El Greco, La resurrección de Cristo (1597)
27 de abril, 2025
Porque es necesario que lo corruptible se vista de incorrupción, y lo mortal se vista de inmortalidad. 54 Y cuando esto, que es corruptible, se haya vestido de incorrupción, y esto, que es mortal, se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: “Devorada será la muerte por la victoria”.
I Corintios 15.53-54, RVC
Trasfondo
Indudablemente I Corintios es el gran tratado neotestamentario sobre la resurrección de Cristo y de los suyos. No obstante, semejante planteamiento doctrinal e ideológico obedeció también a una circunstancia y a un contexto propio que llega hasta nosotros para situar la respuesta que el apóstol Pablo dio a las enormes dudas sobre la fe en la resurrección. Lo que se negaba no era tanto la resurrección de Jesús (15.1, 11, 13-16) sino la de sus seguidores. La reconstrucción del trasfondo del debate es muy útil para acercarse, así sea ligeramente, al ambiente complejo que propició la escritura de este capítulo. El apóstol tuvo que enfrentar en Corinto a algunos “maestros” que negaban la realidad de la resurrección para los creyentes (v. 12). Estamos ante una fuerte confrontación doctrinal ideológica y existencial, puesto que es creencia resultaba fundamental para la comunidad de ese lugar, por lo que es abordada como un auténtico problema pastoral.
La gran afirmación de la resurrección
del Hijo de Dios
Luego del gran resumen de lo que Pablo había recibido
como parte de la tradición apostólica (vv. 1-7) y de su testimonio de encuentro
con Jesucristo (vv. 8-11), inmediatamente aborda el problema en cuestión: “si
Cristo no ha resucitado, tanto nuestro anuncio como la fe que ustedes tienen
carecen de sentido” (v. 14). Y agrega: “Es más, resulta que somos testigos
falsos de Dios, por cuanto hemos dado testimonio contra él al afirmar que ha
resucitado a Cristo, cosa que no es verdad si se da por supuesto que los
muertos no resucitan” (v. 15). La relación dinámica entre una y otra
resurrecciones es la base de las afirmaciones paulinas, pues sin resurrección
no hay salvación. El principio de Adán, aplicado en el sentido de la muerte, en
Cristo se aplica para la vida de los/as creyentes (v. 22). El orden del primer
resucitado, en un ámbito trascendental, se seguirá con el impacto de la vida
para todos los demás (v. 23). Todas las “potencias enemigas” serán aniquiladas,
a fin de que el reino de Jesús se convierta en el del Padre (v. 24). En ese
sentido, hay una estrecha relación entre la vida de Dios aplicada a los suyos y
la manifestación plena de su Reino. Así se vincula el gran logro de la vida
plena y eterna con el triunfo absoluto del poder divino (v. 25).
El “último enemigo”, queda claro, es la muerte, el
último en ser destruido (v. 26), porque nada puede quedar fuera del
sometimiento a Cristo (v. 27), “para que Dios sea soberano de todo” (v. 28b),
incluso de la potestad de lo mortífero, el espacio de la anti-vida, de todo
aquello que atenta contra la vida de Dios manifestada en su creación. “El hecho
de que los corintios practicaban el bautismo por los muertos (v. 29) implica
que creían en algún tipo de sobrevivencia de las personas aun cuando no fuera
corpórea” (I. Foulkes). Las diversas opiniones producían posturas mezcladas,
por lo que Pablo tiene que sintetizar irónicamente una de las más extendidas,
el epicureísmo latente, cuya máxima es referida en esos términos: “Si los
muertos no resucitan, ¡comamos y bebamos,
que mañana moriremos!” (32b).
A continuación, el apóstol procede a responder las preguntas más acuciantes: “¿y cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo lo harán?” (35) y retoma la metáfora sobre la semilla que muere para hacerlo (36-38), además de extenderse en consideraciones sobre lo que Foulkes resume muy bien como “vida hoy para los cuerpos que resucitarán mañana” (39-41) y que “Pablo proclama que nuestro cuerpo está involucrado en nuestra salvación”, a diferencia de algunas tendencias actuales que quieren pasar por muy “cristianas” y desprecian radicalmente el cuerpo, mediante una nueva forma de dualismo. La fórmula paulina es impecable: “…se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra una cosa despreciable, resucita resplandeciente de gloria; se siembra algo endeble, resucita pleno de vigor; se siembra, en fin, un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual” (42b-44a), con sus referencias a Adán y su proyección en el tiempo posterior (45-49). Lo material requiere ser transformado para poder heredar el Reino de Dios en nuevas estructuras ontológicas, existenciales y espirituales: “…lo que es sólo carne y sangre no puede heredar el reino de Dios; que lo corruptible no heredará lo incorruptible” (50).
Dios comparte la vida con su pueblo
La grandeza de la vida de Dios transferida por Jesucristo a su pueblo brilla aquí en toda su intensidad (vv. 51-52) a fin de lograr que “este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que esta vida mortal se revista de inmortalidad”. Cuando eso suceda, se habrá traspuesto la “barrera metafísica” que hoy obstaculiza todavía la realización plena de la vida (v. 53). De ahí el recuerdo profético (Is 25.8: “La muerte ha sido devorada por la victoria”; v. 54b) y el cántico por la victoria (v. 55) obtenida por medio del Señor Jesucristo (57), a pesar de los esfuerzos del pecado y la ley (v. 56). La exhortación final, como siempre, es a mantenerse firmes y constantes, colaborando en la tarea cristiana (v. 58), dado que ésta nunca será en vano. En este punto central de su exposición, Pablo incorporó una referencia a Oseas 13.14: “Muerte, ¿dónde está tu victoria?, ¿dónde está, muerte, tu aguijón?” (15.55 NBE). Su cita se deriva más de la traducción griega del Antiguo Testamento (Septuaginta):
Dios invoca sobre el pueblo desobediente las plagas y la destrucción que la muerte y el Seol poseen. En los LXX, sin embargo, se transforma en una palabra de compasión y consuelo para un pueblo atribulado por fuerzas destructoras: “Muerte, ¿dónde está tu castigo?, Seol, ¿dónde está tu aguijón?”. Esta llamativa metáfora dibuja un cuadro de guerra, destrucción y opresión, donde el aguijón (un pincho puntiagudo) se usaba como instrumento de castigo o tortura. De esa misma manera la muerte amenaza a todos los seres vivos, y tarde o temprano cobra su victoria sobre ellos. Por esa razón, e influenciado, tal vez, por el texto de Isaías, Pablo cambia "castigo" por otra palabra griega algo similar: "victoria". Él ha percibido más allá de la muerte la victoria de la resurrección, cuando los cuerpos mortales serán transformados de tal modo que no perecerán jamás” (I. Foulkes, énfasis agregado).
Pero, lamentablemente, seguimos rodeados por las fuerzas de la muerte y es necesario asumir una postura de fe que, sin ser ingenua o temerosa, afirme la actuación divina en nuestra vida presente. Las palabras de Foulkes resultan muy pertinentes:
¿Dónde operan las fuerzas de la muerte en nuestro entorno? ¿Cómo debemos vivir y qué debemos hacer para resistirlas en nombre de Jesucristo, quien se opuso a ellas hasta la muerte? […] Si la esperanza de la resurrección futura hace que nos despreocupemos por estas realidades [humanas], nuestra fe se ha tergiversado, y este artículo del credo cristiano —que debe abrir pasos de vida— se habrá convertido en afirmación de la muerte. […] La resurrección de los muertos exige que pensemos en el cuerpo. […] Nuestra comprensión de la cruz y la resurrección nos debe llevara tomar acciones que afirman la vida en medio de la vulnerabilidad y la mortalidad de los cuerpos”. Esta idea y firme creencia acompaña las palabras de San Pablo, por lo que el grito de victoria que recuerda el apóstol forma parte de la experiencia cristiana más auténtica: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (I Co 15.54-55).
Conclusión
Vivimos tiempos en los que la vida, en prácticamente
todas sus formas, se ha convertido también en una mercancía. Su valor ha
disminuido ante los embates del crimen, la violencia y la inseguridad. Las
afirmaciones bíblicas sobre la vida, la muerte y la resurrección colocan cada
una de esas realidades en el horizonte que Dios las ha dispuesto. Atentar
contra la vida es atentar contra Dios mismo porque el Creador está detrás de
cada ser vivo e, incluso, la violencia contra implica violentar sus planes de
establecer por todas partes una vida plena y satisfactoria. Al enfrentar la
muerte, los creyentes pueden asumirla como una fase más de la existencia y como
la paradójica posibilidad de que se convierta en camino de plenitud en el
encuentro definitivo con Dios.
Un poema de Francisco Luis Bernárdez (Argentina, 1900-1978)
lo expresa magníficamente:
Soneto de la Resurrección
Cristo sobre la muerte se levanta,
Cristo sobre la vida se incorpora,
mientras la muerte derrotada llora,
mientras la vida vencedora canta.
Cristo sobre la muerte se agiganta,
Cristo sobre la vida vive ahora,
mientras la muerte es muerte redentora,
mientras la vida es vida sacrosanta.
Cristo sobre la vida se adelanta
y allí donde la muerte ya no espanta
la vida con su vida corrobora.
Mientras la muerte que la vida ignora
siente que lo que ignora la suplanta
con una fuerza regeneradora.
·
A. Bonora, “Muerte”, en www.mercaba.org/DicTB/M/muerte.htm.
·
José Luis Caravias, “El triunfo de
Cristo”, en Cristo, nuestra esperanza. El
amor de Dios según el Nuevo Testamento,
www.mercaba.org/Cristologia/XTO_esp_caravias_07.htm
·
Abel Clemente Vázquez, “La eutanasia:
aspectos religiosos. Punto de vista protestante”, en Fernando Cano Valle et al., coords., Eutanasia: aspectos jurídicos, filosóficos, médicos y religiosos.
México, UNAM/Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2001 (Estudios jurídicos,
22), pp. 311-317, www.iedf.org.mx/sites/DDHH/publicaciones/05.pdf.
·
Julia Esquivel, El Padrenuestro desde Guatemala
y otros poemas. San José, DEI, 1981.
·
Irene Foulkes, Problemas pastorales en Corinto. Comentario exegético-pastoral a 1
Corintios. San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1996.
·
Hans Küng, ¿Vida eterna? Madrid, Trotta, 2000.

