sábado, 29 de noviembre de 2025

"Vuestra vida está escondida en Cristo" (Colosenses 3.1-11), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

30 de noviembre, 2025

 

Porque ustedes ya han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria.

Colosenses 3.3-4, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

La forma en que Pablo de Tarso anunció la novedad de vida en Cristo Jesús adquirió en su carta a los Colosenses un tono muy peculiar. Como ya se ha visto, relacionó directamente lo que le sucedía a cada creyente en el bautismo con la nueva existencia basada en la fe. Esa nueva vida estaba ligada a la libertad obtenida en Cristo que permitía a sus seguidores “morir a los principios de este mundo” (2.20a) para acceder a un estilo de vida dominado por la vida ganada por el Señor en la resurrección. Entrar en él es beneficiarse de todas las consecuencias de la vida obtenida por el Salvador. El lenguaje paulino transmite la grandeza de la nueva existencia espiritual que estaba más allá de las ordenanzas y prohibiciones que pretendían someter al cuerpo, pero que en realidad promovían una “religiosidad sumisa” incapaz de conseguirlo (2.23a). Por eso en el cap. 3 apunta hacia la manera en que la vida de Dios está “escondida en Cristo” aguardando su plena manifestación (segunda venida), posterior a la primera aparición en el mundo que es la que se anuncia y se espera con ansia durante la temporada de Adviento. Cada relectura y celebración de ese anuncio/espera debe ser una oportunidad para refrescar nuestra percepción del misterio y el milagro de la venida del Señor que tanto nos llena de júbilo.

 

“Esperar al Señor es hacer sitio a las víctimas en la mesa de la vida” (J. Sobrino). En el Adviento, no sólo esperamos al Mesías de estampita, sino que nos comprometemos con su causa. El verdadero Adviento no es escapar de la realidad en grupitos de autosatisfacción emocional o ilusionarnos con liturgias pop de mercado, sino un llamado a transformarla en Reino de Dios.

El Adviento, lejos de ser una costumbre litúrgica, es un tiempo de conversión radical. La nostalgia del pasado, con sus promesas de seguridad y estabilidad, obstaculiza la auténtica esperanza cristiana. El verdadero Adviento no es la restauración de estructuras pasadas ni la alianza con populismos fundamentalistas, sino la creación de un futuro nuevo, fundado en la justicia, la compasión y la dignidad humana.[1] 

Anunciar y esperar con ansia la manifestación (venida) del Señor (vv. 1-4)

Después del bautismo, el cristiano debe mirar hacia arriba, reorientarse hacia arriba “porque allí está el nuevo centro hacia donde convergen los deseos. La vida del cristiano se caracteriza como una unión indisoluble con Cristo”.[2] Mientras que en 2.12-13 parecía que ya todo estaba realizado, en esta sección se mantiene la tensión entre el ya y el todavía no tan presente en el Nuevo Testamento. Mirar hacia arriba es mirar adonde se encuentra el Señor “sentado a la derecha de Dios” (3.1b). Por el contrario, las cosas de la tierra (3.2b) son las pasiones: “Esto significa una radical transmutación de los valores en la vida del cristiano, pero de ninguna manera significa que el cristiano pueda descuidar sus obligaciones y tareas terrenas; sólo que no debe extraviarse en ellas como si tuvieran un valor definitivo”.[3] El Adviento nos recuerda las “cosas de arriba” y promueve en nosotros la sana ansiedad por conectarnos con ellas mediante la fe en el que vendrá para cumplir todas las expectativas de fe.

La exigencia de dirigir la mirada hacia arriba se apoya en el hecho de haber muerto en el bautismo. La oposición muerte-resurrección es muy frecuente en los textos paulinos. Aquí se presenta un par de antítesis fundamentales: “han muerto” y “están vivos” y esa vida “está escondida (“encriptada”, siguiendo la palabra griega kékriptai) con Cristo en Dios” (3.3b). De modo que esa vida ya se deja ver, pero todavía no se ha manifestado plenamente. “Es difícil quitarle fuerza a esta expresión traduciendo por ‘conservada’, ya que también la expresión paralela de 2.3 afirma cuando menos el carácter secreto de lo que aún no se ha manifestado. […] El carácter inconcluso del acontecimiento, que se inicia con la muerte en el bautismo, es permanente”.[4] La vida plena, en el nivel del futuro de Dios está, efectivamente, escondida en su Hijo, el Cristo, que la ofrece, la promueve y la aplica a todos/as quienes optan por buscar su Reino y realizarlo en el mundo. Eso forma parte del anuncio/espera del Adviento bien entendido.

 

Si su vida está escondida con Cristo en Dios, si Cristo mismo es su vida, esto significa que sólo es vida en plenitud lo que el Señor hará en su día con aquellos que le han seguido, y no lo que existe ahora en la tierra. La realidad del hombre no la puede expresar ni su bella apariencia actual de cadáver maquillado, ni la evocación más conmovedora, ni el recuerdo consolador en los corazones de sus amigos y parientes, ni lo imaginable a nivel psicológico, caso de que un trauma infantil o una educación errónea no lo haya inhibido; tampoco puede ex presar lo que es un hombre ni siquiera tampoco lo que el hombre ha pensado sobre sí mismo; esto lo dice sólo la gracia, es decir, la palabra del Señor que brinda inmerecidamente la verdadera vida y la verdadera personalidad, esa palabra de su Señor que entonces se manifestará.[5] 

Revestirse de la nueva humanidad (vv. 5-11)

La cadena de elementos terrenales que deben superarse es amplia y abarca los vv. 5-9 debe ser superada por revestirse con la nueva humanidad, aquella que se anuncia y espera con la venida del Señor. Al estar muertos al pecado, se vive en una novedad existencial que rebasa, con mucho, lo experimentado con anterioridad. Mortificar lo antiguo y revestirse de lo nuevo son dos acciones opuestas y complementarias. La primera lista de cinco vicios (v. 5) atañe a los practicados por los gentiles y, la segunda (v. 8), los que existían en la comunidad: “La sección concluye con la advertencia contra la mentira y se fundamenta con la referencia al cambio radical del hombre viejo al hombre nuevo (v. 9s), que surge con la entrada en el nuevo mundo de Cristo (v. 11)”.[6]

“Revestirse de Cristo” es una imagen que tiene sus raíces en el Antiguo Testamento: “Quiere decir dejar las prácticas antiguas y seguir una vida según Cristo. Este ser humano nuevo no deja de renovarse constantemente”[7] hasta alcanzar “el conocimiento pleno” (11), una madurez prácticamente total. 

Conclusión

La venida de Cristo (la primera, en su nacimiento, y la segunda, en la parusía) se superponen en el Adviento y se avizoran como el cumplimiento pleno de las promesas de Dios para su pueblo cuando Él abre las puertas: “Cada año, el Adviento fortalece nuestra confianza en que se nos ha abierto una puerta a la gloria de Dios. A través de esta puerta podemos vislumbrar la alegría y la felicidad que ya llegó a nuestro mundo con el nacimiento de Jesús y que llegará en plenitud al final de los tiempos con su regreso. Y esta puerta no la abrimos nosotros […] sino Dios mismo, quien nos abre la puerta de su reino y nos permite entrar: “Mira, he puesto delante de ti una puerta abierta, que nadie puede cerrar” (Ap 3.8). El Adviento es tiempo de puertas abiertas. Esta puerta que Jesús nos abre hacia el Padre también puede abrir puertas en nuestra vida”.[8]



[1] Guillermo Jesús Kowalski, “La esperanza del Adviento frente a la nostalgia fundamentalista”; en Religión Digital, 27 de noviembre de 2025, www.religiondigital.org/poliedro_y_periferia-_guillermo_jesus_kowalski/Adviento-esperar-toda-nostalgia-fundamentalista_7_2838086164.html.

[2] César Mora Paz, “Carta a los Colosenses”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 973.

[3] Ídem.

[4] Eduard Schweizer, La carta a los Colosenses. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1987 (Biblioteca de estudios bíblicos, 58), p. 152.

[5] Ibid., p. 155.

[6] Ibid., p. 157.

[7] C. Mora Paz, op. cit., p. 974.

[8] Gesine Traversari, “Adviento: el tiempo en que abren las puertas”, en Chiesa Evangelica Valdese, 24 de noviembre de 2024, https://chiesavaldese.org/avvento-il-tempo-in-cui-le-porte-si-aprono/

viernes, 28 de noviembre de 2025

Una vida plena fundamentada en la salvación (Colosenses 2.8-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

23 de noviembre, 2025

 

Antes, ustedes estaban muertos, pues eran pecadores y no formaban parte del pueblo de Dios. Pero ahora Dios les ha dado vida junto con Cristo, y les ha perdonado todos sus pecados.

Colosenses 2.13, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo

La carta a los Colosenses, una comunidad que se encontraba entre Éfeso y Galacia, muy cerca de Laodicea, es un resumen magnífico de la forma en que Dios a través de la cruz y resurrección de Jesús comparte su vida con el mundo. Es un sólido documento cristológico (1.15-20). Sin olvidar la manera en que Él como creador y sustentador de todo lo que existe, sostiene y mantiene la vida, biológicamente hablando, el apóstol Pablo explora brillantemente las relaciones entre la muerte y resurrección de Jesucristo con la vida de los seres humanos. La carta trasluce también una fuerte preocupación por alertar a la comunidad de Colosas acerca de algunas especulaciones de “filosofía”, como la llama en 2.8, filosofía que está sustentada en los “elementos del mundo” y no en Cristo. “Tengan cuidado. No presten atención a los que quieren engañarlos con ideas y razonamientos [“filosofías”] que parecen contener sabiduría, pero que sólo son enseñanzas humanas. Esa gente obedece a los espíritus poderosos de este mundo, y no a Cristo”. Los adversarios a los que alude la carta son, también, “poderes y potestades” (2.10, 15) e incluso “ángeles” (2.18) que al parecer quieren competir por la fe de la comunidad.

Mantenerse en la fe

El apóstol habla, al comienzo del capítulo 2, de que vive una intensa lucha, un fuerte conflicto, con tal de que las dos comunidades, Colosas y Laodicea, se mantengan en la fe (2.1-5). En este capítulo, explica el comentario de la Biblia de Nuestro Pueblo: “Estamos ante una de las más bellas descripciones de la vida cristiana que encontramos en la literatura paulina, en la que nos va a decir en qué consiste ‘el sustento y la cohesión’ que vienen de Cristo, cabeza de la Iglesia”. La exhortación es muy clara: es preciso mantenerse firmes en la fe en Cristo, “arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe”, además de hacer continuamente buenas obras (2.6-7). Y en ese momento apunta hacia la prevención por la posible fascinación producida por las ideas y razonamientos humanos que pueden distraerlos de la fe en Cristo, quien es el señor de todos los poderes y el fundamento supremo de la comunidad de fe (v. 10) (Eduard Schweizer). Los rudimentos anteriores (circuncisión, v. 11) han sido superados por él y se hallan en un segundo término.

Y en ese punto aflora la construcción teológica paulina sobre lo acontecido en Cristo para la salvación humana sin dejar de incorporar algunos elementos que forman parte de la crítica ideológica que hace el apóstol. Es un proceso sacramental que se desdobla en acciones existenciales que impactan toda la vida de los/as creyentes: 


a) Un sacramento visible de acceso a la salvación (“credenciales de pertenencia”): “Cuando ustedes fueron bautizados, fueron sepultados con Cristo” (12a).

b) La obtención de la vida de Dios en Cristo: “Y resucitaron con él, porque confiaron en el poder de Dios” (12b).

c) Cronológicamente, el pasado era totalmente adverso para ellos en términos de la historia de salvación: “Antes, ustedes estaban muertos, pues eran pecadores y no formaban parte del pueblo de Dios” (13a).

d) El logro mayor de Dios se aplica para una amnistía total: “Pero ahora Dios les ha dado vida junto con Cristo, y les ha perdonado todos sus pecados” (13b).

e) Se liquida y supera la relación con la ley antigua: “La ley escrita estaba en contra de nosotros, pero Dios le puso fin por medio de la muerte de Cristo en la cruz” (14).

f) Nueva visión de todo lo que sucedió en la cruz de Jesús: “Lo que pasó Dios les quitó el poder a los espíritus que tienen autoridad…” (15a).

g) Lo que verdaderamente aconteció, desde la perspectiva divina: “…y por medio de Cristo los humilló delante de todos, al pasearlos como prisioneros en su desfile victorioso” (15b). 

La salvación y la vida de Dios

Este gran despliegue de imaginación teológica cubre globalmente cualquier fisura que posibilite la “seducción pseudofilosófica” que pretenda apartarlos de la fe en Jesús de Nazaret. Los blinda, por decirlo así, para entrar a un estado de gracia y de comprensión de estas verdades reveladas sobre la dinámica de la salvación (o una especie de “orden de salvación”, que aparece en otros lugares paulinos como Romanos 8.29-20, por ejemplo) (Pedro Lima Vasconcellos). “La carta niega, pues, a la filosofía, su origen divino; la tradición humana contrasta con el ‘misterio de Dios’ que ya el v. 2 interpretó en sentido estrictamente cristológico. El contenido de esa filosofía es humano-profano: una doctrina sobre los ‘elementos’ y no sobre ‘Cristo’” (E. Schweizer). La exhibición pública de los poderes materiales y cósmicos es una afirmación política del apóstol que proyecta lo sucedido en la cruz a niveles que nadie había alcanzado hasta ese momento.

Los vv. 16-23 muestran las consecuencias derivadas de ese orden de salvación cósmica, política y espiritual en la vida cotidiana dentro de la exigente sociedad imperial romana. “Primero, sin embargo, vuelve de nuevo sobre el tema que tenía fascinados a los creyentes de Colosas, es decir, a la amalgama de ridículas prácticas ascéticas, prohibiciones, ritos y creencias esotéricas a las que llama “preceptos y enseñanzas humanas” (2.22) y que se presentaban como salvaciones paralelas” (Biblia de Nuestro Pueblo, énfasis agregado). “La amonestación no puede ser más realista (2.21), pues de todo ello ha sido ya liberado el creyente al recibir el bautismo, que ha significado una ruptura total, una muerte ‘a los poderes del mundo’ (2.20), frase con la que el apóstol resume semejante insensatez”. 

Conclusión

“Haber ya muerto y resucitado con Cristo debe convertir al creyente en una persona con los pies bien plantados en la sociedad para transformarla con su compromiso y testimonio. Dicho de otra manera: es la tarea de hacer “presente” en este mundo el “futuro de la nueva humanidad” a la que Dios nos ha destinado en Cristo” (BNP). La vida de Dios es entregada al mundo en la experiencia de salvación de los creyentes para transmitirla a la totalidad de la humanidad que debe ser receptáculo de esa vida en toda su plenitud. La vida plena de Dios, capaz de superar obstáculos mayores, como la enfermedad y los riesgos de muerte, es la gran afirmación de la obra redentora de Jesucristo en el mundo. Él la comparte ampliamente con el mundo para que éste pueda ser el espacio de gracia a que está destinado por su designio de amor y de misericordia.

Referencias

· Edouard Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios. Estella, Verbo Divino, 1994 (Cuadernos bíblicos, 82).

· Pedro Lima Vasconcellos, “Colosenses y Efesios. Desdoblamientos de la tradición paulina”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, Quito, RECU-DEI, núm. 55, 2006/3, www.archive.org.

· Eduard Schweizer, La carta los Colosenses. Salamanca, Sígueme, 1987 (Biblioteca de estudios bíblicos, 58).

sábado, 15 de noviembre de 2025

La vida eterna en las manos de Dios (Juan 11.17-27), Pbro. Silfrido Gordillo B.

16 de noviembre, 2025 

Introducción

Dicen algunos estudiosos del evangelio de Juan que este evangelio es un libro sencillo y a la vez profundo. Es tan sencillo y claro que cualquier lector sin un trasfondo cristiano puede leerlo con entendimiento y provecho personal, y ver su vida transformada. De allí que muchos recomiendan a los que nunca han leído la Biblia iniciar su lectura con el evangelio de Juan, así también para evangelizar usan el texto de Juan, y específicamente el 3:16. Y a nosotros los cristianos se nos hace sencillo porque estamos familiarizados con el evangelio, ¿Quién no conoce el relato de las bodas de Caná? Decimos que es el primer milagro que Jesús realizó. El otro relato es el de Nicodemo, cuando Jesús le dice que es necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, y Nicodemo todo desconcertado no entiende esas palabras y dice ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre? Otro relato más es el de la mujer samaritana, cuando Jesús le pide de beber agua y la mujer le increpa y le dice ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?, o el de la mujer adúltera, a la que todos acusan y quieren apedrear y Jesús la libera. Relatos únicos el cual todo mundo conoce, y ya no digamos el primer capítulo al que siempre referimos cuando necesitamos hablar de la preexistencia de Jesús, un texto al que siempre traemos a colación en términos de apologética y debate contra aquellos que no creen en la divinidad de Jesús o en su humanidad. Por eso Juan es sencillo y atractivo en su lectura, y básico en los inicios de la fe.

Pero también Juan es profundo y complejo de entender, que los mismos eruditos pueden leerlo y releerlo toda la vida y no alcanzan y alcanzarán a entenderlo en su profundidad, o se seguirá debatiendo. Les pasa y nos pasa como a Nicodemo, no sabemos cómo entender e interpretar ciertas palabras y conceptos de Juan, porque, aunque a veces su lenguaje y estilo parece simple, esconde una gran profundidad en su pensamiento. Juan es bastante teológico. “Para Juan, el acontecer histórico está lleno de sentido teológico, y la teología verdadera se encarna en acciones históricas” (Stan Slade. Evangelio de Juan. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2006 (Comentario bíblico iberoamericano), p. 29).  Bien lo dice William Barclay en su comentario al Nuevo Testamento: “Todas las acciones que Jesús llevó a cabo son, por tanto, no solo hechos que ocurrieron en el tiempo, sino ventanas por las que se nos permite contemplar la realidad. Eso es lo que Juan quiere decir cuando habla de los milagros de Jesús como señales. Las obras maravillosas de Jesús no eran simplemente hechos admirables; eran ventanas que se abrían a la realidad que es Dios. Esto explica porque Juan relata los milagros de una manera completamente diferente de la de los otros tres evangelistas”. En los evangelios sinópticos, los milagros son obras de compasión, de amor, de misericordia, Mc 1:41, pero en Juan, no son tanto obras de compasión, sino de acciones que demuestran la Gloria de Cristo, Jn. 2.11; 9:3; 11:4 etc. Para Juan, las acciones de Jesús no son meramente acontecimientos en el tiempo, sino, vislumbres de lo que Dios está haciendo siempre y de lo que es Jesús siempre. No es el hecho de alimentar a 5000, sino el que él es el pan de Vida, no es el hecho de haber dado vista al ciego, sino que él es la Luz del mundo, no es el hecho de haber resucitado a Lázaro, sino que él es la resurrección y la vida. Es mostrar la gloria de Dios, y mostrar que Jesús es Dios mismo. 

La centralidad del Evangelio es la vida y la vida es Jesús

Ante toda esta sencillez y profundidad del texto, llegamos al capítulo 11 que narra un evento único, la muerte de un amigo a quien Jesús ama, Lázaro. Son 21 capítulos, este capítulo es el centro del libro. Ver la muerte como parte del ciclo de la vida, al que todos/as un día pasaremos, tiene una connotación normal, natural, a nadie nos sorprende que eso sucede y sucederá. Quizá otros vean la muerte como la parte trágica de la vida, al que no quieren llegar, pero lo trágico no es la muerte, sino el proceso que te lleva a ello. Para nadie la muerte es un misterio tampoco, el misterio está más allá de la muerte, ¿qué hay? nadie ha regresado para contárnoslo, y, aun, cuando Juan relata que Lázaro fue resucitado por Jesús, no regreso para contarnos esa parte de lo que hay más allá, tal vez por eso Jesús ve la muerte de su amigo como un dormir solamente. Y como ustedes se darán cuenta, esto parece sencillo, pero ya nos empieza a complicar la existencia, el concepto de muerte en Jesús, y el concepto de muerte en los discípulos y específicamente en la comunidad juanina a la que este evangelio se dirige, muerte, dormir, despertar son totalmente diferentes. Para los discípulos, para la comunidad juanina, muerte es el fin de la existencia, es el acabose de todo, es la sentencia divina. Se dice de todos los personajes de la Biblia: vivió tantos años y murió, este pasado del verbo intransitivo es dramático, trágico y contundente: Murió. Vivió y murió. Bien dice Hebreos 9:27: “Está establecido a los hombres que mueran una sola vez”, y Eclesiastés 8:8 dice: “No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte; y no valen armas en tal guerra, ni la impiedad librará al que la posee”. Morimos porque la vida se desenvuelve en el tiempo. Pero para Jesús la muerte tiene otro sentido: 

1.  Muerte espiritual, separado de Dios, alejado de él. Quien no hace la voluntad del Padre no tiene vida, está muerto, porque sigue su propia voluntad. Hay una enemistad con Dios, hombres y mujeres pecadores, rebeldes, alienados de su Creador, es una humanidad caída y que necesita redención. Muerte, es no conocer a Dios, ni a su emisario o enviado que es Jesús.

2. Muerte es también un dormir. No es el término de la vida, sino el inicio de un caminar eternamente con Cristo. Podríamos decir que nada desaparece definitivamente, sino que todo se transforma. Por eso hemos de morir, porque el tiempo y la vida suponen cambio, transformación (1 Corintios 15:51). 

La resurrección es conocer a Jesús y seguirle

Luego viene otro tema dentro de este mismo pasaje, la resurrección. Si ya el tema de la muerte es complejo de entender, ahora el de la resurrección, aún más, ¿cómo es eso posible? Una de las características de Juan es esa dualidad que maneja; para algunos, tiene una influencia griega, gnóstica, para otros, tiene una influencia de la dualidad de la comunidad de los de Qumrán). Pero más que influencia, lo cual no es lo que el evangelio demuestra, sino todo lo contrario, es borrar esos conceptos dualistas de la mente de la comunidad juanina y presentar a Jesús como el todo, el antes, el durante y el después, sin una separación del mundo malo inferior visible y el mundo bueno, superior invisible, al que hay que aspirar. Para Juan, la vida es concreta y eterna en Jesús, no hay nada más allá sin él, y nada antes sin él, y mucho menos una vida presente, abundante y eterna sin él. La vida, la vida en abundancia y la vida eterna, solo está en las manos de él. Él es la vida, por tanto, fuera de él no hay nada más que sobrevivencia y muerte. El único acceso a esta nueva relación con Dios es por medio de Jesús; sin Él no es posible. Solo conocemos a Dios y llegamos a él, por medio de Jesucristo. Una vida sin Dios es una vida incompleta, una vida llena de Dios es la perfecta realización de la vida, la vida plena, vida en abundancia y por ende, la vida eterna.

Conocer a Jesús, aceptarle, reconocerle como el enviado de Dios, y, como Dios mismo, y seguirle, eso es haber resucitado, eso es tener vida. Decir como Pablo:Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál 2:20).

“¡Viva la muerte!”. Así rezaba un slogan falangista que aparecía, con cruz y calavera, en las paredes de las ciudades españolas durante la guerra civil. Aunque a primera vista parezca contradictorio, o hasta un chiste frívolo de humor negro, ese lema revela el verdadero proyecto de todos los fascismos (doctrina fundada en el ejercicio del poder mediante un partido único, el nacionalismo y la organización corporativa). Estos “novios de la muerte” perseguían una finalidad muy clara: darle inmortalidad a la muerte (la miseria, la opresión, la tortura, la deshumanización) pero, para que la muerte “viva”, ellos declaran la guerra a muerte contra la vida. Su consigna es: “¡Muera la vida, para que la muerte viva!”.

Pero el evangelio es todo lo contrario, Jesús tiene otra propuesta de vida, por eso el mismo dice “Yo soy la resurrección y la vida…” El proyecto de Jesús y su mensaje son precisamente lo opuesto a todo proyecto de muerte opresora. El autor de la vida, declaro la guerra contra la muerte, fue hasta ella y la venció, y por su resurrección destruyo la muerte e hizo resplandecer la vida. La consigna de Jesús es: “¡Muera la muerte, para que viva la vida!”. ¡Vida en abundancia y vida eterna, en esta vida y en la venidera!

Quien cree en la resurrección, cree en la vida, pero no solo en una vida en el más allá, sino en el ahora, en el más acá, en el tiempo que estamos viviendo, en el mundo que nos ha tocado vivir. Quien cree en la Resurrección, vive siempre con la esperanza puesta en Jesús, una esperanza de vida, y vida en abundancia, porque la fe en la resurrección lleva en si una fuerza transformadora de la vida y del mundo. Quien cree en la resurrección hace presente a Jesús en el día a día, brinda consuelo a esos corazones derrotados por el dolor y la muerte, genera vida para que otros tengan vida y luchen por vencer la muerte y todas sus armas.

Quien cree en la resurrección, valora la vida, se valora a si mismo, valora a los demás y vive brindando amor y esperanza. Quien cree en la resurrección se maravilla y celebra la vida, descubre la alegría y libertad, y lo comparte con todos/as, sale de su encierro para ir al encuentro del resucitado.

Quien cree en la resurrección de Jesús, cree en su propia resurrección, cree que también él le resucitará, en esta vida y en la vida venidera. No tiene miedo a la muerte porque sabe que el resucitado le resucitará, y quién más, sino este mismo Jesús que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”. 

El resucitado es la fuente de vida y vida eterna para la humanidad

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque este muerto, vivirá. La narración del capítulo 11:17-27 se da en el marco de un diálogo de Jesús con Marta y María. Aunque la vida eterna es escatológica, el énfasis de Juan no está en mostrar a las personas el camino a la vida del siglo venidero, sino en conducirlas a una experiencia actual de la misma. La misión de Jesús según Juan, es conducir a las personas a una experiencia presente de la vida futura, que es una vida plena. La vida presente no está aislada de la vida futura, no existe un abismo entre estas dimensiones del tiempo, mucho menos ese dualismo de arriba, abajo, porque Jesús mismo lo ha unido, y no solo lo ha unido, sino que también no los hizo real, verdadero, visible y palpable esa vida futura y eterna, que solo podemos vivir y disfrutar en él y para él. Pablo mismo, sin ser juanino, entiende y vive muy bien este mensaje y palabra llegando a decir: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21), o Rom. 14:8: “Pues i vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos”.

La eternidad comienza con el Verbo mismo, y como él es eterno, todo el que es adoptado hijo e hija de él, trasciende a esa vida en abundancia y eterna.

En Cristo nada es efímero, vaho, perdido, en él, todo es eterno, antes, durante y después de esta vida la vida continua. Fuera de él, la vida es corta y la muerte eterna. Sin Él, es vivir ciego, con hambre, con sed, con ansiedad, depresión, enfermo, en violencia y guerra, es llevar una muerte en vida.

La muerte no es la última palabra en Jesús, solo es el principio de un vivir plena y eternamente, de un disfrutar plenamente en la era escatológica la plenitud de la vida, como Jesús mismo no los ha mostrado y enseñado.

La dimensión futura de la vida eterna incluye la resurrección del cuerpo, tal y como lo declaramos en el credo apostólico “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”, en otra traducción dice “y la vida perdurable”. 

Conclusión

El proyecto de Dios es y será siempre un proyecto de vida. Ante la muerte, y cientos y miles de muertos en nuestro mundo por causas mismas del pecado como es la avaricia, el poder, el control y el dinero, Juan nos dice que es necesario volver nuestra vida, ver en Jesús como el dador y sustentador de todo lo que existe, nada es nuestro, todo le pertenece a él, nuestra vida misma se nos ha prestado, la muerte ronda nuestra vida, y alejados de él somos nada, pero quien camina con Dios en esta vida, camina con él hacía la eternidad, esa es la invitación de Juan, ver en Jesús como el Dios encarnado que nos trajo vida y vida en abundancia, y que viviendo en él, vivimos.

La vida eterna comienza con el nacer de nuevo. Con un cambio de vida, con un creer y aceptar a Jesús como el enviado de Dios, aceptar sus obras y unirse a ese gran proyecto de Dios, a vivir como Jesús mismo demanda, una vida alejada del pecado, del mal, de la destrucción de la vida, de la muerte, para buscar la vida en abundancia y no solo vivirla, sino también comunicarla y compartirla, hacer que este mensaje cambie corazones, transforme mentes y convierta vidas, que se vuelvan a Dios.

Jesús no cabe en los esquemas humanos, él siempre trasciende, profundiza y va más allá de nosotros y lo que concebimos, él nos lleva o quiere llevar a otra dimensión de la vida, la vida en abundancia y la vida eterna.

Sí, mis hermanos y hermanas, Dios está con nosotros en esta vida y en la venidera. El Dios que nos da alegrías mundo, es el mismo Dios que nos espera en la eternidad. Su presencia no termina, su amor no se acaba, no hay límite para el poder de Dios. La fe nos enseña una verdad sencilla, pero profunda: “Quien camina con Dios en este mundo, camina con Dios por toda la eternidad”.

sábado, 8 de noviembre de 2025

Vida en abundancia gracias al Señor (Juan 10.1-13), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Representación del Buen Pastor, catacumbas de San Calixto, siglo III 

9 de noviembre, 2025

 

El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

Juan 10.10, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

Una de las mayores alegorías y simbolismos con que el Señor Jesucristo se refirió a su persona fue la del Buen Pastor, siguiendo con ello la imagen que venía desde el Antiguo Testamento pues la cultura judía, ligada desde siempre al cuidado de los animales del campo, la asociaba con la acción de Dios y con la delegación que recibieron los gobernantes que también eran llamados “pastores”. Después del largo capítulo sobre el ciego de nacimiento, el texto continúa con la presentación de esa alegoría que no sería bien comprendida y acerca de la cual debió explicarla con más detalle. La alegoría forma parte del conjunto de frases precedidas de la afirmación “Yo soy” que alude directamente a la respuesta de Dios a Moisés en la zarza ardiente. En ese contexto surgirá la afirmación del Señor acerca de la vida en abundancia ligada al cuidado y atención que ofrece como pastor de las ovejas. La afirmación de la vida como muestra de la acción de Jesús es el eje alrededor del cual se construyen todas las demás afirmaciones del anuncio del Evangelio, pues desde el principio del texto se señala que “en él estaba la vida” (1.4) y que el Hijo “a los que quiere da vida” (5.21). Además, desde la perspectiva sacramental de este evangelio, Jesús mismo es el “pan de vida” (6.35) y más adelante afirma que quien sigue a Jesús, como el ciego que aparece en el relato, “tendrá la luz de la vida” (8.12).

 

La puerta de las ovejas (vv. 1-6)

La parábola-alegoría (en la primera no cuentan los detalles y en la segunda sí) inicia con una sentencia rica en imágenes: “En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ese es un ladrón y salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas” (vv. 1-2). La intempestiva afirmación presenta un escenario pastoril en donde destaca, en primer lugar, la imagen de la puerta que es aplicada inmediatamente de manera cristológica. A continuación, se describe la figura del pastor contrapuesta a la del ladrón. Al pastor le abre el portero “y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera” (v. 3). La idea de lo comunitario responde a la autoimagen que tenían las comunidades juaninas en el contexto de su progresivo desapego del judaísmo. Ellas se sentían estrechamente ligadas a la figura del Discípulo Amado, quien era el vínculo directo con el Señor.

El Señor Jesús ha sacado a “sus ovejas juaninas” que conoce por nombre (3) y va delante de ellas (4a) quienes lo siguen porque conocen su voz (4b). Esta gran familiaridad se corresponde con la confianza que tenía el Discípulo Amado. “Esta imagen del pastor encabezando las ovejas es de una gran belleza. El detalle de que las ovejas conocen su voz va a ser aprovechado en seguida para contraponer la imagen del ladrón o advenedizo”[1] pues a éste no lo seguirán “sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños” (5). Pero todo esto no fue entendido por sus escuchas, por lo que él debió de ampliar la explicación de la alegoría. 


El buen pastor que da vida en abundancia (vv. 7-13)

Ante la incomprensión, el Señor pasa a una primera explicación que se centra en la imagen de la Puerta mediante dos pasos: a) Jesús es la puerta, mención de los salteadores; y b) él es la puerta para la vida. Enfáticamente lo afirma en el v. 7: “Yo soy la puerta de las ovejas”: es la tercera expresión “Yo soy” con un predicado por lo que sirve para identificarse. Y de inmediato se refiere a todos aquellos que vinieron antes de él, quienes son ladrones y salteadores a quienes las ovejas no escuchan (8). La puerta, a su vez, es una puerta para la vida, pues entrar por ella garantiza la vida y, siguiendo la imagen de la oveja, quien pasa por ella “encuentra pastos” (9), es decir alimento para subsistir: “Los pastos abundantes que se prometen [que recuerdan al Salmo 23] son la salvación. Para ello es necesario ‘entrar’ por la puerta que es Jesús. Esta idea de la vida se reitera de nuevo contraponiendo al ladrón y a Jesús. […] La expresión ‘he venido’ lleva en sí misma la idea del envío o encarnación”.[2] “En el v.9 tenemos el tema de los que entran y salen por la puerta, que es Jesús, y encuentran pastos. Antes hemos oído que Jesús ofrece el agua viva y el pan de vida; ahora ofrece el pasto de la vida, pues en el v. 10 se aclara que al hablar del pasto, Jesús se refiere en realidad a una plenitud de vida. El don de la vida se opone aquí a la mortandad que se asocia con el ladrón”.[3]

A partir del v. 11 se destaca con más relieve la imagen del buen pastor en contraste con el asalariado (o incluso, mercenario). Con esa imagen era designado el Mesías en las profecías del Antiguo Testamento, como en Jeremías 23 y Ezequiel 34. La gran característica de este pastor es que “da su vida por las ovejas” (11b), es decir, la acción sacrificial, no así el asalariado, que huye cuando se presenta el peligro (12-13). No considera a las ovejas como suyas, por lo tanto, escapa y no arriesga su vida. El resto del pasaje desarrolla la relación familiar entre el pastor y las ovejas. Los vv. 14-21 trazan puentes hacia la extrema comunión entre el pastor y las ovejas (14-15) y hacia las ovejas de otro redil (16) que, con todo, apunta hacia la unidad de la iglesia: a ellas también las debe traer y “oirán su voz”, y se formará un solo rebaño con un solo pastor (16b). Así se cumplirá la oración del cap. 17 sobre la unidad del pueblo de Dios en Cristo. 

Conclusión

La vida en abundancia de la que habló el Señor es la gran promesa que Él da a su pueblo a fin de superar las controversias causadas por pastores asalariados y con escaso compromiso. Esa vida abarca todo lo imaginable en función no solamente de la sobrevivencia sino de una vida vivida en plenitud, con base en un buen alimento, en sólidos y nutritivos pastos que el Señor ofrece a sus seguidores. El pastor excelente que es Él garantiza la certeza de una existencia completa y bien encaminada con base en la vida que viene de Él mismo, pues se ha entregado plenamente y Él daría su vida sin que nadie se la arrebate (17-18), por eso lo ama el Padre, porque la pone y la vuelve a tomar. Ése es el fundamento de la verdadera vida abundante, plena, completamente generosa.



[1] Domingo Muñoz León, “Evangelio según san Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 649.

[2] Ídem.

[3] Raymond Brown, El evangelio según Juan. I-XII. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1999, p. 706.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Un Dios de vivos, no de muertos (Mateo 22.22-32), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

2 de noviembre, 2025

 

…¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Mateo 22.31b-32, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

En un día como éste, en el que la cultura mexicana afronta, festiva y seriamente, la realidad de la continuidad o discontinuidad entre la vida y la muerte, algo que ha costado mucho trabajo procesar a las iglesias evangélicas pues la mezcla de elementos que ha habido no permite distinguir lo que puede rescatarse en el marco de la doctrina de la resurrección. El pasaje en cuestión, bastante conocido y citado es una ventana hacia la adecuada discusión y clarificación de lo que sucede con las personas que han pasado a la presencia del Señor. Una posibilidad de acercamiento al tema lo proporciona la distinción entre la “iglesia militante” y la “iglesia triunfante”, pues en ésta última se encuentran quienes ya forman parte del pueblo que adora a Dios directamente, cara a cara.

 

El problema y la esperanza de la resurrección (vv. 22.23-29)

El diálogo que Jesús tuvo con los saduceos, quienes no creían en la resurrección, por ser una creencia relativamente reciente es una excelente lección para abordar cómo superar los esquemas relacionados con la relación vida-muerte. Las grandes trabas que ellos tenían ante esa nueva creencia pueden explicarse por su concepto del cuerpo y de la realidad física. Ellos, los grandes terratenientes, los que se sentían descendientes de un gran sacerdote, aunque en el fondo trataban de resaltar más el significado de la palabra, “los justos”, los que dominaban el Sanedrín, se apegaban a lo que la Ley enseñaba y se aferraban a la tradición más antigua. Su intención fue cuestionar la enseñanza de Jesús que se alineó, según ellos, con las novedades apocalípticas. Por eso acudieron a una historia hipotética para ilustrar la ley del levirato de Deuteronomio 25.5-10 con el fin de acorralar a Jesús con la certeza de que no habría una explicación suficiente del supuesto problema. Algo así como el debate acerca de si los difuntos vienen o no a saborear los alimentos y bebidas que disfrutaron en su vida terrenal: es un problema falso en el que entran en juego los sentimientos acumulados, el duelo bien procesado y la memoria de las personas.

Es evidente que los muertos no regresan, según lo afirmó el propio Señor en otro lugar (Lucas 16.31). De ahí el énfasis de su respuesta inicial (“Ustedes andan equivocados porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios”) que plantea la doble dificultad de los saduceos: no comprender el espíritu de las Escrituras, que ya es delicado, sino peor aún, no captar la grandeza de poder de Dios que comparte su vida con su creación y, en este caso, con las personas. Los dilemas de la vida y la muerte son asunto serio para Dios y lo deben ser para nosotros también. Por ello el Señor reconduce la pregunta y la coloca en el marco más adecuado: la sana comprensión del mensaje divino y un buen entendimiento del poder de Dios, el cual se sitúa en la dimensión de la afirmación de la vida, el horizonte de la fe en el que se cumplirán todas las promesas relacionadas con el futuro y la eternidad.

 

El Dios de los vivos, no de los muertos (vv. 30-32)

A continuación, el Señor ofrece una gran lección de doctrina escatológica al afirmar que en la resurrección las personas “ni se casarán ni se darán en casamiento” y serán “como los ángeles de Dios en el cielo” (22.30). Esto quiere decir que, a la luz de la realización final del reino de Dios, varios aspectos de la vida humana se relativizan o pierden su importancia. Se hace “innecesaria la propagación de la especie humana por medio del matrimonio”.[1] Es aquello a lo que los teólogos denominan las cosas “últimas” y las “penúltimas”, es decir, que lo más relevante en el plan de Dios se impone sobre las realidades cotidianas y contingentes que tienen su importancia propia, pero que, confrontadas con el horizonte final de la voluntad divina, pasan a un segundo término. Las creencias que surgieron en el periodo intertestamentario incluían precisamente los ángeles, que eran considerados como seres asexuados ajenos a las veleidades de la vida humana. De allí se nutrió la doctrina cristiana al momento de elaborar esa parte de las creencias. Pero luego el Señor interpretó Éxodo 3.6 ¡en clave escatológica! al aplicar a ese versículo la resurrección de los muertos y ver a Abraham, Isaac y Jacob como personas vivas por lo que su conclusión lógica es una aportación magnífica al tema: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (v. 32b). Por lo tanto, ellos y quienes han pasado a la presencia de Dios están vivos y permanecen vivos, ¡ahora mismo! La consecuencia es clara y sumamente creativa: “Jesús afirma que Dios no podría llamarse el Dios de los patriarcas, que ya no existen, si estos no estuvieran vivos de alguna manera”.[2]

Por esa razón viene a cuento la afirmación cristiana de la comunión de los santos, pues ésta abarca no sólo a la iglesia “militante” sino también a la iglesia “triunfante”, aquella que ya contempla el rostro de Dios en toda su luminosidad e intensidad. Asimismo, y esto es lo más inquietante y renovador, los que estamos en el mundo siguiendo al Señor estamos y seguimos en comunión con aquellos que nos antecedieron porque siguen vivos y no requieren acudir o presentarse en términos de temor o terror, pues, por el contrario, su cercanía pasa por el filtro del amor, de la comunión, del recuerdo, de la cercanía espiritual, afectiva, entrañable. 

Conclusión

El Dios de vivos en el cual creemos es el origen, fuente y garantía de la vida por encima de cualquier posibilidad de oposición desde la muerte a su voluntad. Ante la presencia de Dios todos aquellos creyentes que han entrado a la dimensión eterna están vivos, por lo que reciben la vida que él comparte. Todos quienes han muerto en Cristo están vivos en la presencia de Dios y esperando una gloriosa resurrección. La cercanía con Dios produce la certeza de una vida plena y auténtica, más allá de los lazos mortíferos que pretenden socavarla. 

Apéndice 

¿Quiénes son estos “santos”? Son personas que acogieron el Evangelio y lo testimoniaron en su vida, pero que no son recordadas en el calendario litúrgico. Pasaron por este mundo sin dejar huella; como nosotros, vivieron nuestra misma vida, atravesaron nuestras mismas dificultades. No conocemos sus nombres, sus rostros, sus historias, pero la Iglesia nos pide hoy recordarlos solemnemente en la liturgia. Ellos comparten la comunión con el Resucitado, redimidos por la sangre del Cordero. […]

Cuando el vidente del Apocalipsis pregunta quiénes son los que están de pie ante el trono de Dios, vestidos con túnicas blancas y tan numerosos que nadie puede contarlos, se le responde: “Son los que vienen de la gran tribulación. Ellos han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero” (Ap 7.14). Han sufrido, han tenido fe, han esperado y han permanecido fieles al Señor: la pasión y la muerte del Cordero los ha redimido y sus vestiduras se han vuelto blancas. El «blanco» en el Apocalipsis es signo de la resurrección, de la victoria sobre el mal. La fidelidad al Señor, la perseverancia, no son una realidad incolora e indolora, sino que llevan en sí el signo de la pasión y de la cruz. La túnica blanca es también la que nosotros vestimos el día de nuestro bautismo y simboliza la resurrección, la alegría, la comunión con el Señor.

Los santos —nos anuncia el Evangelio de hoy y también el de los difuntos— han vivido las Bienaventuranzas: fueron pobres, misericordiosos, constructores de paz, personas verdaderas y transparentes, que supieron perdonar y amar; y en medio de las persecuciones —maltratados, golpeados, injustamente insultados— prefirieron la muerte antes que renegar de su fidelidad al Señor. […]

Escribía Dietrich Bonhoeffer: “No hay nada que pueda sustituir la ausencia de una persona querida. Es falso decir que Dios llena el vacío. No lo llena en absoluto, sino que lo mantiene abierto, ayudándonos así a conservar nuestra antigua comunión mutua, aunque sea en el dolor”. Y el dolor nos enfrenta a la realidad de la muerte, de toda muerte, también de la nuestra. Quisiéramos alejarla, pero en realidad ella se convierte en compañera de nuestra vida.[3] 



[1] Armando J. Levoratti, “Evangelio según san Mateo”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 375.

[2] Ídem.

[3] Giancarlo Pani, “Solemnidad de Todos los Santos y conmemoración de los fieles difuntos”, en www.laciviltacattolica.es/2025/10/31/solemnidad-de-todos-los-santos-y-conmemoracion-de-los-fieles-difuntos/

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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