viernes, 29 de agosto de 2025

"Tus mandamientos me han dado inteligencia" (Salmo 119.97-104), Rev. Alfredo Echegollen Guzmán


Gerrit Douw (1613-1675), Anciana leyendo un leccionario (1630)

31 de agosto, 2025

Trasfondo

Como es bien sabido, el título del libro de los Salmos refleja el nombre del libro en la Septuaginta (Psalmoi). Además, se utiliza su designación griega alternativa Psaltērion, en su forma castellanizada: “salterio”. Ambos términos probablemente llegaron al castellano desde la Vulgata, transliterados del griego. Dichas palabras griegas (de psállō, “puntear o tañer”) seguramente se usaron referidas inicialmente a un instrumento de cuerdas o a la ejecución musical en un instrumento de cuerdas. Posteriormente se emplearon para describir a la canción (psalmós) o colección de canciones (psaltéríon). Si bien el término hebreo que más se asemeja a “salmo” sería mizmôr, “canción cantada con acompañamiento musical”, el título hebreo en realidad es tehillim, “alabanzas” o “canciones de alabanza”.[1] Ahora bien, descontando el hecho de que el centro y objeto de dicha alabanza es Dios mismo, los motivos para ella son múltiples, y entre ellos destaca la ley (tôrāh) dada por el Señor a Su pueblo en el desierto, justo en el momento de la crucial transición del Éxodo, cuando dejan de ser una masa de esclavos, sin rumbo y sin propósito, y pasan a convertirse en el Pueblo del Pacto, en Nación santa, llamada a vivir la libertad al servicio del Dios libertador, y a ser modelo y luz para el resto de la humanidad perdida; siendo así que el propósito redentor de Dios para ellos se plasma precisamente en la tôrāh, que no se reduce a un cuerpo legal, o a meras estipulaciones de conducta externamente observables, sino que es la voluntad de Yahvé para Su pueblo, expresada en términos de compromiso ético y existencial con la misericordia, el bien y la justicia, a fin de reflejar en la totalidad de su vida como pueblo el carácter de Dios mismo. Y es la centralidad de la tôrāh para la vida de Israel —y para nosotros hoy— lo que constituye precisamente el tema e hilo conductor del Salmo 119. 

La ley de Dios (tôrāh) como camino a la sabiduría (vv. 97-100)

El Salmo 119, el más largo del Salterio, con sus 176 versículos, es ampliamente reconocido como “el gran salmo de la tôrāh”,[2] y si bien su peculiar estructura acróstica, con 22 “estrofas” o periodos —correspondiendo cada uno a una letra del alefato hebreo— de 8 “versos” o sentencias cada una, ha motivado en algún comentarista la imagen de la desmesura,[3] se han encontrado testimonios de ejercicios literarios semejantes en otros contextos religiosos de la Antigüedad, como el “Diálogo sobre la miseria humana”, texto poético acadiano conocido como el “Eclesiastés babilónico”.[4] Pero este salmo es más que un alarde de técnica literaria; es más que un despliegue ostentoso de erudición, que, según algún otro comentarista, apuntaría a la confección de una “antología”, entendida como un “procedimiento literario” que presupone la existencia de un conjunto de libros sagrados, y el autor del salmo, “por tanto, habría recopilado extractos y reunido sentencias aisladas, enlazándolos con arreglo a un sistema, perfectamente calculado, de disposición alfabética”.[5] Si bien es impresionante el resultado de semejante ejercicio literario erudito, no es esta la característica distintiva de nuestro salmo, sino más bien un rasgo formal que no debe distraernos del propósito y el contenido de este despliegue poético, en el que destacan bienaventuranzas (sobre todo en el inicio, vv. 1-3); lamentos personales (vv. 19a, 20, 23a, 25a, 28a, 51a, 61a, 69a, 70a, etcétera, pero especialmente los vv. 81-88, la “estrofa kaf”); peticiones (vv. 12, 26, 64, 68, 108, 124, 135, 171); alabanzas (7a, 12a, 50, 64a, 68a, 75a, 86a, 89-92, 96b, 129a, 137-138, 140a, 142, 144a, 156a, 160), y de manera especial, promesas, entendiendo por tales no una oferta limitada y materializada de algo, o algún tipo de obligación o nota promisoria de carácter sacrificial o económico, sino una “completa dedicación de uno mismo a Yahvé, la garantía de total compromiso con la causa de ese Dios, que puede tomar las formas de la afirmación, la comparación o la confesión”.[6]

Y justamente el v. 97 manifiesta el amor del salmista a la tôrāh en una exclamación, y cabe notar que no se ensalza tanto la “ley” en su dimensión jurídica, sino, como vierten el concepto varias traducciones modernas: la voluntad de Dios, Su instrucción, Su enseñanza;[7] la cual se convierte en objeto de meditación continuo y cotidiano; se internaliza no sólo como guía de conducta, como orientación de vida, sino como la fuerza que forma el ethos, el carácter del estudioso/estudiante de la tôrāh, ya que, aunque parezca que en los vv. 98-100 el salmista incurre en una cuestionable arrogancia, lo que está destacando es que es precisamente esa cotidianidad de los mandatos de Dios (“siempre van conmigo”) la que hace al devoto de la tôrāh “más hábil” que sus enemigos; que es la meditación en los preceptos divinos la que le hace “más docto” que sus maestros; y que es la observancia de los decretos del Señor la que le da una mayor sagacidad que la de los ancianos. No hay aquí auto exaltación, no cabe ni un asomo de narcicismo religioso; es la ley de Dios, su Palabra, la que se exalta aquí por lo que es capaz de hacer en quien la toma en serio; es la perfección de la ley de Dios la que “hace sabio al sencillo” (Sal. 19:7), por eso, la tôrāh es camino franco a la sabiduría. ¿Cómo no amarla entonces? 

La promesa de una vida mejor y plena (vv. 101-104)

Pero también emergen en el discurso de este salmo dos instancias “negativas”, dos peligros a evitar; es un llamado de alerta, una conminación al discernimiento; valga, un llamado a cultivar una fe inteligente, sagaz, pero no arrogante; despierta, pero no presuntuosa. Y es que en el v. 101 el salmista advierte: “cohíbo mis pies de todo mal camino”, es una renuncia consciente a todo curso de acción contrario al camino, a la voluntad de Dios; un rechazo deliberado a practicar el mal, cualquiera que sea la forma o la ocasión en la que se presente como oportunidad, como atajo hacia algún logro u objetivo; y es que el que medita tiene una meta superior: esa renuncia al mal es “para observar tu palabra”, para vivir y actuar conforme al mandato del Altísimo. De la misma manera, en el v. 102 el autor del salmo se prohíbe apartarse de los mandamientos divinos, no quiere que nada le desvíe ni le distraiga en su caminar con Dios, ya que es Dios mismo quien le instruye y le acompaña. ¿Y no es esta expresión un anticipo de la experiencia de aquellos dos discípulos camino a Emaús? Cuando al fin reconocieron a Aquél que les instruía en el camino, y que “comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lc. 24:27); y después de que les dejó, se decían, aún sumidos en la perplejidad: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lc. 24:32). Nuestro Dios es Dios del camino; se mueve, se revela, nos habla y nos instruye en lo cotidiano. 

De ahí que el salmista exclame en el v. 103: “¡Qué dulce es tu promesa al paladar! Más que miel a la boca”, que inmediatamente podemos referir al Salmo 19:10 que afirma también que los juicios del Señor son todos justos, “deseables más que el oro… y dulces más que miel”; y es que la voluntad de Dios expresada en Su palabra, sus preceptos, son así; para quien ha rechazado conscientemente todo mal camino, y ha decidido firmemente no apartarse de la senda del Señor, la voluntad divina para su vida es dulce, en extremo agradable, soberanamente satisfactoria; no cabe concebir una vida más plena y realizada, y ello no por la ausencia de conflictos, adversidades, o incluso desgracias, ya que la realización de la vida del devoto no depende de sus fuerzas o sus méritos, sino de quien le ha formado y transformado a Su imagen, de quien le ha llamado a esa vida de talante superior; y por eso el Señor Jesús advertía a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). Esta sección del salmo (“mem”), correspondiente nuestra letra “M”,[8] culmina en el v. 104, y tomo la Nueva Traducción Viviente: “Tus mandamientos me dan entendimiento; ¡con razón detesto cada camino falso de la vida!”. Aquí el entendimiento, la inteligencia, en el amplio sentido del intus legere (“leer por dentro”, “escudriñar”), apunta no sólo a la mera “resolución de problemas”, como facultad mecánica e instrumental, sino que denota discernimiento, comprensión profunda, que se traduce en la capacidad de leer la realidad, los procesos y las intenciones subyacentes, y por ende, de detectar y detestar la mentira, los caminos falsos de la vida. 

Conclusión

Así que tenemos la defensa y a la vez el arma indicadas para enfrentar estos aciagos tiempos de posverdad, armados de la Palabra de Dios, de esa Verdad que es camino y es vida (Jn. 14:6), que nos nutre de esa perspectiva global, de la cosmovisión bíblica, que, según Hossfeld y Zenger toma una peculiar y relevante forma en el Salmo 119: “Uno puede comparar la ‘cosmovisión’ [world picture] en el Salmo 119 con un triángulo equilátero cuyos ángulos son el que ora a Dios, los enemigos, y Yahvé. En el centro del triángulo está la tôrāh. Todo depende de nuestra relación con este punto central y lo que emana de él”.[9]

Quiera el Señor que nos empeñemos en amar su Palabra y sus mandamientos, para así, en verdad, adquirir inteligencia.

 



[1] W. S. LaSor, D. A. Hubbard y F. W. Bush, Panorama del Antiguo Testamento. Mensaje, forma y trasfondo del Antiguo Testamento, Buenos Aires-Grand Rapids, Nueva Creación-Eerdmans, 1995, p. 497.

[2] Mitchel Dahood, Psalms III, 101-150. Garden City, Nueva York, Doubleday, 1970 (The Anchor Bible), p. 172.

[3] Cf. Luis Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Salmos II. (Salmos 73-150). Estella, Verbo Divino, pp. 494-496.

[4] M. Dahood, loc. cit.

[5] Tal era la opinión de A. Deissler, consignada por Hans-Joachim Kraus, en Los Salmos, vol. II. Salmos 60-150, Salamanca, Ediciones Sígueme, pp. 570-571. Para un análisis pormenorizado de la estructura literaria del salmo, véase Frank-Lothar Hossfeld, Erich Zenger, Psalms, 3. A Commentary. Minneapolis, Fortress Press, 2011 (Hermeneia), pp. 256-265.

[6] Erhard S. Gerstenberger, Psalms. Part 2, and Lamentations. The Forms of the Old Testament Literature, vol. XV, Grand Rapids-Cambridge UK, Eerdmans, 2001, pp. 311-314. Traducción propia. Énfasis agregado.

[7] Schökel nos recuerda que en el hebreo bíblico hay al menos 8 términos sinónimos virtualmente intercambiables: tôrāh, miswot, mišpatim, huqqim, piqqudim, ‘edot, dabar, ’imra; que se vierten respectivamente por voluntad/ley; mandatos; mandamientos/disposiciones; estatutos/órdenes; decretos/normas; preceptos/reglas; palabra/consigna; promesa/instrucción. Véase Schökel y Carniti, op. cit., p. 483.

[8] La letra M, nos dice Schökel, “es una de las más nutridas del diccionario hebreo, porque anteponiendo una m- a una raíz se forman muchos sustantivos”, op. cit., p. 505.

[9] Hossfeld y Zenger, op. cit., p. 257. Traducción propia.

sábado, 23 de agosto de 2025

"Por tus decretos, todo subsiste hoy" (Salmo 119.88-96), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

24 de agosto, 2025 

Por tus decretos, todo subsiste hoy,

y todo está a tu servicio.

Salmo 119.86, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

La riqueza en el contenido de las Sagradas Escrituras fue creciendo a medida que se estableció el llamado canon o el orden de los libros revelados por Dios. Indudablemente, el Pentateuco, que contiene el primer bloque de la revelación escrita comenzando en el Génesis y en cuyo desarrollo central está la Ley (desde el Éxodo hasta los Números, porque Deuteronomio es una repetición de la Ley) es el inicio de lo que llegaría a ser la Biblia Hebrea (o Tanáj). Los dos siguientes bloques (Profetas, nebiim, y Escritos, ketubim) conforman todo el conjunto, tal como lo afirmó el Señor Jesús en Lucas al explicar a los discípulos de Emmaús lo que enseñaban las Escrituras sobre él (24.44). allí, denomina Salmos al tercer conjunto de libros, los Escritos, la última parte de textos que la tradición estableció como parte del canon. La conciencia histórica y literaria del pueblo de Dios continuó con la iglesia, la cual establecería también su canon basándose en los firmes criterios de inspiración para definir los libros en géneros bien determinados: Evangelios, historia, cartas apostólicas (Pablo, Pedro, Juan, Judas, Hebreos, Santiago) y el Apocalipsis. Toda una historia de fe y de esfuerzo literario y espiritual para producir esta obra colectiva monumental de la cual la iglesia ha sido beneficiaria.

Eternidad y poder de la palabra divina (vv. 89-92)

Ambos aspectos de la Ley y la Palabra del Señor son destacados al inicio de esta sección (Lámed: “La letra L es la letra del corazón, la lengua y el pan (lb lswn lhm), de la noche y la antorcha (lylh lpyd), del vestir y tomar y aprender (lbs lqh lmd).[1]). A la eternidad del propio Dios le corresponde la de su Palabra. Inevitablemente viene a la memoria el clásico pasaje con el que inicia el Segundo Isaías, el Isaías de Babilonia. “Se seca la hierba, se marchita la flor / mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (40.8). También la fidelidad divina es interminable y, por lo tanto, esa palabra duradera tendrá un efecto continuo en la vida del individuo que habla y de todo el pueblo de Dios. 


Los vv. 89ss comienzan en estilo hímnico. Se ensalza a la palabra de Yahvé como poder eterno y firmemente asentado (cf. Is 40.8). En el v. 90 se aborda el tema de la “creación de la tierra”, acentuando de manera especial la fidelidad de Yahvé en la conservación de la misma. Luego, en el v. 91, se define fundamentalmente todo lo creado, considerándolo bajo dos aspectos. Los juicios de Yahvé, que castigan lo que es malo y salvan lo que es bueno, son la fuerza sustentadora y conservadora del mundo. Y toda criatura guarda con el Creador una relación de servicio y obediencia. La piedad de la torá ha impregnado aquí y determinado plenamente la doctrina de la creación. Con arreglo a estas fundamentales disposiciones del existir vive el obediente que saca de las enseñanzas de Yahvé el vigor que necesita para vivir (v. 92s).[2]

 

La Palabra divina y la salvación material del creyente (vv. 93-96)

“El lamento y la petición vuelven a irrumpir en este lugar. El obediente se encuentra en medio de tentaciones y hostilidades (v. 95). Pero él sabe muy bien que todas las cosas tienen sus límites. Tan sólo el mandamiento de Yahvé tiene amplitud y eficacia ilimitadas”.[3] Solamente el recuerdo constante de la Palabra ha mantenido con vida al hablante (v. 93) con lo que se cumple el propósito esencial de la Ley: instruir para afrontar la vida con los mejores recursos. Al solicitar la salvación divina el creyente pone por delante que ha buscado cumplir los mandamientos del Señor, lo que le ofrece una cierta garantía para ser escuchado y librado. Nuevamente los malvados son el contraejemplo pues quieren matarlo y con ello demuestran que no obedecen la Ley, no les interesa, pero a él sí, él o ella desea entender las enseñanzas divinas (95), está dispuesto/a a estudiarlas minuciosamente, a escudriñarlas constantemente para obtener un conocimiento superior y práctico.

Finalmente, el cantor llega al extremo de contrastar la transitoriedad del mundo con la infinitud de la palabra divina, pues ésta no tiene fin. Es un producto ciertamente pleno de la interacción entre Dios y el ser humano mediante la inspiración del Espíritu, que fue y es el gran factor que permitió su redacción, preservación y aplicación a la vida humana. Es una palabra acabada en el sentido más absoluto del término. A pesar de las limitaciones humanas y del esfuerzo inacabado de las traducciones ha llegado hasta nosotros para mostrarnos la voluntad fresca de Dios. De ahí la nobleza del oficio de la traducción que debe siempre estar, al servicio de la Palabra. “El salmista ha visto que todo lo acabado o perfecto tiene un límite o final; sólo el mandato de Dios se dilata inmensamente”.[4]

 

Conclusión

Los decretos del Señor son eternos, siempre vigentes, siempre presentes y actuantes para la vida de su pueblo. Desde que se manifestó el poder creador de su Palabra en los tiempos más remotos, pasando por la guía que ejerció sobre la vida del pueblo, hasta la conformación de la comunidad de fe, a cada paso Él se hacía presente para conducirla por el camino preparado para transitar, lleno de desafíos y exigencias que no siempre fueron bien experimentadas. Pero continuamente la Ley divina modeló la existencia histórica y hoy lo sigue haciendo para que la Iglesia continúe tratando de cumplir su misión conducida por ella.



[1] L. Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Los Salmos. II. 60-150. Estella, Verbo Divino, 1993, p. 504.

[2] Hans-Joachim Kraus, Los Salmos. Vol. II. 60-150. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1995, p. 580.

[3] Ídem.

[4] L. Alonso Schökel y Cecilia Carniti, op. cit., p. 505.

viernes, 15 de agosto de 2025

"Todos tus mandamientos son verdaderos" (Salmo 119.81-88), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

17 de agosto, 2025

Casi han acabado conmigo,

pero yo obedezco tus mandamientos porque son la verdad.

Salmo 119.86, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

La celebración de la presencia de la Palabra divina en el mundo y en medio del pueblo de Dios se muestra como un auténtico producto de la espiritualidad ligada a la Ley, por lo que todo lo que se relaciona con ella apunta hacia una verdadera “teología de la revelación escrita”, la que fue planteada en los mejores términos por el Salmo 19. Hay así una clara continuidad entre los Salmos 1, 19 y 119, unidos por la preocupación religiosa de otorgar a la Palabra del Señor el lugar que le corresponde como propiciadora, alimentadora y fomentadora de la fe individual y colectiva. Es la expresión de lo que el gran rabino Abraham J. Heschel explicó en Dios en busca del hombre:

 

La Biblia no se propone enseñarnos principios de creación o redención. Vino a enseñarnos que Dios está vivo, que Él es el Creador y el Redentor, el Maestro y el Legislador. La filosofía se preocupa de analizar o explicar, la religión se preocupa por purificar y santificar. La religión hunde sus raíces en una tradición particular o en una intuición personal; la filosofía clásica pretende estar arraigada en premisas universales. La especulación empieza en el concepto, la religión bíblica empieza en el suceso. La vida de la religión no se da en la preservación mental de ideas, sino en sucesos o intuiciones, en algo que ocurre en el tiempo.

La Biblia encierra la palabra de Dios al hombre, pero también la palabra del hombre a Él y acerca de Él; no sólo la manifestación de Dios, sino la intuición del hombre. […]

La Biblia muestra el comportamiento de Dios con el hombre y el comportamiento del hombre con Dios. Contiene a la vez la queja de Dios contra el perverso y el grito del hombre golpeado que demanda justicia a Dios.

La Biblia es la expresión eterna de una preocupación continua, el grito de Dios que reclama al hombre; no una carta de alguien que tras enviar un mensaje permaneció indiferente a la actitud del destinatario. No es un libro para ser leído sino un drama para participar en él; no es un libro acerca de sucesos sino que ella misma es un suceso, la continuación del suceso, a la vez que nuestro compromiso con ella es la continuación de la respuesta.[1]

La ansiedad humana ante la acción de la Palabra (vv. 81-84)

En este bloque es posible escuchar la expresión de la ansiedad humana al menos en tres aspectos bien claros: a) sensación de muerte (v. 81), b) la vista nublada (82) y c) edad avanzada (83-84). “El ‘odre ahumado’ sugiere que se siente consumido, que está renegrido (cf. Lam 4.8) o arrugado; prolongación del doble ‘consumirse’ y puente para la pregunta ‘cuántos años tengo o me quedan’ [84a]. Si es así, se alían la edad y la acción del enemigo. Con todo, el orante sigue ‘esperando’, no olvida, o abandona los mandamientos. Dios lo hará revivir”.[2] La situación humana que evidencian estos versículos exhibe un ambiente de persecución y cierta zozobra: a los acontecimientos puntuales le sucede la angustia existencial, el temor por el paso del tiempo y el deterioro corporal. Todo ello es confrontado y contrastado por la acción vivificante de la palabra divina como respuesta a esas urgencias.

Estrictamente hablando estamos delante de una lamentación, pero la respuesta a ella es la actuación firme de la Palabra en la vida del hablante: “pero sigo confiando en tu palabra” (81b), “pero tengo presentes tus estatutos” (83b). La Ley de Dios es el asidero fiel al cual se aferra para superar esas circunstancias negativas y opresoras, no puede haber otro recurso más seguro. La eternidad de esa Palabra es la roca sólida que permite afianzarse en la esperanza y en la confianza de que Dios responderá y aplicará su poder en la vida de quienes sólo lo buscan a Él: “¿Qué es la ley? Una manera de encarar el más difícil de todos los problemas: la vida. La ley es un problema para quien piensa que la vida es un fenómeno común y corriente. La ley es una respuesta para quien sabe que la vida es un problema”.[3]

Los mandamientos del (mitzvot) Señor son verdaderos (vv. 85-88)

La remembranza de la oposición de personas que se niegan a acatar la ley divina (85) le sirve al creyente que habla para aludir directamente a la mayor característica de los mandamientos divinos: la verdad (86). Irremediablemente se recuerda el Decálogo como fuente básica de toda la Ley antigua, un resumen apretado de las instrucciones divinas para vivir, comportarse y mantener la estabilidad individual y social. Cada uno de ellos apuntaba hacia aspectos específicos de la existencia humana en su ámbito familiar, comunitario y nacional. Las prohibiciones para practicar el mal y los mandatos para poner a funcionar el bien se sucedieron en la vida del pueblo a fin de mostrar la vía para constituirse en una nación diferente, alternativa a los comportamientos que predominaban en la antigüedad. Había que traducir esos mandatos eternos en las nuevas situaciones experimentadas por el pueblo: “El significado cabal de las palabras bíblicas no fue revelado una vez y para siempre. A cada hora se devela otro aspecto. La palabra nos fue dada una vez; el esfuerzo por comprenderla ha de continuar por siempre. No basta con aceptar, ni siquiera con cumplir los mandamientos. Estudiar, examinar, explorar la Torá es una forma de culto, un deber supremo. Pues la Torá es una invitación a la perceptividad, un llamado a la comprensión continua”.[4]

“Poco ha faltado para que me derriben, / pero ni así me he apartado de tus mandamientos” (87). He ahí una actitud recta y agradable a Dios en medio de las dificultades máximas. Al ser verdaderos y, por lo tanto, absolutamente confiables, los mandamientos del Señor conducen inevitablemente por caminos verdaderos y justos, en ellos no puede haber perversión ni malas intenciones: “Las mitzvot no son ideales, entidades espirituales suspendidas para siempre en la eternidad. Son mandamientos que se dirigen a cada uno de nosotros, Son los caminos en los que Dios se enfrenta con nosotros en momentos particulares. En el infinito mundo hay una tarea que yo debo cumplir. No una tarea general, sino una tarea para mí, aquí y ahora. Las mitzvot son fines espirituales, puntos de eternidad en el fluir de la temporalidad”.[5]

 

Conclusión

La verdad que aflora continuamente en los mandamientos divinos nos confronta con nuestra realidad en la que la mentira acecha permanentemente. La insistencia del Señor en develar las acciones humanas para instalar su transparencia absoluta compromete profundamente al pueblo de Dios para aplicar la veracidad total de esas instrucciones. Ninguna fisura se encuentra en ellas por lo que su confiabilidad las convierte en exigencias directas, justas y posibles. Recurriendo al Levítico podemos subrayarlo nuevamente: “Para ser santo un hombre ha de temer a su madre y a su padre, guardar el Shabat; no ha de volverse hacia ídolos... ni falsear... ni mentir al prójimo... ni maldecir al sordo o poner obstáculo delante del ciego... ni ser culpable de injusticia alguna... ni propalar calumnias... ni permanecer indiferente ante la sangre de su prójimo... ni odiar... ni vengarse... ni guardar rencor... sino que ha de amar a su prójimo como a sí mismo (Levítico 19:3-18)”.[6] Así, podemos concluir con el poeta, acompañándolo en sus buenos deseos: “¡Dame vida, conforme a tu misericordia, / para que cumpla los testimonios que has emitido!” (88).



[1] A.J. Heschel, Dios en busca del hombre. Una filosofía de la religión. Buenos Aires, Ediciones Seminario Rabínico, 2021, pp. 42, 53, 316, 336, www.seminariorabinico.org/wp-content/uploads/DIOS-EN-BUSCA-DEL-HOMBRE.pdf.

[2] L. Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Los Salmos. II. 60-150. Estella, verbo Divino, 1993, p. 504.

[3] A.J. Heschel, op. cit., pp. 391-392. Énfasis original.

[4] Ibid., pp. 361-362.

[5] Ibid., p. 381. Énfasis agregado.

[6] Ibid., p. 379.

sábado, 9 de agosto de 2025

"Perfecciona mi corazón con tus estatutos" (Salmo 119.73-80), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


10 de agosto, 2025

 

Perfecciona mi corazón con tus estatutos,

para que no tenga de que avergonzarme.

Salmo 119.80, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

La devoción infatigable con que los autores del Salmo 119 se refieren a la Ley los llevó a buscar una enorme cantidad de sinónimos para referirse al contenido de la instrucción divina, lo que para los lectores modernos puede ser un problema para el acercamiento al texto. No obstante, la celebración de la Ley alcanza notables alturas al sumarse una explosión continua de afirmaciones. Su abordaje es inagotable pues la voluntad divina contenida en ella debe realizarse en la vida del pueblo y de las personas. En cuanto a su lectura, incluso en voz alta, Luis Alonso Schökel propone un método para apreciar su contenido y hacer que pase por nuestra respiración:

 

…de modo que a cada verso responda una respiración nuestra […] De ese modo se acompasan dos ritmos: el biológico de nuestra respiración y el espiritual de nuestra oración. Salvando la regularidad, podemos cambiar la velocidad, prefiriendo de ordinario un ritmo pausado. Los dos hemistiquios [partes] de cada verso serán como las dos posiciones del péndulo, el péndulo de nuestra vida. […]

La segunda fórmula consiste en dividir el salmo en piezas, estrofas, que se recitan o meditan a lo largo de varios días. Si tomamos una letra por da, llenamos un mes y nos sobra una semana de descanso, si tomamos dos letras por día, llenamos una quincena incluyendo tres días de reposo.

Cabe también una fórmula contemplativa mientras los labios van pronunciando las palabras, la mente se concentra en una visión unitaria y simple del tema dominante, el afecto se dilata, la voluntad se consolida. La atención no se dirige al detalle de cada frase.[1]

 

Los mandatos de Dios son justos (vv. 73-75)

 

Con confesiones de fe en Yahvé, el creador de la vida (cf. Sal 139.14), y en la palabra de Dios que nos muestra el camino, comienzan los vv. 73ss. En este contexto, el v. 75 —sin una transición claramente reconocible— nos lleva a una ‘doxología de juicio’ (cf. Jos 7.19). Se ensalza a Yahvé como el “Justo”, es decir, como el que aun en el juicio obra con fidelidad a la salvación. Aquí surge de nuevo la idea del sufrimiento educativo (cf. vv. 67, 71). En los vv. 76s se expresan peticiones. En primer lugar, el oprimido implora la intervención clemente de Yahvé. Después pide que recaiga el juicio sobre sus enemigos (v. 78). Se reconocen claramente los elementos de la lamentación individual.[2] 

A la constatación de que el Señor es el Creador de cada persona le sigue la petición para obedecer los mandamientos como camino de vida y senda de conocimiento profundo. El deseo de obedecer no surge de la nada, pues requiere de un proceso pedagógico que debe comenzar lo más temprano posible en la vida, tal como Jean Piaget (1896-1980) rastreó el surgimiento de las diversas nociones o realidades que se aprende a reconocer desde la niñez más temprana: el dinero, la pobreza, la moral, Dios, la muerte, la lectura y un largo etcétera: según él, “al principio los niños creen que las leyes del universo no son simplemente mecánicas, sino que son leyes coercitivas de tipo moral, dictadas autocráticamente por los adultos o alguna entidad trascendente. […]  El criterio moral en el niño, de 1932, muestra que los niños empiezan por creer que las normas morales están impuestas del exterior, y que son eternas e inalterables. Más tarde, los adolescentes se dan cuenta de que las leyes morales son el resultado de un contrato social, regido por la cooperación, la reciprocidad y el respeto mutuo”.[3] La obediencia a la Ley también se puede aprender desde los inicios de la vida pues permiten que la persona se transforme (v. 74).

La capacidad moral de los mandamientos, su justicia (v. 75) le otorga una fuerza ética indiscutible pues su origen “extraordinario” o trascendente los coloca por encima de todo, pero debe tomarse en cuenta que Dios “no e3xige imposibles” como en el Levítico cuando ordena amar al prójimo (19.18b) y, sobre todo, a las personas diferentes y vulnerables (extranjeros [19.10, 33-34], viudas, huérfanos, necesitados, 19.14-15). Ese aspecto ético de la Ley sigue siendo completamente válido hasta hoy.

 

La felicidad que produce obedecer la ley (vv. 76-80)

La segunda sección del pasaje contiene una petición muy puntual del hablante: “Ven con tu amor a darme ánimo, / pues soy feliz con tus enseñanzas (76). La dicha que produce la obediencia es la que aparece detrás de la famosa palabra bienaventurado y es la mayor aspiración que los seres humanos pueden tener. Meditar, reflexionar sobre las enseñanzas del Señor (77) produce resultados palpables y, cómo afirma el Salmo, se relaciona directamente con las promesas divinas. La otra petición involucra a quienes hacen daño a quien habla (78). Su deseo es que superen esa actitud y se unan a él en la adoración (79), con lo que podrán conocer los mandamientos del Señor. Hay que recordar que las personas no contaban con “ejemplares” propios de los rollos de la Torá y que su persistencia en escuchar y memorizar la Ley era lo que se estimulaba para que, en las reuniones comunitarias, aprovecharan al máximo la transmisión de su contenido, siempre encaminado a mejorar la vida de la comunidad entera.

Finalmente, el fragmento con que cierra el Salmo es una petición para la mejor comprensión del texto de la Ley divina (80). Entenderla adecuadamente implicaría varias cosas a la vez: a) obtener conocimiento, b) ordenar los pensamientos, c) organizar sabiamente la vida comunitaria y, además, d) ordenar la vida personal y colectiva desde el horizonte ético que Dios determinó para su pueblo y, eventualmente, para toda la humanidad.

 

Conclusión

Es necesario comprender adecuadamente el propósito profundo con que Dios estableció su ley en medio del pueblo y a favor de él:

 

Desde el punto de vista teológico, es preciso afirmar que las leyes han sido dadas a Israel para su regocijo y plenitud, y no como una carga para su fe. El salmo 119 […] está dedicado a exaltar el valor de la Ley […] Deuteronomio 6.3 proclama que observarla “te hará bien y te multiplicará en la tierra...”. Así pues, la Ley no fue entendida como un límite impuesto al disfrute de la belleza de la vida, sino, por el contrario, como aquellas normas que, al cumplirlas, permitían acceder a alegrarse por los dones de Dios y las bendiciones de cada día. Observar la Ley es vivir en plenitud, tal como declara el sabio cuando dice: “Guarda mis mandamientos y vivirás, y mi ley como la luz de tus ojos” (Prov 7.2).[4]



[1] L.A. Schökel y Cecilia Carniti, Salmos. II. (Salmos 73-150). Estella, Verbo Divino, 1993.

[2] Hans-Joachim Kraus, Los Salmos. II. 60-150. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991, pp. 614-615.

[3] Fernando Vidal, “Piaget: pasado, presente y futuro”, en https://journals.copmadrid.org/psed/archivos/1996/vol2/arti8.htm.

[4] Pablo Andiñach, El Dios que está. Teología del Antiguo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2014, p. 119.


sábado, 2 de agosto de 2025

"Enséñame a tener sabiduría y buen juicio" (Salmo 119.65-72), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

3 de agosto 2025


Yo creo en tu palabra.

¡Dame más sabiduría e inteligencia!

Salmo 119.66, Reina-Valera Contemporánea

Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los libros sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón. Me gusta desmoronar esas costras que han ido poniendo en los poemas bíblicos la rutina milenaria y la exégesis ortodoxa de los púlpitos para que las esencias divinas y eternas se muevan otra vez con libertad. […] El poeta al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra porque ¿qué es la Biblia más que una Gran Antología Poética hecha por el Viento y donde todo poeta legítimo se encuentra?

León Felipe, “¿Qué es la Biblia?”, en Ganarás la luz 


Trasfondo

Celebrar la presencia de la palabra divina en medio de la comunidad de fe es algo que ésta debe hacer como un reconocimiento de cómo Dios se acerca a la humanidad y desea influir en ella mediante los beneficios de sus enseñanzas antiguas, pero siempre vivas y actuales. Acercarse a ella permanentemente garantiza la obtención de la luz que brota por la mediación del Espíritu que la inspiró y la actualiza en la mente, el corazón y la vida de los lectores/as sinceros que busquen la instrucción divina. Por eso hay quienes insisten en que la mejor traducción para la palabra Torá no es ley sino precisamente instrucción,[1] por lo que es necesario que siempre nos dejemos instruir por ella. Es posible recordar aquí la formulación que del Sal 94.12b: el individuo es instruido a partir de la torá. Y también, como se ha dicho en otros momentos, dejarnos leer, atravesar por ella (“…pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”, Heb 4.12).[2]

      En el Salmo 119, “la torá no es una magnitud estática sino un poder creador, dador de vida. La torá tampoco es algo impersonal, absoluto, sino que es una dabar (palabra) que viene de la persona majestuosa de Yahvé, que interpela a la persona. Todas las fuerzas sanantes, salvadoras y creadoras de la torá nacen de que es producto de la boca de Yahvé, es decir, palabra pronunciada, dicha (vox viva)”.[3]

La sabiduría e inteligencia que vienen de Dios (vv. 65-68)

Como bien sabemos, el Salmo 119 es una larga cadena de testimonios y peticiones que, expresadas en primera persona, manifiestan la espiritualidad de quien se expresa a lo largo del poema. Los diferentes registros de fe que aparecen describen muy bien los estados de ánimo del creyente que habla. Esta sección (Tet) lo muestra como alguien agradecido por las bondades de Dios derivadas de su promesa (v. 65). Por ello, solicita sabiduría y buen juicio para actuar en la vida (66) pues reconoce, como en el Salmo 1 que la meditación en ella puede ser la raíz de una vida bendecida. Es preciso llevar la instrucción en el corazón y tenerla íntimamente presente para recibir sus beneficios.

      “Las relaciones con los mandamientos se describen con el verbo ‘confiar’. El creyente asienta firmemente su vida en las enseñanzas divinas, después de haberse descarriado anteriormente (v. 67). En el v. 67 se describe el sufrimiento al que se ha visto abocado el siervo de Yahvé, como un ‘sufrimiento educativo’ (cf. también el v. 71, “Bueno me es haber sido humillado, / para que aprenda tus estatutos”; Sal 118.18: “Me castigó gravemente Yahvé, / mas no me entregó a la muerte”)”.[4] La bondad del Señor está en estrecha relación con sus estatutos.

Sus enseñanzas son más valiosas que el oro o la plata (vv. 69-72)

“Las mentiras y las calumnias de los ‘malvados’ pusieron al orante en gran tribulación (v. 69s). La ‘estrofa’ termina en el v. 72 con una máxima sapiencial (cf. Sal 19.11: “Tu siervo es además amonestado con ellos; / en guardarlos hay grande galardón”). Para el obediente, las enseñanzas de Yahvé son el bien más preciado”.[5] Esta realidad concreta marca la diferencia entre ser malvado y dejarse guiar por las enseñanzas de la ley/instrucción de la misma manera en que lo hace el primer Salmo. Luego se reitera el valor didáctico del sufrimiento, de la prueba, a fin de aprender de manera directa los mandamientos divinos, no ya de un modo teórico sino sobre la marcha, en medio de la vida cotidiana.

      Ése es el valor práctico de la instrucción divina que sirve para aplicarla en los hechos vitales, no como una doctrina estática, más bien como una enseñanza dinámica verificada en las situaciones concretas. Por último, se reitera el valor sustancial de la “ley de la boca” divina que es superior a los bienes materiales, “oro y plata” (72), tal como lo afirma el Sal 19.10a. No puede haber parangón entre las riquezas espirituales de la ley divina y las materiales que no permanecen y que, además, están ligados a la idolatría.

 

Conclusión

La celebración y alabanza de la palabra divina en medio de las comunidades de fe solamente puede completarse con su obediencia y práctica continuas. El mero conocimiento acumulativo o la repetición memorizada de los textos no garantiza que la instrucción divina aterrice en la realidad para cambiarla y mostrar las bendiciones del Señor. Es preciso convertirse en “hacedores de la Palabra”, tal como intuyó el apóstol Santiago (5.22).

      Este ideal práctico, al que se debe aspirar de manera persistente, ha de caracterizar a todas las personas y comunidades que expresen un afecto especial por las enseñanzas bíblicas. La mejor relación que se puede tener con la palabra bíblica es la obediencia y la acción transformadora basada en ella para así experimentar su poder de cambio y salvación.



[1] Roland Meynet, Leer la Biblia: Una explicación para comprender. Un ensayo para reflexionar. México, Siglo XXI Editores, 2003, p. 25.

[2] Cf. Hans-Ruedi Weber, El libro que me lee. Manual para formadores en el estudio de la Biblia. Santander, Sal Terrae, 1996; y Carlos Martínez García, “El libro que me lee”, en Protestante Digital, 9 de septiembre de 2006, https://protestantedigital.com/kairos-y-cronos/8396/el-libro-que-me-lee.

[3] Hans-Joachim Kraus, Teología de los Salmos. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1985, p. 43.

[4] H.-J. Kraus, Los Salmos. II. 60-150. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991, p. 614.

[5] Ídem.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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