domingo, 27 de abril de 2025

"¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (I Corintios 15.51-58), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


El Greco, La resurrección de Cristo (1597)

27 de abril, 2025

Porque es necesario que lo corruptible se vista de incorrupción, y lo mortal se vista de inmortalidad. 54 Y cuando esto, que es corruptible, se haya vestido de incorrupción, y esto, que es mortal, se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: “Devorada será la muerte por la victoria”.

I Corintios 15.53-54, RVC

Trasfondo

Indudablemente I Corintios es el gran tratado neotestamentario sobre la resurrección de Cristo y de los suyos. No obstante, semejante planteamiento doctrinal e ideológico obedeció también a una circunstancia y a un contexto propio que llega hasta nosotros para situar la respuesta que el apóstol Pablo dio a las enormes dudas sobre la fe en la resurrección. Lo que se negaba no era tanto la resurrección de Jesús (15.1, 11, 13-16) sino la de sus seguidores. La reconstrucción del trasfondo del debate es muy útil para acercarse, así sea ligeramente, al ambiente complejo que propició la escritura de este capítulo. El apóstol tuvo que enfrentar en Corinto a algunos “maestros” que negaban la realidad de la resurrección para los creyentes (v. 12). Estamos ante una fuerte confrontación doctrinal ideológica y existencial, puesto que es creencia resultaba fundamental para la comunidad de ese lugar, por lo que es abordada como un auténtico problema pastoral. 

La gran afirmación de la resurrección del Hijo de Dios

Luego del gran resumen de lo que Pablo había recibido como parte de la tradición apostólica (vv. 1-7) y de su testimonio de encuentro con Jesucristo (vv. 8-11), inmediatamente aborda el problema en cuestión: “si Cristo no ha resucitado, tanto nuestro anuncio como la fe que ustedes tienen carecen de sentido” (v. 14). Y agrega: “Es más, resulta que somos testigos falsos de Dios, por cuanto hemos dado testimonio contra él al afirmar que ha resucitado a Cristo, cosa que no es verdad si se da por supuesto que los muertos no resucitan” (v. 15). La relación dinámica entre una y otra resurrecciones es la base de las afirmaciones paulinas, pues sin resurrección no hay salvación. El principio de Adán, aplicado en el sentido de la muerte, en Cristo se aplica para la vida de los/as creyentes (v. 22). El orden del primer resucitado, en un ámbito trascendental, se seguirá con el impacto de la vida para todos los demás (v. 23). Todas las “potencias enemigas” serán aniquiladas, a fin de que el reino de Jesús se convierta en el del Padre (v. 24). En ese sentido, hay una estrecha relación entre la vida de Dios aplicada a los suyos y la manifestación plena de su Reino. Así se vincula el gran logro de la vida plena y eterna con el triunfo absoluto del poder divino (v. 25).

El “último enemigo”, queda claro, es la muerte, el último en ser destruido (v. 26), porque nada puede quedar fuera del sometimiento a Cristo (v. 27), “para que Dios sea soberano de todo” (v. 28b), incluso de la potestad de lo mortífero, el espacio de la anti-vida, de todo aquello que atenta contra la vida de Dios manifestada en su creación. “El hecho de que los corintios practicaban el bautismo por los muertos (v. 29) implica que creían en algún tipo de sobrevivencia de las personas aun cuando no fuera corpórea” (I. Foulkes). Las diversas opiniones producían posturas mezcladas, por lo que Pablo tiene que sintetizar irónicamente una de las más extendidas, el epicureísmo latente, cuya máxima es referida en esos términos: “Si los muertos no resucitan, ¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!” (32b).

A continuación, el apóstol procede a responder las preguntas más acuciantes: “¿y cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo lo harán?” (35) y retoma la metáfora sobre la semilla que muere para hacerlo (36-38), además de extenderse en consideraciones sobre lo que Foulkes resume muy bien como “vida hoy para los cuerpos que resucitarán mañana” (39-41) y que “Pablo proclama que nuestro cuerpo está involucrado en nuestra salvación”, a diferencia de algunas tendencias actuales que quieren pasar por muy “cristianas” y desprecian radicalmente el cuerpo, mediante una nueva forma de dualismo. La fórmula paulina es impecable: “…se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra una cosa despreciable, resucita resplandeciente de gloria; se siembra algo endeble, resucita pleno de vigor; se siembra, en fin, un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual” (42b-44a), con sus referencias a Adán y su proyección en el tiempo posterior (45-49). Lo material requiere ser transformado para poder heredar el Reino de Dios en nuevas estructuras ontológicas, existenciales y espirituales: “…lo que es sólo carne y sangre no puede heredar el reino de Dios; que lo corruptible no heredará lo incorruptible” (50). 

Dios comparte la vida con su pueblo

La grandeza de la vida de Dios transferida por Jesucristo a su pueblo brilla aquí en toda su intensidad (vv. 51-52) a fin de lograr que “este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que esta vida mortal se revista de inmortalidad”. Cuando eso suceda, se habrá traspuesto la “barrera metafísica” que hoy obstaculiza todavía la realización plena de la vida (v. 53). De ahí el recuerdo profético (Is 25.8: “La muerte ha sido devorada por la victoria”; v. 54b) y el cántico por la victoria (v. 55) obtenida por medio del Señor Jesucristo (57), a pesar de los esfuerzos del pecado y la ley (v. 56). La exhortación final, como siempre, es a mantenerse firmes y constantes, colaborando en la tarea cristiana (v. 58), dado que ésta nunca será en vano. En este punto central de su exposición, Pablo incorporó una referencia a Oseas 13.14: “Muerte, ¿dónde está tu victoria?, ¿dónde está, muerte, tu aguijón?” (15.55 NBE). Su cita se deriva más de la traducción griega del Antiguo Testamento (Septuaginta): 

Dios invoca sobre el pueblo desobediente las plagas y la destrucción que la muerte y el Seol poseen. En los LXX, sin embargo, se transforma en una palabra de compasión y consuelo para un pueblo atribulado por fuerzas destructoras: “Muerte, ¿dónde está tu castigo?, Seol, ¿dónde está tu aguijón?”. Esta llamativa metáfora dibuja un cuadro de guerra, destrucción y opresión, donde el aguijón (un pincho puntiagudo) se usaba como instrumento de castigo o tortura. De esa misma manera la muerte amenaza a todos los seres vivos, y tarde o temprano cobra su victoria sobre ellos. Por esa razón, e influenciado, tal vez, por el texto de Isaías, Pablo cambia "castigo" por otra palabra griega algo similar: "victoria". Él ha percibido más allá de la muerte la victoria de la resurrección, cuando los cuerpos mortales serán transformados de tal modo que no perecerán jamás” (I. Foulkes, énfasis agregado).

Pero, lamentablemente, seguimos rodeados por las fuerzas de la muerte y es necesario asumir una postura de fe que, sin ser ingenua o temerosa, afirme la actuación divina en nuestra vida presente. Las palabras de Foulkes resultan muy pertinentes: 

¿Dónde operan las fuerzas de la muerte en nuestro entorno? ¿Cómo debemos vivir y qué debemos hacer para resistirlas en nombre de Jesucristo, quien se opuso a ellas hasta la muerte? […] Si la esperanza de la resurrección futura hace que nos despreocupemos por estas realidades [humanas], nuestra fe se ha tergiversado, y este artículo del credo cristiano —que debe abrir pasos de vida— se habrá convertido en afirmación de la muerte. […] La resurrección de los muertos exige que pensemos en el cuerpo. […] Nuestra comprensión de la cruz y la resurrección nos debe llevara tomar acciones que afirman la vida en medio de la vulnerabilidad y la mortalidad de los cuerpos”. Esta idea y firme creencia acompaña las palabras de San Pablo, por lo que el grito de victoria que recuerda el apóstol forma parte de la experiencia cristiana más auténtica: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (I Co 15.54-55). 

Conclusión

Vivimos tiempos en los que la vida, en prácticamente todas sus formas, se ha convertido también en una mercancía. Su valor ha disminuido ante los embates del crimen, la violencia y la inseguridad. Las afirmaciones bíblicas sobre la vida, la muerte y la resurrección colocan cada una de esas realidades en el horizonte que Dios las ha dispuesto. Atentar contra la vida es atentar contra Dios mismo porque el Creador está detrás de cada ser vivo e, incluso, la violencia contra implica violentar sus planes de establecer por todas partes una vida plena y satisfactoria. Al enfrentar la muerte, los creyentes pueden asumirla como una fase más de la existencia y como la paradójica posibilidad de que se convierta en camino de plenitud en el encuentro definitivo con Dios.

Un poema de Francisco Luis Bernárdez (Argentina, 1900-1978) lo expresa magníficamente: 

Soneto de la Resurrección

Cristo sobre la muerte se levanta,
Cristo sobre la vida se incorpora,
mientras la muerte derrotada llora,
mientras la vida vencedora canta.
 

Cristo sobre la muerte se agiganta,
Cristo sobre la vida vive ahora,
mientras la muerte es muerte redentora,
mientras la vida es vida sacrosanta.
 

Cristo sobre la vida se adelanta
y allí donde la muerte ya no espanta
la vida con su vida corrobora.
 

Mientras la muerte que la vida ignora
siente que lo que ignora la suplanta
con una fuerza regeneradora.
 

·         A. Bonora, “Muerte”, en www.mercaba.org/DicTB/M/muerte.htm.

·         José Luis Caravias, “El triunfo de Cristo”, en Cristo, nuestra esperanza. El amor de Dios según el Nuevo Testamento, www.mercaba.org/Cristologia/XTO_esp_caravias_07.htm

·         Abel Clemente Vázquez, “La eutanasia: aspectos religiosos. Punto de vista protestante”, en Fernando Cano Valle et al., coords., Eutanasia: aspectos jurídicos, filosóficos, médicos y religiosos. México, UNAM/Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2001 (Estudios jurídicos, 22), pp. 311-317, www.iedf.org.mx/sites/DDHH/publicaciones/05.pdf.

·         Julia Esquivel, El Padrenuestro desde Guatemala y otros poemas. San José, DEI, 1981.

·         Irene Foulkes, Problemas pastorales en Corinto. Comentario exegético-pastoral a 1 Corintios. San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1996.

·         Hans Küng, ¿Vida eterna? Madrid, Trotta, 2000.

sábado, 19 de abril de 2025

"El último enemigo que Cristo destruirá..." (I Corintios 15.22-28), Pbro. Raúl Méndez Yáñez

 20 de abril, 2025

INTRODUCCIÓN: LA INMORTALIDAD HUMANA DEL FUTURO

Tal como nuestro grupo de jóvenes ha representado en su mural, la esperanza de la Resurrección, es decir, el poder de derrotar a la muerte ha estado presente como uno de los mayores anhelos de los seres humanos. Desde antiguas mitologías de casi todas las partes del mundo hasta guiones de series y películas actuales. La obstinación humana de no rendirse ante el fatalismo es, quizá, la lucha más grande que hemos emprendido como humanidad. Como lo expresaba el pensador español Miguel de Unamuno: “Quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia”.[1]

El problema filosófico de la inmortalidad ha trascendido a la ciencia y a la tecnología. Sabemos, gracias al historiador de la ciencia David Noble, que durante todo el siglo XX, y aún el día de hoy, existen presupuestos de laboratorios biológicos y tecnológicos para intentar preservar lo más posible la existencia humana.[2]

Del lado de la biotecnología se busca “detener el envejecimiento” e, incluso, retrotraerlo. En realidad, no es algo inédito entre los seres vivos. En nuestro mural “Anhelos de vida eterna” podrán encontrar la imagen de una curiosa medusa llamada Turritopsis nutricula, la cual cuando llega a su madurez adulta, como si se tratara de Brad Pitt en la película El curioso caso de Benjamin Button, ¡comienza a rejuvenecer a su fase de pólipo! Solo que, a diferencia del Benjamin Button (personaje, por cierto, original de F. Scott Fitzgerald, cuya novela dio origen a la película), la medusa de la que hablamos no muere como una bebé-anciana, sino que ¡vuelve a comenzar su ciclo reproductivo y madura otra vez como adulta!, solo para que posteriormente, una vez más, regrese a su fase de pólipo. Es como si constantemente el pequeño metazoo estuviera desafiando a las garras de la muerte. Es por eso que a la medusa Turritopsis nutricola se le considera “biológicamente inmortal”. Desde luego alguien la puede aplastar o comer, porque no es físicamente inmortal. Sin embargo, casos como éste del reino animal han despertado la pregunta, ¿pudiéramos conseguir una inmortalidad biológica en los seres humanos? Desde cremas rejuvenecedoras hasta investigación con células madre, en estos momentos hay científicos intentando hacernos inmortales.

Del lado de la tecnobiología nuestra corporalidad pasa a segundo término y lo que algunos genios informáticos desean es preservar nuestra conciencia despojada de esta cárcel del alma llamada cuerpo. Así, la tecnobiología, sigue reseñando David Noble, intenta crear dispositivos de Inteligencia Artificial los cuales puedan ser cargados con un software muy peculiar: la conciencia de alguien que ha muerto biológicamente. Suena a ciencia ficción, como en el capítulo “San Junípero” de la serie The Black Mirror, pero la idea de copiar nuestra alma a una USB o subirla a una nube digital para que podamos seguir concientes por tiempo indefinido aún sin cuerpo, es parte de proyectos reales.

Podemos ver que ante la muerte todos atacamos: Las mitologías, la filosofía, la ciencia, la tecnología, ¡y hasta Netflix! La muerte, en efecto, parece ser el enemigo final (The Final Boss) que tanto en lo individual como en el conjunto de nuestra especie tenemos que encarar.

Aquí es donde lo más natural es que el predicador dijera: “¡Pero solo Cristo habrá de derrotar a la muerte en nuestra Resurrección! Haciendo realidad todos los anhelos humanos de inmortalidad. O como dijo alguna vez C.S. Lewis, “hacer real el mito”. Sin embargo, no quiero terminar el sermón tan pronto. No sin antes exponer lo que en 1 de Corintios 15 se entiende por Resurrección. 

ADÁN O CRISTO

“Así como todos mueren porque todos pertenecemos a Adán, todos los que pertenecen a Cristo recibirán vida nueva” (1 Corintios 15:22). La clave de este versículo es “pertenecer” o bien “estar en”. Estar en Adán o estar en Cristo. En tanto parte de la simiente de Adán, los seres humanos estamos condenados por el pecado y de ahí que se cierna sobre nosotros la sombra constante de la muerte. Es decir, no es meramente un asunto biológico, sino eminentemente espiritual. La muerte como acontecimiento biológico no es por sí misma el enemigo, sino la condenación que, como seres humanos, tenemos en Adán. Técnicamente no nos debiera preocupar morir, sino encontrarnos en condenación, enemistados con Dios. Tal como Pablo afirma recurrentemente en su epístola a los Romanos, por ejemplo, cuando dice: “La paga que deja el pecado es la muerte” (Romanos 6.23a). Así podemos ver mejor a nuestro enemigo. No es como tal la muerte biológica, sino la muerte en Adán, la muerte en pecado, que es la vida en condenación.

De nada nos valdría vivir 969 años como Matusalén si todos esos años nos encontraremos bajo el yugo de esclavitud del pecado. ¡Al contrario! En ese caso, cada año prolongando nuestra existencia es prolongar más nuestro castigo y maldición Si los informáticos apocalípticos tuvieran éxito y lograran deshacerse de nuestros cuerpos para llevar nuestra conciencia al reino de la Inteligencia Artificial donde bits desencarnados sean preservados, lo único que conseguirían es migrar a la nube nuestro pecado. Básicamente llenarían de virus ese Servidor de la Humanidad Inmortal. Su gran logro sería ¡digitalizar a la muerte! Volver inmortal a la simiente de Adán sería, con toda seguridad, la mayor catástrofe que pudiera cometer nuestra de por sí ya catastrófica especie humana. Esa “hambre de inmortalidad”, como le llamaba el ya citado Unamuno, tiene como guía el egoísmo mundano de acaparar todo lo posible. Como si no nos bastara con un acaparamiento de bienes y recursos, también deseamos acaparar al propio tiempo. Ese deseo de inmortalidad surge desde lo más profundo de nuestra pecaminosa voluntad.

Es por eso que nuestro pasaje en 1 Corintios 15 nos ayuda a poner las cosas en perspectiva. No se trata de una inmortalidad individual, desde mi yo egoísta que quiere vivir más y más. Es una Resurrección de mí en Cristo, no para que yo viva más y más, sino para Cristo sea glorificado. Una Resurrección bajo la autoridad de Cristo, o como también señala este versículo según un “orden”. Veamos a continuación de qué se trata ese orden de la Resurrección y combatamos a los especuladores escatológicos que tratan de acaparar el mercado religioso con vanos discursos apocalípticos. Porque la Resurrección no se trata de vivir “más y más”, sino pasar del orden de Adán al orden de Cristo. 

EL ORDEN DE LA RESURRECCIÓN

“Pero esta resurrección tiene un orden: Cristo fue resucitado como el primero de la cosecha, luego todos los que pertenecen a Cristo serán resucitados cuando él regrese” (1 Corintios 15.23). No se trata de un orden estrictamente cronológico. Considerarlo como un orden temporal es lo que ha llevado a la existencia de las diversas escuelas escatológicas. Qué va a pasar primero en los últimos tiempos, qué va a pasar después. Pero como la Biblia afirma cosas tan inconexas, parciales y oscuras respecto de “los últimos tiempos”, hay quienes afirman que la resurrección será durante la Segunda Venida de Cristo poco antes de que entre por los cielos, otros que será cuando regrese Cristo, pero luego de que se haya instalado como Rey Supremo. Hay quienes ven aquí un anuncio de Resurrección para comparecer ante un juicio, el Tribunal de Cristo, o el Juicio a las Naciones… pero la Biblia no debiera usarse para especulaciones escatológicas ni para que perdamos el tiempo intentando armar un rompecabezas con versículos de Daniel, Apocalipsis, Corintios, Mateo 24, etcétera. Si el Señor hubiera deseado que tuviéramos un “Programa de los Últimos Tiempos” detallado y cronológico ¡nos lo hubiera revelado de ese modo! Tendríamos la seguridad de cómo ocurrirían las cosas aquel Día de Jehová:

 

·  6 de la mañana: El Anticristo lanza un comunicado de una única religión a todo el mundo.

·  6:30 am. Se levantan los Dos Testigos en contra del Anticristo.

·  8:00 am. Desayuno (porque ese no puede faltar ni en el último día).

·  10:00 am. Los 144 mil salen de la oficina de Sellos.

·  11:00 am. Suena la Alerta Sísmica.

·  12:00 pm. Lluvia de meteoritos… 

¡Pero la Biblia no nos da algo así! No satisface nuestra curiosidad futurista. Aquí aplica la queja de Juan Calvino en contra de los especuladores teológicos, igual de perniciosos que los especuladores económicos.

 

Su vanidad, juntamente con su soberbia, se muestra en que los miserables hombres no se elevan sobre sí mismos, como sería razonable, para buscar a Dios, sino que todo lo quieren medir conforme a la capacidad de su juicio carnal, y no preocupándose, verdaderamente y de hecho, de buscarlo, no hacen con su curiosidad más que dar vueltas a vanas especulaciones. Por esta causa no lo entienden tal cual Él se nos ofrece, sino lo imaginan como con su temeridad se lo han fabricado.[3]

La vanidad no sólo no nos deja entender que en la pobreza se sabe querer, sino que la vanidad también nos hace perder el tiempo especulando en lo que no tiene sentido especular, tal como lo es el infructuoso intento de reconstruir el Programa de los Últimos Tiempos. Porque no se trata de un orden temporal, sino de un orden de autoridad y de salvación. Orden, en este pasaje no debe tomarse como una secuencia temporal de acontecimientos, sino como la expresión de la estructura de la realidad, la forma de la creación y de la redención tal como Dios la ha estipulado en Cristo. Por eso nuestro pasaje afirma: “Dios ha puesto todas las cosas bajo su autoridad (de Cristo)” (v. 27), y a su vez “el Hijo se pondrá a sí mismo bajo la autoridad de Dios, para que Dios, quien le dio a su Hijo la autoridad sobre todas las cosas, se completamente supremo sobre todas las cosas en todas partes” (v.28). Podemos notar, entonces, que no se está describiendo un programa cronológico, ¡se nos está presentando el orden, estructura o autoridad de la misma creación! Tan válido en el futuro, como en el pasado y en nuestro presente.

Nuestro pasaje de hoy, por tanto, no es para que especulemos sobre la Resurrección en el futuro, sino para que vivamos nuestra resurrección el día de hoy. Porque hoy, Cristo ¡ya ha resucitado! Y, por lo tanto, hoy mismo, nosotros también debemos considerarnos resucitados. Como señala el exégeta Nicholas Thomas Wright: “La Resurrección no se refiere a alguna parte o aspecto del ser humano que no muere, sino (al ser humano) que continúa en una vida en un modo nuevo; se refiere a algo que sí muere pero que se le otorga una nueva vida”.[4]

1 Corintios 15 no debe ser un pasaje atado a la escatología especulativa, en realidad, es un mensaje urgente para nosotros el día de hoy. No es especulación, sino lo que podemos llamar, junto con Jürgen Moltmann, escatología o teología de la esperanza. Porque el pasaje nos dice cómo la culpa de Adán no opera más en nosotros, porque ahora, nosotros no estamos en el reino de la muerte, sino en el orden, estructura, autoridad de la Resurrección en Cristo. Por eso el mismo Moltmann dice: “La realidad de la resurrección se desplaza de ser un acontecimiento ocurrido en el Jesús crucificado, a ser un acontecimiento ocurrido en la existencia de los discípulos… en un hoy sin pasado ni futuro… que está siempre presente ”.[5] 

LA RESURRECCIÓN ¡ES HOY!

“Y el último enemigo que será destruido es la muerte” (1 Corintios 15.26). En 1935 el físico Erwin Schrödinger propuso el siguiente experimento mental: Imagina un gato dentro de una caja sellada junto con un dispositivo que contiene una partícula radiactiva, un matraz de veneno y un mecanismo que rompe el matraz si detecta radiación. Desconocemos si el mecanismo se activó o no, pero lo cierto es que la partícula fulminante está ahí. Mientras la caja está cerrada no podemos afirmar nada con seguridad respecto del gato. Schrödinger concluye que antes de abrir la caja, el gato está, vivo y muerto al mismo tiempo. A esto Schrödinger le llamó “estado de superposición cuántica”. Sin embargo, ¿qué pasa si la caja se abre? Entonces el estado cuántico "colapsa" y el gato se encuentra en uno de dos estados definitivos: vivo o muerto. Como he dicho, este es un ejercicio mental, ningún gato salió cuánticamente dañado en este experimento.

¿Cómo es posible que la Resurrección ya se haya trasladado a nosotros si, en realidad, seguimos muriendo? ¿Significa que estamos, como el gato de Schrödinger, vivos y muertos al mismo tiempo? La paradoja en física es nueva, no lleva ni un siglo. Sin embargo, desde la teología una paradoja semejante ya se había planteado mucho tiempo atrás, cuando Martín Lutero definió al cristiano como Simul iustus et peccator (justo y pecador al mismo tiempo). Es decir, como cristianos, en tanto simiente de Adán tenemos que encarar a la muerte, pero en tanto pertenecientes a Cristo gozamos de la vida eterna. Como en el experimento mental del gato se Schrödinger estar de uno u otro lado depende de quien observa. En ese experimento alguien puede abrir la caja y ver al gato vivo, o bien, pudo hacerlo otra persona en otro momento y encontrarlo muerto. En nuestro caso, hay nombres para esos observadores. Si quien abre nuestra caja donde estamos nosotros y la radioactiva partícula del pecado es Adán, es decir, si somos nosotros mismos quienes tratarnos de medirnos con nuestra propia justicia, entonces solo podremos encontrarnos muertos, pues, como dice en Job 25.6: “Las personas son gusanos, nosotros los mortales somos simples lombrices”.

¡Por eso no intentemos abrir la Caja escatológica! No intentemos adelantarnos al futuro y llegar, por nuestros propios recursos a armar el Programa de los Últimos Tiempos convirtiendo a los textos bíblicos en piezas de un rompecabezas morboso, atrevido y especulativo. Mejor pacientemente esperemos al Señor (Salmo 40.1) y dejemos que sea Cristo quien abra la caja, porque sólo ante su mirada podremos ser vivificados.

Mientras eso ocurre, nosotros que aún estamos dentro de esta caja de la historia, viviendo nuestra vida en la incertidumbre del mañana, sólo nos queda aferrarnos a la esperanza de la Resurrección. Pero no a una Resurrección meramente futurista, tras la muerte, sino una Resurrección tan poderosa que es eficaz aún cuando biológicamente hayamos de morir. Podemos llamarle una Resurrección en superposición cuántica, o mejor aún, una Resurrección bajo el orden de Cristo. En términos de Oscar Cullmann, nuestra Resurrección “ya” está operando, pero “todavía no” llega a su final consumación.[6] Mantengamos la esperanza en este todavía no, albergando en nuestros corazones el anhelo de vida eterna en Cristo aún más allá de la muerte. Pero también ejerzamos el ya de la Resurrección, y declaremos con toda seguridad: ¡La muerte ha sido vencida!, porque ¡Cristo ya ha resucitado!

Y esa Resurrección opera hoy mismo. Toda vez que logras levantarte en la mañana pese a todos los deseos de ya no querer vivir, ahí está la Resurrección de Cristo; toda vez que superas una enfermedad o logras vivir aún en enfermedad, pero luchando, ahí está el poder de la Resurrección. Reorientar la vida de un camino de muerte y destrucción hacia decisiones sensatas y llenas de sabiduría, es también resucitar. Saborear un bocado en paz con quienes amas, disfrutar del abrazo cálido de reconciliación o descansar libre de ansiedad por la noche recordando que “en paz me acostaré y así mismo dormiré” es también una manifestación de la resurrección “porque solo tú Señor me haces vivir confiado” (Salmo 4.8). Vivir en Cristo es vivir plenamente, aceptando lo que Elsa Tamez llama “el desafío de vivir como resucitados”.[7]

Ésta es la buena noticia de este Domingo de Pascua, una noticia urgente, para nuestro presente. ¡La muerte ya ha sido derrotada! ¡La Resurrección es hoy!



[1] Miguel de Unamuno (1912). Del sentimiento trágico de la vida. Madrid, Renacimiento.

[2] David Noble (1999), La religión de la tecnología. La divinidad del hombre y el espíritu de invención. Barcelona, Paidós.

[3] Juan Calvino (1999). Institución de la religión cristiana, I, iv, 1, Rijswijk, Fundación Editorial de Literatura Reformada.

[4] N.T. Wright (2003). Christian Origins and the Question of God, Volume 3. Resurrection Son of God. Lanham: Fortress Press.

[5] Jürgen Moltmann. (1972). Teología de la esperanza. Salamanca, Sígueme, p. 246.

[6] Oscar Cullmann. (2010). Cristo y el tiempo: La concepción del tiempo y de la historia en el cristianismo primitivo. Madrid. Ediciones Cristiandad.

[7] Elsa Tamez, “El desafío de vivir como resucitados”. Documento escrito para la preparación del XI Encuentro Intereclesial de las Comunidades Eclesiales de Base de Brasil.

La resurrección del Señor anuncia la de los suyos (I Corintios 5.12-21), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

20 de abril, 2025 

Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

I Corintios 15.13-14 

Trasfondo

Obsesionado con el tema de la resurrección de Jesús, Pablo escribió prácticamente un tratado completo al respecto, I Corintios 15. Su introducción es un resumen de las enseñanzas básicas que recibió como nuevo creyente y de la manera en que Cristo se manifestó a sus seguidores después de la resurrección (vv. 1-11). A continuación, presenta de manera polémica su preocupación principal: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?” (v. 12), con base en algunas afirmaciones presentes en medio de la comunidad. Es imposible no recordar la manera en que el apóstol afrontó el rechazo y la burla al exponer este mismo asunto, nada menos que en el Areópago de Atenas (Hch 17.16-34), en donde tuvo que interrumpir su discurso, justamente al afirmar la resurrección de Jesucristo ante un público reacio a aceptar la recuperación “metafísica” de las realidades corporales. Según Irene Foulkes, algunas personas en Corinto no buscaban una “aclaración sino más bien trataban de poner en ridículo la idea misma de una resurrección de quienes han muerto. En lugar de una esperanza futura, parece que enseñaban que los cristianos deben experimentar en el presente una especie de vida exaltada”.[1] Pablo tomó en cuenta estas posturas, pero para argumentar en su contra. Polemizó con ellos sobre la incongruencia de la línea que han adoptado, aceptar la resurrección de Cristo y, al mismo tiempo, negar la posibilidad de una resurrección futura de los cristianos (15.13-34). 

EL sentido pleno de la resurrección del Señor (vv. 12-18)

Por todo ese antecedente que había recibido de la experiencia de los seguidores/as de Jesús, Pablo tradujo conceptualmente, y a través de una evolución personal consistente, la resurrección a todas las áreas de la existencia cristiana. De esa manera subrayó la importancia fundamental de la resurrección de Cristo. Atenas, Tesalónica (año 50) y Corinto (año 56-57) fueron ciudades griegas en las que Pablo confrontó la creencia liberadora de la resurrección con un ambiente ideológico y religioso muy hostil a la afirmación de la resurrección. Los griegos escuchaban que un tal Jristós había recuperado la vida y que tal persona era, nada menos, que el Hijo de Dios. Capas y capas de diversas creencias se confundían en el ambiente religioso y cultural, y en medio de todo ello, los creyentes corintios recibieron la primera carta del apóstol en donde insiste en recordarles que la creencia en la resurrección de Cristo es la base misma de la fe.

Vanas serían la predicación y la fe y si Cristo resucitó, argumenta Pablo (vv. 14, 17), para luego afirmar categóricamente. “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho”. (v. 20). La firmeza con que expone sus argumentos se complementa con la manera en que encadena, a partir del v. 21, las raíces antiguas, en la revelación histórica de Dios, de los sucesos. Si por una sola persona entró la muerte al mundo, agrega, por una también la resurrección (v. 21), y si en el Adán bíblico “todos mueren”, “en Cristo serán vivificados” (v. 22). El orden de salvación es muy claro para él:

a) “Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias” (v. 23a); b) luego los que son de Cristo, en su venida (v. 23b); c) Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia (v. 24); d) Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies (v. 25); y e) Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (v. 26)”. 

Primicias de los que durmieron (vv. 19-21)

Esta sucesión de acontecimientos escatológicos evidencia la forma en que se encadena la actuación histórica y suprahistórica de Dios con la existencia humana a fin de conducirla por los senderos misteriosos de la vida y la muerte para así establecer, con todo ello, la victoria de Jesucristo, Hijo de Dios, sobre todos los ámbitos. El propósito es firme: “La meta de Pablo […] es que aquellos corintios que están negando la posibilidad de la resurrección de los muertos en Cristo se den cuenta de la amplitud del impacto de la resurrección de Cristo sobre sus hermanos y hermanas muertos en Cristo sobre la historia entera de la humanidad y sobre la muerte y los poderes malignos del mundo que bien conocen”.[2] Ciertamente, no se deja de reconocer que el enemigo, por así decirlo, más difícil de someter, es precisamente la muerte. Y es que el apóstol entiende, como continúa en su discurso, que si Jesucristo ha sometido todas las cosas (vv. 27-28), la muerte inevitablemente perderá su poder también. Sus palabras se atropellan un tanto, en su afán por demostrar, a los ojos y oídos de la fe, que la resurrección no es un mito ni una patraña, sino que es, nada menos, que el fundamento de la salvación conseguida por Jesucristo. Bautizarse en su nombre, si él no volvió a la vida, sería vanidad (v. 29). 

Conclusión

 

Cada uno de nosotros ha tenido la experiencia de una tumba vacía. Para mí fue el día en que a mi hijo le diagnosticaron leucemia. Y al enfrentarnos a esa tumba vacía, la mayoría reaccionamos como las mujeres del Evangelio: con terror y miedo, queriendo huir de la dolorosa realidad que tenemos ante nosotros. La buena noticia no es que Dios prometa una vida libre de sufrimiento y muerte. La buena noticia de la tumba vacía es que Dios ha asumido nuestro sufrimiento y muerte. En esa cruz y en esa tumba, es Dios quien murió y fue sepultado. Que la tumba esté vacía es una buena noticia porque en Cristo Dios vence a la muerte y, así como resucitó a Jesús, también nos resucitará a nosotros.

Mejor aún, Dios no espera que saltemos de alegría ante la experiencia de la tumba vacía. Podemos llorar. Podemos desesperarnos. Incluso podemos dudar. Después de todo, los discípulos estaban tan abrumados por el dolor que se negaron a creer que Jesús había resucitado. En su dolor, la tumba vacía era motivo de desesperación.

La fragilidad humana puede fácilmente vencer a la fe más firme, pero tenemos la seguridad de la gracia y el perdón de Dios porque Jesucristo ha resucitado.[3] 

La inevitabilidad de la muerte no es el problema que ve Pablo sino todo lo que ella representa y la manera en que, mediante sus “armas”, se hace presente en el mundo para deshumanizar y, sobre todo, restar la esperanza humana en una vida plena, auténtica y libre. Su resistencia al plan divino la coloca como “último enemigo” en el horizonte de la consumación del designio redentor, pues se desdobla en diversas manifestaciones: enfermedades, tragedias, crímenes, violencia, etcétera, pero en ninguna de ellas podrá prevalecer ante el poder de Dios manifestado en Jesucristo: “Y la muerte no impondrá su reino” (Dylan Thomas, Gales, 1914-1953).



[1] I. Foulkes, Problemas pastorales en Corinto. Comentario exegético-pastoral a 1 Corintios. San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1996.

[2] Efraín Agosto, 1 y 2 Corintios. Minneapolis, Augsburg, 2008 (Conozca su Biblia), p. 122.

[3] Rubén Rosario Rodríguez, “La tumba vacía”, en Facebook, 19 de abril de 2025, www.facebook.com/ruben.rosario.7927.

viernes, 18 de abril de 2025

La antigua humanidad fue crucificada con Jesucristo (Romanos 6.1-14), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

18 de abril, 2025

…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado (sunestauróthe) juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (katargethê), a fin de que no sirvamos más al pecado.

Romanos 6.6

 

El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte…[1]

J.L. Borges, “Tres versiones de Judas”

 

Pablo frente a la cruz de Jesús (vv. 1-9)

Uno de los primeros conflictos que debió enfrentar el antiguo fariseo Pablo de Tarso en relación con la realidad de la cruz de Jesús fue la afirmación de Dt 21.22-23 sobre la maldición para quien muere en un madero. Su conciencia religiosa, formada en el más estricto apego a la ley, debió confrontarse con la cruda visión de la fe cristiana acerca de los momentos climáticos de la muerte de Jesús en el madero del Gólgota, una imagen intolerable para la perspectiva judía sobre el ajusticiamiento de una persona. En ese caso, Jesús no había sido ejecutado como blasfemo sino como un enemigo de la paz pública y del Estado romano. Cuando tuvo la visión cerca de Damasco, seguramente el choque debió ser brutal para él:

 

¡A quien él perseguía, era precisamente el Mesías, de quien Dios mismo daba testimonio resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo, como los cristianos perseguidos por él testimoniaban! Pablo creyó en Jesús, pero tuvo que replantearse el problema de su muerte. Si Jesús, pues, no era un ‘maldito de Dios’, ¿por qué su muerte en la cruz? La comunidad de Damasco, que le acogió, le dio la primera respuesta: ‘murió por nuestros pecados’, según testimoniaban las Escrituras”.[2] 

Esta creencia, que Pablo repite modificada varias veces, se deriva de una lectura cristológica de Isaías 53.5a (“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”), y formaba parte de las primeras afirmaciones de fe de las comunidades creyentes. La mirada realista acerca de un instrumento de tortura secular usada por los garantes de estabilidad social, los militares romanos, contrasta con la interpretación del proyecto divino de salvación que progresivamente elaboró el apóstol. Poco antes de desarrollar su teología de la cruz propia, formula preguntas tan acuciantes como en I Co 1.13: “¿Acaso crucificaron a Pablo por ustedes?” para demostrar que sólo quien pasó por la cruz podía atribuirse la propiedad de la iglesia. Para él, todos los seres humanos, tanto judíos como gentiles, son irredentos, por lo que su necesidad de apelar a esa muerte es obligada.

En Gálatas 3.13-14 se refiere explícitamente a Dt 21.23: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. Ridderbos comenta: “El texto afirma que Cristo, al dejarse crucificar por nosotros, se hizo maldición por nosotros, para que la bendición de Abraham pudiera comunicarse a los gentiles por medio de la fe, y no en base a las obras”.[3] “Así, ellos pueden ahora recibir mediante la fe lo que no estaban capacitados para recibir por medio de la ley”.[4]

 

Probablemente Pablo esté acá reflejando su sensibilidad pre-cristiana: ¿cómo puede alguien decir que Jesús es enviado de Dios, si Dios lo ha maldecido en la cruz? Esta paradoja sólo alcanza su sentido con la fe en la resurrección: “Dios lo resucitó” (1.1); es decir: la cruz es signo de que Dios ha maldecido a Jesús, pero la resurrección es signo de que lo ha bendecido. Llegando a lo profundo de la maldición (haciéndose maldito), Jesús llega al extremo de la debilidad, de hacerse nada (kénosis), para así poder llegar a todos, no sólo a los que tienen poder o fuerza. Llegando hasta lo más profundo, liberándonos de la ley, la bendición “a todas las naciones” que Dios hizo a Abraham (Gen 12.3) llega ahora a los paganos (3.14).[5] 

Procesando así esta enorme paradoja pudo san Pablo relanzar la imagen salvífica de un “malhechor rehabilitado” que, condenado por la ley antigua, podía funcionar como salvador en el nuevo esquema de Dios. De ahí que su lenguaje asuma las metáforas jurídicas de la redención y la justificación, por igual, para referirse a los logros de la cruz de Jesucristo, que él vería ya como centro y razón de ser de cualquier comprensión de la obra salvadora de Dios, porque “el fin de cualquier teología de la ley es Cristo, y no otro que el crucificado, en el sentido de la expresión paulina, ‘palabra (o mensaje) de la cruz’”.[6] 

Crucificados/as con Jesús para una vida nueva (vv. 10-14)

La carta a los Romanos representa uno de los momentos más altos en la reflexión paulina sobre la fe y la actuación de Dios en Cristo. En el cap. 6, el apóstol desarrolla, como algunos estudiosos han observado, dos lenguajes simultáneos, el cúltico o jurídico, y el participativo o “místico”, acerca de la muerte de Jesús por la humanidad. Eso se puede resumir con una fórmula: “Es la distinción entre decir que Cristo murió por los creyentes y que ellos mueren con Cristo, entre decir que los cristianos/as son santificados y justificados, y que ellos han muerto con Cristo al poder del pecado”.[7] De este modo, la muerte de Jesús en la cruz sirvió para dos propósitos: tratar con el castigo y las consecuencias del pecado humano y, al mismo tiempo, con su poder: “La muerte de Cristo consiguió la absolución y para hacer posible la participación en su muerte al poder del pecado”.[8]

Explorar el primer énfasis, el legal o litúrgico, conduce inevitablemente al segundo, el participativo, en el que según este pasaje, cada creyente se identifica profundamente con la muerte de Cristo en el rito bautismal, pues “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte” (v. 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (v. 4); “nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (v. 5); “lo que antes éramos fue crucificado con Cristo” (6.6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (v. 8). Esa identificación nos lleva a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir una vida nueva” (v. 4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (v. 6); “muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (v. 11). “La lógica de este cambio es bastante sencilla: ‘Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado’ (6.7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos ‘enganchados’ del sistema pecador, de la obligación y la ‘vida muerta’”.[9]

En el bautismo, según Pablo, “nos hemos despedido simbólico-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo, una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de satisfacción”.[10] Y ya es posible disfrutar de esta nueva forma de existencia, aun cuando su plenitud no se alcance, pues nuestra vida es, desde ahora, la “semilla de otro reino”. “Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte, y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la ‘espiritualidad’ de lucha y perseverancia, que en Ro 8 se presenta como la base del proyecto cristiano.[11]

Gálatas 2.19-20 retoma la experiencia de estar crucificados con Cristo y allí crucifica al yo, “que es pecador por estar sometido al legalismo”. En Ro 6.6a, “nuestro hombre viejo quedó juntamente crucificado con él; es decir: fue aniquilado el cuerpo carnal poseído por el pecado (el individuo pecador, 6b); de este modo ha sido quebrantado el poder del pecado (6.2; 6.6c)”.[12] De modo paralelo, en Gál 6.14 todo esto se expresa con una fórmula cósmica: “por la cruz de Cristo el ‘mundo’, de tentador del poder, fue crucificado en favor del yo creyente, y por otra parte el yo fue entregado a la muerte para afrenta del mundo, ya que pierde su base de operaciones […] Los creyentes, transformados en propiedad de Cristo, han crucificado su carne con sus pasiones y deseos desordenados (Gál 5.24)”.[13]

Desde esta perspectiva “mística”, lo que los creyentes han hecho es “compartir es una condición presente similar a la del Cristo crucificado y resucitado como resultado de haber roto radicalmente con el pecado junto a su Señor a fin de vivir para Dios”.[14] Y todo ello acontece, efectivamente, mediante la incorporación al cuerpo de Cristo por la fe y el bautismo. Mueren junto con Cristo y se identifican con la condición suya de estar “muertos al pecado” y a la era presente. En la cruz muere la vieja humanidad y se anuncia el surgimiento de una nueva en la resurrección de Cristo, quien ha ganado para quienes “son sepultados con él” (4a) por el bautismo una “vida nueva” para andar en ella (4c, kainóteti zoēs peripatésomen). Ya no hay identificación esencial con el mundo de hoy sino con la vida experimentada desde la cruz y resurrección de Cristo. La “visión mística”, entonces, exige una aplicación ética para lograr la superación de los valores contrarios al Reino de Dios. ¡Es la preeminencia de la gracia, sí, pero que reclama un compromiso en todos los órdenes de la vida!

 

Conclusión

Además, la actualización de la crucifixión exige ampliar los contextos para la aplicación de la muerte de Jesús, pues la experiencia humana sigue produciendo crucificados: “La Semana Santa traiciona la pasión cuando es algo sólo emocional, folclórico y festivo. Es memoria de la cruz y toma de conciencia de que muchos conciudadanos están viviendo una pasión, crucificados por los poderes de este mundo. Cuando esto se concientiza y compromete a los cristianos, entonces es cuando la celebración es actual y tiene fuerza”.[15] El Viernes Santo, lamentablemente, es la situación permanente de muchas personas en nuestras sociedades, por lo que el salto al Domingo de Resurrección para ellas es de una urgencia pasmosa.[16] 

***

 

El Cristo de Velázquez

Miguel de Unamuno

 

XVII

Con esos brazos a la cruz clavados

has hecho, Maestro carpintero, casa

de Dios a nuestra pobre tierra, dándole

morada en nuestro suelo. Cuatro clavos,

hijos del arte humano, te enclavijan

al árbol de tu muerte y vida nuestra,

formándole a tu Padre en nuestro suelo

solar de amor. Y aquí sueña y descansa

su celeste cabeza, en la que el Verbo

mora increado, como en almohada

recostando en tu pecho, y a tu toque

siéntese hombre, que es del todo el fin.

 

Muerte

Eres tú de los muertos primogénito,

Tú el fruto, por la muerte ya maduro,

del árbol de la vida que no acaba,

del que hemos de comer si es que quisiéramos

de la segunda muerte vernos libres.

Pues Tú a la muerte que es el fin has hecho

principio y soberana de la vida,

la Muerte blanca envuelta en negro manto

y en caballo amarillo caballera;

la Muerte, Emperadora de la Historia,

que segados los hombres nos encilla

con avaricia de conquistadora.

 

Hijo el Hombre es de Dios, y Dios del Hombre

hijo; ¡Tú, Cristo, con tu muerte has dado

finalidad humana al Universo

y fuiste Muerte de la muerte al fin!

 

***

 

Sergio Cárdenas, “Ante tu cruz”, www.youtube.com/watch?v=7--f1WhVMIo



[1] Cf. Winston Enrique Sabogal, “La deuda con Judas”, en El País, 5 de abril de 2012, http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/04/en-deuda-con-judas.html. Agradezco la referencia al maestro Sergio Cárdenas.

[2] Ángel Pérez Gordo, “La cruz interpretada por San Pablo (II). Las fiestas de Israel, tipo de las nuevas realidades”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 27, 1997, p. 17, www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html.

[3] H. Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000, p. 216.

[4] D. Brondos, Paul on the cross. Reconstructing the apostle’s story of redemption. Minneapolis, Fortress, 2006, p. 148. Gracias a Rosa Hamdan por el acceso a este volumen.

[5] E. de la Serna, “Gálatas: la novedad de estar en Cristo”, en RIBLA, núm. 62, http://claiweb.org/ribla/ribla62/eduardo.html.

[6] E. Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 365.

[7] E.P. Sanders, Paul and palestinian judaism. Filadelfia, Fortress, 1977, p. 520, cit. por D. Brondos, op. cit., p. 103.

[8] Ibid., p. 507.

[9] Leif E. Vaage, “Redención y violencia: el sentido de la muerte de Cristo en Pablo. Apuntes hacia una relectura”, en RIBLA, núm. 18, http://claiweb.org/ribla/ribla18/redencion%20y%20violencia.html.

[10] Ídem.

[11] Ídem.

[12] E. Branderburger, op. cit., p. 366.

[13] Ídem.

[14] D. Brondos, op. cit., p. 175.

[15] Juan Antonio Estrada Díaz, “¿Es actual la Semana Santa?”, en Diario de Sevilla, 4 de abril de 2012, www.diariodesevilla.es/article/opinion/1225535/es/actual/la/semana/santa.html.

[16] Juan José Tamayo Acosta, “Viernes Santo en la sociedad del bienestar social. La experiencia del mal desde la perspectiva de las víctimas”, en Moralia, núm. 22, 1999, pp. 223-252, en Staurós, núm. 37, primer semestre de  2002, www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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