad política, pues ni siquiera El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, deja de notar la responsabilidad de los gobernantes ante las demandas profundas de la población. La modernidad laica ha quitado a los gobernantes la posibilidad de hacer alarde de una religiosidad superficial que enmascara, por necesidad, sus limitaciones e intereses. De la traducción griega de este pasaje surgió la tradición de siete atributos del rey, raíz de la afirmación de los siete dones del Espíritu Santo. Todo lo anunciado, además, tiene dimensiones cósmicas y ecológicas (vv. 6-8), es decir, el shalom (bienestar pleno) aplicado a toda la creación de Dios. 

Conclusión

Dios responde desde lo alto a las expectativas del pueblo con una persona que rebasará completamente el modelo político de la monarquía israelita y de cualquier gobierno para situarse, en Jesucristo, como el único y auténtico objeto de esperanza, sin dejar de lado que los testigos humanos del poder divino tienen una obligación de corte teológico muy importante: representar la forma en que Dios responde a las ansias mesiánicas de la población. En este sentido, la lectura política del Adviento consistiría en advertirlo como una especie de “campaña divina” para la aceptación de su manifestación extraordinaria en el mundo al encarnarse históricamente y optar por compartir la suerte de toda la humanidad, no ya desde las alturas aparentemente insensibles (que en rigor no lo habían sido, dada su simpatía permanente por la raza humana) sino desde abajo, desde el aquí y el ahora.



[1] Celma Agüero, “Mesianismo”, en p. 99, http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/historico/rama.pdf.

[2] Ídem.

[3] Ibid., p. 101. Énfasis agregado.

[4] Christian Duquoc, Mesianismo de Jesús y discreción de Dios. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1985.

[5] Elizabeth González y Jesús Martínez, “El Adviento”, en Red Latinoamericana de Liturgia, www.selah.com.ar.

[6] Jesús M. Asurmendi, Isaías 1-39. 2ª ed. Estella, Verbo Divino, 1981 (Cuadernos bíblicos, 23), p. 45.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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