viernes, 25 de julio de 2025

"Soy el que borra tus rebeliones..." (Isaías 43.22-28), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

27 de julio, 2025

 

Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

Isaías 43.25, Reina-Valera 1960

 

Trasfondo

En la parte final de Isaías 43, Yahvé se dirige a su pueblo para recriminarle sus errores y fallas. Es una auténtica disputa contra él. El Señor asume un lenguaje de denuncia y de recordatorio para, a partir de ahí, introducir la posibilidad de un reinicio que transforme la historia de la comunidad de fe. Los caminos de la esperanza que se propone al pueblo desterrado atraviesan por esta expresión de reproche por lo sucedido en el pasado. Y aunque parecería que la memoria de Dios refresca lo acontecido en la historia, lo cierto es que no se trata de la imagen de Dios que más nos conviene, porque para decirlo en rigor el pueblo y los creyentes siempre necesitan un “Dios amnésico”, capaz de olvidar y de no llevar un libro de contabilidad en el que siempre saldrían perdiendo. Tal como lo escribió Rubem Alves al recontar la historia del hijo pródigo: “Jesús pinta un rostro de Dios que la sabiduría humana no puede entender. Él no lleva una contabilidad. No suma las virtudes ni los pecados. Así es el amor. No tiene ‘porqués’. Es sin razones. Ama porque ama. No hace contabilidad ni del mal ni del bien. Con un Dios así, el universo se hace más ligero. Por eso, un mejor nombre para esa historia sería: ‘Un padre que no sabe sumar’ o ‘Un padre que no tiene memoria’”.[1] Ése es el Dios que más nos conviene a todos, qué duda cabe. 


Querella contra el pueblo por sus pecados (vv. 22-24)

Pero antes de hacerse presente la amnesia divina el texto muestra lo contrario, su buena memoria, en la que salen a la luz las cosas que el pueblo hizo mal, el recuento de los daños hacia sí mismo en primer lugar, evidentemente. “Los vv.22-24a se caracterizan por siete negaciones, la primera de las cuales es muy enfática: ‘no a mí me llamaste / invocaste...’. Es una queja de Yavé que implica el desinterés, y hasta un cansancio, por él (22b). Cuando se traduce ‘no me has invocado’ se pierde el matiz de exclusión en favor de otros que el texto hebreo ofrece. La recriminación siguiente sobre la falta de sacrificios y otros actos cúlticos tampoco se refiere a una negligencia religiosa de Israel, sino a una opción por otros dioses en lugar de Yavé”.[2] La acusación directa: “Te cansaste de mí” (22b) es sumamente dolorosa para Dios y así hay que asumirla.

Yavé no había sobrecargado a Israel con exigencias litúrgicas ni de ofrendas económicas o sacrificios (v.23b-24). “Él más bien se sintió esclavizado por los pecados de Israel. ¿Se trata de una expresión metafórica para decir que Yavé tuvo que sufrir o estar molesto por dichos pecados? Tiene otra dimensión el texto si lo referimos a la situación del exilio. En la concepción mesopotamia, avalada por numerosos textos asirios y babilonios, también los Dioses son llevados cautivos (a través de sus estatuas) y dominados por los de sus conquistadores. Al castigar a Israel por sus pecados con el exilio, es como si también Yavé quedara esclavo. El Yavé que no se cansa ni se fatiga (40:28s) resulta como fatigado (43:24b final). Marduc, en fin de cuentas, es el más fuerte”.[3] Esto último es inaceptable, pero Dios estaba harto de las maldades y pecados (24b). 


“Yo borro todas tus rebeldías…” (vv. 25-28)

El v. 25 se opone casi simétricamente al 24b por la reiteración de términos: “pecados / iniquidades // rebeldías / pecados”, en donde destacan “tres matices literarios para captar la fuerza del mensaje: 1) Yavé mismo entra en acción para invertir la situación; 2) se decide a borrar y no recordar más esos mismos pecados por los cuales Israel lo había esclavizado entre las naciones; 3) lo hace por su propia causa, o sea para salvar su nombre”.[4] Esto explica un poco más el anuncio sorpresivo de 40.2 con el mismo vocabulario de “iniquidades / pecados”). Aquí encontramos la falta de contabilidad de Dios en toda su maravillosa expresión: Dios acepta y quiere ser amnésico. Es el espíritu del perdón de las deudas que aparecerá en el Padrenuestro, de la capacidad efectiva de olvidar los agravios cometidos. Se trata de redescubrir el rostro amable y jubilar de un Dios perdonador, fácil de ser amado, por razones obvias. Aquellos que no lo logran, siguen asediados por la duda del apóstol: “Miserable hombre que soy... ¿Quién me librará…?”. “Deudores y acreedores son esclavos eternos. Solamente los que no tienen nada qué recibir o por pagar pueden volar juntos, como amigos”.[5] Desde esta perspectiva jubilar, la historia del hijo pródigo se agiganta.

En los vv. 26-28 aparece la querella legal como tal: Yavé invita a Israel a levantar su demanda (“hazme recordar”, término técnico para demandar), y le ofrece la oportunidad para justificarse en un juicio, pero no hay respuesta. Entonces habla él mismo a fin de recordar el pasado. En el v. 27 se recuerdan “el primer antepasado y los maestros”, Jacob y los reyes de Judá. El contexto es el de la caída del reino de Judá, como se aprecia en 28b. “Que Yavé haya ‘profanado’ a los príncipes significa que deja de sentirse como “el Especial de Israel” y a este pueblo como ‘especial (qados)’ para él. Profanar es equivalente a desacralizar. […] …revela, por otra parte, que en el proyecto del 2-Isaías las autoridades políticas, si a ellas se refiere, no juegan un papel simpático”.[6] Aquí está con toda su fuerza la memoria divina nuevamente. 


Conclusión

El peso mayor de Isaías 43 está en su capacidad para hablar del Dios amnésico, que decide olvidar las maldades de pueblo para reencaminarlo hacia la tierra mediante un retorno que abarcaría todos los aspectos para una buena relación con Él. Cada experiencia del pueblo debía abonar a una mejor comprensión del Señor como una divinidad perdonadora, amplia para practicar la misericordia y profundamente empática con el destino de la comunidad política y de fe, que lo era simultáneamente. El pueblo estaba listo para escuchar otras palabras de consolación y de promesa del Espíritu en 44.2-4: “Yo soy el Señor, tu Hacedor, el que te formó desde el vientre y el que siempre te ayudará. Y yo te digo que no temas. Tu eres mi siervo, Jacob; tú eres Jesurún [diminutivo], a quien yo escogí. Y voy a derramar aguas sobre el desierto y ríos sobre la tierra seca, y también voy a derramar mi espíritu sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos. Así ellos crecerán entre la hierba, como crecen los sauces a la orilla de los ríos”.



[1] R. Alves, “Sem contabilidade”, em Tempo e Presença, núm. 289, septiembre.-octubre de 1996, p. 42. Versión propia. Cf. L. Cervantes-Ortiz, “El Padrenuestro y la faltade contabilidad de Dios“, en Protestante Digital, 29 de agosto de 2014, https://protestantedigital.com/ginebra-viva/14709/el-padre-nuestrorsquo-y-la-falta-de-contabilidad-de-dios#_ftn19.

[2] J.S. Croatto, Isaías. La palabra profética y su relectura hermenéutica. Vol. II: 40-55. La liberación es posible. Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 92.

[3] Ibid., pp. 92-93.

[4] Ibid., p. 93.

[5] R. Alves, “Meu filho, eu não sei somar...”, em Pai Nosso. Medita. , p. 111. Énfasis agregado.

[6] J.S. Croatto, op. cit., p. 93.

sábado, 19 de julio de 2025

El Señor abre un camino en el desierto (Isaías 43.16-21), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Jan Luyken (1649-1712), Retorno del exilio de Babilonia (1706)

20 de julio, 2025

Yo voy a hacer algo nuevo,

y ya he empezado a hacerlo.

Estoy abriendo un camino en el desierto

y haré brotar ríos en la tierra seca.

Isaías 43.19, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

En Isaías 43.16-21 estamos delante de un anuncio de salvación con una interesante concentración de tiempos: a) el presente o pasado próximo, que es la liberación de Babilonia (14-15); b) el pasado remoto y glorioso del éxodo (16-17), un futuro próximo que supera todo el pasado (18-21).[1] Esta contigüidad de tiempos está signada por la insistencia del texto en no nombrar a la potencia que derrotaría a Babilonia. Además, los títulos de Dios acumulados en el v. 15 (Señor, vuestro Santo, el creador de Israel, vuestro Rey) manifiestan la intención de superar a Marduk, quien tenía títulos innumerables. Los del Dios de Israel se acreditarían en su acción histórica. La liberación que se anunciará trae inevitablemente a la memoria la liberación “clásica”, ancestral, “produciendo una mutua iluminación, mostrando la continuidad o coherencia”.[2] Los simbolismos se entrelazan y al primer éxodo le seguiría este segundo, con una gran diferencia: allá se abrió el mar, ahora el Señor abrirá un camino en el desierto inhóspito. Los signos contrarios se encuentran en la fantasía edificante que produce la fe: 

El lenguaje de esta esperanza son los símbolos. El futuro que no es mera evolución de premisas ya colocadas y conocidas, el futuro imprevisible y esperado se desea y se sueña, aun en vela deseo y sueño movilizan la fantasía como facultad para representar, hacer presente, lo que no se sabe cómo es lógico que la fantasía componga imágenes nuevas con rasgos asimilados. Un lenguaje semejante no puede ser tomado a la letra ni menos puede ser eliminado para sustituirlo con un sistema conceptual. Representar suele ser hacer presente lo que ya existe, mientras que la fantasía crea y presenta por anticipado. Crea removiendo males y limitaciones, acumulando bienes y exaltándolos. El crear de la fantasía sirve al creer, no sólo como expresión, sino también como descubrimiento, porque la fantasía introduce un elemento nuevo, no previsible con la pura razón, y que un día se hará realidad. Por eso la fantasía dilata la esperanza, su horizonte se mueve y avanza al moverse el observador, el soñador Isaías II es en ese sentido un soñador.[3] 

Un nuevo éxodo en el horizonte (vv. 16-19a)

La tradición histórica expresada en los vv. 16-17 corresponde a Éxodo 13-14 (que se ha revisado previamente): “Yahvé es el salvador de Israel (le abre un camino en las aguas) y en el v. 17 es destructor de los enemigos (los ‘saca’ al combate y los sumerge en las aguas)”.[4] Ambos versículos preparan al lector para un mensaje muy significativo: ¿qué es lo que ahora dirá el Señor en las nuevas condiciones históricas? El v. 18 es único, pues exhorta de manera desconcertante a no recordar las cosas del pasado, ¿acaso con la finalidad de no recordar el Éxodo de Egipto?: “El recuerdo es válido cuando prepara y abre al futuro. El poeta, paradójicamente, parece contradecir esa ley de la memoria para sustituirla con pura esperanza. Es claro que su invitación es retórica, ya que prepara la esperanza con un acto explícito de recuerdo. La paradoja quiere subrayar la superioridad del futuro, en sí y para los que lo han de vivir muy pronto. Entretenido en un pasado glorioso irrecuperable, el pueblo no tiene ojos para apreciar el humilde comienzo de algo nuevo que brota en la historia”.[5]

Es una forma de llamar la atención para sobre lo que Dios hará en el presente, algo nuevo, inédito, tan evidente que será imposible dejar de apreciarlo. No es otra cosa que “la liberación del exilio, expresada nuevamente en símbolos que retoman la tradición del éxodo y del desierto […] como un acontecimiento que ya se está haciendo. El que otrora había hecho un camino en las aguas ahora lo abre en el desierto, donde también pone agua”.[6]

Un camino en el desierto (vv. 19b-21)

El nuevo anuncio se sirve de la paradoja para complementar la acción del pasado ocurrida en las aguas para hablar ahora del desierto. Si ellas representaban el caos que estaba por arrasar con el pueblo, el desierto tiene otras resonancias místicas, de soledad, abandono, y de enormes posibilidades para reencontrarse con Dios, cara a cara, como aconteció con Moisés en el Sinaí. Ahora el desierto será parta del camino de este nuevo retorno, una ruta pesada, ciertamente, pero pletórica de esperanza. Ahora el desierto será el escenario para que surjan las aguas puestas por el Señor, pues incluso los animales salvajes se verán beneficiados por ellas (v. 20a). Esos ríos que brotarán en la tierra seca, árida, reverdecerán la esperanza del pueblo, pues la sola memoria sin esperanza es insuficiente; la memoria hasta puede ser desmovilizadora e impedir la proyección hacia el futuro inmediato.

La generación presente y la que vendría iba a experimentar una realidad completamente nueva para la cual debía prepararse psicológica, moral y espiritualmente, esto es, a) abandonando progresivamente la mentalidad de súbdito de otro imperio para reconocer el gobierno universal del Señor (expresada en el mesianismo del emperador persa Ciro: Is 5.1); b) preparándose para recuperar las enseñanzas aprendidas en el destierro mediante las nuevas formas litúrgicas y comunitarias; y c) comprendiendo la apertura de Yahvé hacia los demás pueblos para integrarlos en el reconocimiento de su grandeza y poderío. Todo un programa de reconstrucción sociopolítica y cultural al que debían sumarse a pesar de la oposición, tal como se aprecia en las acciones descritas por el libro de Nehemías.

Conclusión

“El éxodo es un acontecimiento arquetípico, pero por eso mismo arquetipo de sucesos nuevos y no lo único que hizo Yahvé”.[7] El futuro se acerca, se presiente y se debe experimentar desde las individualidades y las colectividades en una tensión dialéctica que va y viene. Cada pueblo experimenta de manera distinta el acceso y las dimensiones del futuro que viene de Dios, así como los acontecimientos históricos fundadores que le dan sentido y proyección a la visión del tiempo, como ha sucedido con los movimientos sociales que establecen discursos (las “narrativas” de las que tanto se habla hoy de manera un tanto inexacta) e instituciones, los cuales se desgastan y deben revisarse para actualizarlos y así seguir cumpliendo sus propósitos originales. De ahí que las iglesias actuales también deban valorar qué tipo de esperanzas ofrecen a las personas en medio de las nuevas situaciones. Porque el proyecto divino sigue vigente, pero debe reinterpretarse continuamente para advertir qué tanto se está comprendiendo, experimentando y promoviendo. En ello hay claras formas de continuidad con el mensaje profético.



[1] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, Profetas. I. Isaías. Jeremías. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980, p. 294.

[2] Ídem.

[3] Ibid., p. 270.

[4] J.S. Croatto, Isaías. La palabra profética y su relectura hermenéutica. Vol. II: 40-55. La liberación es posible. Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 91.

[5] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, op. cit., p. 295.

[6] Ídem.

[7] J.S. Croatto, op. cit., p. 92.

viernes, 11 de julio de 2025

"Yo enviaré por ustedes a Babilonia" (Isaías 43.8-15), Pbro. Raúl Méndez Yáñez




13 de julio, 2025 

INTRODUCCIÓN: AUDIENCIA PÚBLICA   

Audiencia pública. El tremendo juez de la tremenda corte va a resolver un tremendo caso…

 La mejor manera que encuentro para exponer este pasaje de Isaías es evocando esta tremenda serie radial y televisiva cubana, emitida desde 1942 hasta 1969. “La Tremenda Corte” presentaba casos donde Tres Patines siempre había cometido algún desafortunado hecho, ya sea contra Nananina o contra el pobre de Rudencindo. El señor Juez siempre un tanto confundido e indignado terminaba castigando al bribón de Tres Patines una y otra vez, mientras el señor secretario documentaba y narraba los hechos con jocosa precisión. ¿Y qué tienen que ver, se preguntarán, las desventuras de José Candelario Tres Patines con el profeta Isaías? Que en uno y otro caso, hay muchas y tremendas cosas que aclarar.  Veremos que en nuestro pasaje están todos los personajes del juicio: Hay un tremendo caso, un denunciante y fiscal, un demandado, un abogado, un jurado, testigos, secretario y un tremendo Juez. Pero antes de ver quién es quién, es importante destacar que este caso no se discute en lo oscurito no buscará arreglos por debajo del agua. Se trata de una audiencia pública, a ojos vista, porque lo que está en juego es el nombre de Dios y el destino del pueblo de Israel aún cautivo en Babilonia. Es una convocatoria abierta ante las huestes del mundo entero. 

A esta audiencia acude el pueblo de Israel acude como testigo convocado por Dios.

 

Pero tú eres mi testigo, oh Israel—dice el Señor—.

    Tú eres mi siervo.

Tú has sido escogido para conocerme, para creer en mí

    y comprender que solo yo soy Dios (vs 10). 

Eso significa “dar testimonio”, contar las cosas que Dios ha hecho con nosotros. Y siendo testigos de Dios mismo, estamos llamados a contar la verdad. ¿Cuál es esa verdad? Que nuestro Dios es el Dios más grande, nuestro liberador. Pero aquí hay un asunto temporal, pues Israel debe dar testimonio de la liberación de Dios aún cuando ellos siguen en Babilonia. Se trata del “perfecto profético”, una forma gramatical de la literatura profética que habla en pasado de lo que vendrá. ¿Su sustento? El testimonio de lo que Dios ya ha hecho antes. Confiamos en lo que Dios hará en el futuro gracias al testimonio de lo que Dios ha hecho en el pasado. Por eso hay que contar las maravillas de Dios a las generaciones jóvenes, para que ellas también tengan la confianza en que Dios también estará con ellos.

 

I.  EL TREMENDO JUEZ  

 

¡Reúnan a las naciones! ¡Convoquen a los pueblos del mundo! (vs 9). Todos están convocados a este peculiar tribunal, es fundamental que comprendamos a fondo quién es quién en esta escena que nos presenta Isaías 43. No es un juicio cualquiera; es una querella por decidir quién es el Dios de dioses, pero con giros que, si no fueran tan serios en su implicación, nos arrancarían una carcajada de asombro. 

Primero, sentemos las bases. En este “tremendo caso”, el Denunciante y Fiscal es, sin lugar a duda, Dios mismo. — ¿Y qué viene a acusar el Denunciante, señor secretario? — El secretario nos dirá: Pues nada menos que el grave menosprecio de Su majestad, al ser comparado con los inertes dioses babilónicos. Ahora, viene el Testigo: Israel, se acomoda en su lugar a la espera de recibir indicaciones para pasar a testificar. Pero al pasar es confrontado con preguntas que no puede responder: “Israel, testificas que Dios es un dios liberador”, el testigo queda atónito y sin saber qué responder, no puso atención cuando su padre le contó la historia del Éxodo. Al testigo se le pregunta, “¿Cuáles maravillas ha hecho Dios” Nuevamente, silencio, Israel no escuchó cuando su abuelo le contó la liberación de los Jueces… Es como si no hubiera visto ni hubiera escuchado. Dios se da cuenta de que esos testigos no le sirven y no tiene más remedio en solicitar a la Corte: 

Saquen a la gente que tiene ojos pero está ciega,

    que tiene oídos pero está sorda. (v 9). 

Ahora de ser testigo, Israel pasa también a Acusado: ha cometido el grave crimen de olvidarse de Dios, de no reconocer sus prodigios ni alabar su liberación. “¿Qué es lo que Dios ha hecho por ti hoy?” Quizá muchos de nosotros tampoco pudiéramos responder a esa pregunta. A veces Dios actúa frente a nosotros pero nosotros en nuestro apuro o distracción, no somos capaces de verlo. ¡Algo así no puede quedar impune! De testigos a acusados… y ahora, ¿quién podrá defendernos? (aunque eso es de otro programa, no de la Tremenda Corte). Pero justo cuando el testigo Israel no podría estar más impactado por ser ahora Acusado, justo antes de salir de la sala, ve cómo Dios mismo toma su lugar y asume también el rol de acusado. ¿Cómo? Ahora Dios mismo asume la acusación de no ser un buen Dios para Israel. Este complicado juego de roles alguna vez lo describió Karl Barth cuando, hablando de la predestinación dijo:

 

Dios eligió Su propia parte el lado negativo de la divina predestinación…esta parte no es una parte del hombre… Él se declaró a Sí mismo culpable de la contradicción contra Sí mismo en la cual el hombre está envuelto…[1]

¡Qué tremenda situación! Dios llegó a acusar a las naciones de ser comparado con otros dioses, llamó a su testigo Israel que resultó igual de incrédulo y por eso se volvió acusado. Pero Dios, que ama a su pueblo, asume la culpa que pesa sobre Israel y procede, en este juicio, ¡a defenderse a sí mismo, convirtiéndose ahora en Abogado de su propio pueblo, que antes era su testigo y al que había acusado… juzguen ustedes si una situación así no es digna de un capítulo de la Tremenda Corte o algún sketch de película cómica de abogados. 

Si pudiéramos imaginar el juicio a estas alturas sería algo así: 

Dios: ¡Su Señoría, Honorable Juez! Me presento hoy ante este augusto tribunal para defender a mi cliente… que, dicho sea de paso, es mi propio pueblo, ¡Israel! Y de paso, a defenderme a mí mismo, ¡demostrando que soy el Dios más poderoso! 

Juez: ¿Y qué pruebas da usted de ese poderío? Porque acá hay otros dioses de otras naciones que no están de acuerdo. 

Dios: Bien, yo les pregunto a estas naciones: ¿Cuál de sus ídolos acaso predijo cosas semejantes?  ¿Cuál de ellos puede predecir lo que sucederá mañana? ¿Dónde están los testigos de tales predicciones?  ¿Quién puede comprobar que han dicho la verdad? (v. 9) 

Y a todo esto, ¿quién es el Juez? Como si no fueran ya suficientes giros, el tremendo Juez levantará la mirada para contemplar a la audiencia, y al alzar el rostro todos podremos ver que el tremendo Juez no es otro, ¡que Dios mismo! Y es que en efecto, en Isaías 6 Dios es presentado como “Glorioso”, esta palabra, en hebreo (kabod) significa algo pesado, alguien portentoso, o nunca mejor dicho, a un Dios tan tremendo como fascinante.

 

II. DE LA TREMENDA CORTE 

En esta Tremenda Corte, la escala de la justicia divina se expande más allá de lo humanamente concebible. No estamos ante un tribunal municipal donde se juzgan meras rencillas vecinales o pequeños delitos. ¡No, señores! Aquí, los convocados al juicio no son simples individuos: naciones enteras se agrupan, se congregan a instancia del Altísimo para dar testimonio. 

Entre estos poderosos comparecientes, destaca una figura arrogante y temida: Babilonia. Una metrópolis que se creía dueña del destino, cuya "alegría" se alzaba sobre la desdicha de los exiliados. Pero también comparecen otras naciones que, en contexto de Isaías podrían ser Egipto y hasta la mismísima Persia, que muy pronto se volverá en la conquistadora de Babilonia. Pero además, junto a las naciones, también se congregan dioses, sí, ¡entidades que eran veneradas y temidas por los pueblos de la antigüedad! Seres que reclamaban poder y gloria, ahora se ven forzados a comparecer ante el único y verdadero Soberano. 

Aunque nosotros sabemos que solo existe un Dios, en el contexto cultural e histórico del profeta Isaías, las demás naciones creían que había más dioses. Y el gran conflicto aquí es que Israel mismo había tomado esa misma creencia. Ahora bien, ciertamente lo de menos es si tales dioses existían o no. Lo que está causando esta querella es que Israel no valore a Dios en toda su gloria. Por eso el pasaje está armado de este modo tan portentoso, con una convocatoria cósmica: humanos naciones, dioses mismos. 

Esta tremenda corte no solo es tremenda por los convocados, sino porque Dios mismo está ahí, dando testimonio y prueba de Su inmenso poder. Es una confrontación sin igual, donde el poder divino no se esconde, sino que se expone, desafiando a todo y a todos a reconocer Su grandeza. El mismo Dios declara, con una autoridad inquebrantable: "Solo yo soy Dios, solo yo puedo salvarlos". Y el veredicto final, la destrucción de la soberbia babilónica, será una manifestación innegable de quién es "el Dios santo de Israel, su creador y su rey". 

Esto nos da una lección muy importante. Dios no necesita defensores, paladines de la justicia que demuestren su existencia ni aboguen por su justicia. Isaías 43 es un testimonio muy claro de que Dios se defiende a sí mismo. Nosotros no defendemos a Dios, solo podemos dar testimonio de su poder. Pero debemos tener oídos atentos y ojos bien abiertos.

 

III.                 VA A RESOLVER UN TREMENDO CASO 

Llega el momento culminante: ¡la resolución del Tremendo Caso! La tensión ha sido palpable, el drama, inmenso. El testimonio de Israel, ese pueblo que se tambaleaba en la dura realidad del exilio babilónico, confrontado con su propia ceguera y sordera espiritual, parece un callejón sin salida. Pero es justo aquí, en la encrucijada de la desesperación humana y la incomprensión, donde Dios, el Denunciante-Acusado-Abogado-Juez, decide intervenir prodigiosamente. 

¿Cómo lo hace? Con huestes. Pero no hablamos de ejércitos humanos con insignias y fusiles. Estas "huestes" apelan a poderes cósmicos, a la mismísima urdimbre del universo: ángeles que velan, estrellas que combaten en sus órbitas y elementos primordiales que se pliegan a Su voluntad, activando fuerzas inimaginables para transformar la realidad. Un poder de tal magnitud era necesario, pues el testimonio de Dios en este pasaje no podía ser sino de una escala monumental, un correlato de Su poder universal. Como dice Isaías, Dios derribará "todas las puertas de la ciudad".

Este Tremendo Caso se resuelve, entonces, no por la lógica de los imperios o las limitaciones humanas, sino por el tremendo poder de Dios, que demuestra no estar atado a ninguna nación, a ningún gobierno terrenal, como si lo creían esos orgullosos babilonios. Su poder es universal, trascendente, más allá de las fronteras geopolíticas y las ambiciones efímeras. Es el momento en que el Acusado (Dios, al tomar el lugar de Su pueblo) se defiende a Sí mismo, para que el Tremendo Juez del universo (que también es Él) declare con la mayor contundencia: "Yo soy el Señor, tu Santo, el Creador y Rey de Israel". 

Esta declaración final, que remonta al Creador, es la promesa de un nuevo comienzo: el nuevo comienzo del pueblo, en una ciudad renovada. Este juicio anticipa la liberación de Israel que está próxima a llegar cuando, finalmente, regresen del cautiverio. Así obra nuestro Dios, no solo en esos tiempos, sino también, ahora mismo. 

Así como en la creación del Génesis Dios hizo surgir del caos algo "bueno en gran manera", ahora, nuevamente, muestra a esta nueva generación, una nueva creación, una renovación radical. En Cristo, esto implica ser "nuevas criaturas", ver a Dios como el Creador que una y otra vez renueva Su poder y misericordia para transformarnos. Este tremendo caso revela que Cristo nos libera con el mismo poder con el que Dios liberó a Su pueblo. Lo que es real a escala cósmica, es real a nivel de nuestra vida particular. Nuestro Dios es el Santo, el Creador, el Rey; sí, como fue Denunciante, Acusado, Abogado y Juez. 

Sin duda, fue un caso complicado, pero el objetivo de esta puesta en escena con trasfondo jurídico era que Dios le mostrara a Israel que está en Sus manos y que no debe dudar, sino confiar. 

CONCLUSIÓN: ¡QUE VENGA LA SENTENCIA! 

El Dios de Israel tiene toda la razón, los demás dioses son ídolos vanos, sin poder para liberar a favor de su pueblo. Solo el Dios de Israel es el poderoso, que libera de la opresión a su pueblo. Lo ha hecho en el pasado, lo hace en el presente, y lo hará en el futuro. El Dios de Israel cuida a su pueblo, no solo perdona sus pecados, asume su lugar. Cristo ha tomado nuestro lugar de condenación y a cambio nos otorga su liberación. Debemos confiar, pero aún si dudáramos, Dios es fiel y justo. De eso se trató este juicio, de Dios y solo de Dios. Dios acusando, defendiendo, dictaminando… porque el mensaje de Isaías trata de lo que Dios hace y de cómo nosotros debemos con atención conocer sus prodigios para testificarlos ante todas las naciones y ante todas las huestes celestiales.



[1] MCGRATH, Alister (ed.), The christian theology reader, Oxford & Cambridge , Blackwell Publisher, 1995, pág. 247.


viernes, 4 de julio de 2025

Dios formó al pueblo y lo haría volver (Isaías 43.1-7), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


6 de julio, 2025


No importa dónde estés,

yo te llamaré

y te haré volver a tu tierra,

y volverás a ser mi pueblo.

Isaías 43.5b, Traducción en Lenguaje Actual 


Trasfondo

En Isaías 40-55 estamos delante del llamado “Isaías de Babilonia” o Segundo Isaías. Corresponde precisamente a la etapa del exilio, esto es, al tiempo en que nuevamente debió avizorarse un nuevo éxodo, pero ahora para volver a la tierra de Israel por causa del dominio babilónico. Sí, estamos ante la necesidad de un nuevo regreso, de un segundo retorno en condiciones impensables. La primera parte de esta sección se conoce como el “libro de la consolación” (caps. 40-48) pues allí se comienza a anunciar la posibilidad del retorno con un lenguaje de reconciliación y consuelo para el pueblo atribulado por la desdicha del destierro. Sucedió lo que no imaginaron las generaciones anteriores: una nueva cautividad y la necesidad de atravesar vastos territorios bajo la guía siempre fiel del Señor, creador y redentor (go'el) del pueblo. El Israel al que se dirige el profeta era, entonces, como se diría hoy, un “Israel global”, un pueblo conocido en resto de mu do antiguo y conocedor de otros ambientes, cosmopolita, en una palabra. Este cambio representó un gran salto cultural, religioso e ideológico. “Pero en medio de la angustia y la desesperanza que reinaba en el ánimo de los cautivos, surgió de pronto una voz nueva, diferente, vigorosa: Consuelen, consuelen a mi pueblo; / hablen con cariño a Jerusalén y anúncienle / que ya ha terminado su esclavitud, / que ya ha pagado por sus faltas, / que ya ha recibido de la mano del Señor / el doble de lo que merecía por todos sus pecados” (Is 40.1-2).[1]

Dios inventó al pueblo (v. 1)

"El propósito fundamental es sostener al pueblo en medio de la crisis, para mantener viva su esperanza y su fe en la inminencia de la redención”.[2] El Señor creó al pueblo y será capaz de volverlo a crear, ahora en su regreso anunciado a la tierra. Le dio un nombre que se refiere a su posesión y al propósito de entablar una relación con él. “El lenguaje de la creación, con todas sus connotaciones de poder, designio, protección, reforzado además por la imagen plástica del alfarero que modela la arcilla según un proyecto, produce un contraste con la situación actual del pueblo oprimido, deshecho, aniquilado. Ahora bien, ese mismo contraste tiene un efecto retórico: señala que todavía es posible ser de nuevo, comenzar otra vez”.[3] El Señor se manifestará como el gran go'el de su pueblo una vez más.

Aguas, fuego y rescate (vv. 2-3)

Aguas, ríos y llamas son imágenes que aluden al éxodo de Egipto y representan simbólicamente los nuevos peligros que enfrentarían los exiliados al volver. Yahvé siempre estaría pronto para proteger al conjunto de personas que ahora volverían de Babilonia y de otros territorios, aunque no todos. Escuchemos nuevamente a Alfredo Tepox Varela:

 

Entre los grandes profetas del Antiguo Testamento destaca Isaías de Babilonia —llamémosle así, a falta de otro nombre— por la sublimidad de su mensaje y por el bello ropaje poético en que lo expresa. Es tal su estatura entre los grandes de Israel que no sería exagerado compararlo con Moisés. Es, de hecho, un nuevo Moisés; es el Profeta del Nuevo Éxodo. Si aquél sacó de Egipto a una abigarrada multitud de esclavos y los constituyó en un pueblo, éste saca de la angustia y la desesperanza a un Israel moral y físicamente deshecho, y lo constituye en el pueblo nuevo de Dios; si el Señor estuvo con Moisés para convertir el mar en tierra seca y hacer que los israelitas lo cruzaran sin mojarse un solo dedo, ahora el Señor está con Isaías para anunciar a Israel que pronto cruzará el desierto, de vuelta a la patria perdida, sin que haya de sufrir sed.[4]

 

“Del oriente y del occidente te recogeré” (vv. 4-5)

La intención divina es extraer a su pueblo de entre las naciones adonde se encontraba disperso. Con tanto tiempo en el exilio, este ‘Israel’ sin identidad, fragmentado en grupos dispersos entre las naciones y sumergidos en medio de otras culturas, iba recibiendo constantemente el impacto de la ‘presencia’ de otros dioses [Marduk, principalmente]. Como consecuencia, la imagen de aquel Yavé de las antiguas gestas salvíficas se iba desdibujando en las mentes de las nuevas generaciones.[5] En efecto, la diáspora (galut) comenzaba a dejar su huella en la conciencia de las comunidades judías. “El Dios que envía al profeta como mensajero es el de la creación; es también el señor de la historia de Israel. En el corazón de este mundo pagano, en donde sin duda se presentan otros hombres como mensajeros de otros dioses, los desterrados tienen que recordar quién es su señor y qué es lo que ha hecho por ellos”.[6] Pero Yahvé tiene que pagar un rescate al imperio para librar a su pueblo: entregaría un precio, es decir, tres países africanos. Pagaría a Babilonia por la liberación de Israel dando esos tres países que abarcan el África noroccidental.

Era difícil imaginar a un Israel fuera de su tierra por lo que la diáspora generalizada, ya presente en Babilonia y fuera de ella, hace decir al poeta-profeta: “No importa dónde estés, / yo te llamaré / y te haré volver a tu tierra, / y volverás a ser mi pueblo” (5).

“Traeré de lejos a mis hijos e hijas” (vv. 6-7)

En estas citas no se habla de regresar de Babilonia sino de “todos los países / naciones / lugares”, expresiones que deben referirse a la diáspora general, no a la cautividad mesopotámica. La diáspora puede producir la desintegración de Israel. Yavé en cambio lo reclama en su tierra. El pequeño oráculo de los vv. 5-6 termina con una nota de ternura familiar, al llamar Yavé a Israel ‘mis hijos / mis hijas’, por primera vez en el texto. Implica que él es padre, idea poco común en el Antiguo Testamento”.[7] esta ternura bastante inusual se desdobla en el tono casi de súplica dirigido “a las naciones del norte y a las naciones del sur”: “Devuélvanme a mi pueblo; / no se queden con ellos” (6b).

 

Conclusión

Resuena en las palabras del v. 7 el argumento expuesto ante el faraón para dejar ir al pueblo: “Yo los he creado / para que me adoren / y me canten alabanzas”. “Si este Dios salvó a los oprimidos de Egipto, mostrando en ello su gloria / energía (Éxodo 14.4, 17s), también ahora desea volver a formar su pueblo en su propia tierra”.[8] Si Él lo formó, lo hará volver una vez más.



[1] A. Tepox Varela, “Isaías: creación y redención”, En la escuela de la Palabra. Textos escogidos. México, CUPSA-CMIRP-IEMPED-SBU-CTM, 2025, p. 163.

[2] S. Pagán, “Isaías”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo Testamento II. Estella, Verbo Divino, 2008, p. 308.

[3] J.S. Croatto, Isaías. La palabra profética y su relectura hermenéutica. Vol. II: 40-55. La liberación es posible. Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 79.

[4] A. Tepox Varela, op. cit., p. 163.

[5] José S. Croatto, “El Déutero-Isaías, profeta de la utopía”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 24, 1997, p. 36.

[6] Claude Wiener, El Segundo Isaías. El profeta del nuevo éxodo. 2ª ed. Estella, Verbo Divino, 1980, p. 13.

[7] J.S. Croatto, Isaías. La palabra profética…, p. 81. Énfasis agregado.

[8] Ibid., pp. 81-82.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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