viernes, 18 de abril de 2025

Comunión, fraternidad y compromiso (I Corintios 11.23-34), Pbro. Silfrido Gordillo B.

17 de abril, 2025

Fuimos creados para vivir en comunidad, comunión y comunicación. A nadie nos gusta la soledad (quizá solo instantes) pero no para vivir la vida. De ésta comunión con Dios emana la comunión con nuestros semejantes y con la creación entera, creando así armonía en el universo.

Hay pueblos más sociables que otros, el nuestro, México, es muy sociable, fiestero y pachanguero. Siempre hay algo para hacer fiesta; fiestas cívicas, religiosas o familiares.

En la época de Pablo, era costumbre habitual el reunirse grupos de personas para celebrar comidas. Comenta William Barclay, que, en particular, había una clase de fiesta llamada éranos, en la que cada participante aportaba una parte de la comida y luego todo era para todos. Solo que en este tipo de fiesta era acorde a sus niveles socioeconómicos. La iglesia del primer siglo adoptó esa costumbre, y llamaba a sus fiestas Ágape o fiesta del amor.  Todos los miembros de la iglesia venían, aportando cada uno lo que podía, y todos participaban de la comida congregacional, pero esta fiesta se había degenerado. Había en ella ricos y pobres; unos que podían llevar mucho, y esclavos que no podrían contribuir con casi nada. En esta iglesia de Corinto se había perdido el arte de compartir, las diferencias sociales generaban división en un momento que debía de ser grato y memorable, de allí que Pablo desapruebe esa actitud y acción de las personas que formaban parte de la iglesia. Todos debían de quedar satisfechos, aunque se trataba de algo más que la celebración de un abundante banquete. Debía ser expresión de la unión fraternal en Cristo, y debía rebosar, por tanto, de la presencia del Señor. La comida de hermandad, debiera ser la antesala de la eucaristía, también esta es cena del Señor

La iglesia cuando debía de constituirse en un lugar donde las barreras se rompieran y generaran comunión, hermandad, fraternidad, se asemejaba a las fiestas romanas, o peor aún, sucedía lo contrario. 

COMUNIÓN

“El evangelio crea una comunidad, y no un puñado de individuos cristianos”, N.T. Wright, El verdadero pensamiento de Pablo, p. 168.

“La comunidad existe por la obra de Cristo” ¿Cuál obra? La de su muerte, pero sobre todo la de su resurrección (pascua) “Él es el fundamento, la piedra angular, el iniciador, el arquitecto….”. Dietrich Bonhoeffer, Creer y vivir, pp. 52-53.

“Al morir Jesús en la cruz está completamente solo. La comunidad mesiánica está realmente rota. Los discípulos se han dispersado.  No hay ninguna comunidad bajo la cruz. La comunidad esta deshecha….En la resurrección revive la promesa y tiene lugar la re-creación de la comunidad rota por la cruz. El cuerpo de Adán se convierte en cuerpo de Cristo… Desde la pascua queda iluminada la cruz. La cruz y la resurrección se vuelven así una unidad”. Dietrich Bonhoeffer, Creer y vivir, pp. 46-47.

Dice Bonhoffer “Comunidad cristiana significa comunión con Jesucristo y por Jesucristo… El cristiano es el hombre que ya no busca su salvación, su libertad y su justicia en sí mismo, sino únicamente en Jesucristo”. Vida en comunidad, p. 13.

Pablo ha denunciado ese abuso por parte de los que se adelantaban a comer sin esperar a sus hermanos, y además se terminaban todo lo que había en la mesa, así que cuando sus demás hermanos llegaban, ya no había nada que compartir, ante ello, les propone de qué forma, en qué sentido deben celebrar estas reuniones, y es donde inserta el tema de la Cena del Señor, conocido como el relato de la institución. Esto no es propio de él, sino parte de una tradición que ha recibido y que ahora comparte (v. 23). 

FRATERNIDAD

La fraternidad cristiana se califica como una fraternidad en la fe, pero más aún como una fraternidad en Jesucristo. De hecho, la palabra hermano y hermana más que indicar los lazos familiares, expresa pertenencia a un cuerpo, a un grupo, sea este social, familiar, pero en la perspectiva cristiana, a los que son parte del cuerpo de Cristo, a la Iglesia.

Dice Bonhoeffer, “Si podemos ser hermanos es únicamente por Jesucristo y en Jesucristo”. Vida en comunidad, p.13.

Cuando habla de fraternidad cristiana, dice que “debemos de renunciar a nuestros propios anhelos y sueños. Desear algo más que lo que Cristo ha fundado entre nosotros no es desear la fraternidad cristiana, sino ir en busca de quien sabe qué experiencias extraordinarias…. Es importante adquirir conciencia desde el principio de que, en primer lugar, la fraternidad cristiana no es un ideal humano, sino una realidad dada por Dios, y que esta realidad es de orden espiritual y no de orden psíquico”. Vida en comunidad, p.18. Es una comunidad neumatológica, no psicológica.

 

COMPROMISO

“Mata a su prójimo quien le arrebata el sustento, vierte sangre quien quita el jornal al jornalero” (Eclesiástico 34.18-22).

Sabemos que el hambre es mortal. Y si lo sabemos, ¿Tiene sentido perder el tiempo discutiendo de si el alma es inmortal?  Camilo Torres.

Si yo estoy hambriento, ese es un problema físico; si mi vecino está hambriento, ese es un problema espiritual. (Nicolás Berdyaev).

Si le doy un pan a un pobre me llaman de santo, si pregunto ¿por qué hay pobres? Me llaman de comunista. Dom Helder Cámara

Tres son los elementos que se conjugan para dar de comer (vida) al ser humano: Tierra, trabajo y pan.  Sin tierra no hay trabajo, sin trabajo no hay pan, sin pan no hay vida. Sin trabajo no hay tierra trabajada.  ¿Cuál de estos tres es más importante? ¿Cuál de estos tres falta en nuestro mundo? ¿Cuál es la realidad que vivimos en relación a estos tres elementos en el mundo esenciales para la vida? ¿Todos tienen Tierra? ¿Todos tiene trabajo? ¿Todos tienen pan? En otras palabras ¿todos vivimos una vida digna como humanos?

Al participar de este pan y de este vino que es vida nos hacemos consientes y nos comprometemos a participar del proyecto de vida de Jesús. Jesús abre su corazón para decirnos que quiere compartir su vida de entrega con nosotros y con todos los seres humanos de todos los tiempos.


jueves, 17 de abril de 2025

"Se hizo obediente hasta la muerte..." (Filipenses 2.5-11), Pbro. L.Cervantes-Ortiz

16 de abril, 2025 

…y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Filipenses 2.8, RVC

 

Trasfondo

 

El himno cristológico en Fil. 2:6-11 es considerado el clímax del argumento de la epístola a los Filipenses y sus interpretaciones modernas han sido influenciadas por el Credo de Calcedonia que declaró la doble naturaleza de Cristo: humana y divina. De ahí que la lectura tradicional que se ha hecho del himno ha consistido en afirmar que Jesús, como ser humano, sufrió esclavitud, humillación y condena a la muerte de cruz, la cual estaba destinada a los insubordinados en el imperio romano; sin embargo, también se ha afirmado que, por esa obediencia a su Padre celestial hasta la muerte de cruz, fue exaltado hasta lo sumo, constituyéndose de esta manera en Señor del universo. Por lo tanto, todo está sometido a su señorío y como tal debe rendírsele tributo a su nombre. De esta manera el Himno ha sido considerado una exhortación ética con sentido escatológico basado en Fil. 2:5 “haya pues en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”.[1] 

En esta carta del prisionero político Pablo el texto no debía ser tan directo pues se corría el riesgo de ser descifrada. Obviamente, no es la primera parte del himno cristológico la que resultaba peligrosa (adonde se habla de la humillación del Señor Jesús) sino la segunda en donde se refiere a su exaltación. Insinuar que había un hombre superior al kyrios romano era riesgoso para el escritor y para su lectores/as. Ese “señorío conllevaría un estilo de vida en contracorriente con la del imperio romano, pues se regiría por los valores del reino de Dios (pp. 206-207). En otras palabras, sería un señorío que no se impondría por la fuerza, ni por acciones militares, sino por amor al prójimo y el respeto a la dignidad humana independientemente de la identidad de género. Por lo tanto, los intereses personales quedarían supeditados a los intereses de la colectividad”.[2]

 

La gradación en la humillación del Hijo de Dios (vv. 6-7)

El texto del himno desarrolla la humillación del Hijo de Dios como una gradación bien escalonada: hombre, esclavo, muerto, crucificado.

 

Cristo descendió las cuatro escalas. Llegó al fondo, él realmente quedó vacío. Clavado en la cruz, maldito a los ojos de los hombres [Gálatas 3.13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’ [Deuteronomio 21.23]” y aparentemente también de Dios. cristo realmente estaba vacío de todo valor y toda sustancia; reducido a nada. Pero una vez reducido a la nada, a la anulación total del poder, el Padre lo levantó al nivel más alto.[3]

 

Vaciamiento (kénosis), desempoderamiento, debilidad: ésas son las claves con que Pablo resume la historia de Jesús, no siguiendo los pormenores de si vida. El apóstol practica grandes saltos teológicos para mostrar esa gradación que lo fue llevando cada vez más abajo. Jesús se abajó profundamente hasta alcanzar el menor nivel. En la conciencia de Pablo “ese doble movimiento contiene toda la novedad del Evangelio”.[4] Jesús, “como Dios podía tener todos los poderes. Pero el camino que eligió, lo llevó a perder no solamente el poder de la divinidad, sino los propios derechos y poderes naturales en todo hombre. Entre todas las condiciones humanas, tomo la condición de esclavo. Perdió hasta el derecho de defenderse de las acusaciones injustas y fue condenado a muerte”. Algo así como los presos que se encuentran en Guantánamo en las cárceles estadounidenses o los deportados latinos en El Salvador.

 

La obediencia hasta la muerte de cruz (vv. 8-9)

El Señor Jesús ahondó su vaciamiento (v. 7) y humillación (v. 8), y por ello: “Sufrió la muerte más infame que es la muerte en la cruz. La condición de crucificado le dio el estado de vacío, nada, aniquilamiento. En la cruz, Jesús ya no es nada: nada de poder, nada de dignidad, nada de derechos humanos, naturalmente nada de poder divino”.[5] No se conformó con descender al primer escalón al hacerse ser humano; descendió al segundo: hombre pobre, oprimido, despreciado por los demás, esclavo y condenado a la muerte ignominiosa de la cruz.

 

La muerte sublima la ausencia de poder del esclavo. La cruz sublima más todavía. Pues la cruz es una muerte de esclavo y una muerte maldita. La cruz en la teología de Pablo es la expresión extrema de la condición de esclavo y del vaciamiento de todo poder. Es el cuarto escalón del descenso de Jesús hasta la impotencia total, hasta la eliminación de todas las fuerzas y de todas las dignidades. Y no se excluye la referencia a Isaías 53.8. Pero la alusión debe haber estado en las reflexiones de la comunidad que preparó este himno. [6]

 

Conclusión

Jesús tocó fondo al llegar a la cruz para cumplir con el ciclo del descenso absoluto en su humillación. Más abajo ya no había nada, sólo el silencio, el abandono y la soledad. De ahí lo sacaría el poder del Padre que lo retomó para exaltarlo a lo sumo y ponerlo al lado suyo en las alturas. Este ciclo es la base de la fe cristiana que levanta su mirada hacia la cruz y se encuentra con un Dios sufriente, acosado y sofocado por la debilidad, pero siempre dispuesto para otorgar la salvación por medio de su Hijo sufriente. Los ecos de Isaías 52-53 se asoman en toda la reflexión paulina sobre la cruz de Jesús y llegan hasta nosotros para llamarnos a la reconciliación con Dios.



[1] César Moya, “Visibilizar un mensaje secreto Pistas para una relectura de Fil 2.6-11 en contextos de violencia”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 94, 2024, pp. 44-45.

[2] Ibid., p. 47.

[3] José Comblin, Filipenses. Buenos Aires, La Aurora, 1988 (Comentario bíblico ecuménico NT), p. 46.

[4] Ídem.

[5] Ibid., p. 47.

[6] Ibid., p. 48.

viernes, 11 de abril de 2025

El Señor crucificado: fundamento de la predicación cristiana (I Corintios 2.1-5), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

13 de abril, 2025


Más bien, al estar entre ustedes me propuse no saber de ninguna otra cosa, sino de Jesucristo, y de éste crucificado.

I Corintios 2.2

 

A todo lo largo de la historia cristiana hay una tendencia de los propios cristianos a tomar a Jesús como escándalo de recambio, una tendencia a perderse y fundirse en la masa de los perseguidores. De ahí que, para Pablo, la Cruz sea el escándalo por excelencia. Obsérvese, en este sentido, el simbolismo de la cruz tradicional, que con sus dos maderos atravesados hace visible la contradicción interna del escándalo.[1]

René Girard

 

Trasfondo

Existe una manera de hablar sobre el Señor Jesucristo poco frecuente en el lenguaje evangélico: Jesús crucificado o Jesús resucitado. Se supone que es habitual en iglesias más tradicionales, pero lo cierto es que fue Pablo de Tarso quien utilizó la frase y la estableció como el centro de su predicación y de su acción, ni más ni menos. En la dura correspondencia que tuvo con la comunidad cristiana de Corinto (que él había contribuido a formar), respondió preguntas directas y algunas críticas que se hacían a su trabajo misionero y pastoral. Una de ellas, que era un predicador mediocre (II Co 10.10; 11.6), la afrontó con especial donaire y dureza; partiendo de esa crítica afirma que lo fundamental de su predicación no es la elocuencia ni la sabiduría sino la presencia de el Señor crucificado. Estrictamente hablando, Pablo es el fundador de la “teología de la cruz”, es decir, aquella línea de pensamiento cristiano mediante la cual es posible acercarse a la cruz y extraer de ella todas sus consecuencias, dentro y fuera de la experiencia religiosa. Fue un visionario cristiano capaz de desvelar los resultados del hecho bruto, rotundo y doloroso para transfigurarlo plenamente en el símbolo absoluto de la redención.

 

El lenguaje de la teología de la cruz: aportación paulina (vv. 1-2)

Hablar de la cruz es situarse en línea directa con lo acontecido en el Gólgota y que Dios permitió que sucediera para dar cauce a su gracia y a la superación de todas las formas de violencia sagrada: “Lejos de ser conseguido de forma violenta, el triunfo de la Cruz es fruto de una renuncia tan total a la violencia, que ésta puede desencadenarse cuanto quiera sobre Cristo sin sospechar siquiera que, al hacerlo, pone de manifiesto aquello que tanto cuidado pone en ocultar, sin sospechar que el propio desencadenamiento va a volverse en este caso contra ella, puesto que será consignado y representado muy exactamente en los relatos de la Pasión”.[2] La violencia humana ejercida contra el Señor en la cruz no fue respondida por una violencia divina visible. En México y América Latina hemos estado acostumbrados a los abusos contra la cruz pues ésta ha alentado más bien la sumisión y la resignación, en vez de movilizar para desclavar a todos los crucificados de la historia, que son muchos/as: “Más de 300 años de dominio extranjero han desautorizado el simbolismo cristiano y han dificultado el acceso a la teología reformadora de la cruz hasta la actualidad. La religiosidad latinoamericana incurre una y otra vez en el desafío de caer en el fatalismo y el conformismo”.[3]

El lenguaje paulino sobre la cruz se mueve entre el simbolismo, la denuncia y el misticismo. Si el apóstol conoció a Jesús de otra manera, como lo afirmó tajantemente (II Co 5.16), esa manera es precisamente observarlo espiritualmente y con los ojos de la fe colgado y maltratado en el madero. Conocerlo así, primero crucificado (derrotado y sometido a los poderes de su tiempo) y luego resucitado (gracias a la intervención directa del Padre para volverlo a la vida) son las únicas formas que le importaron para procesar todo lo relacionado con él. De ahí que se atreva a no citar o mencionar las cosas que hizo en su vida terrenal, no porque no importasen sino porque la mirada espiritual y teológica se centra en esos grandes episodios en los que se desplegó la grandeza del esfuerzo salvífico divino. Preguntar a Pablo, por ejemplo, acerca de la entrada de Jesús a Jerusalén resultaría en que él lo vería como en camino directo hacia la cruz como cumplimiento de su destino mesiánico y redentor. Jesús mismo lo supo y actuó en consecuencia cuando advirtió que no habría marcha atrás en su camino.

 

Una fe fundada en el poder de Dios (vv. 3-5)

La relectura paulina de los entretelones de la crucifixión del Señor atraviesa por un sendero de comprensión que fue más allá de los sucesos exteriores y entró plenamente a la i/lógica divina de la cruz, incomprensible para los judíos que esperaban señales o para los griegos que esperaban argumentación sólida y sabia. Pablo estaba dominado por un discernimiento espiritual de la dinámica soteriológica en la que la cruz tenía un lugar determinante, ajeno incluso a la cultura sacrificial que estaba en boga. La cruz, para él, era una nueva ruta para encontrarse con Dios en el lugar menos pensado:

 

Dios debe ser conocido sub contrario (bajo su contrario). Donde parece que no hay Dios, donde parece que se ha retirado: allí está Dios en su más alto grado. Esta lógica contradice la lógica de la razón, pero es la lógica de la cruz. Esta lógica de la cruz es escandalosa para la razón, y sin embargo hay que mantenerla así, porque sólo así tenemos un acceso a Dios que nunca tendremos de otra manera. La razón busca el motivo del dolor, los motivos del mal. La cruz no busca ningún motivo; justo ahí, en el dolor, es que está Dios completo. [... La cruz] debe permanecer como una cruz, como la oscuridad ante la luz de la razón y la sabiduría de este mundo.[4] 

Este modo de mostrar el poder de Dios desde una debilidad autoasumida en la cruz es lo que estaba detrás de la acción y el pensamiento del apóstol, era su razón de ser. Por eso llama a la cruz locura, necedad, escándalo y afirma que Dios ha “entontecido” los impulsos de la sabiduría humana que se estrellan una y otra vez ante la realidad repulsiva de la cruz. La debilidad y el temor y temblor suyos son evidencia de que su punto de partida no era el aspaviento, la fortaleza ni la apariencia de dominio sino las “consecuencias ministeriales”, por llamarlas de algún modo, del mensaje de la cruz que llenaban su mente y espíritu al momento de escribir a los corintios. Por ello deseaba que ellos/as asumieran también esa perspectiva para su fe y espiritualidad en la vida comunitaria.

 

Conclusión

“El Crucificado es el siervo afligido de Dios, cuyo sufrimiento tiene como objetivo la redención del mundo al exponer la falta de humanidad y la falsedad de los poderes que dominan el presente. La cruz no puede entenderse como una absolutización o justificación del sufrimiento, pero tampoco como un mero anuncio de un triunfo final; más bien, es la negación de la negación, el rechazo de todo lo que niega la vida. Con ello se logra un giro teológico y también político en la comprensión de la cruz”.[5] Acostumbrarse a los aspectos negativos de la cruz del Señor es, como se dice hoy, normalizar el sufrimiento para hacerlo parte de nuestra vida y canalizarlo como una vía de sobrevivencia deshumanizada. La cruz, para san Pablo, consiste en apuntar hacia el proyecto divino que se topó con ella y consiguió afrontarla para superarla mediante la denuncia absoluta de lo que no debe suceder nunca más. El día que entró Jesús de Nazaret a Jerusalén avizoró la cruz como un destino inevitable al exhibir a los poderes en toda su crudeza y criminalidad.



[1] R. Girard, “El ciclo de la violencia mimética”, en Veo a Satán caer como el relámpago. Barcelona, Anagrama, 2002, p. 42.

[2] R. Girard, “El triunfo de la cruz”, en Ídem, pp. 182-183.

[3] Martin Hoffmann, Teología de la cruz en América Latina. San José, Universidad Bíblica Latinoamericana, 2022 (Aportes teológicos, 12), p. 12.

[4] Leonardo Boff, Pasión de Cristo, pasión del mundo. p. 136.

[5]  Ibid., p. 14.

viernes, 4 de abril de 2025

El contenido del evangelio: la locura de la cruz (I Corintios 1.18-25), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

6 de abril, 2025

 

Porque la palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para... los salvos es poder de Dios.

I Corintios 1.18

 

Hemos rodeado el escándalo de la cruz de coronas de rosas. hemos hecho de él una teoría salvífica. pero eso no es la cruz. Ésa no es la dureza puesta por Dios en ella.

Hans J. Iwand

 

Trasfondo

Cada vez que se recuerdan los días de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret es inevitable confrontarse con el misterio contenido en el escándalo de su cruz (staurós). Y es que no se puede hablar de ella impunemente, o de sus consecuencias en la historia, en la vida humana, individual y colectiva. La cruz de Jesús no le pertenece solamente a las personas religiosas, pues es una realidad y un símbolo que apela a las fibras más profundas de la existencia humana. Así lo comprendieron los primeros seres humanos que debieron procesar todo el conjunto de paradojas, contradicciones y ambigüedades que produjo el sufrimiento y muerte de Jesús en ese instrumento de tortura utilizado por los romanos para acabar con sus enemigos visibles, en este caso un peligroso agitador, según pensaron. Miguel de Unamuno escribió El Cristo de Velázquez, un inmenso poema que describe lo que el artista consiguió plasmar en una de las obras más emblemáticas sobre la cruz del Señor y se detiene en cada parte de su cuerpo, tal como aparece allí. Varias porciones nos acompañarán en este peregrinaje.

 

Una cruz difícil de aceptar

También es posible preguntarse, a partir de la cruz, qué tipo de humanidad, de Iglesia o de espiritualidad puede proceder de ella, a la luz de 20 siglos de promoción constante de una fe cristiana situada en el marco de una comprensión meramente sacrificial y de “satisfacción del Dios ofendido”. La idea de un “sacrificio expiatorio vicario por nuestros pecados” se relaciona más con la imagen de un señor feudal a quien sus súbditos han deshonrado, que con la de un Dios que acompañó en la cruz el sufrimiento de su Hijo. Las preguntas que brotan ante semejante acontecimiento están ligadas a las múltiples desviaciones del mensaje neotestamentario sobre la cruz:

 

¿Cómo ha de entenderse esta muerte? ¿Fue el castigo de un criminal, que no se atuvo a las leyes religiosas y civiles en vigor? ¿Fue el final de un agitador político que suscitaba el levantamiento contra la soberanía romana? ¿O tal vez la muerte libremente aceptada, suicida, de un desesperado que se entregó a sí mismo en manos de sus adversarios? ¿O es la muerte de Jesús el asesinato de un incómodo maestro de la verdad, la prueba de credibilidad de un ideal, por el que un idealista luchó durante toda su vida, el sacrificio voluntario de un mártir, que permaneció fiel a sus ideales hasta llegar a un amargo fin? ¿O tiene razón Pablo cuando habla de ofrecerse por amor llegando hasta la entrega de la propia vida? (Hans-Georg Link) 

Las comunidades cristianas del primer siglo no evadieron el debate y la reflexión, pues dejaron constancia y testimonio de ello en los documentos del Nuevo Testamento. Incluso mucho antes de que surgiera la figura de Pablo de Tarso, quien establecería como canónica y casi única su interpretación de la cruz como parte de una historia de salvación, los demás apóstoles desarrollaron una interpretación de los alcances de la muerte martirial de su maestro. Para los discípulos/as directos de Jesús, la cruz representó, al principio, el derrumbe de las esperanzas que sólo la resurrección vino a despertar de nuevo. Dado que la vida de Jesús terminó “fuera de las murallas” (Heb 13.12) y entre criminales (Lc 22.37), la pregunta sobre si en su enseñanza y en su vida se había manifestado el Reino de Dios era candente. Dios mismo tuvo que responder con la resurrección para completar el cuadro. Pablo siguió enfáticamente la explicación más antigua: “Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (I Co 15.3b).

La locura de la cruz, centro del Evangelio

Cuando el apóstol de los gentiles tuvo en mente la ignominia y la maldición ligadas a la presencia de un hombre muerto en un madero (Dt 21.23; Gál 3.10), procedió a dar el salto más grande que ninguno de los demás apóstoles imaginó: confrontar la muerte de Jesús en la cruz en los ambientes religiosos y culturales. Eso a fin de demostrar que el poder de Dios es superior a cualquier forma de conocimiento y práctica religiosa. Y lo hizo para responder a las dudas que aparecieron entre la comunidad cristiana de Corinto, una de las ciudades griegas más importantes de su época. El contenido central del Evangelio, explica, no consiste en argumentar sólidamente para convencer a la humanidad sobre los buenos deseos de Dios para redimirla. Se trata, más bien, y por sobre todas las cosas, de mirar el escándalo, la locura de la cruz, con los ojos de la fe. Porque si ésta no se posee, agrega, la cruz ensangrentada y mortífera sólo será eso, un mecanismo de tortura para someter a una persona y asesinarla sin piedad. La manera que escogió Pablo para definir lo que es el Evangelio en profundidad

 

muestra que la cruz de Cristo no ha de entenderse como un acontecimiento inmanente [propio de…] a la historia, sino como actuación de Dios; y en realidad Dios actúa al proclamar la cruz de Cristo como su “palabra”, como su mensaje, liberador y lleno de exigencias, a la humanidad. En el anuncio [kerigma] de los mensajeros de Cristo, la acción ultramundana [más allá del mundo] de Dios se hace presente como mensaje de cruz. Por eso la predicación relativa a Cristo no se entretiene en pintar, con afán historicista, los detalles del crucifijo y en ponerlos ante la vista, sino que presenta públicamente a Jesucristo como el crucificado; lo proclama oficial y legalmente como acontecimiento salvífico, visible para todos y cada uno […] (Egon Brandenburger)

 

Pablo afirma que no fue enviado a celebrar sacramentos, como el bautismo (I Co 1.17), sino a predicar el evangelio sin palabrerías sabias para no hacer vana “la cruz de Cristo”. El poder de Dios contenido en ella (v. 18) rebasa las esperanzas de sabios, escribas e intelectuales que debaten (vv. 19-20): Dios ha trastornado y trastocado la “sabiduría mundana” para manifestar ese poder salvador (v. 20b). Si en la sabiduría divina los seres humanos se negaron a recibirlo, ahora Él viene a hablar el lenguaje de la “locura de la predicación” (21b), la insensatez de la proclamación profética, ligada a la tradición de la actuación del Espíritu. Si los judíos pedían señales, signos o milagros, y los griegos sabiduría, argumentación, Dios se negó a caer en su juego (v. 22). Pero incluso ofreciendo ambas cosas en Jesús y en sus seguidores/as, fue más allá y entregó una respuesta sobrecogedora: la imagen de un hombre colgado de un madero, inaceptable por ser maldición para los primeros, y la irracionalidad pura para los segundos. Unos y otros cayeron en su propia trampa y en su exigencia fuera de orden (v. 23).

 

Conclusión

Parecería que no se puede tratar con un Dios así. Pero de entre ambos pueblos (el judío y el griego) Dios ha salvado personas ya, en poder y sabiduría divinas (v. 24). Porque lo insensato, irracional y necio de Dios, ya en ese plan, es superior incluso a lo humano más sublime. ¡Es la crítica más radical a la llamada religión natural! Justamente aquella que pretende conocer a Dios más allá de las Sagradas Escrituras, pues allí aparece completamente “envuelto” en el escándalo de la cruz de Jesús. He ahí el desafío para hoy también: predicar la cruz de Cristo con toda su crudeza, consecuencias y proyecciones. Escándalo y locura, provocación y desatino, paradoja y falta de lógica: la cruz de Jesucristo se presenta ante la humanidad como resumen del proyecto redentor de Dios para todos los tiempos.


Egon Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, pp. 358-368, www.mercaba.org/mediafire/coenen,%20lothar%20-%20diccionario%20teologico%20del%20nuevo%20testamento%2001.pdf.

Martin Hoffmann, La locura de la cruz: la teología de Lutero. Textos originales e interpretaciones. San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 2014.

Hans-Georg Link, “Para la praxis pastoral”, en L. Coenen et al., Diccionario teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, pp. 368-372.

Revista Staurós. Teología de la Cruz, núm. 52, 2013, www.passiochristi.org/upload/media/documents/1/Riviste/Stauros/2013_STAUROS_REVISTA_52.pdf.

martes, 1 de abril de 2025

La guía del Señor en medio de la historia (Salmo 78.52-55), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

30 de marzo, 2025

Pero a su pueblo lo guió

y lo llevó por el desierto,

como guía el pastor a sus ovejas;

les dio seguridad

para que no tuvieran miedo,

pero hizo que a sus enemigos

se los tragara el mar.

Salmo 78.52.-53, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo: No dejar de ver el contexto histórico de nuestra fe

La experiencia de la fe colectiva que muestra el Salmo 78 interactuó e impactó directamente en la experiencia individual, la cual no podía dejar de moldearse con base en la primera. La experiencia personal formaba parte de una experiencia más grande, siempre relacionada con la historia, puesto que cada persona y familia se relacionaba con el conjunto de modo inmediato. El salmo consigue reunir en sus versos ambas realidades para mostrar cómo en ambas se despliega la historia de la salvación. Hacer conciencia de ésta es parte de la reconstrucción de sus momentos cruciales. Las sucesivas generaciones se sumaban a esa experiencia y aportaban una comprensión nueva que, no obstante, corría el riesgo de diluirse en las aguas de la autocomplacencia y la falta de autocrítica. El cierre del salmo no abarca la totalidad de la historia, pero practica un “corte de caja” suficientemente amplio como para adherirse a su comprensión de las cosas que hizo Dios en medio del pueblo para guiarlo en medio de las complejidades y contradicciones de la historia. 

En el desierto los guió con seguridad (vv. 52-53)

La gran tradición del Éxodo permea estos versos: la memoria de lo sucedido allí atravesaba toda la experiencia de fe y se sobreponía a los nuevos acontecimientos para enjuiciarlos y así dejar en claro que lo hecho por Dios entonces debía gobernar el presente y garantizar que el Señor seguiría actuando a favor de su pueblo. La relación abreviada de las plagas (vv. 43-48) enumera una vez más la forma en que Dios condujo el conflicto con el faraón y, a su manera, resolvió el problema de la esclavitud: cada una de ellas fue minando los sectores estratégicos de la nación opresora. Los ríos vueltos sangre (v. 44), las moscas y ranas para destruir (45), la oruga y la langosta para acabar con los cultivos (46), el granizo destruyó las viñas y la escarcha las higueras (47), los animales fueron consumidos (48). No quedaría espacio importante intocado por la acción del Señor. La oposición radical entre Yahvé y los dioses del país fue evidente y definitiva. “La cólera de Yahvé estalló sobre Egipto trayendo un ‘ejército de mensajeros de desgracias’”. Los “poderes ejecutores de la cólera de Dios” en Egipto (v. 49)[1] fueron una clara demostración de cómo Dios se servía de todo lo que estaba a su alcance para favorecer a su pueblo. La eliminación de los primogénitos (v. 50) como máxima expresión del poder divino dirigido a liberar a los hebreos resultó ser el clímax de su obra libertadora. La “actitud permanente” del pueblo era el problema, es decir, la falta de arraigo en una fe firme, sostenida, capaz de estar dispuesta a ver las acciones de Dios.

Las reminiscencias del éxodo eran la referencia principal para considerar la manera en que la fe del pueblo atesoraba la intervención divina liberadora en tiempos en los que la nación de comenzó a forjar al calor de la revelación divina. Ese gran acontecimiento estaba grabado en la memoria espiritual y social del antiguo Israel, y era la base de toda la experiencia histórica que acumulaba los testimonios de lo que Dos había hecho a su favor. La conducción en el desierto fue el corolario de todo lo iniciado en Egipto y la cercanía de Yahvé hizo que el pueblo se acostumbrara a la compañía del Señor. El cuidado ejercido por Él allí vino a cumplir los anuncios y las promesas que constituyeron el complemento de la libertad obtenida. 

Los puso en las puertas de la tierra santa (vv. 54-55)

A partir del v. 54 la tradición del éxodo es sustituida por la de Sión influida por la figura y las acciones de David (v. 68). Aparece la tierra como un factor fundamental para valorar la intervención divina en el camino histórico del pueblo. La imagen suplementaria del monte cobra importancia también: “La montaña elegida es como la síntesis de la tierra santa, la tierra es ‘santa’ porque Yahvé tiene su trono en el centro de esa tierra, en Sión”.[2] El v. 55 destaca la manera en que Dios expulsó a los habitantes originales de la tierra para que ellos la poseyesen y los estableció en orden. La capacidad divina para hacer surgir una nación prácticamente de la nada es vista como un auténtico milagro, pues hacer de un pueblo nómada una nueva comunidad con reglas bien claras en el sedentarismo fue sin duda algo extraordinario.[3] La guía del Señor en medio de estas nuevas condiciones mostró también un nuevo rostro de Dios mediante la imagen de un organizador y legislador que llevó al pueblo hacia nuevos horizontes socioculturales y políticos.

La síntesis histórica del texto se complementa con las nuevas observaciones autocríticas sobre la reacción del pueblo ante las nuevas acciones de Dios: 

la reacción del pueblo vuelve a ser la rebelión contra Yahvé, el Elyon (“el Altísimo”), la trasgresión de sus mandamIentos (v. 56), “ser infiel y pérfido” significa el quebrantamiento pérfido e insidioso de la fidelidad (v 57). Se compara a Israel con un arco que de repente dispara la flecha en la dirección equivocada. La causa de la cólera dIvina son los santuarios del culto cananeo de Baal situados en los lugares altos, y las imágenes, los amuletos con reproducciones de las imágenes de Baal y Astarté. Israel fue rechazado (v. 59). Se piensa aquí en la época en que los filisteos dominaron en él.[4] 

Conclusión

El Sal 78 no se cansa jamás de describir la acción divina, que es el fundamento de la historia. La historia de la salvación vive en el relato, en la proclamación. Se transmite de generación en generación y de esta manera habla al presente. Se presenta de manera plástica y viva ante los ojos de los oyentes la fidelIdad de Yahvé, la actividad incesante de su misericordia y su bondad. [...] La cadena de los actos divinos de salvación va acompañada por la constante infidelidad de Israel. La historia del pueblo del pacto es una historia de apostasía, de insidioso quebrantamiento de la fidelidad y de un arrepentimiento superficial mostrado de vez en cuando en momentos de gran calamidad.[5] 

1. ¿Cuántos episodios de desobediencia y hasta de apostasía podemos identificar en la historia de esta iglesia?

2. ¿Las diferentes etapas que ha atravesado han sido ocasiones concretas para el arrepentimiento delante de Dios por las cosas que no necesariamente se han hecho bien?

3. ¿Cómo podemos superar la tentación del triunfalismo para remitir de ese modo todos los logros y aciertos únicamente a la gracia divina que nos ha conducido hasta aquí?



[1] Hans-Joachim Kraus, Los Salmos. II. 60-150. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1995, p. 196.

[2] Ibid., p. 197.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ibid., pp. 198-199.

viernes, 21 de marzo de 2025

Dios siempre responde al clamor de su pueblo (Salmo 78.34-39), Dra. Ruhama Pedroza García

23 de marzo, 2025

Mientras planeaba el tono del mensaje, y comenzaba a articular las ideas, me di cuenta de que mi mente me llevó a un lugar conocido, bien explotado por la religión. La culpa. Iba a comenzar a hablarles sobre la hermosa fidelidad de Dios para luego poner el dedo sobre nuestra horrible infidelidad, y la increíble capacidad que tenemos para pecar y cómo es que hacemos honor a ese texto que describe el corazón humano inclinándose de continuo hacia el mal, y que debemos arrepentirnos, y constantemente humillarnos y buscar agradar al Señor aún en medio de nuestra bajeza, pero quiero que sepan que el Espíritu me detuvo.

Cargamos demasiada culpa, y vergüenza y vileza.

Y lo peor es que cuando con comparamos con el tierno amor de nuestro Padre, pues quedamos hechos una nada. Somos malas personas. Infieles, torpes, ciegos, faltos de memoria, cortos de visión.

Pero este es un camino conocido. Este es un énfasis utilizado una y otra y otra vez y yo no sé cómo sea su iglesia y en qué se especialice, pero si sé que este es un punto álgido que se utiliza para sembrar incluso miedo en la gente, temor de vivir, de tomar decisiones, de seguir adelante. Y eso, genera clientelismo. Pero al mismo tiempo personas quebradas.

Cuando lo horrible de nuestro ser, aquello oscuro que como humanidad compartimos es lo que nos mueve, lo que nos motiva a llegar al pie de la cruz, o lo que nos impide acercarnos con confianza al trono de la gracia, qué creen que pasa con la chispa divina que todos tenemos en nuestro interior. Con esa imagen y semejanza en la que fuimos creados, con ese espíritu, esa alma y ese cuerpo en el que fuimos hechos salvos y en el que somos amados…

Los cristianos a veces somos seres tristes, pesimistas o excesivamente realistas, lo cual es otra forma de pesimismo, y vemos la vida a través del filtro de la tragedia. Por ejemplo, durante muchos siglos interpretamos la venida del Señor, el día final, el día del juicio solo, ojo, SOLO como día de destrucción. Pero se nos olvidó seguir leyendo, que también será un día de restauración, de vindicación, de alegría, de sanidad para la tierra y para las naciones.

Y cuando leemos este salmo, claro, la tendencia sigue siendo la misma. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Soy malo, soy indigno, no merezco, no valgo, soy escoria, soy incapaz de amar, etcétera. Nos quedamos en los vv. 36 y 37.

El otro lado de la moneda es que los/as predicadores/as también queremos asegurarnos de que nadie se vaya “limpio”. Y entonces, a veces, lo confieso, intentamos convencer a la audiencia de que todos somos pecadores y estamos lejos de la gloria de Dios. Lo cual es cierto, pero no es nuestra tarea, sino del Espíritu, llevarnos a la certeza que se acompaña de arrepentimiento y conversión. Nosotros creemos que sí, que debemos combatir el cinismo creciente en nuestra sociedad y entonces, zas, el énfasis de nuestra predicación es el pecado, y la necesidad de arrepentimiento.

Hoy no va a ser así.

Y no porque yo no quiera que sea así, de verdad es la forma convencional, la primera reacción al texto. Hoy no va a ser así, porque el Espíritu me movió a enfocarlo diferente.

Hoy quiero que miremos este pasaje a la luz de quién es Dios.

Y no crean que yo soy una experta en la infinita persona de Dios, y además este enfoque no resulta tan familiar. Por eso les propongo dos cosas.

 

1.       Mantengan su enfoque centrado en Dios. Céntrense en descubrir quien es este ser a quien podemos llamar “Abba”, Apá, porque él mismo nos dio permiso a través de Jesús. Si sientes que te jala el chip de lo terrible y pesimista por la conducta del ser humano, para y vuelve a Abba.

2.       Para entender un poquito mejor a Dios, elige uno de tus roles como persona que ama a otra. Puede ser, por ejemplo, padre, madre, amigo, amiga, esposo, esposa, novio, novia, hermano, hermana… Del que te sientas más orgulloso y con el que te es más “fácil” identificarte. 

No estoy diciendo por supuesto que tú te sientas como Dios, sino que ese papel que tú juegas y con el que estás contento se lo atribuyas a Dios, lo cual también lo magnificará y perfeccionará. Es decir, Dios como padre, como madre, como amigo, como hermano, como esposo, etcétera.

¿Listo, lista?

Primero, pensemos juntos en esto. Dios es omnisciente, todo lo sabe. Bueno, no es sólo que lo sepa todo, sino que lo conoce y entiende todo. Abba conoce todo de nuestro corazón y de nuestro pensamiento. Conoce cada rincón de nuestro pasado, presente y del futuro. Sabe que a veces lo alabamos con nuestra boca, y que al mismo tiempo le mentimos. Sabe que le hemos sido infieles. Lo hemos engañado. Sabe con qué, con quién. Abba sabe. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda que somos carne, un soplo que va y no vuelve.

Y él quiere que estemos. Él quiere que permanezcas, que lo sigas intentando, que no te des por vencido, que aprendas de tus errores, que crezcas en todos los aspectos, que madures, que te superes, que aprendas a dominar aquello que te mueve a pecar… porque te ama. Así como tú amas a tu esposa, esposo, hijos, pareja, padres… y has perdonado tantas veces. Aunque los conoces. Aunque has visto sus luchas y sabes que les va a costar mucho trabajo cambiar… pero los amas. Así Dios te ama. Así nomás, sin tanta complicación, aunque nos resulte incomprensible.

Dios es omnipotente. Cuando Dios hace algo es porque quiere y porque puede. Pero su omnipotencia se acompaña de dos características interesantes, que también tú aplicas con las personas que amas. Dios es sabio y paciente. Dios es todopoderoso, pero a veces se contiene porque él sabe lo que te conviene, lo que necesitas enfrentar, lo que no vas a poder manejar si te lo da, lo que requiere de ti, de que estés listo para participar, lo que no necesitas. Dios no es consentidor. Dios ama ver a sus hijos crecer, madurar, ir superando etapa tras etapa. Por eso espera oír tu clamor. Porque solo el que clama ha renunciado a su sentido de autosuficiencia, a su soberbia y a su falsa autoconcepción, sin importar que estés en un apuro. He visto a varios padres dejar que sus hijos experimenten por sí mismos el dolor, una caída, el fracaso, que algo no salga como esperaban, y se contienen. Más cuando los niños son pequeños. Ahí están frotándose las manos, estirando los brazos, pero dejando. Solo si el niño está en peligro inminente lo toman. Pero si no es así lo dejan seguir, hasta que el pequeño reconoce que necesita ayuda y clama. No se puede razonar sobre la culpa con un niño pequeño, ¿se han dado cuenta? Por eso Abba actúa con amor, porque muchas veces nosotros somos ese niño pequeño, inmaduro, soberbio. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda que somos carne, un soplo que va y no vuelve.

Y Dios quiere que estés, Abba quiere verte crecer. Abba quiere que descubras el mundo y tu propósito de vida tomado de su mano y en el contexto de su reino. Abba sabe que somos rebeldes, inmaduros y soberbios, pero también, que somos capaces de crecer, madurar, disciplinarnos, aprender y decir al final “SÍ” a su divina voluntad.

Por último, Dios es omnipresente. A ver, no caigamos en el cliché de que Dios está en todas partes, porque cuando yo era niña me avergonzaba la idea de que Dios estuviera hasta en el baño. Omnipresente significa que podemos encontrar rastro de su presencia, de su habitar, de su ser, de su vida, de su actuar, de su caminar, en todos lados. Incluso ahí mientras le estábamos siendo infieles con otros dioses como el trabajo, el dinero, la autoindulgencia, etcétera, Abba estaba presente. ¿No les pasó que por alguna razón desobedecieron a sus padres y estaban en medio de alguna actividad prohibida, no sé, una fiesta, a punto de tener relaciones sexuales, en algo riesgoso, etcétera, y la voz de los viejos o su ejemplo, o la frase que siempre les decían se les aparece en la mente y les mueve el corazón? Mi mamá tiene dos frases que nunca voy a olvidar y que la vuelven omnipresente para mí, una es: “Aprende a usar lo que tienes y nunca necesitarás lo que no tienes”, y la otra: “Piensa en términos de eternidad”.

Hay muchas cosas en las que nuestros corazones no son rectos. Y otras en las que actuamos con maldad, por más disfraces que le pongamos, por más justificaciones, por más razones que argumentemos. Los seres humanos pecamos porque sí, y porque no. Por eso necesitamos ser salvos. Pero aún en medio de nuestra hora más oscura y de lo más terrible que podamos decir, pensar o actuar, siempre va a haber una vocecita, una sensación, una imagen que nos va a recordar que ahora somos nuevas criaturas. No necesitamos portarnos como antes lo hacíamos. Que en Cristo somos más que vencedores, suelta esa botella, no le pegues a tu hijo, no digas esas cosas, eso fue grosero pídele perdón a tu hermano…

Y yo no sé cómo les hace sentir esto a ustedes, pero a mí me conmueve. Porque la omnipresencia de Dios implica que se ensucie los zapatos conmigo. Porque si yo me estoy hundiendo en el lodo, él no se va a limitar a darme consejos desde su trono santo. Para eso se encarnó Jesús. Por eso Dios quiso hacerse carne. Abba quiere y acompaña aún en la hora más negra y terrible. Como tú, cuando cuidas a tus hijos adictos, cuando acompañas a alguien que intentó suicidarse, a tu anciana deprimida con la cadera rota, a tu mamá violentada… Dios es así. Dios es así de tierno. Dios es así de bueno, de increíble, su amor sobrepasa todo lo que consideramos normal y justo, su paz no puede limitarse a las palabras.

Somos pecadores, tú y yo. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda de que somos carne, un soplo que va y no vuelve.

Y ahora sí, con esta confianza, su pueblo clama.

Inmersos como estamos en tantas cosas terribles, políticas, sociales, culturales, internacionales. Clamemos. Ni siquiera sabemos cómo orar de la forma correcta. Las cosas que enfrentamos son tan grandes que mejor nos volvemos sordos y ciegos.

Pero no es tiempo de mirarse el ombligo y darse golpes de pecho. Es tiempo de pedir perdón, de clamar por ayuda, de ponerse manos a la obra y de volver a intentarlo. Es tiempo de compartir el evangelio, de abrir el templo a las necesidades de afuera, de destinar parte de nuestro tiempo y dinero a servir al prójimo, aliviar al necesitado, ensuciarnos los pies en el lodo.

Es tiempo de volver a clamar, aguantarnos la vergüenza por la conciencia de nuestras faltas y decirle a Dios: “Heme aquí, envíame a mí”. Es tiempo de volver a ser su pueblo redimido, no su pueblo derrotado.

Oremos.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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