Gerrit Douw (1613-1675), Anciana leyendo un leccionario (1630)
31 de agosto, 2025
Trasfondo
Como es bien sabido, el título del libro de los Salmos refleja el nombre del libro en la Septuaginta (Psalmoi). Además, se utiliza su designación griega alternativa Psaltērion, en su forma castellanizada: “salterio”. Ambos términos probablemente llegaron al castellano desde la Vulgata, transliterados del griego. Dichas palabras griegas (de psállō, “puntear o tañer”) seguramente se usaron referidas inicialmente a un instrumento de cuerdas o a la ejecución musical en un instrumento de cuerdas. Posteriormente se emplearon para describir a la canción (psalmós) o colección de canciones (psaltéríon). Si bien el término hebreo que más se asemeja a “salmo” sería mizmôr, “canción cantada con acompañamiento musical”, el título hebreo en realidad es tehillim, “alabanzas” o “canciones de alabanza”.[1] Ahora bien, descontando el hecho de que el centro y objeto de dicha alabanza es Dios mismo, los motivos para ella son múltiples, y entre ellos destaca la ley (tôrāh) dada por el Señor a Su pueblo en el desierto, justo en el momento de la crucial transición del Éxodo, cuando dejan de ser una masa de esclavos, sin rumbo y sin propósito, y pasan a convertirse en el Pueblo del Pacto, en Nación santa, llamada a vivir la libertad al servicio del Dios libertador, y a ser modelo y luz para el resto de la humanidad perdida; siendo así que el propósito redentor de Dios para ellos se plasma precisamente en la tôrāh, que no se reduce a un cuerpo legal, o a meras estipulaciones de conducta externamente observables, sino que es la voluntad de Yahvé para Su pueblo, expresada en términos de compromiso ético y existencial con la misericordia, el bien y la justicia, a fin de reflejar en la totalidad de su vida como pueblo el carácter de Dios mismo. Y es la centralidad de la tôrāh para la vida de Israel —y para nosotros hoy— lo que constituye precisamente el tema e hilo conductor del Salmo 119.
La ley de Dios (tôrāh) como camino a la sabiduría (vv.
97-100)
El
Salmo 119, el más largo del Salterio, con sus 176 versículos, es ampliamente
reconocido como “el gran salmo de la tôrāh”,[2]
y si bien su peculiar estructura acróstica, con 22 “estrofas” o periodos —correspondiendo
cada uno a una letra del alefato hebreo— de 8 “versos” o sentencias cada una,
ha motivado en algún comentarista la imagen de la desmesura,[3]
se han encontrado testimonios de ejercicios literarios semejantes en otros
contextos religiosos de la Antigüedad, como el “Diálogo sobre la miseria
humana”, texto poético acadiano conocido como el “Eclesiastés babilónico”.[4]
Pero este salmo es más que un alarde de técnica literaria; es más que un
despliegue ostentoso de erudición, que, según algún otro comentarista,
apuntaría a la confección de una “antología”, entendida como un “procedimiento
literario” que presupone la existencia de un conjunto de libros sagrados, y el
autor del salmo, “por tanto, habría recopilado extractos y reunido sentencias
aisladas, enlazándolos con arreglo a un sistema, perfectamente calculado, de
disposición alfabética”.[5]
Si bien es impresionante el resultado de semejante ejercicio literario erudito,
no es esta la característica distintiva de nuestro salmo, sino más bien un
rasgo formal que no debe distraernos del propósito y el contenido de este
despliegue poético, en el que destacan bienaventuranzas
(sobre todo en el inicio, vv. 1-3); lamentos
personales (vv. 19a, 20, 23a, 25a, 28a, 51a, 61a, 69a, 70a, etcétera, pero
especialmente los vv. 81-88, la “estrofa kaf”); peticiones (vv. 12, 26, 64, 68, 108, 124, 135, 171); alabanzas (7a, 12a, 50, 64a, 68a, 75a,
86a, 89-92, 96b, 129a, 137-138, 140a, 142, 144a, 156a, 160), y de manera
especial, promesas,
entendiendo por tales no una oferta limitada y materializada de algo, o algún
tipo de obligación o nota promisoria de carácter sacrificial o económico, sino
una “completa dedicación de uno mismo a Yahvé, la garantía de total compromiso
con la causa de ese Dios, que puede tomar las formas de la afirmación, la comparación
o la confesión”.[6]
Y justamente el v. 97 manifiesta el amor del salmista a la tôrāh en una exclamación, y cabe notar que no se ensalza tanto la “ley” en su dimensión jurídica, sino, como vierten el concepto varias traducciones modernas: la voluntad de Dios, Su instrucción, Su enseñanza;[7] la cual se convierte en objeto de meditación continuo y cotidiano; se internaliza no sólo como guía de conducta, como orientación de vida, sino como la fuerza que forma el ethos, el carácter del estudioso/estudiante de la tôrāh, ya que, aunque parezca que en los vv. 98-100 el salmista incurre en una cuestionable arrogancia, lo que está destacando es que es precisamente esa cotidianidad de los mandatos de Dios (“siempre van conmigo”) la que hace al devoto de la tôrāh “más hábil” que sus enemigos; que es la meditación en los preceptos divinos la que le hace “más docto” que sus maestros; y que es la observancia de los decretos del Señor la que le da una mayor sagacidad que la de los ancianos. No hay aquí auto exaltación, no cabe ni un asomo de narcicismo religioso; es la ley de Dios, su Palabra, la que se exalta aquí por lo que es capaz de hacer en quien la toma en serio; es la perfección de la ley de Dios la que “hace sabio al sencillo” (Sal. 19:7), por eso, la tôrāh es camino franco a la sabiduría. ¿Cómo no amarla entonces?
La promesa de una vida mejor y plena (vv. 101-104)
Pero también emergen en el discurso de este salmo dos instancias “negativas”, dos peligros a evitar; es un llamado de alerta, una conminación al discernimiento; valga, un llamado a cultivar una fe inteligente, sagaz, pero no arrogante; despierta, pero no presuntuosa. Y es que en el v. 101 el salmista advierte: “cohíbo mis pies de todo mal camino”, es una renuncia consciente a todo curso de acción contrario al camino, a la voluntad de Dios; un rechazo deliberado a practicar el mal, cualquiera que sea la forma o la ocasión en la que se presente como oportunidad, como atajo hacia algún logro u objetivo; y es que el que medita tiene una meta superior: esa renuncia al mal es “para observar tu palabra”, para vivir y actuar conforme al mandato del Altísimo. De la misma manera, en el v. 102 el autor del salmo se prohíbe apartarse de los mandamientos divinos, no quiere que nada le desvíe ni le distraiga en su caminar con Dios, ya que es Dios mismo quien le instruye y le acompaña. ¿Y no es esta expresión un anticipo de la experiencia de aquellos dos discípulos camino a Emaús? Cuando al fin reconocieron a Aquél que les instruía en el camino, y que “comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lc. 24:27); y después de que les dejó, se decían, aún sumidos en la perplejidad: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lc. 24:32). Nuestro Dios es Dios del camino; se mueve, se revela, nos habla y nos instruye en lo cotidiano.
De ahí que el salmista exclame en el v. 103: “¡Qué dulce es tu promesa al paladar! Más que miel a la boca”, que inmediatamente podemos referir al Salmo 19:10 que afirma también que los juicios del Señor son todos justos, “deseables más que el oro… y dulces más que miel”; y es que la voluntad de Dios expresada en Su palabra, sus preceptos, son así; para quien ha rechazado conscientemente todo mal camino, y ha decidido firmemente no apartarse de la senda del Señor, la voluntad divina para su vida es dulce, en extremo agradable, soberanamente satisfactoria; no cabe concebir una vida más plena y realizada, y ello no por la ausencia de conflictos, adversidades, o incluso desgracias, ya que la realización de la vida del devoto no depende de sus fuerzas o sus méritos, sino de quien le ha formado y transformado a Su imagen, de quien le ha llamado a esa vida de talante superior; y por eso el Señor Jesús advertía a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). Esta sección del salmo (“mem”), correspondiente nuestra letra “M”,[8] culmina en el v. 104, y tomo la Nueva Traducción Viviente: “Tus mandamientos me dan entendimiento; ¡con razón detesto cada camino falso de la vida!”. Aquí el entendimiento, la inteligencia, en el amplio sentido del intus legere (“leer por dentro”, “escudriñar”), apunta no sólo a la mera “resolución de problemas”, como facultad mecánica e instrumental, sino que denota discernimiento, comprensión profunda, que se traduce en la capacidad de leer la realidad, los procesos y las intenciones subyacentes, y por ende, de detectar y detestar la mentira, los caminos falsos de la vida.
Conclusión
Así
que tenemos la defensa y a la vez el arma indicadas para enfrentar estos
aciagos tiempos de posverdad,
armados de la Palabra de Dios, de esa Verdad que es camino y es vida (Jn.
14:6), que nos nutre de esa perspectiva global, de la cosmovisión bíblica, que,
según Hossfeld y Zenger toma una peculiar y relevante forma en el Salmo 119: “Uno
puede comparar la ‘cosmovisión’ [world picture] en el Salmo 119 con un
triángulo equilátero cuyos ángulos son el que ora a Dios, los enemigos, y
Yahvé. En el centro del triángulo está la tôrāh.
Todo depende de nuestra relación con este punto central y lo que emana de él”.[9]
Quiera el Señor que nos empeñemos en amar su Palabra y sus
mandamientos, para así, en verdad, adquirir inteligencia.
[1]
W. S. LaSor, D. A. Hubbard y F. W. Bush, Panorama
del Antiguo Testamento. Mensaje, forma y trasfondo del Antiguo Testamento,
Buenos Aires-Grand Rapids, Nueva Creación-Eerdmans, 1995, p. 497.
[2] Mitchel Dahood, Psalms III,
101-150. Garden City, Nueva York, Doubleday,
1970 (The Anchor Bible), p. 172.
[3] Cf. Luis Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Salmos II.
(Salmos 73-150). Estella, Verbo Divino, pp. 494-496.
[4] M. Dahood, loc. cit.
[5] Tal era la opinión de A. Deissler, consignada por Hans-Joachim Kraus, en Los Salmos, vol. II. Salmos 60-150, Salamanca, Ediciones Sígueme, pp. 570-571. Para un análisis pormenorizado de la estructura literaria del salmo, véase Frank-Lothar Hossfeld, Erich Zenger, Psalms, 3. A Commentary. Minneapolis, Fortress Press, 2011 (Hermeneia), pp. 256-265.
[6] Erhard S. Gerstenberger, Psalms. Part 2, and Lamentations. The Forms
of the Old Testament Literature, vol. XV, Grand
Rapids-Cambridge UK, Eerdmans, 2001, pp. 311-314. Traducción propia. Énfasis agregado.
[7]
Schökel nos recuerda que en el hebreo bíblico hay al menos 8 términos sinónimos
virtualmente intercambiables: tôrāh, miswot, mišpatim, huqqim, piqqudim, ‘edot, dabar, ’imra; que se vierten respectivamente
por voluntad/ley; mandatos; mandamientos/disposiciones; estatutos/órdenes;
decretos/normas; preceptos/reglas; palabra/consigna; promesa/instrucción. Véase
Schökel y Carniti, op. cit., p. 483.
[8]
La letra M, nos dice Schökel, “es una de las más nutridas del diccionario
hebreo, porque anteponiendo una m- a
una raíz se forman muchos sustantivos”, op.
cit., p. 505.
[9] Hossfeld y Zenger, op. cit., p. 257. Traducción propia.