23 de marzo, 2025
Mientras planeaba el tono
del mensaje, y comenzaba a articular las ideas, me di cuenta de que mi mente me
llevó a un lugar conocido, bien explotado por la religión. La culpa. Iba a
comenzar a hablarles sobre la hermosa fidelidad de Dios para luego poner el
dedo sobre nuestra horrible infidelidad, y la increíble capacidad que tenemos
para pecar y cómo es que hacemos honor a ese texto que describe el corazón
humano inclinándose de continuo hacia el mal, y que debemos arrepentirnos, y
constantemente humillarnos y buscar agradar al Señor aún en medio de nuestra
bajeza, pero quiero que sepan que el Espíritu me detuvo.
Cargamos demasiada culpa, y
vergüenza y vileza.
Y lo peor es que cuando con
comparamos con el tierno amor de nuestro Padre, pues quedamos hechos una nada.
Somos malas personas. Infieles, torpes, ciegos, faltos de memoria, cortos de
visión.
Pero este es un camino
conocido. Este es un énfasis utilizado una y otra y otra vez y yo no sé cómo
sea su iglesia y en qué se especialice, pero si sé que este es un punto álgido
que se utiliza para sembrar incluso miedo en la gente, temor de vivir, de tomar
decisiones, de seguir adelante. Y eso, genera clientelismo. Pero al mismo
tiempo personas quebradas.
Cuando lo horrible de
nuestro ser, aquello oscuro que como humanidad compartimos es lo que nos mueve,
lo que nos motiva a llegar al pie de la cruz, o lo que nos impide acercarnos
con confianza al trono de la gracia, qué creen que pasa con la chispa divina
que todos tenemos en nuestro interior. Con esa imagen y semejanza en la que
fuimos creados, con ese espíritu, esa alma y ese cuerpo en el que fuimos hechos
salvos y en el que somos amados…
Los cristianos a veces
somos seres tristes, pesimistas o excesivamente realistas, lo cual es otra
forma de pesimismo, y vemos la vida a través del filtro de la tragedia. Por
ejemplo, durante muchos siglos interpretamos la venida del Señor, el día final,
el día del juicio solo, ojo, SOLO como día de destrucción. Pero se nos olvidó
seguir leyendo, que también será un día de restauración, de vindicación, de
alegría, de sanidad para la tierra y para las naciones.
Y cuando leemos este salmo,
claro, la tendencia sigue siendo la misma. Por mi culpa, por mi culpa, por mi
gran culpa. Soy malo, soy indigno, no merezco, no valgo, soy escoria, soy
incapaz de amar, etcétera. Nos quedamos en los vv. 36 y 37.
El otro lado de la moneda
es que los/as predicadores/as también queremos asegurarnos de que nadie se vaya
“limpio”. Y entonces, a veces, lo confieso, intentamos convencer a la audiencia
de que todos somos pecadores y estamos lejos de la gloria de Dios. Lo cual es
cierto, pero no es nuestra tarea, sino del Espíritu, llevarnos a la certeza que
se acompaña de arrepentimiento y conversión. Nosotros creemos que sí, que
debemos combatir el cinismo creciente en nuestra sociedad y entonces, zas, el
énfasis de nuestra predicación es el pecado, y la necesidad de arrepentimiento.
Hoy no va a ser así.
Y no porque yo no quiera
que sea así, de verdad es la forma convencional, la primera reacción al texto.
Hoy no va a ser así, porque el Espíritu me movió a enfocarlo diferente.
Hoy quiero que miremos este
pasaje a la luz de quién es Dios.
Y no crean que yo soy una
experta en la infinita persona de Dios, y además este enfoque no resulta tan
familiar. Por eso les propongo dos cosas.
1.
Mantengan su enfoque
centrado en Dios. Céntrense en descubrir quien es este ser a quien podemos
llamar “Abba”, Apá, porque él mismo nos dio permiso a través de Jesús. Si
sientes que te jala el chip de lo terrible y pesimista por la conducta del ser
humano, para y vuelve a Abba.
2. Para entender un poquito mejor a Dios, elige uno de tus roles como persona que ama a otra. Puede ser, por ejemplo, padre, madre, amigo, amiga, esposo, esposa, novio, novia, hermano, hermana… Del que te sientas más orgulloso y con el que te es más “fácil” identificarte.
No estoy diciendo por supuesto
que tú te sientas como Dios, sino que ese papel que tú juegas y con el que
estás contento se lo atribuyas a Dios, lo cual también lo magnificará y
perfeccionará. Es decir, Dios como padre, como madre, como amigo, como hermano,
como esposo, etcétera.
¿Listo, lista?
Primero, pensemos juntos en
esto. Dios es omnisciente, todo lo sabe. Bueno, no es sólo que lo sepa todo,
sino que lo conoce y entiende todo. Abba conoce todo de nuestro corazón y de
nuestro pensamiento. Conoce cada rincón de nuestro pasado, presente y del
futuro. Sabe que a veces lo alabamos con nuestra boca, y que al mismo tiempo le
mentimos. Sabe que le hemos sido infieles. Lo hemos engañado. Sabe con qué, con
quién. Abba sabe. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye;
Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda que
somos carne, un soplo que va y no vuelve.
Y él quiere que estemos. Él
quiere que permanezcas, que lo sigas intentando, que no te des por vencido, que
aprendas de tus errores, que crezcas en todos los aspectos, que madures, que te
superes, que aprendas a dominar aquello que te mueve a pecar… porque te ama.
Así como tú amas a tu esposa, esposo, hijos, pareja, padres… y has perdonado
tantas veces. Aunque los conoces. Aunque has visto sus luchas y sabes que les
va a costar mucho trabajo cambiar… pero los amas. Así Dios te ama. Así nomás,
sin tanta complicación, aunque nos resulte incomprensible.
Dios es omnipotente. Cuando
Dios hace algo es porque quiere y porque puede. Pero su omnipotencia se
acompaña de dos características interesantes, que también tú aplicas con las
personas que amas. Dios es sabio y paciente. Dios es todopoderoso, pero a veces
se contiene porque él sabe lo que te conviene, lo que necesitas enfrentar, lo
que no vas a poder manejar si te lo da, lo que requiere de ti, de que estés
listo para participar, lo que no necesitas. Dios no es consentidor. Dios ama
ver a sus hijos crecer, madurar, ir superando etapa tras etapa. Por eso espera
oír tu clamor. Porque solo el que clama ha renunciado a su sentido de
autosuficiencia, a su soberbia y a su falsa autoconcepción, sin importar que
estés en un apuro. He visto a varios padres dejar que sus hijos experimenten
por sí mismos el dolor, una caída, el fracaso, que algo no salga como
esperaban, y se contienen. Más cuando los niños son pequeños. Ahí están frotándose
las manos, estirando los brazos, pero dejando. Solo si el niño está en peligro
inminente lo toman. Pero si no es así lo dejan seguir, hasta que el pequeño
reconoce que necesita ayuda y clama. No se puede razonar sobre la culpa con un
niño pequeño, ¿se han dado cuenta? Por eso Abba actúa con amor, porque muchas
veces nosotros somos ese niño pequeño, inmaduro, soberbio. Pero él,
misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas
veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda que somos carne, un soplo
que va y no vuelve.
Y Dios quiere que estés,
Abba quiere verte crecer. Abba quiere que descubras el mundo y tu propósito de
vida tomado de su mano y en el contexto de su reino. Abba sabe que somos
rebeldes, inmaduros y soberbios, pero también, que somos capaces de crecer, madurar,
disciplinarnos, aprender y decir al final “SÍ” a su divina voluntad.
Por último, Dios es
omnipresente. A ver, no caigamos en el cliché de que Dios está en todas partes,
porque cuando yo era niña me avergonzaba la idea de que Dios estuviera hasta en
el baño. Omnipresente significa que podemos encontrar rastro de su presencia,
de su habitar, de su ser, de su vida, de su actuar, de su caminar, en todos
lados. Incluso ahí mientras le estábamos siendo infieles con otros dioses como
el trabajo, el dinero, la autoindulgencia, etcétera, Abba estaba presente. ¿No
les pasó que por alguna razón desobedecieron a sus padres y estaban en medio de
alguna actividad prohibida, no sé, una fiesta, a punto de tener relaciones
sexuales, en algo riesgoso, etcétera, y la voz de los viejos o su ejemplo, o la
frase que siempre les decían se les aparece en la mente y les mueve el corazón?
Mi mamá tiene dos frases que nunca voy a olvidar y que la vuelven omnipresente
para mí, una es: “Aprende a usar lo que tienes y nunca necesitarás lo que no
tienes”, y la otra: “Piensa en términos de eternidad”.
Hay muchas cosas en las que
nuestros corazones no son rectos. Y otras en las que actuamos con maldad, por
más disfraces que le pongamos, por más justificaciones, por más razones que
argumentemos. Los seres humanos pecamos porque sí, y porque no. Por eso
necesitamos ser salvos. Pero aún en medio de nuestra hora más oscura y de lo
más terrible que podamos decir, pensar o actuar, siempre va a haber una
vocecita, una sensación, una imagen que nos va a recordar que ahora somos
nuevas criaturas. No necesitamos portarnos como antes lo hacíamos. Que en
Cristo somos más que vencedores, suelta esa botella, no le pegues a tu hijo, no
digas esas cosas, eso fue grosero pídele perdón a tu hermano…
Y yo no sé cómo les hace
sentir esto a ustedes, pero a mí me conmueve. Porque la omnipresencia de Dios
implica que se ensucie los zapatos conmigo. Porque si yo me estoy hundiendo en
el lodo, él no se va a limitar a darme consejos desde su trono santo. Para eso
se encarnó Jesús. Por eso Dios quiso hacerse carne. Abba quiere y acompaña aún
en la hora más negra y terrible. Como tú, cuando cuidas a tus hijos adictos,
cuando acompañas a alguien que intentó suicidarse, a tu anciana deprimida con
la cadera rota, a tu mamá violentada… Dios es así. Dios es así de tierno. Dios
es así de bueno, de increíble, su amor sobrepasa todo lo que consideramos
normal y justo, su paz no puede limitarse a las palabras.
Somos pecadores, tú y yo. Pero
él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas
veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda de que somos carne, un soplo
que va y no vuelve.
Y ahora sí, con esta
confianza, su pueblo clama.
Inmersos como estamos en
tantas cosas terribles, políticas, sociales, culturales, internacionales.
Clamemos. Ni siquiera sabemos cómo orar de la forma correcta. Las cosas que
enfrentamos son tan grandes que mejor nos volvemos sordos y ciegos.
Pero no es tiempo de
mirarse el ombligo y darse golpes de pecho. Es tiempo de pedir perdón, de
clamar por ayuda, de ponerse manos a la obra y de volver a intentarlo. Es
tiempo de compartir el evangelio, de abrir el templo a las necesidades de
afuera, de destinar parte de nuestro tiempo y dinero a servir al prójimo,
aliviar al necesitado, ensuciarnos los pies en el lodo.
Es tiempo de volver a
clamar, aguantarnos la vergüenza por la conciencia de nuestras faltas y decirle
a Dios: “Heme aquí, envíame a mí”. Es tiempo de volver a ser su pueblo
redimido, no su pueblo derrotado.
Oremos.